viernes, 27 de marzo de 2015
Reflejos
Dentro de la serie de diapositivas recuperadas de los 90, estaba realizando un montaje musical con este tema general, pero algún error del programa no me deja finalizarlo. Así que avanzo una selección de mis preferidas.
martes, 17 de marzo de 2015
Una nueva conciencia comienza a surgir (Eckhart Tolle)
¿Está lista la humanidad
para una transformación de la conciencia, un florecimiento interior tan radical
y profundo que la florescencia de las plantas, con toda su hermosura, sea
apenas un pálido reflejo? ¿Podrán los seres humanos perder la densidad de las
estructuras mentales condicionadas y llegar a ser, lo mismo que los cristales o
las piedras preciosas, transparentes a la luz de la conciencia? ¿Podrán
desafiar la fuerza de gravedad del materialismo y la materialidad para elevarse
por encima de la forma, cuya identidad mantiene al ego en su lugar y los
condena a vivir prisioneros dentro de su personalidad?
En la actualidad estamos presenciando un surgimiento sin precedentes de la conciencia, pero también el atrincheramiento y la intensificación del ego. No es posible vencer en la lucha contra el ego, lo único que hace falta es la luz de la conciencia. Una parte esencial del despertar consiste en reconocer esta parte que todavía no despierta, el ego con su forma de pensar, hablar y actuar, además de los procesos colectivos condicionados que perpetúan el estado de adormecimiento.
Lo que comienza a aflorar no es un nuevo sistema de creencias ni una religión, ideología espiritual o mitología. Estamos llegando al final no solamente de las mitologías sino también de las ideologías y de los credos.
El cambio viene de un nivel más profundo que el de la mente, más profundo que el de los pensamientos. En efecto, en el corazón mismo de la nueva conciencia está la trascendencia del pensamiento, la habilidad de elevarse por encima de él y reconocer al interior del Ser una dimensión infinitamente más vasta. Es inmensa la sensación de liberación al saber que no somos esa “voz que llevamos en la cabeza”. ¿Quién soy entonces? Aquel que observa esa realidad. La conciencia precede al pensamiento, es el espacio en el cual sucede el pensamiento, la emoción o la percepción.
Cuando el ser humano tiene un cierto grado de Presencia, de atención y alerta en sus percepciones, puede sentir la esencia divina de la vida, la conciencia interior o el espíritu de todas las criaturas y de todas las formas de vida, y reconocer que es uno con esa esencia y amarla como a sí mismo. Sin embargo, hasta tanto eso no sucede, la mayoría de los seres humanos perciben solamente las formas exteriores sin tomar conciencia de su esencia interior, de la misma manera que no reconocen su propia esencia y se limitan a identificarse solamente con su forma física y psicológica.
El yo no es más que eso:
la identificación con la forma, es decir, con las formas de pensamiento. El
resultado es un desconocimiento total de nuestra conexión con el todo, de
nuestra unidad intrínseca con “todo lo demás” y también con la Fuente. Este estado de olvido
es lo que se ha denominado el pecado original, el sufrimiento, el engaño.
Cuando nos abstenemos de tapar el mundo con
palabras y rótulos, recuperamos el sentido de lo milagroso que la humanidad
perdió hace tiempo, cuando en lugar de servirse del pensamiento, se sometió a
él; la profundidad retorna a nuestra vida, las cosas recuperan su frescura y
novedad. Y el mayor de los milagros es la experiencia de nuestro ser esencial
anterior a las palabras, los pensamientos, los rótulos mentales y las imágenes.
Para que esto suceda debemos liberar a nuestro Ser, nuestra sensación de
Existir del abrazo sofocante de todas las cosas con las cuales se ha confundido
e identificado.
No conviene tomar al ego muy en serio. El ego no es malo,
sencillamente es inconsciente. Cuando nos damos a la tarea de observar el ego,
comenzamos a trascenderlo. Cuando
detectamos un comportamiento egotista, sonreímos; a veces hasta reímos. ¿Cómo
pudo la humanidad tomarlo en serio durante tanto tiempo? Por encima de todo, es
preciso saber que el ego no es personal, no es lo que somos. Para el ego, tener
es lo mismo que ser: tengo, luego existo. Sin embargo, hay otro ímpetu más
fuerte y profundo: la necesidad de poseer más, el deseo. El ego desea desear
más que lo que desea tener. El deseo es estructural, de manera que no hay
contenido que pueda proporcionar una sensación duradera de logro mientras esa
estructura mental continúe existiendo.
