lunes, 22 de febrero de 2016

Asertividad, para una sociedad igualitaria (M. Lluïsa Fabra)




Asertividad es la capacidad e autoafirmarse, de expresar lo que sentimos y pensamos aunque las circunstancias no sean muy favorables, de no enmudecer por miedo a no gustar, de decir SÍ y de decir NO de acuerdo con nuestras convicciones y deseos. Es una conducta activa, directa y clara, tan respetuosa con las demás personas como con nosotros mismos. Las personas asertivas, cuando discuten, se orientan hacia soluciones que suponen la satisfacción de todas las personas implicadas en un problema, hacia un resultado, sin perdedores ni ganadores. Tiene una dimensión social que ni la autoestima ni la seguridad tienen, porque no se trata solo de autopercepción sino de conducta, de lo que decimos o hacemos en público.

El problema de la falta de asertividad se refiere a una gran cantidad de personan, mujeres en gran parte, pero también a algunos hombres, a aquellos que han sido educados para obedecer, para aceptar como buenas las ideas y valores que les han transmitido los padres, la escuela y los medios de comunicación, es decir, a aquellos que dan por hecho que no es necesario que se calienten la cabeza pensando porque ya hay quien piensa por ellos, o a aquellos que con facilidad adoptan posiciones conformistas.


Si lo analizamos bien, los hombres son tan poco asertivos como las mujeres, pero a diferencia de la mayoría de las mujeres, que no los son por falta de asertividad, ellos no lo son porque tienden a la agresividad. Ahora bien, como en muchos casos estas conductas les han servido para alcanzar algunos éxitos, no se reconocen como agresivos y tienden a creerse asertivos. Tanto las personas agresivas como las que no son suficientemente asertivas sufren falta de libertad: no son libres de expresarse como querrían. Por eso, llevadas por una corriente que no pueden controlar, repiten indefinidamente conductas que, en el fondo, saben que les convendría modificar.

Las personas, si queremos serlo plenamente, debemos tener la suficiente libertad como para decidir qué queremos ser, o mejor dicho, qué clase de personas queremos ser, pero la sociedad nos conduce y nos modula de tal manera que buena parte de nosotros adopta una actitud poco crítica y, a menudo, no muy responsable, y eso es así tanto para las personas que se comportan sumisamente como para las que van por el mundo pasando por encima de quienes se les pongan por delante.
   Si aceptamos la idea de que cambiando nosotros, cambiamos nuestras conductas, colaboraremos a generar cambios sociales de más alcance, veremos que tenemos, individual y colectivamente, más peso y más poder del que podríamos soñar y que, en definitiva, si nos esforzamos, nuestro paso por el mundo puede no ser del todo irrelevante.


 
La verdadera democracia va unida a la libertad y, por lo tanto, a la asertividad. La mejor manera de proteger los propios derechos es ejercitarlos. Tener confianza en nuestro juicio e intentar influir en la sociedad para conseguir que las cosas vayan en la dirección que creemos que deben ir. La democracia requiere participación en los distintos ámbitos de la vida social. A veces dudamos de nuestras capacidades y es normal, pero tengamos claro que nuestra sociedad es también responsabilidad nuestra y que, cuando callamos, “otorgamos”, cada uno tiene que proceder según sus capacidades y habilidades, pero nadie puede quedarse al margen, porque los regímenes democráticos implican participación activa en el desarrollo humano.

La asertividad es una decisión personal, y esta decisión nadie puede decir que sea fácil, ni que no comporte ningún riesgo, porque implica responsabilizarse de uno mismo y, por tanto, renunciar a buscar excusas en los otros o en las circunstancias, para justificar comportamientos nuestros de los que no podemos sentirnos satisfechos. Los comportamientos asertivos pueden ser objeto de aprendizaje y, si tenemos clara la teoría y practicamos mucho, llegaremos a conseguir que las conductas asertivas surjan sin esfuerzo.



