miércoles, 27 de enero de 2016

Verdaderamente, la extinción del deseo es el nirvana (Robert A. Mitchell)



Surjan o no los budas, sigue siendo un hecho la constitución fija y necesaria de la existencia condicionada, el que todo sus constituyentes son no permanentes, producen dolor y están desprovistos de realidad. Pero cuando surge un buda, éste describe, proclama y enseña este hecho. Ahora, quien conozca y entienda estas tres características de la existencia infinita –transitoriedad, sufrimiento e impersonalidad– se vuelve inmune al dolor. Éste es el camino de la pureza, y el hombre sabio y moral que conoce el significado de estas cosas rápidamente seguirá el camino que conduce a la bendición del nirvána. Pero tened en cuenta que los Budas solo enseñan el camino: vosotros mismos tenéis que hacer el esfuerzo. No cometer ofensas morales, hacer el bien y limpiar el propio corazón: ésa es la enseñanza de todos los Budas.

He obtenido el Dharma que es profundo, difícil de percibir, trascendente, que está más allá de la esfera del intelecto, es sutil y comprensible solo para el sabio: pero este mundo de los hombres sigue con sus ataduras trabado y cegado. Por tanto será difícil para la humanidad entender el principio de la originación por medio de la causa. Será una tarea difícil que las gentes comunes comprendan el cese de todas las cosas compuestas, la renuncia de toda atadura al renacimiento, la extinción del ansia, la ausencia de pasión, la obtención de la vida eterna del nirvána.



¿Por qué deben sufrir tanto los seres? Por no entender ni captar las cuatro verdades santas, tenemos que deambular tanto tiempo en esta fatigosa ronda de reencarnaciones. ¿Y cuáles son estas cuatro verdades?: la Verdad sobre el sufrimiento, la verdad sobre las causas del sufrimiento, la Verdad sobre el cese del sufrimiento y la verdad sobre el camino que conduce al cese del sufrimiento.

Hay dos extremos que no deben ser seguidos por el que ansía la salvación. ¿Cuáles son éstos? Por una parte, la devoción a los placeres de los sentidos, una costumbre que es baja, nada santa, vulgar, degradante, ruinosa y sin beneficios. Por otra parte, están las penalidades y mortificaciones que uno se impone a sí mismo: el dolor y la tristeza sin beneficio.
   Evitando esos dos extremos, he descubierto ese camino medio que conduce a la perfección y la sabiduría, que conduce a la tranquilidad, la iluminación suprema, el nirvána. Ése es el Noble Sendero Óctuple: visión, pensamiento, lenguaje, acción, vida, esfuerzo, atención y concentración rectos.

¿Hasta qué punto puede alguien ser llamado un ser? Ese deseo, ese ansia, ese anhelo que se interesa por el sentimiento, o por la percepción, o por las formaciones mentales predispuestas, o por la conciencia discriminativa, atado por todo ello, bien atado por todo ello, se llama ser.

Eso que valiosamente se llama pensamiento, la mente y la consciencia, es lo mismo que la gente común e ignorante piensa “éste es mi ser”. Sería mejor que consideraran el cuerpo, más que la mente, como el ser. El cuerpo se ve como permanente durante muchos años, pero eso que variadamente se llama pensamiento, mente y consciencia, por la noche se disuelven como una cosa y por el día reaparecen como otra. ¿Es el cuerpo permanente o perecedero? Y lo que es perecedero, ¿causa dolor o felicidad permanente? ¿Y es correcto considerar lo que es perecedero y doloroso como “éste es mi ego, ésta es mi alma, éste es mi verdadero ser”? El cuerpo no es el ser, pues si lo fuera no estaría sometido a la enfermedad, y sería exactamente lo que deseáramos que fuera. Lo mismo sucede con los sentimientos, percepciones y formaciones mentales predispuestas, y con la consciencia. Si la consciencia fuera el ser no estaría sometida a la angustia y sería exactamente lo que deseáramos que fuera. ¿Sería correcto considerar cualquiera de esos elementos, perecederos y dolorosos como “éste es mi ego, ésta es mi alma, éste es mi verdadero ser”?



Pues bien, siendo así, el que sea capaz de ver todas las cosas como realmente son, considerará todos los cuerpos, sentimientos, percepciones, predisposiciones y consciencia, sean del pasado, presente o futuro, sean internas o externas, groseras o sutiles, lejanas o cercanas, como “nada de esto es mi ego, nada de esto es mi alma, nada de esto es mi auténtico ser”.

Considerando esto, el discípulo santo y sabio se aparta del cuerpo, los sentimientos, las percepciones, predisposiciones y consciencia. Y al apartarse, se libera del ansia, se emancipa, y en aquel que está emancipado surge el conocimiento: “soy libre, la reencarnación se ha agotado; ya he vivido la vida religiosa, no me queda nada más por hacer; no quedan más vidas bajo condiciones finitas”.
  

Esparce tu cuerpo, tu sentimiento, tu percepción, tus predisposiciones, tu conciencia discriminativa, rompe todo eso, derríbalo, deja de jugar con ello, aplícate a la destrucción del deseo de esas cosas. Verdaderamente, la extinción del deseo es el nirvána.


Robert Allen Mitchell – Buda: Su vida contada de nuevo

martes, 19 de enero de 2016

La Creación de la Humanidad


 (Esta narración resume y comenta los aspectos de la creación humana incluidos en “El Libro perdido de Enki”, de Zecharia Sitchin, y aparece sin autor expreso en la Biblioteca Pléyades. Después de leer todos los libros de este autor, me he permitido hacer algunos retoques y cortes, y añadir a su vez incisos personales)



Zecharia Sitchin fue uno de los pocos eruditos versados en lenguas antiguas, con conocimiento, hablado y escrito, del sumerio, lo que le permitió traducir el contenido de textos de 6000 años de antigüedad y llegar a la conclusión de que los pasajes conocidos del Génesis del Antiguo Testamento, como muchos otros momentos conocidos de la Biblia Hebrea, que han sido asimilados en nuestra cultura como mitos o parábolas, son en realidad pasajes recogidos de los textos sumerios, su fuente original.

