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jueves, 25 de abril de 2019

Biblioteca de escritores e investigadores españoles sobre enigmas de la Historia y el Cristianismo



He procurado reunir aquí una variada colección de textos sobre el tema del epígrafe, que van desde el análisis, la crítica y la hermenéutica hasta la fabulación y la novela. Autores con distintos puntos de vista y métodos de trabajo, pero que nos revelan la íntima inquietud de desentrañar los hilos de la historia, especialmente la que nos han inducido a creer, no acorde en multitud de casos con lo que de verdad sucedió. No hay una especialidad humana más frágil e insegura que la interpretación histórica.

Espero que esta labor de investigación tenga sus adeptos y encuentren libros de su interés. Como definidores del tema puedo citar, por ejemplo “Defendámonos de los dioses” de Salvador Freixedo y “La conspiración de los dioses” de Juan García Atienza, ambos coincidentes en la denuncia de la manipulación a que estamos sometidos. También como apunte los clásicos “Existió otra humanidad” y “Mis enigmas favoritos” de J. J. Benítez, “En busca de la Edad de oro” y “La ruta prohibida y otros enigmas de la historia” de Javier Sierra sobre civilizaciones, enigmas y misterios del pasado. En otro orden de cosas, “El catolicismo explicado a las ovejas” del prolífico autor Juan Eslava Galán y “Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica” de Pepe Rodríguez, junto a la rigurosa especulación de César Vidal o Antonio Piñero nos abren un abanico de posibilidades múltiples.

Mención especial al malogrado Andreas Faber-Kaiser y su contravertida obra “Jesús vivió y murió en Cachemira”, hipótesis que no ha podido ser rebatida aún convincentemente.

Salvador Freixedo

Juan García Atienza
https://drive.google.com/drive/folders/1OqAQUiO5P7QhUgQeblBFkxWYrqY33yEL?usp=sharing

J. J. Benítez

Javier Sierra

Pepe Rodríguez

Biblioteca varios escritores e investigadores españoles sobre investigación histórica, enigmas y religión




jueves, 7 de marzo de 2019

Colección Otros Mundos y Realismo Fantástico




En un loable intento de entender y explicar los Grandes Enigmas de la Humanidad, acometió la editora Plaza y Janés, allá por los años 70, la publicación de más de 200 títulos en sus colecciones Otros Mundos y Realismo Fantástico que abarcaban temas como la Ufología, Astrología, Esoterismo, Parapsicología, Mitos, Alquimia, Civilizaciones desaparecidas, etc., tratados abiertamente desde el ansia humana de conocimiento y planteando variadas hipótesis, entre la razón y la fantasía, y que supuso un trampolín para la posterior investigación científica de tales misterios, muchos de ellos aún sin respuesta satisfactoria.

Estos son los títulos que he logrado reunir, muchos menos de los que me gustaría.

Colección Otros Mundos y Realismo Fantástico:
https://drive.google.com/drive/folders/1ENTB0EpSHZqNttfCpKc5F3t-XsJjSqGO?usp=sharing


miércoles, 30 de enero de 2019

Biblioteca: El Enigma de Jesús y el Cristianismo





Para conocer más a fondo el problema del enigma de Jesús y el Cristianismo traigo aquí una selección de textos que tratan el tema ya sea de modo académico y riguroso, como legendario, simbólico o más o menos fantasioso, además de la posición de fe o creencia de cada autor en particular. Es un tema que me ha apasionado desde muy joven, no en vano la influencia que ha ejercido el cristianismo en nuestra civilización es abrumadora y a nadie creo puede dejar indiferente poseer la información necesaria. Para definir de forma concisa la cuestión esta vez veo acertada la exposición que de ello hace la wikipedia:


“La historicidad de Jesús se refiere a si Jesús de Nazaret, nacido 7-2 (a. C.), existió como una figura histórica, si los episodios representados en los evangelios se pueden confirmar como hechos históricos en contraposición al mito, la leyenda o la ficción, y la valoración de las pruebas concernientes a su vida.
Hay «un consenso prácticamente universal» entre los estudiosos que Jesús existió históricamente, aunque los eruditos bíblicos difieren acerca de las creencias y enseñanzas de Jesús, así como la exactitud de los detalles de su vida que han sido descritos en los Evangelios. Si bien los estudiosos a veces han criticado la erudición de Jesús por los prejuicios religiosos y la falta de rigor metodológico,​ con muy pocas excepciones, tales críticos sí apoyan la historicidad de Jesús, y rechazan la teoría de que Jesús nunca existió, conocida como el Mito de Jesús.​ Algunos estudiosos, especialmente en Europa, han hecho recientemente el caso de que si bien hay una serie de plausibles «Jesuses» que podrían haber existido, no cabe certeza en cuanto a qué Jesús era el Jesús histórico, y que también debería ser más erudita la investigación y el debate sobre este tema. ​
La historicidad de Jesús es diferente del estudio relacionado del Jesús histórico, que se refiere a las reconstrucciones eruditas de la vida de Jesús, basadas principalmente en el análisis crítico de los textos evangélicos.​
Desde el siglo XVIII, los estudiosos han tratado de  reconstruir la vida del Jesús histórico, el desarrollo de métodos histórico-críticos para el análisis de los textos disponibles. Las únicas fuentes son documentales; junto con los textos bíblicos como las  epístolas paulinas o los evangelios sinópticos, tres pasajes en obras no cristianas se han utilizado para apoyar la historicidad de Jesús:  dos en los escritos del historiador judío Josefo, y uno del historiador romano Tácito. Aunque la autenticidad de los tres ha sido cuestionada; y uno es generalmente aceptado como modificado por los cristianos, sin embargo, la mayoría de los estudiosos creen que es al menos parcialmente auténtico”.

El legado espiritual de "Jesús" ha sido recogido y desarrollado por la tradición cristiana en una farragosa historia envuelta en dogmatismos, herejías, omisiones, interpolaciones, enigmas y contradicciones, por lo que es difícil saber ciertamente la verdad de su vida y de su “misión en el mundo”. Algo de luz al respecto nos ha aportado el análisis de los textos encontrados en Nag Hammadi, con restos de versiones diferentes a la oficial de evangelios escritos con anterioridad (y desconocidos en ese momento) del fijado dogmático del Canon Católico.

Sin más preámbulo adentrémonos en los textos sin ideas preconcebidas, sin que la fe o un agnosticismo más o menos escéptico empañen nuestra consideración al respecto. Reservo mi opinión personal a los comentarios que puedan surgir por vuestra parte.


Enigmas de Jesús y el Cristianismo:



lunes, 16 de noviembre de 2015

Nuestros genes extraterrestres (Zecharia Sitchin)

¿A imagen de quién fue creado Adán (el prototipo de los humanos modernos, homo sapiens)?



El principal hallazgo (en el año 2001) es que el genoma humano no contiene los anticipados 140.000 genes, son solo 30.000, algo más del doble que posee una mosca de la fruta, y apenas un 50% más que la lombriz intestinal. Más aún, es un 70% igual al de un ratón, y un 99% al de un chimpancé. Se encontraron genes humanos, con las mismas funciones en invertebrados, plantas, hongos y levadura.

