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miércoles, 27 de febrero de 2019
Biblioteca Maestros Espirituales (3): Coomaraswamy, A.K., Mircea Eliade y Renè Guenon
En esta ocasión os dejo una buena colección de textos de los tres máximos divulgadores de la Espiritualidad y la Metafísica Tradicional del Hinduismo, particularmente, y en general de la Sabiduría Oriental y las Religiones monoteístas. Para aquellos que no estén familiarizados con estas lecturas, recomiendo comenzar con Mircea Eliade, por hablarnos este autor en un lenguaje más asequible y cercano.
Mircea Eliade
https://drive.google.com/drive/folders/1inavgkwztZUjt9MlviLa3PW0mD3q0hfD?usp=sharing
Renè Guenon
https://drive.google.com/drive/folders/1an5F7YYLMzvftXb8Sb32ut_p1ZOYKuDo?usp=sharing
Coomaraswamy, A.K.
https://drive.google.com/drive/folders/16NmxUxouGfP3CY1hSJDNjE11Mr65agVF?usp=sharing
lunes, 10 de julio de 2017
El trabajo se hizo para el hombre, no él para el trabajo (Coomaraswamy)
El mundo moderno puede ser
descrito como un mundo “de realidad empobrecida”, desprovisto de significado,
“inane y autodestructivo”, “interesado en la moda más que en la belleza”, en
las noticias más que en la verdad.; y listo para todo tipo de catástrofes. Como
dijo el físico John Scott Haldane: “La civilización occidental, con todas las
ventajas superficiales que le confiere el provechoso estudio de la ciencia
física, a llegado a representar a los ojos de muchas gentes en los países
orientales poco más que un materialismo. Pero el materialismo no forma ninguna
base para la honestidad, ni para la caridad, ni para la consideración de la
verdad, la lealtad, o el arte, y sin éstos, la civilización real no existe, y
toda civilización solo de apariencia es completamente inestable”.
Las condiciones del mundo
han cambiado, en términos comunicativos, todas sus partes están hoy en contacto
casi inmediato unas con otras, y se habla de
un “único mundo” y de la necesidad de “comprenderse unos a otros”. Pero
apenas se ha hecho previsión alguna para que una tal comprensión tenga lugar.
El concepto mismo de progreso requiere investigación y definición,
particularmente en lo que concierne a las preguntas, ¿progreso en qué? y
¿progreso hacia qué? todo concuerda en una civilización que se basa en un
concepto de la “conquista de la naturaleza” y que se ha descrito como una
“barbarie organizada”. Como dice Van Straelen, “nosotros hemos devenido meros
engranajes de las grandes máquinas; veo a esas masas agitadas y las compadezco
como pobres esclavos, que no conocen otro reposo que ese tipo de
entretenimiento enlatado puestos ante ellos por las gentes de inclinación
aprovechada en ambientes polucionados e insalubres”. Y es a esto a lo que
nosotros llamamos progreso, desarrollo y civilización, y despreciamos a las
áreas sin industrializar de la superficie de la tierra como si fueran países
atrasados habitados por razas inferiores… estancadas y que no cambian –como si
debiera admirarse cualquier cambio, sin que importe si es para mejor o para
peor-.
Ciertamente, la ciencia ha
dominado a la naturaleza, pero en el occidente el hombre ha olvidado lo más
difícil: de dominar ala naturaleza humana.
El mayor problema
inmediato, cuya solución es indispensable para hacer un mundo mejor y más
feliz, es el de la relación entre las vidas de los hombres y su vida de
trabajo. En esta cuestión están implícitos el problema de las nociones
contrastadas de una manufactura para el lucro y de una manufactura para el uso,
y el problema del “modelo” de vida, de si sea cuantitativo y cualitativo.
Es cierto que cuando el
trabajo y la cultura están divorciados, y cuando ya no queda nada excepto la
mano de obra, las horas de ocio, por muchas que sean, no salvarán lo que se ha
perdido en las horas de trabajo ininteligente a lo que el industrialismo
condena a la mayoría. Precisamente en este punto, es esencial para el bienestar
de toda la humanidad, que permanezcamos en los terrenos vocacionales sobre los
que han crecido las sociedades tradicionales y verdaderamente civilizadas, así
como las formas de arte más elevadas.