Estos textos recogían sucesos y crónicas de eventos muy anteriores protagonizados por seres inteligentes, considerados por los sumerios como superiores o dioses, llegados de otro planeta. También es sabido que fueron los sumerios los primeros en plasmar por escrito los anales y relatos de dioses y hombres, de los cuales todos los demás pueblos, incluidos los hebreos, obtuvieron los relatos de la Creación, Adán y Eva, Caín y Abel, el Diluvio Universal, la Torre de Babel, etc.

Estos seres tuvieron una influencia directa en los acontecimientos ocurridos en la Tierra a partir de su misma llegada, y su propio planeta, Nibiru, antes incluso de ser habitado, ya había tenido un destino crítico en la formación del planeta Tierra.

Algunas tablillas describen la creación de la Tierra actual a partir de un planeta primitivo, llamado por los habitantes de Nibiru “Tiamat” (“dadora de vida”), que se partió en dos a raíz del choque cataclísmico con Nibiru y sus satélites; un planeta llegado de muy lejos, que por alguna razón desconocida, se vio atraído por la fuerza gravitatoria del Sol. Uno de los satélites de Tiamat, Kingu, dio origen a la Luna y la otra parte del planeta se extendió en lo que hoy se conoce como el cinturón de asteroides, y los sumerios llamaban “el brazalete repujado”.




Uno de esos libros (denominado por Zitchin “El Libro perdido de Enki”), inscrito en catorce tablillas, afirman que un testigo presencial de todos los acontecimientos, y quien dictó a un escriba los más importantes de entre ellos, fue Ea (en sumerio, “Aquel cuyo hogar es agua”), posteriormente llamado,Enki. Explican la llegada a la Tierra de seres procedentes de Nibiru, los Anunnaki (literalmente “los que del cielo a la Tierra llegaron”) con el objeto de buscar el oro necesario para el restablecimiento de su atmósfera dañada, planeta que completa un Shar (una vuelta a nuestro Sol) cada 3600 años y  se acerca, en ocasiones de forma peligrosa, a las inmediaciones de Marte para completar cada órbita, provocando eventos geológicos y climáticos, tanto en la Tierra como en Nibiru.

Por supuesto, los llegados pertenecen a la casa real de Nibiru, son nobles, cuyas normas de sucesión y herencia, y las disputas por el mandato y el lugar en la jerarquía, ocasionan a lo largo de los cientos de miles de años conflictos enconados y violentos donde hay asesinatos, destierros, castigos, diferencias de opinión y algunos conflictos bélicos en la Tierra con armas nucleares incluidas.

Estos seres privilegiados, que tuvieron la ocasión de conquistar un planeta aparentemente no habitado hasta entonces por vida inteligente, pero al mismo tiempo víctimas de un exilio forzoso motivado por el hecho de seguir proveyendo del oro necesario para la supervivencia de la atmósfera de su planeta, no son representados como “malos” ni “buenos”. Son capaces de una entrega extraordinaria, de hazañas increíbles, la culminación de las cuales es la creación de seres inteligentes, concebidos como “ayudantes” en la dura tarea de extraer el tan ansiado oro, a riesgo de saltarse algunas normas y leyes existentes en el Universo y convirtiéndose de esa forma en “creadores”, pero también conocedores de la envidia, la codicia, la ambición, la insatisfacción, la venganza, el odio y otros sentimientos considerados por nosotros como “humanos” y los cuales provocan divisiones entre dos clanes durante cientos de miles de años, el encabezado por Enki y el liderado por Enlil, su hermanastro.




Tres hermanos, Ea (luego llamado Enki), Enlil (señor del Mandato, a quien se asigna la Misión de la Tierra) y Ninmah (luego llamada Ninhursag), son los protagonistas principales de esta historia, los tres hijos de Anu, soberano de Nibiru, de entre un total de 600 que fueron estableciéndose en la Tierra, mas alrededor de otros 300, denominados Igigi (“los que observan y ven desde arriba”), que orbitaban en naves sirviendo de enlace para el transporte del oro.

El relato sencillamente narrado resume la historia de cientos de miles de años (aproximadamente 450.000 a.C.) desde su llegada hasta la entronización de Marduk (alrededor de mediados del tercer milenio a.C. y coincidiendo con la Era de Aries). Su misión y la de sus descendientes en la Tierra comenzó a complicarse seriamente cuando decidieron crear al “Trabajador Primitivo”, no sin antes sortear muchos obstáculos éticos, políticos y técnicos.

Lo importante sobre el origen de la humanidad es que es un hecho absolutamente único. Aparentemente, a juzgar por la crónica de Enki, nunca se había oído hablar del hecho de crear un ser de la nada ya que “todos los seres descienden de una simiente evolucionada a lo largo de eones”. Pero la necesidad de forjar un trabajador primitivo motivó que se diera vía libre a una idea de Enki basada en poner la señal de los Anunnaki a una simiente ya existente en la Tierra: homínidos que caminaban erectos sobre dos piernas hace 300.000 años, y que vivían entre los animales de las estepas.




Enki convenció a su hermano Enlil de llevar a cabo semejante idea con un argumento importante: no se trataba de crear esclavos, ya que la esclavitud había sido abolida en su propio planeta miles de años atrás, sino de crear “un ayudante” (¡Creemos un Lulu, un Trabajador Primitivo, para que se ocupe del trabajo más duro,
que ese ser cargue sobre su espalda el duro trabajo de los Anunnaki!
). No se trataba de crear un ser de la nada, algo en manos únicamente del “Creador de Todo”, sino de favorecer la evolución poniendo la marca de los Anunnaki en seres homínidos propios de la Tierra. La idea de Enki no era crear una nueva criatura, sino “hacer más a su imagen y semejanza a una ya existente”.

No fue una decisión fácil. Se preguntaron si era Hado o Destino llevar a cabo tal plan y si el Dios Creador de Todo daría el visto bueno a dicho plan para salvar de la destrucción a Nibiru o no. Pero al final se pusieron manos a la obra y de esta forma Enki, Ninmah y Ningishzidda, el hijo de Enki, comenzaron el proyecto. Se trataba de mezclar una hebra de la esencia del ser ya existente en la Tierra con otra hebra de ADN del Anunnaki.

Los relatos hablan claramente de un proceso de manipulación genética en el que se planeó el primer bebé probeta de la historia, empleando un óvulo de una madre homínida y fertilizándolo con material genético propio (medido en proporciones exactas con objeto de conferirle la imagen, pero no todas las capacidades ni ciclo vital).