Los hallazgos no solo confirman eso, sino que habría una fuente de ADN para toda la vida en la Tierra. Rascándose la cabeza estaba el consorcio científico debido a este descubrimiento: el genoma humano contiene 223 genes que no tienen predecesores en el árbol evolutivo. ¿Cómo y de dónde pudo el ser humano adquirirlos? En la progresión evolutiva de las bacterias a los invertebrados, los vertebrados y los humanos finalmente modernos, estos 223 genes son completamente extraños. Por consiguiente, los científicos solo pueden explicar su presencia en el genoma humano como algo que se incorporó muy recientemente, no a través de la evolución gradual, sino que se adquirieron horizontalmente (“agregados” de una manera independiente a la evolución humana) por una infección bacteriana.




¿Cómo están seguros los científicos de que estos genes tan importantes y complejos, que significan una inmensa ventaja para la humanidad, fueron obtenidos a través de la cortesía de una infección bacterial? Es un salto que no sigue las teorías evolutivas actuales. No está claro tampoco si el traslado fue de las bacterias al humano o del humano a las bacterias, pero no se encuentra una fuente bacteriana que los tenga horizontalmente transferidos. ¿Pero si el hombre dio esos genes a las bacterias, dónde los adquirió?





El genoma humano está compuesto de aproximadamente 3 millones de nucleótidos; de ellos, solo un poco más del 1% se agrupa en función de genes (cada gen consiste en miles de letras). La diferencia entre una persona y otra suman aproximadamente 1.000 letras en el alfabeto del ADN. La diferencia entre el hombre y el chimpancé está en menos del 1%, y un 1% en 30.000 genes es 300. Entonces ¡223 son más de dos tercios de diferencia entre yo, usted y un chimpancé!
    Estos genes no solo incluyen proteínas sino que también involucran funciones fisiológicas y psíquicas. Es más, enzimas neurológicas importantes solo provienen de la porción mitocondrial del ADN –el llamado EVA mitocondrial–, ese  ADN que la humanidad solo pudo heredar por línea materna.

Los versículos de la Biblia que tratan el tema de la formación de Adán están muy resumidos, existiendo información con mayor detalle en las tablillas de arcilla de sumerios y acadios, donde está muy detallado el papel de los “Elohim”, que habría sido realizado por los Anunnaki (literalmente “Aquellos que del cielo a la Tierra vinieron”).
    Los Anunnaki llegaron hace unos 450.000 años a la Tierra provenientes del planeta Nibiru, un miembro de nuestro propio sistema solar, cuya gran órbita le trae a nuestra parte de los cielos cada 3.600 años. Vinieron con la necesidad de oro para proteger su atmósfera que se desvanecía. Tras miles de años de duro trabajo, su científico Enki sugirió que podrían usar sus conocimientos genéticos para crear los obreros que necesitaban. Cuando los líderes Anunnaki preguntaron: ¿Cómo puedes crear un nuevo ser? Enki contestó. “El ser que necesitamos ya existe, solo tenemos que poner nuestra marca en él” (la doble hélice representativa del ADN “adquirido” figura como símbolo universal en pinturas y relieves, en forma de dos serpientes entrelazadas, como “el Caduceo de Hermes”; o bien la serpiente enroscada en una vara, distintivo de Asclepio, “Padre de la Medicina”).




La idea era modificar genéticamente los homínidos (más desarrollados de esa época: los Neandertales) agregándoles genes Anunnaki más avanzados. Cuando los líderes Anunnaki aprobaron el proyecto, Enki, con la ayuda de Ninhursag, la funcionaria médica principal Anunnaki, se embarcaron en el proceso de ingeniería genética, agregando y combinando genes del Anunnaki con aquellos homínidos. Cuando, después de muchos ensayos y errores se logró “el modelo perfecto”, dijo Ninhursag: “!Mis manos lo han hecho!”

Esa es la causa por la que nosotros tenemos esos genes extra… estaban en los Anunnaki.



Más allá de lo que la investigación científica pueda establecer, más allá de cualquier duda, la única fuente posible de estos genes extra, y a menos que se determine que la infección (el traslado horizontal antes comentado) fue de la bacteria al hombre y no al revés, la única solución posible será la ofrecida hace milenios por los escritos sumerios.

   Hasta entonces, los 223 genes extraños y enigmáticos permanecerán como una alternativa y una prueba de las modificaciones genéticas hechas por los Anunnaki.


Zecharia Sitchin – El Genoma Humano

lunes, 27 de julio de 2015

Creer en la inmortalidad, bálsamo de la religión (Malinowsky)




De todas las fuentes de la religión, la suprema y final crisis de la vida, esto es, la muerte, es la que reviste importancia mayor. La muerte es la puerta de entrada al otro mundo en un sentido que no solo es el literal. El hombre ha de entregar su vida en la sombra de la muerte, y el que se agarra a la vida y goza de su plenitud tiene que temer la amenaza de su final. Y el que se enfrenta con la muerte se vuelve a la promesa de la vida.

La muerte y su negación –“la inmortalidad”- han formado siempre el más acerbo tema de los presentimientos del hombre. La extrema complejidad de las reacciones emotivas hacia la vida encuentra por necesidad su paralelo a la actitud que el hombre muestra para con la muerte. Sin embargo, lo que durante toda la vida se habrá prolongado por un largo espacio de tiempo y manifestado en una sucesión de experiencias y sucesos, aquí da en su fin,  y se condensa en una sola crisis que produce una violenta explosión de manifestaciones religiosas.



El hombre teme a la muerte de manera intensa, lo que probablemente sea el resultado de ciertos instintos que, profundamente asentados, son comunes a los animales y al hombre. No quiere darse cuenta de que la muerte es un fin, ni puede enfrentarse con la idea de la completa cesación, de la aniquilación. Atendiendo a la idea de un espíritu y de una existencia espiritual, el hombre consigue la confortadora creencia en la continuidad espiritual y en la vida tras la muerte. Sin embargo, tal creencia no permanece incólume en el complejo y doble juego de esperanza y temor que acaece siempre cuando la muerte tiene lugar. A la confortadora voz de la esperanza, al intenso deseo de inmortalidad, a la dificultad o a la imposibilidad de hacer frente a la aniquilación, se oponen poderosos y terribles presentimientos. El testimonio de los sentidos, la horrorosa descomposición del cadáver, la visible desaparición de la personalidad, y parece ser que ciertas sugerencias instintivas de miedo y horror, parecen amenazar al hombre, en todos los estadios de la cultura, con una idea de aniquilación y con presagios y terrores escondidos.

Y aquí, en este juego de fuerzas emotivas, en este supremo dilema del vivir y de la muerte final, la religión entra en escena, seleccionando el credo positivo, la idea confortadora, la creencia culturalmente válida de la inmortalidad del espíritu independiente del cuerpo. De esta manera, la creencia en la inmortalidad es el resultado de una revelación emotiva profunda, establecida por la religión, y no se trata de una doctrina filosófica primitiva. La convicción del hombre de continuar su vida es un de los dones supremos de la religión, que juzga y selecciona la mejor de las alternativas, la esperanza de vida continuada y el temor ante la aniquilación. La religión salva al hombre de rendirse ante la muerte y la destrucción.



Así, los ritos del luto, la conducta ritual inmediata a la muerte, pueden ser tomados como modelos del acto religioso, mientras que la creencia en la continuidad de la vida en el más allá puede considerarse como prototipo de lo que es un acto de fe. Aunque en los actos de duelo, en la desesperación del llanto, en el trato del cadáver y en su funeral no se consiga ningún efecto ulterior, tales actos cumplen una función importante y poseen un considerable valor: ponen al hombre en comunión con la providencia, con las fuerzas benéficas de la abundancia.