Lo más importante es tomar la decisión de que de ahora en adelante haremos un esfuerzo para conseguir ser asertivos. La asertividad proporciona muchas satisfacciones e incrementa nuestra autoestima, nos ayuda a establecer límites, evitar malentendidos y fomentar las relaciones igualitarias.
   La sociedad actual ya no valora solo las formas ni considera que la hipocresía sea una cualidad; por eso, también puede acabar con la situaciones de subordinación de las mujeres y fomentar una modificación real de las relaciones entre hombres y mujeres, lo cual, además, puede promover un cambio cultural. Esta nueva cultura comportará una revolución de los valores dominantes, y una forma de hacer distinta, menos burocrática y más cercana a las personas.
   En esta nueva cultura, nos constituiremos en el elemento generador de nuevos vínculos interpersonales y de resolución de los problemas sociales que, hoy por hoy, nuestra sociedad es incapaz de resolver.


Dado que se trata de nuestro futuro, del futuro de nuestros hijos e hijas y de la preservación de la belleza que aún habita en nuestro mundo, debemos trabajar codo con codo mujeres y hombres, pero en un futuro muy cercano será decisiva la participación de las mujeres, demasiado tiempo ausentes de lo público, y que pueden aportar una forma de hacer más suave, más conciliadora, más atenta, más inclusiva. Las mujeres ya no pueden seguir más tiempo actuando de espectadoras: deben trabajar conjuntamente con los hombres e incluso imponerse, si hace falta, porque la humanidad y la naturaleza las necesitan y porque una realidad diferente aún es posible.


Maria Lluïsa Fabra y Sales – Asertividad

jueves, 18 de febrero de 2016

Derribar los ídolos (F. Nietzsche)





La palabra “ideales” no significa para mí otra cosa que derribar ídolos. En esto consiste mi misión, en preparar a la humanidad un instante de autoconocimiento supremo, un gran mediodía en el que mire hacia atrás y hacia delante, en el que se libere del dominio del azar y de los sacerdotes, y se plantee por primera vez, en conjunto, la cuestión del porqué y del para qué. Esta misión es una consecuencia necesaria de quien está convencido de que la humanidad no va por el camino recto, que no está gobernada en modo alguno por Dios, sino, más bien, por el instinto de la negación, de la corrupción y de la decadencia, que ha imperado mediante su seducción, escondiéndose precisamente bajo la capa de los conceptos valorativos más sagrados de la humanidad.

El problema del origen de los valores morales es, para mí, una cuestión de primer orden en la medida en que determina el futuro de la humanidad. La obligación de creer que, en último término, todo está en las mejores manos, que un libro, la Biblia, nos asesora proporcionándonos una paz definitiva, sobre el gobierno y la sabiduría de Dios respecto al destino de la humanidad, equivale, traduciendo nuevamente las cosas a un plano real, a la voluntad de no dejar que se manifieste la verdad en relación con el lamentable polo opuesto de lo anterior: que la humanidad ha estado hasta ahora en las peores manos, que ha estado gobernada por los fracasados, por los vengativos más astutos, los que se llaman “santos”, y calumnian el mundo y denigran al hombre. El signo definitivo de que el sacerdote (incluyendo esos sacerdotes encubiertos que son los filósofos) lo ha dominado todo, y no solo a una determinada comunidad religiosa, el signo de que la moral de la decadencia, la voluntad de muerte, es considerada como la moral en sí, viene determinado por el hecho de que en todas partes se le atribuye un valor absoluto a lo no egoísta y se combate lo egoísta.



Pues bien, nadie coincide en esta apreciación. Para un fisiólogo esta antítesis no deja lugar a dudas. Cuando el órgano más pequeño de un organismo deja de contribuir, aunque sea en muy pequeña medida, a su autoconservación, a la recuperación de sus fuerzas, a su “egoísmo”, todo el conjunto degenera. El fisiólogo exige que se extirpe la parte degenerada, aísla del resto lo degenerado y no siente ni la más mínima compasión por ello. El sacerdote, por el contrario, desea que el todo, la humanidad, degenere, y por eso mantiene lo degenerado; a este precio domina a la humanidad.