¿Qué somos cuando ya no
tenemos nada con lo cual identificarnos? Cuando las formas que nos rodean
mueren o se aproxima la muerte, nuestro sentido del Ser, del Yo Soy, se libera
de su confusión con la forma: el espíritu vuela libre de su prisión material.
Reconocemos que nuestra identidad esencial es informe, una omnipresencia, un
Ser anterior a todas las formas y a todas las identificaciones. Reconocemos que
nuestra verdadera identidad es la conciencia misma. Ésa es la paz de Dios. La
verdad última de lo que somos no está en decir yo soy esto o aquello, sino en
decir Yo Soy.
La conciencia es el poder
oculto en el momento presente; es por eso que la llamamos también Presencia. La
finalidad última de la existencia humana es traer ese poder al mundo. Esta
también es la razón por la cual no podemos convertir la liberación del ego en
un objetivo alcanzable en un futuro. Solamente la Presencia puede
liberarnos del ego, y solamente podemos estar presentes Ahora, no ayer ni
mañana. Solamente la
Presencia puede deshacer el pasado que llevamos sobre los
hombros y transformar nuestro estado de conciencia.
Sin el impedimento de la
disfunción del ego, nuestra inteligencia entra en alineación perfecta con el
ciclo expansivo de la inteligencia universal y su ímpetu creador. No somos
nosotros los creadores sino los vehículos de la inteligencia universal. No nos
identificamos con aquello que creamos, de manera que no nos perdemos en lo que
hacemos. Aprendemos que en el acto de creación interviene una energía de la más
alta intensidad.
Los cimientos de la nueva
tierra están en el nuevo cielo, en el despertar de la conciencia. La tierra (la
realidad externa) es solamente el reflejo externo de ese cielo. El surgimiento
del nuevo cielo y, con él, de la nueva tierra, no son unos sucesos liberadores
que hayan de suceder en el futuro. Nada nos habrá de liberar porque la libertad
está solamente en el momento presente. Ese reconocimiento es el despertar. El
despertar como un suceso futuro carece de significado, porque despertar es
reconocer la Presencia. Así ,
el nuevo cielo y la nueva tierra están emergiendo dentro de nosotros en este
momento y, si no es así, entonces no son más que un pensamiento.
Jesús dijo:
“Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra”. ¿Quiénes son
los humildes y qué quiere decir eso de que heredarán la tierra?
Los humildes son quienes carecen de ego. Son
las personas que han despertado a su naturaleza esencial y reconocen esa
esencia en todos “los demás” y en todas las formas de vida. Viven en el estado
de entrega, encarnan la conciencia despierta que está cambiando todos los
aspectos de la vida en nuestro planeta, porque la vida en la tierra es
inseparable de la conciencia humana que la percibe y se relaciona con ella. Es
así como los humildes heredarán la tierra.
Una nueva conciencia
comienza a surgir en el planeta. ¡Está surgiendo ahora y es Usted!
Eckhart Tolle – Una Nueva Tierra
jueves, 12 de marzo de 2015
El amor pertenece a nuestro estado natural (Wayne Dyer)
La herramienta más
importante para estar equilibrado es saber que solo uno mismo es responsable del desequilibrio entre lo que sueña que
debe ser su vida y los hábitos diarios que alejan su existencia de ese sueño.
El objetivo de este principio es crear
un equilibrio entre sueños y hábitos.
La mejor forma de empezar es reconociendo
los signos de nuestro comportamiento habitual; después debemos cambiar nuestra
forma de pensar para que esté en equilibrio con los sueños. Si estamos
desequilibrados, es fundamentalmente porque hemos permitido que debido a la
energía que invertimos en nuestros hábitos, éstos definan nuestra vida.