Ante la muerte, la religión concede al hombre, sacrificando y regularizando así otra clase de impulsos, el don de la integridad mental, neutraliza las fuerzas centrífugas del miedo, del desaliento y de la desesperación, y proporciona los más poderosos medios de reintegración en la solidaridad del grupo y el restablecimiento de su presencia de ánimo. En resumen, la religión asegura la victoria de la tradición y de la cultura frente a la respuesta puramente negativa de los instintos frustrados.


Bronislaw Malinowsky – Magia, Ciencia y Religión

miércoles, 30 de julio de 2014

Del Jesús histórico al Cristo de la fe: un entramado teológico (Gonzalo Puente)

 


El Evangelio del autor de Marcos es un género literario de carácter histórico-teológico que pretende relatar como auténticos los hechos y las doctrinas de un personaje que se postula como histórico e históricamente cognoscible, Jesús de Nazaret. No se propone simplemente dar a conocer, sino solo dar a conocer ciertas cosas de cierta manera, administrando para este fin un acervo testimonial en estado todavía fluido formativo, pero que ya se altera deliberadamente en virtud de un trabajo de selección, adición, interpolación y redacción orientado en función de una interpretación teológica del ministerio y del magisterio del protagonista principal de esa historia.

Es lo que se denomina un escrito de tesis, en el que la preocupación básica del redactor consiste en servir del modo más eficaz al modelo histórico-teológico que su fe y la de su iglesia le imponen. Se trata de enseñar o inculcar una tesis teológica que se profesa como verdad revelada y nos ofrece, inconscientemente y a la vez, un doble y contrapuesto kerygma (anuncio, proclamación): la proclamación mesiánico-escatológica (fin de los tiempos) del propio Jesús en cuanto heraldo de la inminencia del Reino de Dios, y la proclamación por la ekklesia del Cristo celeste según la interpretación soteriológica (de salvación) del mesías como mediador humillado y expiatorio.

El arduo y al mismo tiempo ingenuo juego de los dos discursos kerigmáticos del autor de Marcos, evidencia el salto teológico del relato, desde el Jesús de la historia al Cristo de la fe. El deseo de apuntalar históricamente el nuevo mensaje soteriológico obliga a Marcos a usar masivamente –aunque lo haga de modo fragmentario, intermitente y frecuentemente elusivo– la tradición oral más antigua, aún subsistente, sobre las palabras, las actitudes y los actos del mismo Nazareno. De este material, se infiere que Jesús fue un mesianista que asumió rasgos esenciales de la tradición popular davídica, de la escatología profética y de la propaganda apocalíptica, fundiéndolos en un mensaje mesiánico que anuncia la inminencia del juicio y la instauración del Reino de Dios sobre una tierra transformada por una especie de palingenesia. Una predicación en la cual lo religioso y lo político se presentan como indisociables, y que pone todo el énfasis en un arrepentimiento inaplazable, en una íntima reconversión espiritual como requisito para acceder al reino mesiánico, que vendría con la intervención sobrenatural de Dios.



¿Profeta, intermediario, Mesías? El concepto de mesianidad que probablemente gravitaba en la conciencia del Nazareno, correspondía al tradicional de su pueblo, pese al deliberado propósito de los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) de evitar declaraciones explícitas identificándose con el Mesías de carácter davídico. Aunque el martirio inesperado de Jesús, que concluye en su crucifixión, debería haber descalificado su probable pretensión de mesianidad, emergió pronto la creencia en su resurrección, que requirió un lento proceso de elaboración dogmática insólita, dirigida a legitimar el fracaso mesiánico y transformarlo en insospechado cumplimiento del plan providencial de Yahvé en su fidelidad a las promesas de hegemonía y liberación de su pueblo fiel.

Este verdadero esfuerzo exegético (interpretativo) solo fue viable mediante una fe ciega, mediante una interpretación tipológica y alegórica exuberante y reiterativa. El primer acto del drama mesiánico se había realizado ya conforme a las escrituras. Su consumación final tendría lugar en la inminente parusía (segunda venida) de Cristo en poder y gloria. En el relato de Marcos, los restos de la tradición oral están dramáticamente mediatizados y ahormados por su intención dogmática. Cabe hablar de una hazaña redaccional de Marcos, pese a sus torpezas, a sus inconsecuencias, a su candidez inadvertida. Marcos no habla de la proclama de Jesús, sino de la proclama de la Iglesia respecto de Jesús; es decir, no reconstruye el ministerio y el magisterio del Nazareno en su verdadera naturaleza histórica, sino en el contexto de un modelo teológico preconcebido y diferente, elaborado a partir de la fe pospascual de la Iglesia.

En esta proclamación gravitan dos factores de orden teológico: el manifiesto propósito de probar que Jesús previó y anunció a sus discípulos su martirio como función expiatoria, constituyendo este rasgo de originalidad de su insólita conciencia mesiánica, y el deliberado deseo de sobrenaturalizar la personalidad del Nazareno iniciando, aún tímidamente, el proceso de su paulatina deificación posterior. Esta resolución de carácter dogmático es la matriz de las contradicciones e incongruencias de los evangelios sinópticos. Cada uno diseña su propio camino para consolidar este modelo apologético (defensor de la fe), espigando en las tradiciones orales, enmendándolas, amplificándolas o recortándolas, según las necesidades de sus parámetros teológicos.

El Evangelio de Marcos no solo no se trata de un relato autobiográfico, pero ni siquiera de una narración de la historia de un personaje. Todo se construye kerigmáticamente desde la fe en la Resurrección. Es decir, ni siquiera a partir de un hecho relevante, sino desde la fe en un supuesto hecho en rigor inverificable aún dentro de la tradición tal como llegó a nosotros. La clave de los dogmas cristianos consiste en afirmar algo y, a la vez, su contrario. Esta ambigüedad los ha dotado de una capacidad incomparable para adaptarse a todas las coyunturas históricas y explotarlas en beneficio de su dominación en toda la medida de lo posible. Todo el lenguaje en parábolas corresponde al abstruso misterio de una mesianidad expiatoria y frustrada en apariencia. Con todas las probables vacilaciones de un drama psicológico íntimo, el Nazareno se movió en torno a las representaciones mentales de un Mesías religioso-político tradicional.



La cosmovisión de Marcos está indudablemente influida por la tradición profética y apocalíptica, pero en particular por la angeología y demonología del judaísmo tardío, con sus corrientes orientalizantes y el sincretismo helenístico. En el relato, Jesús se pasa la vida profetizando. Cuando acierta, siempre lo hace ex–eventu (pasión muerte, exaltación). Cuando no sucede así, sus declaraciones resultan abiertamente fallidas (juicio final, instauración inminente del Reino, aplastamiento de los enemigos de Dios). Estas tajantes promesas se mantienen aún en Mateo y Lucas, cuando su incumplimiento era patente por razones cronológicas. ¡Lo que significa la inercia de la fe heredada!