¿Qué sentido tienen esos conceptos falaces, esos conceptos auxiliares de la moral como “alma”, “espíritu”, “voluntad libre”, “dios”, de no ser el de arruinar fisiológicamente a la humanidad? ¿Qué otra cosa es sino una receta para llevarnos a la decadencia el no conceder importancia a la autoconservación, el aumento de la fuerza corporal, es decir, a la vida, cuando se hace un ideal de la anemia y se interpreta el desprecio del cuerpo en términos de “salud del alma”? hasta hoy se ha venido dando el nombre de moral a la pérdida del centro de gravedad, a la resistencia contra los instintos naturales, en una palabra, al desinterés… He sido el primero en emprender una lucha contra la moral que predica la renuncia a nosotros mismos.



El concepto de “Dios” ha sido inventado como una idea antitética de la vida; él es el compendio, en terrible unidad, de todo lo nocivo, envenenador, calumniador, de toda guerra a muerte contra la vida. El concepto de “más allá”, de “mundo verdadero” ha sido inventado para desprestigiar el único mundo que existe; para arrebatarle a nuestra realidad terrenal toda meta, toda razón de ser, toda misión. El concepto de “alma”, de “espíritu”, y, en último término, también el de “alma inmortal” han sido inventados para despreciar el cuerpo, para hacer que enferme, para hacerlo “santo”, para contraponer una horrible frivolidad a todo lo que merece ser tomado en serio en la vida: lo relativo a la alimentación, la vivienda, la dieta espiritual, el tratamiento de los enfermos, la limpieza, el clima…

En lugar de predicar la salud, se ha predicado la “salvación del alma”, es decir, una locura circular que se manifiesta en las convulsiones de la penitencia y en las histerias de la redención. El concepto de “pecado” ha sido inventado, junto con ese correspondiente instrumento de tortura que es el concepto de “voluntad libre”, para hacer que los instintos se extravíen y para conseguir que la desconfianza con respecto a ellos se convierta en una segunda naturaleza. El concepto de “desinteresado”, de “negador de sí mismo”, constituye la auténtica señal de decadencia. La seducción por lo nocivo, la incapacidad de saber ya qué es lo que nos conviene, la destrucción de uno mismo han sido convertidos en el signo del valor en cuanto tal, en el “deber”, en la “santidad”, en lo que hay de “divino” en el hombre.




Por último, y esto es lo más horrible, en el concepto de hombre bueno se ha incluido la defensa de todo lo débil, enfermo, mal constituido, de todo lo que sufre a causa de sí mismo, de todo lo que debe perecer. Se ha invertido la ley de la selección, convirtiendo en ideal lo que va en contra del hombre orgulloso y bien constituido, del que afirma la vida, del que está seguro del futuro y lo garantiza; y a ese hombre se le ha considerado malo por definición. Pues bien, a todo eso se le ha prestado fe, interpretándolo como la moral. “!Aplastad a la infame!”.


Friedrich Nietzsche – Ecce Homo

lunes, 15 de febrero de 2016

Los ancianos tienen derecho a participar en la sociedad (Ramón Bayés)



La visión que tiene nuestra sociedad de los jubilados los reduce a personas que se encuentran al margen de los intereses dominantes, a individuos poco competentes que han entrado ya en una vía muerta esperando, fatigados e incluso exhaustos, el previsible final de la película y que, en todo caso, no participan en la sociedad como sujetos activos sino pasivos, susceptibles tan solo de recibir las atenciones y buena voluntad de familiares, médicos, enfermeros, psicólogos, filósofos o sacerdotes, o de constituirse en un auténtico filón de oro para la industria farmacéutica.