Estamos hablando de
devenir ciudadanos del mundo. Nadie puede aspirar a esto si no tiene nada suyo
propio, con lo que contribuir a la constitución de una sociedad cosmopolita y
si no pone un ladrillo de su estructura, sino que, en lugar de esto, solo
quiere vivir en ella. Aquellos que no toman parte en la obra de construcción no
tienen derecho a participar de su vida, de otro modo que con alguna capacidad
servil. Nosotros no podemos mantenernos al margen; aceptar meramente las
bendiciones reales y supuestas del industrialismo y de la democracia sería hacer
justamente eso. La noción misma de “un mundo mejor” proclama que nadie está
satisfecho con el mundo tal como está, y que hay mucho trabajo que hacer.
En el caso de las
sociedades vocacionales, la teoría pone al hombre en primer lugar, el trabajo
se hizo para él, no él para el trabajo; el fin principal que se tiene en vista
es proporcionar los medios para el desarrollo y la fruición de las
potencialidades propias del trabajador y, al mismo tiempo, proveer a las
necesidades de la sociedad. El perfeccionamiento de la obra a la que un hombre
se entrega, y que quiere hacer más que cualquier otra cosa en el mundo, eso y
su propio proceso de crecimiento y de autoperfeccionamiento están
inseparablemente unidos.
Bajo estas condiciones, cada ocupación es
una profesión con su ética profesional apropiada; y esto es su justicia o
“igualdad”, es decir, que cada hombre haga este trabajo para el que está dotado
naturalmente. Buscad primero esta justicia y las necesidades de la sociedad se
verán satisfechas, más fácilmente y mejor que de cualquier otra manera; por muy
iguales que sean los hombres desde algunos puntos de vista, no están dotados
idénticamente, y la diversidad de los talentos corresponde a la de las cosa que
los hombres requieren para su buen uso.
En nuestra filosofía, el
propósito último, el fin último del hombre es liberarse; si es posible aquí y
ahora, o si no es ahora, entonces por un proceso de maduración progresivo que
se completará en algún otro estado del ser y antes del fin del tiempo.
La libertad que se tiene
en vista trasciende todo tipo de libertad específica; todas las demás
libertades, por deseables que sean, son solo aspectos parciales de una libertad
absoluta de ser, no solo cómo, sino también cuando y donde uno quiera; y
sostenemos que esta libertad solo puede alcanzarse con el conocimiento y la
práctica de una verdad no menos absoluta. Por consiguiente, cualquier logro de
libertades menores puede alcanzarse también por medio de una adhesión estricta
a la verdad.
Ananda Kentish Coomaraswamy – La doctrina India del fin último del hombre
miércoles, 28 de diciembre de 2016
Morimos y renacemos a cada instante; no hay reencarnación (Coomaraswamy)
El “gran dicho” de los
Upanishads es “Eso eres tú”. “Eso” es aquí, por supuesto, el Atman o Espíritu,
la esencia espiritual, indivisa bien sea transcendente o bien sea inmanente, el
motor inmutable. Se presta a todas las modalidades del ser pero él mismo jamás
deviene un alguien o un algo. “Eso”, en otras palabras, es el Brahman, o Dios
en el sentido general del Logos o del Ser, considerado como la fuente universal
de todo ser, fuente de todas las cosas. Todas las cuales están “en” él como lo
finito en lo infinito. Aunque no como una parte de él, puesto que lo infinito
no tiene partes.
Este Atman, en tanto que
eso que sopla e ilumina, es primordialmente el Espíritu, a causa de que él es
este Eros divino que es la esencia vivificante de todas las cosas y así su ser
real. Se usa también para significar “sí mismo”, bien “uno mismo” en todos los
sentidos, o bien con referencia al Sí mismo o Persona espiritual, y debe ser
distinguido del “yo” afectado y contingente que es un compuesto del cuerpo y de
todo lo que nosotros entendemos por “alma” cuando hablamos de una psicología.
Cada una de estas
aparentes definiciones del Espíritu representa la actualidad en el tiempo de
una de sus indefinidamente numerosas posibilidades de manifestación formal. La
existencia comienza con el nacimiento y acaba con la muerte, jamás puede repetirse. Nada sobrevive excepto un legado; el hombre ha devenido
una memoria. Todo el problema del fin último del hombre, la liberación, la
beatitud o la deificación es, por consiguiente, un problema de encontrarse a
“uno mismo” no ya en “este hombre” sino en el Hombre Universal, que es
independiente de todos los órdenes del tiempo y que no tiene ni comienzo ni
fin.