Aunque los sinópticos se propusieron reducir las relaciones de Jesús con el Bautista al episodio del bautismo, la historia debió ser otra. (Si al principio) no se registra sino confluencia y coincidencia en la actividad heráldica de ambos, y hay probablemente solapamiento y mezcla entre algunos de sus seguidores, (posteriormente) ponen en relación el inicio del ministerio del Nazareno con la prisión de Juan. Pese a que el contenido del mensaje de Jesús repetía el kerigma del Bautista, surge un momento en el que ambos se separan. El hecho de que éste último haya continuado su prédica, y generando un movimiento mesiánico que le sobrevivió, prueba que hubo un abierto rechazo de la medianidad de Jesús y la de su Iglesia. Por ello, debemos admitir el hecho de que la tradición cristiana fue la primera que transformó a Juan, el profeta del juez que viene para juzgar al mundo, en el testigo de Jesús como Mesías. Alquimia teológica.

(...una vez ejecutado Juan y refiriéndose a Jesús) Se dice en Mc 6, 14: “Ése es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por esto obra en él el poder de hacer milagros”. (Flavio Josefo en sus Antigüedades Judías observa que) “El Bautista, excitaba a los judíos a practicar la virtud, a ser justos unos con otros, y a ser piadosos con Dios; los invitaba a unirse en el Bautismo y suscitaba la congregación de los gentiles, que se exaltaban mucho al oírle hablar”. El Bautista difundía más que unas reglas de conducta moral: postulaba un movimiento de signo mesiánico que apuntaba a la instauración de un Reino de Dios que impondría la justicia en el sentido de la tradición profética, es decir, la liberación de los oprimidos (características todas ellas y otras que no se citan con las que revistieron posteriormente a Jesús).




La explicación dogmática de un Jesús que decide de antemano morir en cumplimiento de las Escrituras para expiar mediante su sangre derramada los pecados de la humanidad, y redimirla, es una construcción incoherente e inverosímil. En este itinerario, la nueva religión pasó desde la idea de un hombre mortal, que se creyó Mesías, a la de un ser divino que fue enviado como Mesías en forma humana para rescatar a la humanidad de una culpa hereditaria por la “ofensa” hecha a Dios por la primera pareja en el paraíso.


Gonzalo Puente Ojea – El Evangelio de Marcos. Forma y Función. El verdadero mensaje de Jesús



jueves, 13 de marzo de 2014

Terror a la Historia y abandono de los Arquetipos (Mircea Eliade)


Si el Mundo existe, si el hombre existe, es porque los seres sobrenaturales han desplegado una actividad creadoras en los “comienzos”. Pero otros acontecimientos han tenido lugar después, y el hombre, tal como es hoy, es el resultado de los acontecimientos míticos, está constituido por ellos. Es mortal, porque algo ha pasado en aquel tiempo. Si eso no hubiera sucedido, el hombre no sería mortal: habría podido existir indefinidamente. El mito del origen de la muerte cuenta lo que sucedió y, al relatar este incidente, explica por qué el hombre es mortal.



El “Centro” es la zona de lo sagrado por excelencia, la de la realidad absoluta. El camino que lleva al centro es arduo, está sembrado de peligros, porque es un rito del paso de lo profano a lo sagrado, de lo efímero y lo ilusorio a la realidad y la eternidad; de la muerte a la vida; del hombre a la divinidad. El acceso al centro equivale a una consagración, a una iniciación; a una existencia ayer profana e ilusoria sucede ahora una nueva existencia real, duradera y eficaz.
   Si mediante el acto de Creación se cumple el paso de lo no manifestado a lo manifestado, o del Caos al Cosmos; si la Creación, en toda la extensión de su objeto, se efectuó a partir de un “Centro”, de lo inanimado a lo viviente, entonces se aclaran maravillosamente el simbolismo de las “ciudades sagradas”, las teorías geománticas que presiden su fundación. Así, toda creación repite el acto cosmogónico por excelencia: la Creación del Mundo; en consecuencia, todo lo que es fundado lo es en el Centro del Mundo. Nada puede durar si no está animado, si no está dotado, por un sacrificio, de un “alma”: el prototipo del rito de construcción es el sacrificio que se hizo al fundar el mundo.

El tiempo concreto se proyecta en el tiempo mítico en que se produjo la fundación del mundo. Así quedan aseguradas la realidad y la duración de una construcción, no solo por la transformación del espacio profano en un espacio trascendente (“el centro”), sino también por la transformación del tiempo concreto en tiempo mítico. Un ritual cualquiera se desarrolla no solo en un espacio consagrado, sino además en un “tiempo sagrado”, en “aquel tiempo”, cuando el ritual fue llevado a cabo por vez primera por un dios, un antepasado o un héroe. “Así hicieron los dioses, así hacen los hombres”. Conocer los mitos es aprender el secreto del origen de las cosas. Un acto no es real más que en la medida en que imita o repite un arquetipo. Así, todo lo que no tiene un modelo ejemplar carece de realidad.



Un sacrificio no solo reproduce exactamente el sacrificio inicial revelado por un dios al principio, sino que sucede en ese mismo momento mítico primordial. El tiempo profano y la duración quedan suspendidos, se abandona el mundo profano de los mortales y se incorpora al mundo divino de los inmortales. Las sociedades primitivas que aún viven en el paraíso de los arquetipos se regeneran periódicamente por la expulsión de los “males” y la confesión de los pecados. Así, pues, la existencia del hombre en el Cosmos se considera como una caída. Para ellos, la memoria “histórica”, es decir, el recuerdo de acontecimientos que no derivan de ningún arquetipo, es insoportable. La necesidad de librarse del recuerdo del “pecado”, de una secuencia de acontecimientos cuyo conjunto constituye la “historia”, está relacionada con la inmensa importancia adquirida por la regeneración colectiva por medio de la repetición del acto cosmogónico. 
   Para el hombre tradicional, la imitación de un modelo arquetípico es una reactualización del momento mítico en que el arquetipo fue revelado por vez primera. Esas ceremonias suspenden el tiempo profano, la duración, y proyectan al que los celebra in illo tempore. Es la oposición del hombre a aceptarse como ser histórico, a conceder valor a la “memoria”, la voluntad de desvalorizar el tiempo.

Como el místico, como el hombre religioso en general, el primitivo vive en un continuo presente. Lo que domina es el retorno cíclico de lo que antes fue, el “eterno retorno”. Hasta puede decirse que nada nuevo se produce en el mundo, pues todo no es más que la repetición de los mismos arquetipos primordiales. Esa repetición mantiene sin cesar al mundo en el mismo instante auroral de los comienzos. Pero la repetición tiene un sentido: solo ella confiere una realidad a los acontecimientos.
   Para el hombre de las culturas tradicionales vivir equivalía a respetar la “ley”, la revelación hecha por una divinidad o un ser mítico. Si por la repetición de las acciones conseguía anular el tiempo, no por eso dejaba de vivir en concordancia con los ritmos cósmicos. No puede concebir un “sufrimiento” no provocado; proviene de una falta, una acción mágica o por lo menos una causa identificadas en la voluntad del Dios Supremo olvidado. En todos los casos, el sufrimiento se hace coherente y por consiguiente llevadero.



La novedad de la religión judía respecto de las estructuras tradicionales es que el acontecimiento histórico se convierte en teofanía, en la cual se devela tanto la voluntad de Yahvé como las relaciones entre Él y el pueblo que ha elegido. Pero las creencias mesiánicas en una regeneración final del mundo denotan igualmente una actitud antihistórica. Como ya no puede ignorar o abolir periódicamente la historia, el hebreo la soporta con la esperanza de que cesará definitivamente en un momento más o menos lejano; la historia debe ser soportada porque tiene una función escatológica, porque se sabe que algún día cesará. La historia así es abolida en el futuro. La regeneración periódica de la Creación es reemplazada por una regeneración única que ocurrirá en un in illo tempore por venir.