Tal y como se narra en el Libro Perdido de Enki, colocaron un óvulo de la hembra bípeda en un recipiente de arcilla (de la Tierra, después de varias pruebas fallidas empleando material de cristal) y se mezcló con “objetos diminutos”, con fórmulas que contenían la simiente Anunnaki (en una clara referencia al ADN) y posteriormente, una vez fecundado el óvulo de la hembra bípeda, lo colocaron en una matriz Anunnaki, concretamente en la matriz de Ninmah, tras lo cual hubo concepción y ésta dio a luz un varón sano, sin pelo en el cuerpo, con los sentidos perfectos y capacidad para hablar, al que llamaron “Adamu” (el Adán del Antiguo Testamento).

Posteriormente Ninmah se reunió con siete sanadoras Anunnaki de la ciudad y les pidió que aceptaran la tarea de ser “matrices” para otros óvulos fecundados de la misma forma. Pero esta vez, colocaron óvulos de hembras bípedas y los fecundaron con la esencia (material genético) de Adamu, pronunciando una frase de encantamiento, enlazando de esa forma la esencia del Cielo y de la Tierra por parentesco sanguíneo. Insertaron los óvulos en sus matrices y las Anunnaki dieron a luz a siete trabajadores primitivos más.

Viendo que la tarea de crear un ejército de esta manera era demasiado ardua, decidieron crear a la contraparte femenina, a la que llamarían “Tiamat” (con el mismo nombre de la Tierra primitiva antes del cataclismo) y esta vez cambiaron las esencias Anunnaki para ajustarlas a este fin de creación de una fémina (esta vez en la matriz de Ninki, la esposa de Enki). De esta forma, crearon más hembras posteriormente para que éstas se reprodujeran de forma natural con los varones ya creados; sin embargo observaron que no había procreación entre hombres y mujeres primitivos. Ninguna de ellas tenía descendencia; volvieron a repasar las “esencias” Anunnaki empleadas (las hebras y componentes genéticos empleados para el proceso) y vieron que las esencias estaban dispuestas como 22 ramas en un Árbol de la Vida, pero no incluían la capacidad de procrear (¡el par de cromosomas X e Y nº 23!).

Se puede inferir, que se estaba produciendo un rechazo que impedía la procreación. Sin embargo, la presión por crear a “trabajadores primitivos” para extraer el oro de África era cada vez mayor.




¿Qué harían en este momento después de tanto trabajo empleado y de que Enlil aprobara a regañadientes la operación?.

Ningishzidda, el hijo de Enki, experto en estos temas, tenía la solución; tal y como se describe en “El Libro Perdido de Enki” durmió a Enki, Ninmah, Adamu y Tiamat y extrajo de la costilla de Enki (¿o quizá de la médula ósea?) y Ninmah su esencia vital; en la costilla de Adamu insertó la de Enki y en la de Tiamat la de Ninmah, añadiendo al Árbol de la Vida dos ramas más con fuerzas procreadoras. Sin duda, todo ello tiene relación con el relato de la costilla de Adán y Eva conocido por el Génesis y que muchos entendíamos como “mito” o “leyenda”.

Parece estar describiendo algún tipo de implante que permitió que ese rechazo inmunitario que impidió la original descendencia fuera superado por medio de la inserción de material genético de dos seres productivos a dos seres sin capacidad de procreación.

Al igual que en el Antiguo Testamento, el texto sumerio recoge la idea de que a partir de ese momento, en que Adamu y Tiamat se “encontraron” y tomaron conciencia de su desnudez y de su feminidad y virilidad, algo cambió por completo. Todo ello horrorizó a Enlil que creyó que se les había dado a esos seres creados las últimas porciones de la “esencia vital” Anunnaki y que quizás se les había conferido incluso sus ciclos vitales (de miles de años de vida) y la capacidad de autocuración y auto-regeneración.

Fue entonces cuando el hermano de Enki, Enlil, inseguro con el proyecto humano desde el principio, decretó que Adamu y Tiamat se marcharan del Edin, donde hasta entonces estaban alejados del duro trabajo, pues el objetivo original era que permanecieran como “moldes” perfectos de la creación humana, sólo dedicados a la procreación. Enlil ordenó que fueran exiliados allí donde se les necesitaba, al Abzu (África Sudoriental) dedicados de pleno al trabajo de extraer el oro, como todos los demás humanos creados.

De esta forma fueron expulsados del Edin. Las alusiones a una “serpiente” maligna hacen una clara referencia al símbolo con que se representaba el propio Enki, conocedor de los secretos de la manipulación genética y director de todo este proyecto de la creación del Trabajador Primitivo.



Y de esta forma la humanidad comenzó a proliferar. Pero después de decenas de miles de años, Enki observó que los seres creados estaban degenerando hacia sus antepasados salvajes. En ese momento, Enki encuentra en el Edin dos hembras de gran atractivo y ambas procrean de él dando a luz a Adapa (Adán) y Titi (Eva). Adapa, sumamente inteligente, se convierte en el primer hombre civilizado. Adapa y su hermanastra Titi a su vez se emparejan dando a luz a Kain y Abael (en clara referencia a Caín y Abel).

En el Antiguo Testamento podemos encontrar multitud de casos en los que el varón tiene por esposa a su hermanastra. Esto está íntimamente relacionado con la Ley de herencia de los Anunnaki, que convierte en herederos legítimos a los hijos de la hermanastra, antes que al primogénito, si éste ha sido concebido por una mujer de otra clase social. Esta ley Anunnaki marcó el destino de toda la Misión de la Tierra multitud de veces. Enki tuvo otro hijo más con otra terrestre, al que llaman Ziusudra (Noé).

Antes del gran Diluvio que se produciría, tal y como describe una de las tablillas, por la cercanía de Nibiru y las inestabilidades creadas en la atmósfera de la Tierra (el brusco derretimiento de los hielos del Polo Sur), Enlil decreta el final de la Misión en la Tierra y se niega a salvar a la humanidad; nunca había visto con buenos ojos el proyecto de creación humana y aprovecha el momento para obligar a todos por juramento a que ningún humano sea salvado de la catástrofe.