Concentrémonos en nuestra
conciencia: obtenemos lo que pensamos. Los pensamientos son energía mental, son
la moneda de cambio que debemos atraer con su deseo. Debemos aprender a no
malgastarla en pensamientos que no se desean. En lugar de centrar los
pensamientos en lo que hemos planeado, cambiemos y miremos y veamos, y creamos
firmemente en lo que vemos. En cuanto empecemos a pensar así, el Universo se
pondrá de nuestra parte, nos enviará precisamente lo que estamos pensando y
creyendo. No siempre sucede de forma inmediata, pero en cuanto se inicia la
realineación de los pensamientos, ya empezamos a estar en equilibrio.
Todo aquello que hagamos
para equilibrar vida y sueños empezará a cocrear nuestra mente. Cocrear es
recurrir a la cooperación de la energía del campo invisible del Espíritu. Ello
implica que debemos estar dispuestos a contemplarnos como un ser en equilibrio
que atrae las condiciones que desea obtener. Es en la contemplación de ese poder donde realmente adquirimos el poder.
Esa alineación dará un vuelco a nuestro mundo.
El Universo se basa en una
Ley de Atracción. Veremos como el Universo conspira con nosotros para atraer a
las personas adecuadas, una situación económica satisfactoria, y
acontecimientos aparentemente sincrónicos que harán realidad nuestros sueños,
en el lugar y momento adecuados. Cuando estamos equilibrados con pensamientos
que nos dicen que merecemos esa cooperación del mundo del Espíritu,
participamos en el proceso de hacerlo realidad. Obtenemos lo que pensamos,
tanto si queremos como si no.
El secreto de ese
principio para recuperar el equilibrio de la vida es: sé la paz y la armonía que deseas. No puedes obtenerla de nada ni
de nadie. Ser la paz que se desea para sí mismo es ofrecer una vibración que
iguale el deseo de ser un individuo tranquilo y cordial, en lugar de ser una
persona que sufre la enfermedad de intentar acelerar la vida. Ser la paz que
deseamos supone convertirnos en una persona relajada, cuyo punto de equilibrio
no atrae síntomas de ansiedad ni de estrés. Convirtamos en absoluta prioridad
en la vida estar en equilibrio con el
origen de la Creación.
Cuando se logra el
equilibrio entre lo que se quiere ser y la forma en como lo perciben los demás,
se tiene la sensación placentera de estar en armonía con la vida. No se trata
de buscar aprobación o servilismo en vez de respeto o amor. Es más la sensación
de estar en el mundo de una forma congruente con el deseo interior de ser la
clase de persona que realmente se es. Uno debe preguntarse repetidamente: ¿Mi
deseo intuitivo se ajusta a lo que doy al mundo? Cuando se ajuste, el
equilibrio está recuperado, y la satisfacción será su compensación.
En cuanto eliminemos las
viejas creencias que fomentaban la ansiedad, la culpabilidad, la preocupación e
incluso el temor, nuestro cerebro empezará a producir sustancias químicas que
nos devolverán el equilibrio. Dejando conscientemente que el Espíritu
intervenga mediante la energía de los pensamientos, hemos decantado la balanza
a favor de nuestros deseos. Nuestro ego, que identificamos con el cuerpo, ha
sido relegado a un papel menos dominante.
El amor pertenece a nuestro estado natural, pero el
ego no forma parte de ese estado.
El ego domina porque se ha separado de su yo-Dios, el yo amoroso que llegó aquí
desde un lugar de amor divino totalmente incondicional. Hemos llevado tanto
tiempo esa idea del ego y de su propia importancia, que hemos caído en el
engaño de creer que el ego del yo representa lo que somos. Hemos optado por una
creencia basada en esa ilusión; hemos permitido que esa ilusión sea la fuerza
dominante creando así, mediante un yo concentrado en el ego, un pesado
desequilibrio en nuestra vida.
Estamos obligados a estar en una conciencia
de compasión y de amor, no solo por mantener nuestro equilibrio, sino para
ayudar a asegurar la supervivencia de nuestra especie. No puede haber mejor
vocación que esa.