Sería necesario comparar al hombre de las civilizaciones tradicionales con el hombre moderno, que se sabe y se quiere creador de la historia, en cuya perspectiva es cada vez más difícil de soportar el “terror a la historia”. Quisiéramos saber, por ejemplo, cómo pueden soportarse, y justificarse, los dolores y la desaparición de tantos pueblos que sufren y desaparecen, ¿cómo podrá el hombre soportar las catástrofes y los horrores de la historia si no se presiente ninguna intención transhistórica, si tales horrores son solo el juego ciego de fuerzas económicas, sociales o políticas, o el resultado de las “libertades” que una minoría se toma y ejerce directamente en la escena de la historia universal?
   Es menester considerar que cuanto más se agrave el terror a la historia, cuanto más precaria se haga la existencia debido a la historia, tanto más crédito perderán las posiciones del historicismo. Y, en un momento en que la historia podría aniquilar a la especie humana en su totalidad, no está vedado concebir una época no muy lejana en que la humanidad, para asegurarse la supervivencia, se vea obligada a dejar de “seguir” haciendo la “historia”, en que se conforme con repetir los hechos arquetípicos y se esfuerce por “olvidar”, como insignificante y peligroso, todo hecho espontáneo que amenazara con tener consecuencias “históricas”.

Las técnicas orientales se esfuerzan ante todo por anular o superar la condición humana. Sobre este particular, se puede hablar no solo de libertad y emancipación, sino verdaderamente de creación, pues se trata de crear un hombre nuevo, y de crearlo en un plano suprahumano, un hombre-dios, como nunca pasó por la imaginación del hombre histórico poder crearlo.



Puede decirse que el cristianismo es la “religión” del hombre moderno y del hombre histórico. Desde la “invención” de la fe en el sentido judeocristiano del vocablo, el hombre apartado del horizonte de los arquetipos y la repetición no puede ya defenderse de ese terror sino mediante la idea de Dios. En efecto, solo presuponiendo la existencia de Dios conquista, por un lado, la libertad que le concede autonomía en un  universo regido por leyes, y por otro lado, la certeza de que las tragedias históricas tienen una significación transhistórica, incluso cuando esa significación no se siempre evidente para la actual condición humana.

   Toda otra situación del hombre moderno conduce, en última instancia, a la desesperación. Una desesperación provocada, no por su propia existencialidad humana, sino por su presencia en un universo histórico en el cual casi la totalidad de los seres humanos viven acosados por un terror continuo (aun cuando no siempre sea consciente). En este aspecto, el cristianismo se afirma sin discusión como la religión del “hombre que ha caído en desgracia”, y ello en la medida en que el hombre moderno está irremediablemente integrado a la historia y al progreso, y en que la historia y el progreso son caídas que implican el abandono definitivo de los arquetipos y de la repetición.


Mircea Eliade – El Mito del Eterno Retorno.-  Mito y Realidad


martes, 22 de octubre de 2013

Quiero, Creo somos Alma Inmortal, Eternidad




Quiero

Quiero desatar y quiero ser desatado
Quiero salvar y quiero ser salvado
Quiero ser engendrado
Quiero cantar: cantad todos
Quiero llorar: golpead vuestros pechos
Quiero adornar y quiero ser adornado
Soy lámpara para ti, que me ves
Tú ves lo que hago. No lo menciones.
La palabra engañó a todos,
pero yo no fui completamente engañado.

Prisciliano – Himno a Jesucristo





Creo

“No intento, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ninguna manera puedo comparar con ella mi inteligencia; pero deseo comprender tu verdad aunque sea imperfectamente, esa verdad que mi corazón cree y ama. Porque no busco comprender para creer, sino que creo para llegar a comprender. Creo, en efecto, porque si no creyera, no llegaría a comprender”.

Anselmo de Canterbury




Somos

¿Acaso se vive verdaderamente en la Tierra?
¡No para siempre, tan solo un poco!...
¿Dónde está mi verdadera morada?
¡Yo sufro, aquí en la Tierra!
Aquí nació la muerte florida.
Los que tomaron forma en Tlapalla,
nuestros antepasados, llegan hasta la Tierra…
Huérfanos nos han dejado en la Tierra.
¿Adónde iré?...
¿Quizás a la casa de Dios
adonde se baja en el centro del Cielo…?
Amigos, una misión nos ha traído al mundo…,
es cierto que vivimos en la Tierra.
Hemos venido aquí solamente para conocernos,
un día nos iremos…

Canto Azteca




Alma Inmortal

“Er, hijo de Arme­nio, panfilio de nación, que murió en una guerra y, ha­biendo sido levantados, diez días después, los cadáveres ya putrefactos, él fue recogido incorrupto y llevado a casa para ser enterrado y, yacente sobre la pira, volvió a la vida a los doce días y contó, así resucitado, lo que había visto allá. Dijo que, después de salir del cuerpo, su alma se ha­bía puesto en camino con otras muchas y habían llegado a un lugar maravilloso donde aparecían en la tierra dos aberturas que comunicaban entre sí y otras dos arriba en el cielo, frente a ellas. Y así vio cómo, por una de las aberturas del cielo y otra de la tierra, se marchaban las almas después de juzgadas; y cómo, por una de las otras dos, salían de la tierra llenas de suciedad y de polvo, mientras por la restante bajaban más almas, limpias, desde el cielo. Y las que iban llegando parecían venir de un largo viaje y, saliendo contentas a la pradera, acampaban como en una gran feria, y todas las que se co­nocían se saludaban y las que venían de la tierra se infor­maban de las demás en cuanto a las cosas de allá, y las que venían del cielo, de lo tocante a aquellas otras; y se hacían mutuamente sus relatos, las unas entre gemidos y llantos, recordando cuántas y cuán grandes cosas habían pasado y visto en su viaje subterráneo, que había durado mil años; y las que venían del cielo hablaban de su bienaven­turanza y de visiones de indescriptible hermosura…

…Y entonces el mensajero de las cosas de allá conta­ba que el adivino habló así: "Hasta para el último que venga, si elige con discreción y vive con cuidado, hay una vida amable y buena. Que no se descuide quien elija pri­mero ni se desanime quien elija el último…Tal -decía- era aquel interesante espectáculo en que las almas, una por una, escogían sus vidas; el cual, al mismo tiempo, resultaba lastimoso, ridículo y extra­ño, porque la mayor parte de las veces se hacía la elec­ción según aquello a lo que se estaba habituado en la vida anterior. Y después de haber elegido su vida todas las almas, se acercaban a Láquesis por el orden mismo que les ha­bía tocado; y ella daba a cada uno, como guardián de su vida y cumplidor de su elección, el hado que había esco­gido. Éste llevaba entonces al alma hacia Cloto y la po­nía bajo su mano y bajo el giro del huso movido por ella, sancionando así el destino que había elegido al venirle su turno. Después de haber tocado en el huso se le lleva­ba al hilado de Átropo, el cual hacía irreversible lo dis­puesto; de allí, sin que pudiera volverse, iba al pie del trono de la Necesidad y, pasando al otro lado y acaban­do de pasar asimismo los demás, se encaminaban todos al campo del Olvido a través de un terrible calor de as­fixia, porque dicho campo estaba desnudo de árboles y de todo cuanto produce la tierra. Al venir la tarde acam­paban junto al río de la Despreocupación, cuya agua no puede contenerse en vasija alguna; y a todos les era for­zoso beber una cierta cantidad de aquella agua, de la cual bebían más de la medida los que no eran conteni­dos por la discreción, y al beber cada cual se olvidaba de todas las cosas. Y, una vez que se habían acostado y eran las horas de la medianoche, se produjo un trueno y tem­blor de tierra y al punto cada uno era elevado por un sitio distinto para su nacimiento, deslizándose todos a manera de estrellas. A él, sin embargo, le habían impe­dido que bebiera del agua; pero por qué vía y de qué modo había llegado a su cuerpo no lo sabía, sino que de pronto, levantando la vista, se había visto al amanecer yacente en la pira.