Sin embargo, Enki, su hermano y creador intelectual del “trabajador primitivo” tiene una visión o sueño que le dice que debe salvar a Ziusudra, su hijo, dándole entonces instrucciones claras sobre cómo construir una barcaza cerrada y sellada con pez, donde se colocan algunos pequeños animales (las esencias de otros mamíferos y plantas ya habían sido extraídas y conservadas por Enki para evitar el fin de la vida de la Tierra y poder reconstruir la vida tras el Diluvio).



De esta forma, Ziusudra, así como algunos descendientes de Kain en otra parte del mundo, ya que habían sido desterrados del Edin tras el asesinato de Abael a manos de su hermano, se salvan del Diluvio.

Un ejemplo de mala interpretación que ha dado origen a muchos problemas es que la Biblia Hebrea recoge la palabra “Elohim” o “Dioses” (es una palabra plural) indistintamente para los actos y decisiones de los principales Anunnaki, fusión que modifica completamente el sentido original.

¿Quiere todo esto decir que Dios o Creador de Todo no existe?.

En absoluto, quiere decir lo que quiere decir, que nosotros no somos fruto de la evolución homínida, sino de una inteligencia superior, superior a la nuestra, no a la de Dios Creador del Universo. Eso lo tenían claro, y así lo reflejan las propias tablillas, hasta los propios protagonistas de esta historia, los Anunnaki, que en muchas ocasiones se plantean si sus acciones serán del agrado del “Dios Creador de Todo”.

Si tenemos en cuenta que pocos sobrevivieron al Diluvio Universal y que sólo Ziusudra y su prole (Noé, hijo de Enki con una terrestre que a su vez se había creado de Anunnaki y bípeda homínida) entre muy pocos y contados pudo hacerlo, nos viene a decir, que el Padre Genético de toda la Humanidad es Enki, un ser Anunnaki de una inteligencia y capacidades extraordinarias, y que nuestro componente de “mamífero bípedo” es menor desde el punto de vista de la composición genética. La mitad de nuestra genética, a tenor de todo esto, es cien por cien Anunnaki y la otra mitad es Anunnaki en un porcentaje superior al cincuenta por ciento.

Sin embargo, es cierto que no somos ni el pálido reflejo de lo que fueron los primeros humanos creados que, si bien no habían heredado la longevidad Anunnaki, vivían, como bien
atestigua el Antiguo Testamento cientos de años, y que en cada generación el número de años hasta llegar a nuestros días fue disminuyendo.



El Libro Perdido de Enki termina en sus últimas páginas con esta crónica:
“Babili, donde Marduk declaró la supremacía, se libró del “Viento Maligno”. Todas las tierras al sur de Babili fueron devoradas por el Viento Maligno; también alcanzó al corazón de la segunda región. Enki le hizo considerar a Enlil el libramiento de Babili como un augurio divino”.
Babili es por supuesto Babilonia, y la tablilla marca el final de la crónica que comienza con la era de la supremacía de Marduk, que no era el heredero designado inicialmente para la Tierra en Babilonia y en la Tierra, sino Ninurta, hijo de Enlil, pero que el destino (¿Hado o Destino?, se preguntaban los propios protagonistas) quiso que fuera finalmente el Heredero de la Misión.

El Viento Maligno es la traducción sumeria de las también llamadas “armas del terror” que fueron empleadas hace miles de años, como resultado de las disputas entre dos bandos y las múltiples ambiciones de unos y otros; armas nucleares, ni más, ni menos.

Muy probablemente la esposa de Lot no fue convertida en sal por el castigo de “Dios” al desobedecer su orden, sino que fue convertida en polvo como consecuencia de una explosión nuclear (la palabra que se traduce habitualmente por “sal” tiene el sentido de “columna de vapor”. El Libro de Enki refleja que más bien los “dioses” se lamentaron amargamente de la suerte que habían corrido las ciudades de la Tierra civilizada por las deflagraciones nucleares que nunca tuvieron que haber ocurrido.

De hecho, no fueron resultado de una decisión consciente o meditada, sino que se produjo un error de cálculo con unas armas que nunca debieron haberse encontrado en la Tierra y que estaban aquí como consecuencia del mismo origen de la Misión en la Tierra.  
Durante cientos de miles de años estuvieron escondidas para que no fueran usadas, y como puede imaginarse, quien lo hizo finalmente no era plenamente consciente de los efectos que aquello iba a acarrear.



Si la datación y el origen sumerio de las tablillas es incontestable; si ninguna autoridad científica, versada en idiomas de la antigüedad ha contradicho jamás una coma de las traducciones de Sitchin; si jamás se ha negado el origen milenario de las tablillas sumerias, que hoy están expuestas en algunos prestigiosos museos del mundo; dado que multitud de hechos que narran las tablillas han sido posteriormente verificados y encontrados correctos por nuestros conocimientos científicos… ¿Acaso no estamos obligados a considerar esta visión sobre nuestro origen y el pasado de la Tierra?

La dificultad para asumirlo en su totalidad ciertamente es inmensa, en particular el hecho de que podríamos ser producto de la manipulación genética por parte de seres más inteligentes, y diseñados “a imagen y semejanza” de seres superiores en inteligencia, desarrollo tecnológico y civilización y con conocimiento profundo de la genética y la naturaleza.

¿Resulta todo esto más difícil de asumir que el hecho de que somos producto de una evolución de seres homínidos con los que aun compartimos espacio en la Tierra?

Pero estamos en el momento exacto en que merece la pena que consideremos todo esto para nuestro bien ya que el conocimiento ha sido desvelado y está a nuestro alcance. No podemos seguir ignorándolo. Incluso si asumimos todo esto, parece que tampoco esta verdad refleja Toda la Verdad, sino que estos hechos históricos se enmarcan en otra Verdad de una dimensión aun superior.

Como dice B. Marciniak en “Mensajeros del Alba”:
“Los planificadores originales de la Tierra pertenecían a la Familia de la Luz (que es información) y decidieron que la Tierra fuese una biblioteca cósmica. Civilizaciones nacieron en la Tierra hace 500.000 años y yacen bajos los hielos de la Antártica.

Ciertos dioses creadores (en clara referencia a los Anunnaki) llegaron para apoderarse de esta biblioteca viviente hace 300.000 años, hubo lucha y ganaron.