Debemos optar por mantener
una existencia tranquila con nosotros mismos, incluso cuando los demás fomentan
el miedo, la ira y el odio sobre este violento planeta. Al fin y al cabo, el
esfuerzo masivo a lo largo de la historia de la comunidad –por parte de los que
ostentan el poder– ha enseñado a las personas a quién temer, y pero aún, a
quién odiar.
Podemos ser de esas personas que se niegan
obstinadamente a añadir pensamientos de baja energía al odio que nos rodea. Rompamos el ciclo de violencia en el mundo
no con la violencia del odio, sino siendo su propio instrumento de paz.
Wayne W. Dyer – En busca del equilibrio
miércoles, 4 de marzo de 2015
A la persona le aterra perder su ego (Ramiro Calle)
Más allá de si la vida
tiene un sentido último, cada uno puede conferirle a la vida el sentido, el
significado y el propósito que quiera. ¿Qué vamos a hacer con nuestra vida?
Somos seres en evolución de instante en instante, y si nos lo proponemos
podemos mejorar y madurar. Empezamos a cambiar y mejorarnos ahora o nunca, pues
de otro modo incurrimos en la “enfermedad del mañana”, y la vida se consume sin
haber hecho nada por nuestro mejoramiento ni por los demás.
El cambio interior solo
sobreviene mediante el esfuerzo bien dirigido, la disciplina y el
autoconocimiento. La senda hacia la liberación es gradual y, como nadie puede
recorrerla por uno, no existe otra posibilidad que hollarla o seguir
empantanado en el doloroso terreno de la ignorancia.
En la senda hacia la completa evolución de
la conciencia, es necesario trabajar sobre la mente para ordenarla,
desarrollarla y purificarla. El desarrollo de la conciencia suscita sabiduría y
de la sabiduría nace la compasión.
La conquista de lo
ilusorio para alcanzar la sabiduría liberadora es a través de la virtud, la
meditación y el entendimiento correcto, sin dejar de revestirnos de la genuina
humildad que nos alentará a seguir aprendiendo sin cesar, puesto que somos
aprendices en la senda hacia lo Inefable.
El que se ejercita espiritualmente obtiene
otro estado de conciencia que se caracteriza porque ya no se deja afectar de
igual modo por las circunstancias y permite vivir la vida con sabiduría,
simplicidad y sencillez. El que logra establecerse en la esencia de la mente y
no se deja arrastrar por tendencias hacia el pasado ni hacia el futuro se
conecta, sereno y desasido, con lo que a cada momento surge y se desvanece.
No es fácil ser un
verdadero librepensador y tener la capacidad de mirar más allá del yo y del
apego a las propias ideas y a los estrechos puntos de vista. El trabajo está en
ir transformando la mente y superando patrones, esquemas y adoctrinamientos,
así como toda suerte de esas “zonas oscuras” que falsean el conocimiento y la
percepción.
A la persona le aterra perder su “egoidad”,
cuando si se descorre el velo del egocentrismo, uno se encuentra cara a cara
con su verdadero yo real. Muchos mueren por no querer ver morir a su ego y
otros hallan la verdadera vida cuando es su ego el que muere.
Desde la perspectiva del
ego todo se convierte en una contienda, un combate, un escenario en el que
afirmarse y vencer. Así es el ego. Nunca está satisfecho y por eso nunca es
feliz. Cuanto más ego, más vulnerabilidad, intranquilidad, ansia y desvelos.
Sin tanto ego uno comienza a ser más dichoso. Hay que tener un ego maduro pero
controlado, puesto al servicio de la razón y la compasión.
En la sociedad se valora a las personas por
lo que tienen o aparentan, pero no por lo que son. Al ponerse el énfasis en la
personalidad, no se repara en lo esencial. Los que así proceden son víctimas de
ellos mismos de su propia banalidad y viven de espaldas a su sol interior.
Si algo necesita este
mundo convulso es amor; si algo requiere esta sociedad atrozmente competitiva y
orientada hacia la posesividad y la hostilidad, es compasión. La más alta
posesión de un ser humano es poder contar consigo mismo, desde la humildad y no
desde la prepotencia, siendo intrépido en la búsqueda interior, aprendiendo a
vencerse a uno mismo, poniendo el énfasis en desplegar lo que es beneficioso
para todos.