Y así, Glaucón, se salvó este relato y no se perdió, y aún nos puede salvar a nosotros si le damos crédito, con lo cual pasaremos felizmente el río del Olvido y no conta­minaremos nuestra alma. Antes bien, si os atenéis a lo que os digo y creéis que el alma es inmortal y capaz de sostener todos los males y todos los bienes, iremos siem­pre por el camino de lo alto y practicaremos de todas for­mas la justicia, juntamente con la inteligencia, para que así seamos amigos de nosotros mismos y de los dioses tanto durante nuestra permanencia aquí como cuando hayamos recibido, a la manera de los vencedores que los van recogiendo en los juegos, los galardones de aquellas virtudes; y acá, y también en el viaje de mil años que he­mos descrito, seamos felices.


Platón – La República o el Estado




Eternidad


“… lo que no hay es manera alguna de liberarse de la muerte. Y horrible sería si tuviéramos que vivir eternamente; entonces no le encontraríamos placer a nada sabiendo que siempre lo íbamos a poder disfrutar. Nada nos diría el perfume de una rosa, ni los colores de una puesta de sol, ni los balbuceos de un niño, ni la caricia de una madre, ni la quietud de una tarde, ni la penumbra, ni el ruido del agua… La muerte es necesaria porque sin ella no valdría la pena la vida y ésta no tendría valor alguno. El hombre es un ser hecho para la muerte, aunque éste no es su fin, sino la puerta abierta a un universo-dios. Llegaremos a él a través de la vida, que no nos llena, aunque debemos de gozar de ella como si con la muerte fuéramos a perderla para siempre, y conscientes que hay algo más allá de la vida”.


Francisco Morales Padrón – Sevilla Insólita




viernes, 18 de octubre de 2013

Peregrinaje a Compostela y al Más Allá (J.A. Solís)


El ahora llamado Camino de Santiago surgió como un vano intento del hombre de alcanzar el Paraíso, el Cielo, el Más Allá, en vida. Allí, en el fin del mundo, esperaban alcanzar la purificación de haber visto el “auténtico” cielo, el umbral del Más Allá, la frontera entre el mundo espiritual y el terrenal, entre la causa y la consecuencia, allí donde se originó todo y adonde todo terminaba por llegar.



Nadie medianamente informado duda de que el Camino de Santiago que hoy conocemos, es una réplica relativamente reciente de una antiquísima ruta de peregrinación que desde todos los rincones del mundo antiguo conducía hasta el País de Occidente o Región del Ocaso, la Atlántida y Mu, las islas de las Hespérides, el Avalon de los celtas o Islas de los Bienaventurados, allí donde el sol se muere para renacer vivificado al día siguiente. Se conocía en la antigüedad como la Vía Láctea, pues estaba trazado en la tierra como un reflejo del sendero estrellado que finalizaba al borde de aquella estremecedora costa, que aún hoy en día recibe de calificativo “de la Muerte”. Galáctea ruta que conducía a la primitiva Galaztia o Galazia recorriendo el paralelo 42, identificada por algunos como “la última Thule” de los romanos, la última tierra desconocida, el Finis Terrae, aquel Nilo celeste egipcio que conducía a Osiris al Amenti en su barca solar hacia el Oeste, la región donde residían los dioses y donde se esclarecían todos los misterios.



Se trataba por tanto de ir en vida y a pie hasta el Más Allá, en pos de la vida eterna, y esperaban alcanzar la purificación, el renacimiento en el “auténtico Cielo”, completamente regenerados tras la muerte física. Como apunta Juan García Atienza:”…hacia el mar infinito de donde un día surgieron los dioses ancestrales para enseñar a la Humanidad los principios de todas las creencias y de todos los conocimientos… el final se convertía así en finalidad, en meta, en estación terminal de esperanzas y de temores. Era el final de una muerte anunciadora del renacer definitivo”.

Desde el primer paso en el peregrino se inicia ese contacto con lo trascendente y esa transformación que trueca al hombre cotidiano en una especie de receptor que ha sido sintonizado en una onda que se emite desde el lugar sagrado. No necesita llegar hasta el final para captar el mensaje, el resto del camino es, simplemente, la senda de su propio perfeccionamiento. No se trata de hacer el camino, sino de que el camino le haga a uno. El secreto del verdadero Conocimiento empieza por la aceptación de que ese Conocimiento existe. Una vía de confluencia que opera con las sinergías interiores de los que buscan su propia armonía y reforzamiento interior.



Este Conocimiento fue simbolizado por el laberinto, todos grabados en la piedra, cerca del mar, de ríos o  corrientes telúricas, en rutas de dólmenes, estilizado en la forma de una anz provista de asa, el signo gracias al que el hombre es recibido entre los dioses (la llave o “ank” egipcia). Se convertirá en el Crismón, y éste en la Rosa, la Rosa en la Cruz. Objetos que se asocian a este símbolo son él báculo del peregrino que apunta a las estrellas, disimulando la forma de la tau o vara de medir de los constructores; la concha o vieira, que ya había sido utilizada en ofrendas mortuorias en ritos prehistóricos. Plinio la llama “venera”, en clara referencia a la tradición clásica –de ella surge Venus- como símbolo de regeneración y nacimiento. La concha se emparentó con la marca de la pata de la Oca, que representa la capacidad operativa del espíritu sobre la materia, tras recorrer el laberinto iniciático, en cuyo centro se encuentra aquello que los egipcios equiparaban al sol naciente  en el instante de romper la cáscara del huevo primordial y volar desde el pecho de las momias: la Oca, símbolo del regreso del alma al mundo primordial de los espíritus.

Finalmente comparto la opinión de Louis Charpentier de que: “…la explicación normal de esta ciencia tradicional que los antiguos dejaron es que fue obra de hombres superiores, desaparecidos en un cataclismo y cuyos supervivientes se dispersaron por el mundo y enseñaron a los demás. Éstos fueron los gigantes de la leyenda, los Jaunak, los Señores, dueños de la Naturaleza o de los secretos fecundadores de la tierra”.



(Texto extraído y adaptado principalmente de las siguientes obras:            José Antonio Solís: La verdad sobre el Camino de Santiago
 Louis Charpentier: El Misterio de Compostela)

miércoles, 2 de octubre de 2013

Sobre los Extraterrestres que nos visitan desde siempre


Es esta una escueta selección de entre las múltiples señales que nos dejaron los antiguos de que hemos sido visitados, desde siempre, por seres no terrestres. Ya sean mensajes en piedra, grabados en roca, dibujos y jeroglíficos, relatos y leyendas, no hay prácticamente lugar del mundo que no posea una antigua tradición de “dioses” -ya que dado su enorme poder nuestros antepasados no podían o no querían denominarlos de otra manera- venidos del espacio en diversos artilugios. Bien fuera a continuación de alguna tremenda catástrofe natural que hubiera diezmado la población y arrasado su cultura, con el fin de proporcionarles la tecnología y conocimientos que les permitiera rehacer la civilización y, al mismo tiempo también, cruzarse con la raza humana para potenciar una determinada evolución genética, bien con la intención de supervisar el progreso generado en determinada población, tanto material como espiritualmente, las pruebas de su venida son abundantes.