Estos nuevos dueños no querían que la especie humana tuviera acceso a la información. La humanidad es un experimento.

Fue diseñada como casi todo lo que existe en la Creación. El Creador hizo brotar de sí energías, a quienes dotó de los mismos dones que poseía. Estas energías, que llamaremos ‘dioses’, empezaron a probar sus dones.

Estos nuevos dueños eran conocedores de la ingeniería genética, y sabían que la conciencia existe en todas las cosas, así que ajustaron las energías electromagnéticas de la conciencia para que vibrara a cierta frecuencia. Los nuevos dueños se nutrían del temor y del caos.

Reestructuraron el ADN para que el hombre funcionara dentro de una escala limitada; el ser humano original tenía doce filamentos, contribución de doce civilizaciones; estos nuevos dueños lo redujeron a dos.

Se rodeó al planeta de un cerco desde el cual se controlaba la frecuencia de los humanos para ser modificados. Este cerco impedía que la Luz llegara como antes.

Y cuando lograban pasar la barrera no había respuesta en la Tierra, pues los humanos estaban desconectados. La mayor tiranía en una sociedad no es el control por la ley marcial, sino la manipulación psicológica de la conciencia, de manera que los que viven dentro de esa realidad ni se dan cuenta que están prisioneros.

Ni saben que existe otra cosa fuera de ellos.


Ustedes han estado controlados como ovejas en el redil por quienes se sienten vuestros dueños, desde el gobierno y el establecimiento de los que están en el espacio.”


jueves, 7 de enero de 2016

Dulce sabiduría en pequeñas dosis

Una de esas ocurrencias que por banales nos pasan desapercibidas es la de presentar frases y reflexiones ciertas y profundas en una de las caras de los sobrecitos de azúcar. Mientras disfrutamos de un café o una infusión, en ese momento de pequeña desconexión de los problemas cotidianos que se produce al batir la cucharilla en el caliente líquido, habitualmente acompañados del estruendoso ambiente de una cafetería cualquiera, se nos pone a nuestro alcance una pizca de sabiduría de algún notorio o genial personaje. Mientras en la otra cara del sobre nos observa en blanco y negro su autor u otra imagen apropiada, vemos aparecer directas y concisas verdades, pero de un gran poder de penetración en nuestra psique, así que está de receptiva en ese preciso momento. Inmediatamente capturamos el mensaje; a veces contrario a la lógica o a lo ya sabido, está oculto y a la vez revelado en esas pocas palabras. Meditamos y nos complacemos en él, como del aroma de nuestra taza humeante.

No sé quién tuvo tal lúcido chispazo, pero debería otorgársele un hueco en la relación de ideas brillantes, al menos un pequeño reconocimiento por regalarnos, en el momento oportuno, el poder del pensamiento puro.




Éstas son algunas de ellas:


“Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”.

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”. Albert Einstein


“La ventaja de tener mala memoria consiste en que se goza muchas veces con las mismas cosas”. Friedrich Nietzsche


“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y después los remedios equivocados”.

“Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”.

“Es mejor estar callado y parecer idiota que hablar y despejar las dudas definitivamente”. Groucho Marx


“La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia”. Edgar Allan Poe


“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos, como hermanos”. Martin Luther King


“La violencia es el miedo a los ideales de los demás”. Mahatma Gandhi


“El amor es Física, el matrimonio Química”. Alejandro Dumas


“La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse”. Roger Martin du Gard


“Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. Ingmar Bergman



“La mayor muestra de valentía es ver a un gran hombre luchar contra la adversidad”. Séneca

“Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo”. Leon Tolstoi

“¿Qué es el éxito? Un hombre tiene éxito cuando se levanta por la mañana y se acuesta en la noche, y en medio del día hace lo que le gusta”. Bob Dylan


“Procura instruirte mientras vivas, no creas que la vejez trae consigo la razón”. Solón

jueves, 10 de diciembre de 2015

Camino de Sanación (Keith Willcock)



La verdadera sanación se produce cuando la persona ha iniciado el camino hacia el descubrimiento de su propia alma. La evolución de nuestras almas es la razón principal por la que estamos en este plano terrenal. Entre nuestra preocupación por aliviar los síntomas y nuestro apuro por “seguir viviendo”, fácilmente lo olvidamos.
    Existen dos niveles de sanación. El primero está dirigido a brindar alivio a cualquier síntoma que hayamos descubierto. El segundo está reservado a aquellos de nosotros que estamos dispuestos a entrar en las aguas tan frecuentemente inexploradas de nuestra propia mente, y seguir esa corriente cada vez más profunda hasta que comprendamos el por qué y el para qué de nuestra existencia. A medida que realizamos ese viaje, cambiamos interna y externamente. Nuestros valores cambiarán. Aprenderemos a ser más abiertos y a tener compasión. Seremos capaces de vivir de forma menos egoísta y, al hacerlo, seremos también más felices.

¿Qué es la fe y cómo se aplica a la sanación? Creo que, como dicen los budistas, ante todo es la creencia en nuestra bondad básica. Si creemos en nuestra propia bondad, borramos nuestros errores pasados, porque en la bondad no caben la vergüenza ni la culpa. Somos quienes somos, con nuestras propias experiencias, alegrías y tristezas, nuestros fracasos y éxitos pero, sobre todo, todos somos básicamente buena gente. Si nutrimos ese sentimiento de bondad nos puede ayudar mucho cuando buscamos cómo sanarnos. Entonces podremos descansar. Lo que suceda, sucederá, y sea lo que fuere, estaremos en armonía con nuestro propio ser y con los que nos rodean.



Nuestro camino personal hacia la sanación a menudo es difícil, y nos lleva a nuestra propia oscuridad psicológica y espiritual. Para alcanzar el cielo, primero debemos entender nuestro propio infierno. Debemos visitar los monstruos de nuestro mundo interior y abrazarlos. Al hacerlo, los objetos de temor se transforman en energía creativa dinámica que trabaja a favor y no en contra de nosotros. Cuando abrazamos la parte más oscura de nosotros mismos, aprendemos a tener compasión hacia nosotros y hacia los demás, y acumulamos sabiduría. Solo en la medida en que dejemos salir a la luz las semillas que viven dentro de nuestra propia oscuridad, podremos vivir plenamente en libertad y sin temor. De lo contrario, estos aspectos reprimidos de nuestro ser nos detendrán y nos comerán vivos mientras nos llaman a abrir los ojos y el corazón a la necesidad de nuestra propia transformación.