Es un sabio no el que
acumula conocimientos, sino el que se libera de las ataduras de la mente y
supera las ilusiones del ego; es un sabio el que en su propio corazón siente el
corazón de todas las criaturas, sin perder su eje de quietud; es un sabio el
que se libra de las redes de la ignorancia a través de experiencias profundas
que lo transforman y permiten que resplandezca su luz interior.
Ramiro Calle – 50 Cuentos para meditar y regalar
lunes, 16 de febrero de 2015
Luces y Sombras
(Sol Y Sombra)
El sol fuera quemando
va el suelo, el techo,
el gaseoso asfalto,
el pie, la mano y el pelo,
la sonrisa y el pecado;
con el aire los sueños
el sol está quemando.
La sombra, dentro, quieta
y callada impregna
de frío y se serena,
contiene a la locura
extraña de las rejas,
y el temblor de su música,
y está la sombra quieta.
Sol y sombra engendran
una línea recta,
que divide su roja
y azul fosforescencia,
se besan y se tocan,
no es raro se repelan,
uno a otra se fusiona.
Poesía y Fotos: Manuel Cintado
jueves, 12 de febrero de 2015
Sé como una nube blanca (Osho)
Toda la existencia es como
una nube blanca: carece de raíces, de causalidad, de causa final, pero igual
existe. Existe como un misterio. Una nube blanca no tiene un camino propio.
Anda a la deriva. No tiene un lugar al cual llegar, un objetivo, un destino que
realizar, un fin. Una nube blanca flota hacia donde el viento la lleve. Un
sendero sin senda, un camino sin rumbo. No se resiste, no lucha; en movimiento,
pero sin intencionalidad alguna. Simplemente existir; ésa es la meta.
La meta es aquí y ahora.
Cuando la mente está en otra parte, la mente inicia su travesía. Entonces,
comienza a pensar y así comienza el proceso. Si el futuro está allí, entonces
la mente puede fluir y tener espacio para moverse. Un objetivo implica futuro,
y el futuro, a su vez, implica tiempo. Pero como la mente no puede existir sin
objetivos, sigue creando objetivos, aspira a encontrar algún sentido. Si los
objetivos mundanos se pierden, la mente crea objetivos religiosos. Si el mundo
de la competencia, del dinero, ya no sirve, entonces adquiere importancia otro
mundo de nueva competencia, de religión, de logros. Pero solo puede ser
religiosa una mente que no tiene objetivos. Pero eso significa que la mente ha
dejado de ser una mente. Piénsate a ti mismo como una nube blanca, sin mente.
Dondequiera que estés, ésa
es la meta. La meta no es algo que termina en algún punto, la meta es el
recorrido. La meta es cada momento. Aquí tú eres un Buda, un ser iluminado.
Aquí has tenido éxito. Aquí eres lo más perfecto que puedes. No hay nada más
que conseguir. En este mismo momento, todo está allí, solo que no estás atento.
Y no estás atento porque tu mente está en el futuro. No estás aquí. No eres
consciente de lo que te está sucediendo en este momento. Y esto es lo que ha
ocurrido siempre. En todo momento has sido un Buda. No ha dejado de ocurrir ni
por un solo momento. Esto no puede dejar de ocurrir; así es la naturaleza
misma, así son las cosas. ¡No te lo puedes perder!
Pero no eres consciente, y
no puedes serlo, a causa de tener una meta en algún lado que conseguir, a causa
de la creación de esa barrera y de la pérdida de lo que eres. Una vez que
descubras esto, una vez que te des cuenta, una vez que tomas conciencia de
ello, se te revela el misterio más grande de la existencia: que todos somos
perfectos. Eso es lo que queremos decir cuando afirmamos que cada uno es
Brahma, que cada uno es el alma, el alma final, divina. Tú eres eso, no es que
debas transformarte en eso. Si no lo fueras ya, ¿cómo podrías transformarte en
eso? Entonces, no es una cuestión de transformación: es una cuestión de
revelación.