Ángeles o demonios, ¡no lo sé!, en cualquier caso nos hablan asimismo de espléndidas batallas entabladas por ejércitos celestes de bandos rivales en la Tierra, quizá por conseguir la supremacía y el control de esos nuevos seres creados a su imagen y semejanza pero, ¿de cuál de ellos? En efecto, vemos por todas partes del globo relatos y estelas de seres venidos de Sirio y las Pléyades principalmente y, decididamente, humanoides como nosotros, enfrentados a otras razas de fines más oscuros, como los llamados “reptilianos”. Sea como fuere estos reptilianos, asociados con el símbolo de la serpiente o el dragón, puede que no fueran sino seres protegidos por escafandras, cascos y trajes espaciales en un ambiente hostil para ellos y que, al acomodarse, se despojaban de sus atuendos igual que la serpiente cambia de piel. En la mayoría de los casos, aparecen ante los hombres en discos llameantes, esferas tronantes, nubes  relumbrantes, provistos de ingenios alados y con armas mortíferas, decididamente tachados de “dioses”.



Como nos advierte Andreas Faber Kaiser, “muchas alusiones a sucesos tradicionalmente interpretados como divinos pueden perfectamente referirse a hechos propios de un plano superior al terrestre actual, pero no directa ni necesariamente divinos”. El impacto generado en aquellas poblaciones llevó a adorarlos y dejar constancia de ello a la hora de erigir sus templos. Por eso, continúa el autor diciendo que: “es posible que el templo no sea la ingenua morada destinada a los dioses para cuando éstos decidan volver a visitar algún día la Tierra, sino el modelo gráfico que nos indica que construyendo “algo” similar podemos, llegados al nivel tecnológico correspondiente, evadirnos de la Tierra en los templos (=astronaves) como ellos demostraron podían hacer con sus naves (divinas=moradas divinas =templos), y entrar en contacto con “ellos, con los no terrestres”.



Son muchos los investigadores serios que se mueven en este terreno, como puntualiza Modest Agrest, “a los primitivos habitantes de nuestro planeta los visitantes cósmicos les debieron parecer provistos de un poder sobrenatural. Si presumimos que estos “dioses” salieron de una máquina (una astronave), ello nos induce a pensar que se hubieran construido templos parecidos a aquellos en la forma; y los templos son propios a todas las religiones y a todas las culturas”.

Es posible que cúpulas, minaretes, menhires, dólmenes, pirámides, pináculos en forma de campana, taulas y talayots, los Trulli de Apulia, etc., fueran el modo de expresar a las futuras generaciones la llegada en distintas épocas de seres del espacio, de poder extraordinario, que supusieron un enorme avance tecnológico. Muchas de estas construcciones se rematan con una pequeña protuberancia superior que simula la cabina de mando. La descripción más detallada nos la ofrece la Biblia en la visión de Ezequiel, cuando dice: “Y sobre las cabezas “de los animales” había una semejanza “como” de un firmamento, como del centelleo del cristal terrible, extendido arriba, sobre sus cabezas… y encima del firmamento que había sobre su cabeza había como la apariencia de una piedra de zafiro, “sobre ella” la semejanza de un trono y, sobre, ella, la semejanza de un hombre arriba… Y lo vi, y caí sobre mi rostro, y oí la voz de uno que hablaba…”. (Más detalle en una entrada anterior: Los dioses del Antiguo Testamento)

                                Esquemas de pinturas rupestres de la zona franco-cantábrica

En los intentos de representación, a veces se nos muestra un corte transversal de la nave, para que veamos como era por dentro. Un ejemplo significativo de ello es la imagen representada en la famosa losa del templo de Palenque que, a todas luces, representa un ser de aspecto humano tripulando una especie de cohete. Otro ejemplo destacado es la imagen de Buda encerrado dentro de algo parecido a una nave cupular que encontramos en la sala nº 26 del templo indio de Ajanta. Similar al módulo de aterrizaje lunar del proyecto Apolo, nos encontramos con la cabeza de una figura del príncipe Xochipilli, de la cultura mixteca. Curiosa es la representación de la enigmática “campana” norvietnamita, provista de patas, con signos solares y tridente, y un ser en su interior que maneja utensilios. No menos significativas son las representaciones tanto del dios barbudo Quetzaltcoatl como de Kukulkán, serpientes emplumadas aztecas y mayas respectivamente, cuyas cabezas surgen de la cabeza de un reptil o un óvalo en forma de ojo de buey con un extraño casco. Igualmente portan armas irreconocibles así como una “segunda piel” emplumada y con botas o escafandra.

                      Relieve en un templo egipcio

Otras muestras son, entre otras muchas, la famosa cabeza del “Caballero del Águila” azteca; el misterioso astronauta etrusco del Museo de Asís; los relieves de Tassili, en Argelia, en el “periodo marciano”, cabezas ocultas en cascos espaciales; muy similares son los relieves en piedra en Valcamónica, donde se ve claramente la cabeza dentro de un casco; los llamados “espaciales” australianos, llamados wondjina, pinturas realizadas por “otra raza”, y que muestran seres sin boca; el jaguar humanoide de la “Cultura de la Venta”, en Tabasco, con los típicos flequillos solares que figuran el vuelo, sobre lo que parece ser un cubrecabezas; el humanoide con escafandra del valle del Cauca, en Colombia, que empuña dos cetros en espiral; diversas representaciones de la cerámica nazca, en Perú; la cabeza que asoma por la boca de una serpiente, muy representada en Xochicalco, Tula o Chichén Itzá; el “guerrero de Teotihuacán”, con su extraño casco provisto de oculares, una especie de “mono” y botas, empuñando extrañas armas; el mismo sentido pueden tener las cabezas con una especie de casco y cubreorejeras erigidas en la isla de Pascua;
las estatuillas “dogu” japonesas, con perfectas y detalladas escafandras; especialmente realista es también la denominada “cruz universal” mexicana, en cuyo centro está el dios del fuego, portando armas desconocidas y lanzando rayos en todas direcciones; numerosas son las descripciones y representaciones de las naves voladoras “vimanas”, en el Ramayana, con cruentos combates celestes. Aquí se nos habla del “carro celeste de Rama, que se movía por sí solo y era grande, y estaba bien pintado. Tenía dos pisos, muchas habitaciones y ventanas. El carro celeste, que posee una fuerza admirable, alada de velocidad, dorado en su forma y en su esplendor, ascendió envuelto en humo y destellos flameantes”. Ravana, enemigo mortal de Rama “voló sobre los adversarios haciendo caer ingenios que causaron grandes destrucciones”;
el Panchatantra hindú, contiene el relato de seis jóvenes que construyen un dirigible llamado “Garuda” capaz de despegar, aterrizar, viajar en cualquier dirección, con un sofisticado sistema de control que permitía maniobrarlo con precisión y con toda tranquilidad. (Sobre la tradición de los dogones de Malí, ver la entrada: “Los dogones: nosotros aquí y nuestros primos a 9 años luz”).

