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miércoles, 27 de febrero de 2019
Biblioteca Maestros Espirituales (3): Coomaraswamy, A.K., Mircea Eliade y Renè Guenon
En esta ocasión os dejo una buena colección de textos de los tres máximos divulgadores de la Espiritualidad y la Metafísica Tradicional del Hinduismo, particularmente, y en general de la Sabiduría Oriental y las Religiones monoteístas. Para aquellos que no estén familiarizados con estas lecturas, recomiendo comenzar con Mircea Eliade, por hablarnos este autor en un lenguaje más asequible y cercano.
Mircea Eliade
https://drive.google.com/drive/folders/1inavgkwztZUjt9MlviLa3PW0mD3q0hfD?usp=sharing
Renè Guenon
https://drive.google.com/drive/folders/1an5F7YYLMzvftXb8Sb32ut_p1ZOYKuDo?usp=sharing
Coomaraswamy, A.K.
https://drive.google.com/drive/folders/16NmxUxouGfP3CY1hSJDNjE11Mr65agVF?usp=sharing
martes, 8 de abril de 2014
La más Alta Ciencia: Recordar existencias anteriores (Reencarnación) (Mircea Eliade)
Entre
las Altas Ciencias figura siempre la capacidad de recordar las existencias
pasadas. Esta ciencia mística forma parte de la tradición oculta pan-india. Patanjali
la incluye entre las “perfecciones” y Buda mismo reconoce en repetidas
ocasiones que los samanas y los brahmanes son capaces de recordar hasta un número
considerable de existencias anteriores. “Sucede, monjes, que tal o cual
religioso, samana o brahmán, merced a su ardor, gracias a su energía, a una
perfecta atención de espíritu, alcance una absorción de pensamiento tal, que
una vez absorbido su pensamiento (completamente puro, completamente limpio, sin
manchas, exento de impurezas) recuerda sus diversas residencias en la vida
anterior – a saber, una existencia, dos existencias, tres…, cuatro…, cinco…,
diez…, veinte…, cincuenta…, mil…, cien mil existencias…– en tal forma que dirá:
en aquella época yo tenía tal
nombre, tal familia, tal casta, tal régimen de comidas, experimentaba tal
placer y tal sufrimiento, llegué a tal edad. Cuando perdí esa existencia, entré
en esta otra… Al perder esa existencia llegué a mi actual existencia. Así es
como recuerda sus diversas residencias en la vida anterior con sus características,
con el detalle de los hechos. Entonces dice: el Yo y el mundo son eternos, estériles, erguidos como una montaña, se
mantienen estables como un pilar…”
Pero
el Buda rehúsa aceptar las conclusiones filosóficas sacadas por los brahmanes
del recuerdo de sus anteriores existencias; a saber: la eternidad del Yo y del
mundo. Más exactamente, se niega a extraer conclusión alguna: “Ahora bien,
monjes, esos puntos de doctrina, así tomados, así tratados, tienen tal o cual
salida, encierran tal o cual destino. Esto lo sabe el Tathagata, y sabe más aún, pero no habla de ese saber,
y no hablando de él, conoce la paz merced a sí mismo”. El negarse Buda a
discurrir sobre las consecuencias metafísicas que podrían deducirse forma parte
de su enseñanza, pues los brahmanes encontraban siempre una existencia en el
tiempo, y el problema del Buda, el problema del Yoga, eran justamente la “salida
del Tiempo”, el acceso a lo incondicionado. De las observaciones hechas en el
interior del cielo infinito de las transmigraciones, nada podía deducirse en
cuanto a la “realidad”, que comenzaba más allá del ciclo kármico.
Tal
como los samana y los brahmanes, los monjes budistas se esforzaban por recordar
sus existencias anteriores, se trata de la misma Alta Ciencia. ¿En qué consiste
esta ciencia? Parece que en los sutras de los antiguos, la memoria de las
existencias anteriores queda concebida en el espíritu del yoga, como un “simple
conocimiento sobrenatural”; posteriormente, se especifica que el provecho que
un monje budista puede sacar de esta Alta Ciencia es la repugnancia de la
intermitencia (no-permanencia). Pero esta justificación tardía no parece ser
correcta; revela el triunfo de los “teóricos” contra los “experimentadores”, de
la teoría contra la mística yogui. El Buda otorgaba gran importancia a la
memoria en función de tal: los dioses pierden su condición divina y caen de los
cielos cuando “su memoria se confunde”. Más aún: la incapacidad de recordar todas las existencias anteriores
equivale a la ignorancia metafísica. Algunos de ellos, una vez hechos hombres,
se retiraron del mundo, practicaron la ascesis y la meditación y han obtenido,
gracias a su disciplina yogui, la capacidad de recordar sus existencias
anteriores, pero no todas, de tal
forma que no recuerdan el principio
de la serie de existencias, y a causa de este “olvido”, tienen una idea errónea
de la eternidad del mundo y de los dioses. Así pues, el Buda colocaba en un
lugar privilegiado la capacidad de reconocer las existencias anteriores. Merced
a esta capacidad mística, se podía tener acceso al “comienzo del Tiempo”, lo
que implicaba la “salida del Tiempo”.