No hay que tomarse la vida
como un problema. Cuando entras por esa vía, estás perdido. Una vez que piensas
que la vida es un problema, nunca lo puedes resolver. Así es como se mueve la
filosofía, y así es como la filosofía siempre se mueve erradamente. No hay
filosofías correctas, no puede haberlas, pues la filosofía implica considerar
la vida como un problema. La vida no es un problema, sino un misterio.
Una nube blanca es la cosa
más misteriosa, de repente aparece, de repente desaparece. Ni siquiera por un
momento se conserva la forma. Es cambiante, se transforma, como la corriente de
un río. Es un flujo. Y así es la vida. ¿Has adquirido una forma o estás
cambiando permanentemente? Eres un flujo, una nube, no tienes identidad. Si
tomas conciencia de esto, te transformas en una nube sin forma, sin nombre. Y
entonces te lanzas a la deriva.
Si puedes vivir la vida
como si no vivieras, estás de mi lado. Y cuanto más existas, tanto más enfermo
estarás. Cuanto menos existas, tanto más saludable estarás, tanto más ingrávido
serás, tanto más divino y dichoso serás.
Busca el misterio en la
vida. Dondequiera que mires (en las nubes blancas, en las estrellas de la
noche, en las flores, en un río que corre) busca el misterio. Y cuando
encuentres que allí hay un misterio, medita acerca de ello. Meditación
significa: disuélvete ante ese misterio, aniquílate ante ese misterio,
dispérsate ante ese misterio. Deja de existir y deja que el misterio sea tan
total que te absorba. Y, de repente, una nueva puerta se abre y se obtiene una
nueva percepción. De repente, el mundo terrenal de la división, de la
separación, ha desaparecido, y un mundo diferente, completamente diferente, de
unidad, aparece ante ti. Todo pierde sus límites.
Somos impotentes frente a
un misterio. Esa es la razón por la cual nos pasamos la vida transformando los
misterios en problemas. Porque con los problemas podemos hacer algo, sentirnos
que tenemos el control. Con los misterios, nos enfrentamos a la muerte, y no hay
control posible. Esta es la razón por la cual, mientras más matemático y lógico
se torna el intelecto humano, tanto menos abiertas están las posibilidades de
éxtasis a la mente humana; tanto menos es posible la poesía. Se pierde el
romance; la vida se vuelve fáctica y deja de ser simbólica.
Entonces, cuando digo que
mi camino es El Camino de las Nubes Blancas, se trata de un símbolo poético,
como un indicio de profunda fusión en lo misterioso y en lo milagroso. Si tu yo
desaparece, es porque te has transformado en la nube blanca.
Osho – Mi camino. El camino de las nubes blancas
lunes, 9 de febrero de 2015
El ser humano es un ente condicionado, dependiente, propicio a la manipulación (Juan G. Atienza)
El hombre es el engañado
del cosmos. Somos engañados conscientemente como si estuviéramos ansiosos de
engaño, de dependencia, como si estuviéramos ancestralmente necesitados de que otros nos saquen de nuestra radical
inseguridad, aunque sea a costa de dominios, de imposiciones y de obediencias
que hayan de marcarnos para siempre como esclavos de cuanto aceptamos como cosa
superior.
Curiosamente, el ser humano es el único
animal que obedece a aquello que desconoce radicalmente. Parece como si el ser
humano hubiera perdido definitivamente el sentido de su propia libertad y se
hubiera plegado a todas las fuerzas que le arrastran irremisiblemente hacia la
dependencia.
Si repasamos la historia
comprobaremos que el devenir de la especie, desde sus albores, ha sido una
constante sucesión de tensiones entre entidades minoritarias detentadoras de
poder y una masa informe de gente incapaz de ejercer su legítimo e inalienable
derecho a la libertad. El ser humano ha sido, y es, un ente condicionado,
dependiente, propicio a la manipulación. Obedece por miedo y hasta con alegría
a todo aquello que cree que le evita “la funesta manía de pensar” y le impone
sus verdades por decreto.
En esta tesitura, el hombre libre –y quiero
decir realmente libre– se convierte
en un proscrito, en un perseguido obligado al silencio. Y todo ello, ¿por qué?
No hay respuesta autorizada. Y, si la hay, queda ahogada por los gritos de los
que saben chillar mejor, o más fuerte.