Crónicas y relatos de avistamientos y aterrizajes de lo que hoy denominamos OVNI son innumerables y universales desde tiempos remotos. Citemos solo algunos de ellos.

En el poema Li Sao del S.III, Chu Yuang nos habla de un viaje aéreo sobre Asia. Estando arrodillado ante la tumba del emperador Chun apareció “un carro de jade tirado por cuatro dragones”. Yuan subió al aparato y voló a gran altura a través de China, en dirección a la cordillera de Kun-Lun. Por la misma época, el gran pensador chino Chuang-Tsu en “Viaje hacia el Infinito”, narra cómo había subido en el espacio a 53.000 kms. de altura a lomos de un fabuloso pájaro de dimensiones enormes.



En Birmania encontramos a Puluga, el ser supremo que “tiene el trueno por voz y el viento por aliento, y que baja a la Tierra a traer prosperidad. En Nigeria, M´Chimba-M`Chamba “enciende y agita el mundo” para inducir luego a los hombres a hacer fértil el suelo. Para los antiguos lituanos la divinidad suprema es Perkunas, provocador del rayo y el trueno, que está representado por un hombre maduro con rayos sobre la cabeza. En Ugarit, Baal, cuyo nombre específico es Hadad “el señor del trueno, del rayo, de las aguas celestes, el que cabalga las nubes”. El Chilam Balam nos habla de “seres ascendidos del cielo en naves voladoras, dioses blancos que vuelan en unos discos y alcanzan las estrellas”. Los pagalangos maoríes dicen que grandes hechiceros llegados del cielo, tras una breve estancia, emprendieron el vuelo en sus naves prometiendo volver. Entre los algonquinos de Canadá descendió un dios llamado Glooskap, quien los instruyó en muchas técnicas de construcción, de cultivo y de caza, liquidó a sus enemigos y operó varias curaciones milagrosas. Prometió volver, pero no lo hizo, por lo que lo recuerdan para siempre como el “dios embustero”. Igualmente los tupis de la Amazonia esperan el regreso de su héroe solar, pero exclaman: ¿Por qué no vuelves, hijo del cielo y el viento?. El inca Tupac Yupanqui, respecto a las esculturas-relieves de Marcahuasi afirma que “las crearon los blancos venidos de las estrellas y las esculpieron a semejanza suya y a la de los extranjeros que viven en las cuatro partes del mundo”.



También durante el Imperio Romano abundan las descripciones de extraños soles o luces en el cielo, acompañados de fenómenos atmosféricos. Plinio el Viejo comenta sobre trazos brillantes surgidos de improviso: “tres lunas aparecieron simultáneamente durante el consulado de J. Domicio y J. Fannio. Una chispa que cayó de una estrella se hizo mayor a medida que se acercaba a la Tierra y, después de alcanzar el tamaño de la Luna, difundió la luminosidad de un día nublado, para retirarse luego en el cielo en forma de antorcha”. “En el consulado de J. Octavio y C. Escribonio se han visto estrellas que se trasladan en todos los sentidos, sin que se levantaran vientos impetuosos”. “Durante el consulado de L. Valerio y J. Mario, un escudo ardiente atravesó el cielo al ponerse el sol, de Occidente a Oriente, despidiendo chispas”.



En la obra de Julio Obsequens, el S.IV, se reseña, entre otras, tres misteriosas lunas que se hicieron visibles en el cielo de Rimini y después en varias regiones italianas. “Tres soles brillaron al mismo tiempo aquella noche y varias estrellas atravesaron volando el cielo en Lanuvio”. En Capua “se vio el sol por la noche” y en Formia “aparecieron dos soles durante el día”. En la isla de Cefalonia “pareció como si una trompa sonara en el cielo, y cayó una lluvia de tierra”. “Algo así como un sol brilló de noche sobre Pésaro”. En la Galia “se vieron tres soles y tres lunas”. Cerca de Spoleto “una bola de fuego de color oro rodó hasta el suelo, pareció que aumentaba de tamaño y, luego, que se movía por el terreno hacia Oriente, y era tan grande que escondía el sol”.

Elio Lampidio, durante el imperio de Cómodo, dice que un objeto brillante y muy visible atravesó el cielo. Según Herodiano “acaecieron muchos prodigios en estos tiempos, se veían de continuo y a pleno día estrellas suspendidas en el aire”. Suetonio afirmó que después de la muerte de César, un cometa brilló durante siete días. Muy desconcertante es una moneda acuñada por el emperador Pertinax, sucesor de Cómodo, donde aparece un globo con cuatro antenas, diferente a las habituales representaciones solares.



Durante la Edad media son también numerosos los “avistamientos”. San Gregorio de Tours afirma que “un globo muy luminoso sobrevoló el territorio franco en el año 583”. Los Annales Laurissenses concretan que “en el año 776 escudos volantes parecieron guiar a los sajones cuando asediaban en Sigiburgo a los caballeros de Carlomagno”. Asímismo, en las Crónicas Anglosajonas, “poderosos, aparecieron en el año 793 sobre Northumbria, espantando a los habitantes. Eran resplandores excepcionales, semejantes a lámparas, y se vieron dragones rojos volar por el aire”. El Flores Historiarum, del benedictino Roger de Wendover, cuenta que “en el año 796, pequeños globos que evolucionaban en torno al sol fueron vistos en varias partes de Inglaterra”. Eginardo, el secretario y biógrafo de Carlomagno, recuerda que en el año 810, encontrándose en camino hacia Aquisgrán, “vio descender un gran globo fulmíneo del cielo. Se dirigía de Oriente a Occidente, con un resplandor que hizo encabritarse al caballo del monarca, quien cayó y se hirió gravemente”.


En definitiva, tienen hoy poco o ningún crédito aquellos escépticos que definen los avistamientos de naves voladoras como simples “alucinaciones colectivas u otros efectos meteorológicos comunes”. Salvo en casos aislados de histerismo personal o afán de notoriedad, como el caso del célebre Adamski en su vuelo espacial hacia Ganímedes, y muchos otros que aplicando la duda razonable pueden entenderse como ilusiones ópticas, engaños o fenómenos naturales, aún queda un enorme número de casos y vestigios del pasado, así como experiencias presentes, que no pueden atribuirse en modo alguno a dichas causas y sí, con toda lógica, a seres venidos de otros mundos dotados de una tecnología muy avanzada. El propio programa de “desclasificación OVNI” estadounidense, creado específicamente para desacreditar el asunto extraterrestre, no puede por menos que afirmar, abrumado, que al menos un diez por ciento de los casos estudiados no tienen explicación natural, fraudulenta o científica. Dios-hombre-pájaro, seres con escafandras, luces y serpientes centelleantes, carros de fuego o dragones alados… ¿cómo podía ser representada de otro modo una criatura venida del cielo?



Algunas de las fuentes consultadas:

Peter Kolosimo – Astronaves en la Prehistoria.
                        No es terrestre.
Andreas Faber Kaiser – Sacerdotes o Cosmonautas
Maurice Chatelain – Nuestros ascendientes llegados del cosmos.
                            Espacio y Tiempo.
Andrew Tomas – No somos los primeros.
J.J. Benítez – Existió otra humanidad
Michael Granger - ¿Terrestres o extraterrestres?