Saber realmente quiénes somos, es decir, estar en contacto con nuestro ser interior nos da una especie de hogar emocional y mental del que podemos salir y volver sin perdernos en este mundo. El problema se presenta cuando nos perdemos en una situación y no podemos hacer la transición a la próxima, y la vida se convierte en un tiovivo sin sentido. Tal vez estemos sonriendo, pero en realidad estamos fuera de control. La conexión con nuestro ser interior impide que esto suceda. Día a día nos provee de una especie de estado ejecutivo a partir del que podemos tomar decisiones y realizar acciones. Esto nos da una especie de cordura interna. El ser nos regula el tiempo y asigna recursos de forma que podamos darle el mejor uso a los diversos aspectos de nuestra personalidad.



Cuando dedicamos una cantidad desproporcionada de nuestro tiempo definiendo y manteniendo nuestra imagen exterior, nuestro ser interior, de puro descuido, se retrae y atrofia igual que lo haría una parte de nuestro cuerpo si la fuente que lo nutre le fuera cortada. Esto es lo que significa realmente la expresión “olvidarse de uno mismo”. Mientras hemos estado tan ocupados en lucir bien, la parte más importante de nosotros se ha estado muriendo de hambre.

La verdadera autoestima proviene de este profundo lugar interior. Si nunca hemos tenido la oportunidad de desarrollar este ser interior, entonces nos hemos jugado una mala pasada. Nos hemos engañado pensando que sabemos quiénes somos, cuando no sabemos nada. Puede que hayamos construido una vida entera, muy agradable tal vez, pero construida sobre los cimientos defectuosos de necesidades no resueltas.

Una cosa maravillosa de nuestro verdadero ser es que no sufre daños permanentes por el descuido al que lo sometemos frecuentemente; hemos logrado mantenerlo protegido a pesar de todos los traumas de nuestra vida. Es como si estuviera esperando la oportunidad de salir al aire de manera segura. Otra cosa maravillosa de nuestro ser es que conoce el camino. Si tan solo le damos las condiciones adecuadas, crecerá hacia la perfección. Por supuesto, esas condiciones incluyen un entorno amoroso donde podamos confiar en el proceso de nuestra propia revelación y la de los que nos rodean, donde podamos desarrollar la fe en algo más grande que nosotros y donde podamos deleitarnos en la maravilla que somos.



No podemos desestimar la mente. Si la mente está llena de pensamientos negativos y destructivos, puede decidir no mejorar. Puede impedirle al cuerpo beneficiarse de las medicinas y los agentes curativos. Por otro lado, si tiene una perspectiva positiva, puede sanar a la persona aun cuando haya indicios claros de que la persona no vaya a recuperarse. Hay que dar un gran salto para ver esos obstáculos como amigos, como una especie de compañero que se ha presentado para enseñarnos algo nuevo. Si despertamos y asumimos la responsabilidad de lo que está pasando, normalmente la vida cambia para bien, a pesar de nuestros miedos y resistencias.


Sanar requiere nuestra participación activa si queremos llegar al fondo de las cosas. Si nos conformamos con un alivio sintomático, nada cambiará mucho. Apenas estaremos remendando el vaso roto y seguiremos adelante. Cuando empezamos a mirar las causas más profundas y relacionamos todo esto con preguntas más importantes sobre lo que en realidad es la vida, entonces experimentamos una evolución en nosotros mucho más rápida. Aún tendremos problemas, pero cada vez tendrán menos control sobre nosotros, no ocuparemos de ellos de una forma más relajada, estaremos mucho más en línea con el camino de nuestra alma.


Keith Willcock – Tu Camino Personal. La magia de la Sanación

jueves, 3 de diciembre de 2015

El infortunio de la virtud (Marqués de Sade)

La obra maestra de la filosofía sería desarrollar los medios de que se sirve la Providencia para alcanzar los fines que se propone sobre el hombre, y trazar, a partir de ahí, unos planes de conducta que puedan hacer conocer a ese desdichado individuo bípedo el modo en que debe avanzar en la espinosa carrera de la vida a fin de prevenir los caprichos extravagantes de esta fatalidad a la que se dan veinte nombres diferentes, sin haber llegado todavía a conocerla ni a definirla.




Si, llenos de respeto por nuestras convenciones sociales, y sin apartarnos jamás de los diques que nos imponen, ocurre, aun así, que sólo encontramos zarzas cuando los malvados sólo recogen rosas, personas carentes de un fondo de virtudes lo bastante probado como para superar tales observaciones ¿no considerarán entonces que es preferible abandonarse al torrente que resistirlo? ¿No dirán que la virtud, por hermosa que sea, se vuelve sin embargo el peor partido que pueda tomarse, si resulta demasiado débil para luchar contra el  vacío, y que, en un siglo totalmente corrompido, lo más seguro es actuar como los demás?

Algo más instruidos, si se quiere, y abusando de las luces que han adquirido, ¿no dirán que no hay mal que por bien no venga, y que pueden, a partir de ahí, entregarse al mal, ya que de hecho sólo es una de las maneras de producir el bien? ¿No añadirán que es indiferente al plan general que tal o cual sea preferentemente bueno o malo; que si el infortunio persigue a la virtud y la prosperidad acompaña al crimen, siendo ambas cosas iguales para los proyectos de la naturaleza, es infinitamente mejor tomar partido entre los malvados, que prosperan, que entre los virtuosos, que fracasan?

Es cierto, por tanto, que la prosperidad puede acompañar la peor conducta, y que en el mismo centro del desorden y de la corrupción, cuanto los hombres denominan la felicidad puede esparcirse sobre la vida; pero que no nos alarme esta cruel y fatal verdad; que el ejemplo de la desdicha, persiguiendo por doquier a la virtud, no atormente más a las personas honradas. Esta felicidad del crimen es engañosa, sólo aparente; además del castigo reservado sin duda por la Providencia a quienes han seducido sus éxitos, ¿no alimentan en el fondo de sus almas un gusano que, royéndolos incesantemente, les impide regocijarse con estos falsos fulgores, y sólo deja en sus almas, en lugar de delicias, el recuerdo desgarrador de los crímenes que les han llevado donde están? En cambio, el infortunado al que la suerte persigue, tiene su corazón como consuelo, y los goces interiores que le procuran sus virtudes le compensan muy pronto de la injusticia de los hombres.