Cualquier ser nacido es
por completo literalmente una criatura de las circunstancias, un autómata; no
se da cuenta de que él es lo que es y hace todo lo que él hace, a causa de que
otros antes que él han sido lo que fueron, y han hecho lo que hicieron, y todo
esto sin ningún comienzo concebible, un eslabón en una cadena causal de la que
no podemos imaginar ni un comienzo ni un fin.
A su muerte, el ser
compuesto se deshace en el cosmos; no hay nada que pueda sobrevivir como una
consciencia de ser. Los elementos de la entidad psicofísica se desintegran y
pasan a otros como un legado. Es un proceso que ha estado teniendo lugar a lo
largo de la vida, un proceso descrito en la tradición india como el “renacimiento
del padre en y como el hijo” vive en sus descendientes directos e indirectos.
Esta es la supuesta doctrina india de la “reencarnación”; es la misma que la
doctrina griega de la metempsicosis; es la doctrina cristiana de nuestra
preexistencia en Adán, y es la doctrina moderna de la “repetición de los
caracteres ancestrales”.
¿Necesito decir que esto
no es una doctrina de la reencarnación? ¿Necesito decir que ninguna doctrina de
la reencarnación, acordemente a la cual el ser y la persona mismos de un hombre
que ha vivido una vez sobre la tierra y que ahora está muerto renacerá de otra
madre terrestre, ha sido enseñada nunca en la India , ni siquiera en el budismo ni, por
supuesto, en la tradición neoplatónica ni en ninguna otra tradición ortodoxa?
Tanto en los Brahmanas como en el Antiguo Testamento se afirma con igual
rotundidad que aquellos que han partido una vez de este mundo han partido para
siempre, y que no han de ser vistos de nuevo entre los vivos.
Desde el punto de vista
indio como desde el punto de vista platónico, todo cambio es un morir. Nosotros
morimos y renacemos diariamente y a cada instante, y la muerte “cuando llega la
hora” es solamente un caso especial. Yo no digo que una creencia en la
reencarnación no haya sido mantenida nunca en la India. Digo que una creencia
tal, solo puede haber resultado de una mala interpretación popular del lenguaje
simbólico de los textos; y que la creencia de los eruditos y los teosofistas es
el resultado de una interpretación igualmente simplista y desinformada.
Por “reencarnación”
nosotros entendemos un renacimiento aquí del ser y la persona del decedido.
Nosotros afirmamos que esto es una imposibilidad, por buenas y convincentes
razones metafísicas. La consideración principal es ésta: que si bien el Cosmos
abarca un rango de posibilidades indefinido, todas las cuales deben realizarse
en una duración igualmente indefinida, el presente universo habrá cumplido su
curso cuando todas las potencialidades se hayan reducido a acto, justamente
como cada vida humana ha cumplido su curso cuando todas sus posibilidades se
han agotado. El fin de una “aeviternidad” habrá sido alcanzado entonces sin
lugar alguno para una repetición de los acontecimientos ni para una repetición
de las condiciones pasadas. La sucesión temporal implica una sucesión de cosas
diferentes. Nosotros podemos hablar de una “migración” de “genes” y llamar a
esto un renacimiento de tipos, pero esta reencarnación del carácter de alguien
debe ser distinguida de la “transmigración” de su persona verdadera.
Tales son la vida y la
muerte del animal racional y mortal. El Vedanta afirma que el único Ser
verdadero del hombre es el espiritual y que este ser suyo no está “en” alguien
ni en ninguna “parte” de él, sino que solamente se refleja en él. Afirma que
este ser no está en el plano de él ni está en modo alguno limitado por su
campo, sino que se extiende desde este campo hasta su centro,
independientemente de los recintos que penetra. Lo que tiene lugar a la muerte,
entonces, por encima de su desintegración, es una retirada del espíritu del
vehículo fenoménico del cual él había sido la “vida”. Nos referimos a la muerte
como una “entrega del espíritu”. Así pues, a la muerte, el polvo retorna al
polvo y el espíritu a su fuente. Es el espíritu, como lo expresan los textos
vedánticos, el que “queda” cuando el cuerpo y el alma se deshacen.
Ananda Kentish Coomaraswamy – El Vedanta y
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