Ananda
u otros discípulos eran de “los que recordaban los nacimientos (jatissara)”,
que recuerda el epíteto de Agni, pues también Agni “conoce todos los
nacimientos y es omnisciente”. Vamadeva decía refiriéndose a sí mismo: “encontrándome
en la matriz he conocido todos los nacimientos de los dioses”. También Krisna
conoce todas las existencias. Así pues, la memoria (en resumen, el
conocimiento) era una facultad “divina y sumamente valiosa”: “el que sabe”, “el
que recuerda, prueba que está concentrado; distracción, olvido, ignorancia, caída, son comportamientos y situaciones
en cadena”. En los textos budistas escolásticos se nos ofrecen datos más
precisos sobre la técnica utilizada. “Es la facultad consistente en remontar (a
contrapelo) por medio del recuerdo, el curso de los días, de los meses y de los
años para llegar hasta la permanencia en la matriz y, finalmente, a las pasadas
existencias. Según Abhidharna “el asceta que quiere recordar sus antiguas
existencias comienza por estudiar el carácter del pensamiento que acaba de
fenecer, y partiendo de ese pensamiento, remonta su curso considerando los
estados que se suceden uno tras otro hasta el pensamiento de la concepción.
Se
trata, pues, de partir en un momento dado, el más próximo al momento presente,
y de recorrer el tiempo desandando camino, para llegar a los orígenes, cuando
la primera existencia “estalló” en el mundo desatando el Tiempo, y acercarse a
ese instante paradójico más allá del cual el Tiempo no existía, porque nada se
había manifestado aún. Se obtiene así la verdadera Alta Ciencia, pues se
consigue no solamente re-conocer a todas las existencias anteriores, sino que
se llega al “comienzo del mundo”; el que vuelve atrás debe necesariamente
encontrar el punto de partida que, en última instancia, coincide con la Cosmogonía , con la
primera manifestación cósmica. Revivir las vidas anteriores propias equivale a
comprenderlas, y hasta cierto punto, a “quemar” sus “pecados”, es decir, la
suma de los actos efectuados bajo el dominio de la ignorancia y trasmitida de
una existencia a otra por la ley del Karma. Pero hay algo más importante aún:
se llega al comienzo del Tiempo y se reúne uno con el No-Tiempo, el eterno
presente que precediera la existencia temporal, fundado por la primera
existencia humana caída. En otras palabras, se “llega” al estado no
condicionado que precedió a la
Caída del Tiempo y a la rueda de las existencias. Lo cual
quiere decir que, partiendo de un momento cualquiera de la duración temporal se
puede llegar a agotar esta duración recorriéndola al revés, y desembocar
finalmente en el No-Tiempo, en la eternidad. Pero esto es ya trascender la condición
humana y penetrar en el Nirvana.
Podemos
darnos cuenta de la importancia que el recuerdo de las existencias anteriores
tiene en la práctica yogui, la que perseguía “la evasión del Tiempo”. Pero Buda
no pretendía que ése fuera el único medio. Según él, se podía muy bien
Sobrepasar al Tiempo, es decir, abolir la condición profana, aprovechando el “momento
propicio”, obteniendo la “iluminación instantánea” que “quemaba el Tiempo” y
permitía “salir de él” merced a una ruptura de niveles.
Textos
consultados por el autor para estos fragmentos: Dighanikaya; Digha; Rig-Veda;
Upanishads (Bhagavad Gita).