La dureza de los ricos legitima el mal comportamiento de los pobres: que sus bolsas se abran a nuestras necesidades, que la humanidad reine en su corazón, y las virtudes podrán establecerse en el nuestro; pero en tanto que nuestro infortunio, nuestra paciencia para soportarlo, nuestra buena fe, nuestra servidumbre, sólo sirvan para aumentar nuestros grilletes, nuestros crímenes son obra suya, y seríamos muy tontos en negárnoslos cuando pueden aliviar el yugo con que su crueldad nos sobrecarga. La naturaleza nos ha hecho nacer a todos iguales; si la suerte se complace en estorbar este primer plan de las leyes generales, a nosotros nos corresponde corregir sus caprichos y reparar, mediante nuestra habilidad, las usurpaciones del más fuerte.
   
Me gusta oír a la gente rica, a la gente con título, a los magistrados, a los curas, ¡me gusta verles predicarnos la virtud! Es muy difícil asegurarse contra el robo cuando se tiene tres veces más de lo que hace falta para vivir; muy incómodo no concebir jamás el asesinato, cuando se está rodeado de aduladores o de esclavos para quienes nuestras voluntades son leyes; muy penoso, a decir verdad, ser moderado y sobrio, cuando a cada hora se está rodeado de los manjares más suculentos; les cuesta mucho ser sinceros, ¡cuando no tienen ningún interés en mentir!... Pero nosotros, nosotros a quienes esta Providencia bárbara, con la que cometes la locura de convertirla en tu ídolo, ha condenado a arrastrarnos por la humillación como la serpiente por la hierba; nosotros, a los que se nos mira sólo con menosprecio, porque somos pobres; a los que se tiraniza, porque somos débiles; nosotros, cuyos labios sólo prueban la hiel, y cuyos pasos sólo encuentran abrojos, ¡quieres que nos privemos del crimen cuando sólo su mano nos abre la puerta de la vida, nos mantiene en ella, nos conserva en ella, y nos impide perderla! ¡Quieres que perpetuamente sometidos y degradados, mientras la clase que nos domina tiene para sí todos los favores de la Fortuna, nos reservemos sólo la pena, el abatimiento y el dolor, la necesidad y las lágrimas, la deshonra y el cadalso! No, o esta Providencia que tú reverencias sólo merece nuestro desprecio, o no son éstas en absoluto sus voluntades.  
    Convéncete de que si nos pone en situaciones en las que el mal nos resulta necesario, y nos deja al mismo tiempo la posibilidad de ejercerlo, es porque ese mal sirve tanto a sus leyes como el bien, y gana tanto con uno como con el otro. Si nos ha creado a todos en el estado de la igualdad, quien la altera no es más culpable que quien procura restablecerla. Ambos actúan de acuerdo con los impulsos recibidos, ambos deben seguirlos y disfrutar.




¿Acaso la sociedad no está autorizada a no soportar jamás en su seno al que se manifiesta en contra de ella? Y el individuo que se aísla, ¿puede luchar contra todos?, ¿puede vanagloriarse de vivir feliz y tranquilo si, por no aceptar el pacto social, no consiente en ceder una pequeña parte de su felicidad para garantizar la restante? La sociedad sólo se sostiene mediante intercambios perpetuos de favores, que son los vínculos que la cimentan; aquel que, en lugar de esos favores, sólo ofrezca crímenes, deberá ser temido a partir de entonces, y será necesariamente atacado, si es el más fuerte, y sacrificado por el primero al que ofenda, si es el más débil; pero destruido en cualquier caso por la poderosa razón que obliga al hombre a asegurar su reposo y a dañar a los que quieren turbarlo.   

    Esta es la razón que hace casi imposible la duración de las asociaciones criminales: al oponer únicamente unas puntas aceradas a los intereses de los demás, todos deben reunirse sin demora para mellar su aguijón. Lo que llamamos interés de la sociedad no es otra cosa que la suma de los intereses particulares reunidos, pero sólo cediendo este interés particular se puede coincidir y colaborar con los intereses generales. Ahora bien, ¿qué quieres que ceda el que no tiene nada? Si lo hace, no me negarás que su error ha sido mucho mayor al dar infinitamente más de lo que recibe, y en tal caso la desigualdad de la transacción debe impedir que la cumpla. Atrapado en esta situación, lo mejor que puede hacer ese hombre ¿no es alejarse de esta sociedad injusta para conceder los derechos a una sociedad diferente que, situada en la misma posición que él, tenga interés en combatir, con la reunión de sus pequeños poderes, el poder más amplio que quería obligar al desdichado a ceder lo poco que tenía para no recibir nada de los demás?


   
Pero de ahí nacerá, me dirás, un estado de guerra perpetuo. ¡De acuerdo! ¿Acaso no es el de la naturaleza? ¿El único que nos conviene realmente? Todos los hombres nacieron aislados, envidiosos, crueles y déspotas, deseosos de tenerlo todo y no ceder nada, y luchando incesantemente por mantener tanto su ambición como sus derechos. Llegó el legislador y dijo: «Dejad de enfrentaros así; al ceder un poco de uno y otro lado, renacerá la tranquilidad». Yo no censuro en absoluto la existencia de este pacto, pero sostengo que hay dos tipos de individuos que jamás debieron someterse a él: aquellos que, sintiéndose más fuertes, no tenían necesidad de ceder nada para ser felices, y aquellos que, siendo los más débiles, tenían que ceder infinitamente más de lo que se les otorgaba. Y el caso es que la sociedad sólo está compuesta de seres débiles y de seres fuertes. Ahora bien, si el pacto tuvo que disgustar a los fuertes y a los débiles, estaba claro que no convenía a la sociedad, y el estado de guerra, que existía antes, debía resultar infinitamente preferible, ya que dejaba a cada cual el libre ejercicio de sus fuerzas y de su ingenio, de los que se veían privados por el pacto injusto de una sociedad, que siempre quitaba demasiado a uno y jamás concedía suficiente a otro.
  