Creo que puede
establecerse un paralelismo claro y tajante entre esa Gran Manipulación Cósmica
que incide en la naturaleza misma del hombre y esa otra menor, que se ejerce
sin que tengamos conciencia clara de las entidades más o menos anónimas de
nuestro entorno inmediato que la llevan a cabo.
El ser humano vive en un mundo de
apariencias. Nos movemos entre estas apariencias que nos transmiten los
sentidos sin detenernos a pensar que efectivamente lo son; las tomamos vitalmente como reales, como auténticas
e inamovibles. Y todo aquello que no encaja en esas coordenadas lo rechazamos
por ilógico, por irreal, por irracional
y por imposible; o lo que es peor aún, lo admitimos sin rechistar, como
manifestación de una presunta divinidad inalcanzable, todopoderosa y
omnisciente, a la que solo por la fe y por las creencias –impuestas– podemos
aprehender.
Esa Realidad nos está
manipulando en unas coordenadas que normalmente somos incapaces no solo de
alcanzar, sino de hasta entender. Pero su juego es exactamente igual al que
ejercen sobre nosotros las entidades manipuladoras de nuestro propio mundo,
hasta el punto de que nos es totalmente imposible distinguir sus límites. Como
reacción frente a esta otra teología prefabricada sobre la otra Realidad, surge
la ciencia académica, al menos, ese otro dogma
pragmático y pretendidamente experimental que llamamos ciencia. Sus
sacerdotes proclaman que todo debe poderse explicar por la razón. Es más, que
aquello que no puede explicarse racionalmente no existe.
El ser humano parece obligado
inapelablemente a elegir entre estas dos dependencias primarias: o cree y
acepta a ciegas la creencia, o se lanza a tumba abierta a confiar en una
ciencia que juega a los bolos con la realidad aparente y niega lo que no ha
pasado por el cedazo de su pragmatismo. El hombre “tiene que” creer o “tiene
que” aceptar a los que dicen saber. Si no lo hace, o se condena o se le suspende.
Pero esos niveles
–sociales, económicos, científicos, religiosos, o simplemente supersticiosos–
no son más que el puro y simple reflejo de otra manipulación que llega desde la Otra Realidad y que
es la que realmente configura y mediatiza el comportamiento humano en tanto que
especie.
Esas manipulaciones condicionan nuestro
comportamiento y el ser humano navega durante toda su existencia en un mar de
ciegas obediencias que, sin formar en modo alguno parte integrante de su
naturaleza, delimitan su libertad de acción y hasta de evolución,
condicionándole por donde quieren las fuerzas que pretender conformar las
conciencias y condicionar los actos en su propio y exclusivo beneficio.
No es el conformismo la
única y pasiva solución a las presiones manipuladoras, por el contrario, hay
una solución, un camino –o varios– de liberación. El hombre tiene absoluta
necesidad de comprender y asumir lo desconocido y el conocimiento que se le
escamotea. Solo puede temerse lo que se ignora radicalmente. Solo se obedece a
ciegas a lo que se teme.
Si logramos vislumbrar la naturaleza de la
otra Realidad o acceder a ella por voluntad
propia, dejaremos de sentirla como fuerzas desconocidas e incontrolables
que nos dominan. Ese hallazgo solo puede ser resultado de búsqueda y de
encuentro por parte de cada individuo,
porque la unión en grupo o sectas, sean del tipo que sean y por más que
proclamen a los cuatro vientos la libertad del hombre como intención, camino y
meta, conforman otra manera de dependencia en la que puede caer cualquiera que
no haya desarrollado su voluntad liberadora, o su intención trascendente.
No olvidemos que la labor
de los grandes maestros no consiste en enseñar,
sino en ayudar a que cada cual encuentre libremente su propio camino. Solo así
podrá el ser humano hallar el centro de su trascendencia. Y, al hallarlo, estará
en condiciones de enfrentarse conscientemente con probabilidades de triunfo a
la manipulación de que el género humano es objeto, intentando evitar nuestra
lógica evolución.
Juan G. Atienza – La Gran Manipulación Cósmica
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