Mircea
Eliade – Yoga, inmortalidad y libertad
(Hemos de
reconocer, por tanto, la revelación y verdad de esta Alta Ciencia como algo
indiscutible. Nadie está en condiciones de poder refutar este Conocimiento
trascendental expresado por el Buda, que implica la “persistencia de la Mente ” de una existencia a
otra. En otras palabras, la realidad de la reencarnación en la existencia cíclica,
que sucede casi infinitamente, mientras no se consiga la “liberación” y purga
del karma acumulado. Este hecho, más allá de restar valor a cada una de las
existencias, las pone en su justa medida, como un proceso de regresar al Uno, la Mente universal, de donde
surgimos al comienzo del Tiempo).
jueves, 13 de marzo de 2014
Terror a la Historia y abandono de los Arquetipos (Mircea Eliade)
Si
el Mundo existe, si el hombre existe, es porque los seres
sobrenaturales han desplegado una actividad creadoras en los “comienzos”. Pero otros
acontecimientos han tenido lugar después, y el hombre, tal como es hoy, es el resultado de los acontecimientos míticos, está constituido por ellos. Es mortal,
porque algo ha pasado en aquel tiempo. Si eso no hubiera sucedido, el hombre no
sería mortal: habría podido existir indefinidamente. El mito del origen de la
muerte cuenta lo que sucedió y, al relatar este incidente, explica por qué el hombre es mortal.
El
“Centro” es la zona de lo sagrado por excelencia, la de la realidad absoluta. El
camino que lleva al centro es arduo, está sembrado de peligros, porque es un
rito del paso de lo profano a lo sagrado, de lo efímero y lo ilusorio a la
realidad y la eternidad; de la muerte a la vida; del hombre a la divinidad. El acceso
al centro equivale a una consagración, a una iniciación; a una existencia ayer
profana e ilusoria sucede ahora una nueva existencia real, duradera y eficaz.
Si mediante el acto de Creación se cumple el
paso de lo no manifestado a lo manifestado, o del Caos al Cosmos; si la Creación , en toda la
extensión de su objeto, se efectuó a partir de un “Centro”, de lo inanimado a
lo viviente, entonces se aclaran maravillosamente el simbolismo de las “ciudades
sagradas”, las teorías geománticas que presiden su fundación. Así, toda creación
repite el acto cosmogónico por excelencia: la Creación del Mundo; en
consecuencia, todo lo que es fundado lo es en el Centro del Mundo. Nada puede
durar si no está animado, si no está dotado, por un sacrificio, de un “alma”:
el prototipo del rito de construcción es el sacrificio que se hizo al fundar el
mundo.
El
tiempo concreto se proyecta en el tiempo mítico en que se produjo la fundación del
mundo. Así quedan aseguradas la realidad
y la duración de una construcción, no
solo por la transformación del espacio profano en un espacio trascendente (“el
centro”), sino también por la transformación del tiempo concreto en tiempo mítico.
Un ritual cualquiera se desarrolla no solo en un espacio consagrado, sino además
en un “tiempo sagrado”, en “aquel tiempo”, cuando el ritual fue llevado a cabo
por vez primera por un dios, un antepasado o un héroe. “Así hicieron los
dioses, así hacen los hombres”. Conocer los mitos es aprender el secreto del
origen de las cosas. Un acto no es real más que en la medida en que imita o repite un arquetipo. Así, todo
lo que no tiene un modelo ejemplar carece de realidad.
Un
sacrificio no solo reproduce exactamente el sacrificio inicial revelado por un
dios al principio, sino que sucede en ese mismo momento mítico primordial. El tiempo profano y
la duración quedan suspendidos, se abandona el mundo profano de los mortales y
se incorpora al mundo divino de los inmortales. Las sociedades primitivas que aún
viven en el paraíso de los arquetipos se regeneran periódicamente por la
expulsión de los “males” y la confesión de los pecados. Así, pues, la
existencia del hombre en el Cosmos se considera como una caída. Para ellos, la
memoria “histórica”, es decir, el recuerdo de acontecimientos que no derivan de
ningún arquetipo, es insoportable. La necesidad de librarse del recuerdo del “pecado”,
de una secuencia de acontecimientos cuyo conjunto constituye la “historia”, está
relacionada con la inmensa importancia adquirida por la regeneración colectiva
por medio de la repetición del acto cosmogónico.
Para el hombre tradicional, la
imitación de un modelo arquetípico es una reactualización del momento mítico en
que el arquetipo fue revelado por vez primera. Esas ceremonias suspenden el
tiempo profano, la duración, y proyectan al que los celebra in illo tempore. Es la oposición del
hombre a aceptarse como ser histórico, a conceder valor a la “memoria”, la voluntad de desvalorizar el tiempo.