Así que el ser realmente sensato es aquel que, con el riesgo de reanudar el estado de guerra que reinaba antes del pacto, se revuelve irrevocablemente contra él, lo viola cuanto puede, convencido de que lo que obtendrá de estas lesiones siempre será superior a lo que podrá perder, si es el más débil, pues también lo era respetando el pacto: puede convertirse en el más fuerte violándolo y, si las leyes lo devuelven a la clase de la que ha querido escapar, el mal menor es perder la vida, que representa una desdicha infinitamente menor que la de vivir en el oprobio y la miseria.



Marqués de Sade - Justine o El infortunio de la virtud

sábado, 28 de noviembre de 2015

Dando la cara...

Dicen que en casa del herrero cuchillo de palo. Esto se me puede aplicar en lo que respecta a la fotografía: normalmente me he negado a posar, al igual que no era lo mío el retrato ajeno. Mi afición a la fotografía se concreta principalmente en naturalezas muertas, detalles raros, objetos en fuga, reportajes espontáneos, etc., como podéis ver en las etiquetas Mis mejores fotos, Diapositivas, y en las animaciones musicales de temas concretos. Así que, después de varios años de bloggero, doy la cara con la mayoría de las escasas diapositivas que me retratan entre los 80 y los 90.





































jueves, 19 de noviembre de 2015

Conexión con la Realidad Divina (Tom Youngholm)



La realidad Divina se manifiesta de muchas maneras en todo el universo. Una de ellas, a través del universo físico, pero tales manifestaciones solo son reflejos. ¿Y qué tiene que ver la realidad Divina con mi realidad? Imagina una Realidad Divina que lo abarca todo, representada por una estrella inmensa y radiante. Desde la estrella parten innumerables rayos de luz hacia el espacio ilimitado. Cada rayo de luz consta de más innumerables partículas de luz. Cada partícula de luz representa un alma. Cuanto más se alejan esas partículas de la estrella, más olvidan su relación con la Fuente. Debido a su desorientación, empiezan a moverse en busca de la Fuente. Ésa es la fuerza matriz que sustenta toda la vida.

Cuanto más tiempo y más intensamente se centre un alma en sus propios reflejos físicos, emocionales e intelectuales, más reales se mostrarán esos reflejos. Es un desafío. El componente perdido es la espiritualidad. La espiritualidad es la esencia de tu ser en espíritu y alma, tu conexión con la Fuente. Lo que tú llamas realidad es en verdad tu centro, o tu conocimiento o tu conciencia, de los reflejos de la Realidad Divina. Y aquellos reflejos solo son reales en la medida en que son parte integrante de la Realidad Divina. Pero sin ella, tu realidad no podría existir.



Toda energía se mueve hacia el equilibrio. El equilibrio es el estado natural del universo. Con equilibrio existe perfección o unidad con la Energía Universal. Todo es energía y toda energía está interconectada. La desconexión es imposible. Entonces, todo es uno, y cada parte debe contener el todo. La dualidad es una parte del concepto de equilibrio. La vida nunca es “esto o lo otro”, sino siempre “esto y lo otro”. El desafío es cambiar tu centro de interés y encontrar, poner en práctica y sentir el equilibrio.

El cuerpo humano es como una radio que puede recibir todas las ondas de radio a la vez. Una de las funciones de la mente es actuar como el sintonizador que decide qué ondas recibirá. El alma es una combinación de todos los aspectos de los cuatro sistemas de energía: física, emocional, intelectual o espiritual.
    Toda energía tiene una frecuencia vibracional. Cuando las células u órganos se desequilibran, la frecuencia vibracional empieza a bajar, la energía se mueve más lentamente y se hace más densa. Esa frecuencia vibracional más baja indica un “estado no saludable”. Como la energía está interconectada, todas las células y órganos distintos dependen unos de otros para conseguir el equilibrio.
   Cuando la mente está completamente en paz, también el cuerpo estará en paz consigo mismo. Cuando el corazón conozca el amor en todas las cosas, también lo harán el espíritu, la mente y el cuerpo. Cuando el cuerpo está en equilibrio, los demás se alegran con él. Los humanos son uno de los ejemplos más aptos de toda la creación de sinergía en funcionamiento. Más pronto o más tarde, la conciencia de masa de los humanos descubrirá las frecuencias vibracionales y, cuando lo hagan, revolucionará el cuidado de la salud en la Tierra.



El propósito de tu existencia es avanzar hacia el equilibrio. Tu vida consiste en la conciencia y el aprendizaje; el aprendizaje y el conocimiento favorecen el equilibrio. Toda vida aspira de manera natural al equilibrio perfecto: el equilibrio perfecto en la Realidad Divina, y eso es lo que motiva toda vida. La vida es energía, únicamente diseñada por cada alma para el propósito del conocimiento. El fin de esa vida, la muerte, es sencillamente el fin de una experiencia de conocimiento y el principio de otra.

El alma es una partícula de luz que dentro de sí tiene una conciencia externa de la conexión con la Unidad; es el depositario de todas nuestras experiencias cognoscitivas en nuestra continua búsqueda del equilibrio perfecto durante el diseño de una vida tras otra, en dirección hacia una reunificación con la Unidad: la Realidad Divina.



El amor es la esencia de todo. Es el combustible que activa el movimiento dentro de nosotros y de todas las demás criaturas vivas y conscientes. Es la sangre vital de todo lo que existe; el amor es armonía y equilibrio. El intento de descubrir el amor en la Tierra implica la convicción de los humanos de que están conectados con la Realidad Divina, la cual en definitiva es el Amor Perfecto. Con esa convicción se consigue una paz interior y una alegría que permite que todos los demás aspectos de la noción del amor fluyan de modo natural. Sin eso, sentir amor en la Tierra es un ejercicio casi imposible.


El amor es una elección y está en todas partes. El amor es para notarlo, intuirlo, cuidarlo y compartirlo. Es al compartir lo que hace que arda con más brillo. El amor es la esencia de toda energía; siéntelo en todo lo que hagas. La energía, sencillamente, es. Libérate de todos los juicios y las expectativas: tú eres perfecto en este momento. Deja que el movimiento te lleve; conoce que tú eres espíritu reflejado. Tu labor es estar en armonía contigo mismo, con los demás, con tu planeta y con la Unidad.


Tom Youngholm – El Bar Celestial