Como
el místico, como el hombre religioso en general, el primitivo vive en un
continuo presente. Lo que domina es el retorno cíclico de lo que antes fue, el “eterno
retorno”. Hasta puede decirse que nada nuevo se produce en el mundo, pues todo
no es más que la repetición de los mismos arquetipos primordiales. Esa repetición
mantiene sin cesar al mundo en el mismo instante auroral de los comienzos. Pero la repetición tiene un sentido:
solo ella confiere una realidad a los
acontecimientos.
Para el hombre de las culturas tradicionales
vivir equivalía a respetar la “ley”, la revelación hecha por una divinidad o un
ser mítico. Si por la repetición de las acciones conseguía anular el tiempo, no
por eso dejaba de vivir en concordancia con los ritmos cósmicos. No puede
concebir un “sufrimiento” no provocado; proviene de una falta, una acción mágica
o por lo menos una causa identificadas en la voluntad del Dios Supremo
olvidado. En todos los casos, el sufrimiento se hace coherente y por consiguiente
llevadero.
La
novedad de la religión judía respecto de las estructuras tradicionales es que
el acontecimiento histórico se convierte en teofanía, en la cual se devela
tanto la voluntad de Yahvé como las relaciones entre Él y el pueblo que ha
elegido. Pero las creencias mesiánicas en una regeneración final del mundo
denotan igualmente una actitud antihistórica.
Como ya no puede ignorar o abolir periódicamente la historia, el hebreo la soporta con la esperanza de que cesará definitivamente
en un momento más o menos lejano; la historia debe ser soportada porque tiene
una función escatológica, porque se sabe que algún día cesará. La historia así
es abolida en el futuro. La regeneración
periódica de la Creación
es reemplazada por una regeneración única
que ocurrirá en un in illo tempore
por venir.
Sería
necesario comparar al hombre de las civilizaciones tradicionales con el hombre
moderno, que se sabe y se quiere creador de la historia, en cuya perspectiva es
cada vez más difícil de soportar el “terror a la historia”. Quisiéramos saber,
por ejemplo, cómo pueden soportarse, y justificarse, los dolores y la
desaparición de tantos pueblos que sufren y desaparecen, ¿cómo podrá el hombre
soportar las catástrofes y los horrores de la historia si no se presiente
ninguna intención transhistórica, si tales horrores son solo el juego ciego de
fuerzas económicas, sociales o políticas, o el resultado de las “libertades”
que una minoría se toma y ejerce directamente en la escena de la historia
universal?
Es menester considerar que cuanto más se
agrave el terror a la historia, cuanto más precaria se haga la existencia debido a la historia, tanto más crédito perderán las
posiciones del historicismo. Y, en un momento en que la historia podría
aniquilar a la especie humana en su totalidad, no está vedado concebir una época
no muy lejana en que la humanidad, para asegurarse la supervivencia, se vea
obligada a dejar de “seguir” haciendo
la “historia”, en que se conforme con
repetir los hechos arquetípicos y se
esfuerce por “olvidar”, como
insignificante y peligroso, todo hecho espontáneo que amenazara con tener
consecuencias “históricas”.
Las
técnicas orientales se esfuerzan ante todo por anular o superar la condición
humana. Sobre este particular, se puede hablar no solo de libertad y emancipación,
sino verdaderamente de creación, pues se trata de crear un hombre nuevo, y de crearlo en un plano suprahumano, un
hombre-dios, como nunca pasó por la imaginación del hombre histórico poder
crearlo.
Puede
decirse que el cristianismo es la “religión” del hombre moderno y del hombre histórico.
Desde la “invención” de la fe en el sentido judeocristiano del vocablo, el
hombre apartado del horizonte de los arquetipos y la repetición no puede ya
defenderse de ese terror sino mediante la idea de Dios. En efecto, solo presuponiendo
la existencia de Dios conquista, por un lado, la libertad que le concede
autonomía en un universo regido por leyes,
y por otro lado, la certeza de que las tragedias históricas tienen una
significación transhistórica, incluso cuando esa significación no se siempre
evidente para la actual condición humana.
Toda otra situación del hombre moderno
conduce, en última instancia, a la desesperación. Una desesperación provocada,
no por su propia existencialidad humana, sino por su presencia en un universo
histórico en el cual casi la totalidad de los seres humanos viven acosados por
un terror continuo (aun cuando no siempre sea consciente). En este aspecto, el
cristianismo se afirma sin discusión como la religión del “hombre que ha caído
en desgracia”, y ello en la medida en que el hombre moderno está
irremediablemente integrado a la historia y al progreso, y en que la historia y el progreso son caídas que
implican el abandono definitivo de los arquetipos y de la repetición.
Mircea
Eliade – El Mito del Eterno Retorno.-
Mito y Realidad
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