Un gran número de personas llega a la edad de jubilación en unas condiciones de salud excelentes, y este fenómeno se va a acentuar en los próximos años, cuando comience a llegar a esta edad una generación numerosa nacida entre finales de la década de los cuarenta y principios de los setenta, con pautas de salud mucho mejores de las que pudieron disfrutar sus padres y abuelos. ¿Qué va a hacer la sociedad con esta multitud de jubilados que ya no responden ni al estereotipo del viejecito adormilado en un sillón orejero ante el televisor ni al de aquel que, en temporada baja, dedica su tiempo a trasladarse de un lugar a otro de España en las excursiones del Inserso? ¿Qué van a hacer estas personas con su tiempo? Se trata de personas muchas de las cuales desean permanecer activas –aunque, en gran parte, no sepan cómo, con un acervo de conocimientos, habilidades y experiencia, que no debería menospreciarse y que han llegado a la jubilación sin manual de instrucciones para su uso.



Muchas personas mayores, después de la jubilación, queremos seguir viviendo. Y vivir significa hacer, vivir significa actuar. Existen, ciertamente, jóvenes con alma de viejo que tienen miedo a la vida por lo que supone de cambio e inseguridad; existen también viejos que, cada año con menor éxito, se empeñan en engañarse a sí mismos e intentar vivir como jóvenes tratando de disfrazar su cuerpo, en el salón de belleza, en el gimnasio, la farmacia o el quirófano. Pero cada vez somos más los que, sin maquillar las cicatrices de la edad, creemos que existe un futuro no solo después de los sesenta y cinco años, sino también después de los ochenta. Queremos participar en la sociedad; como seres humanos conscientes y con experiencia, los ancianos tenemos derecho a participar.

Las cosas están cambiando, ciertamente, pero no con la suficiente rapidez. Los que envejecen no son los cuerpos, son las personas. Y muchas de ellas están acercándose a la muerte en el seno de una sociedad llena de prejuicios que las condena prematuramente a una pasividad repetitiva sin posibilidad de cambio, a formar un todo permanente con la mesa camilla, a una especie de electroencefalograma plano.
    En lugar de limitarnos a aceptar pasivamente los achaques y deterioros de la vejez, o de sufrir en silencio como tantas personas mayores, ¿por qué no tratamos de abordarla como una especie de problema que es preciso resolver, incrementando así las probabilidades de explorar, descubrir, seleccionar, aceptar y aprovechar lo que nos ofrece?



Es importante que las instituciones faciliten y no dificulten en todos los ciudadanos que se encuentran motivados y capacitados para ello, una jubilación activa que, por una parte, ayude a preservar su salud y, por otra, les permita continuar enriqueciendo a la sociedad con la experiencia y conocimientos adquiridos a lo largo de toda una única e insustituible vida.

Algunos consejos prácticos para alcanzar el bienestar y, tal vez, algo parecido a la felicidad en las últimas etapas de la vida, son:

-         Simplifique su entorno.
-         Explore, busque, insista, encuentre y practique una actividad que consiga absorberle completamente y en la que la vivencia del tiempo que transcurre desaparezca.
-         Enriquezca su vida a través de contactos con colegas, amigos, jóvenes, niños, viajes, lecturas, nuevos aprendizajes, cambios, etc., que le hagan sentirse vivo e incrementar el número y calidad de sus interacciones y de sus recuerdos.
-         Introduzca en su vida momentos de lentitud e intente saborear el ahora.
-         Regálese momentos de distanciamiento en los que vea transcurrir su vida, sin sentirse implicado en ella, como si fuera la de otra persona.
-         Tenga siempre proyectos o sueños realistas pendientes. Salidas con amigos, vacaciones, escribir, aprender idiomas, etc.
-         Permitir, si le gustan, momentos de distracción superficial, pero sepa que el tiempo consumido de esta forma se convertirá, una vez terminado, en un tiempo vacío, sin nada tangible que recordar.
-         Haga ejercicio regularmente, aunque sea solo andar. Excepto en ocasiones especiales, como frugalmente.
-         Sea generoso y trate de amar a sus semejantes. Comparta, regale su tiempo, regale su vida, sea compasivo, trate de hacer felices a los demás. El que se enriquecerá es usted.

Y, sobre todo, intente encontrarle un sentido. Aunque sea viejo, aunque se sienta débil, su vida sigue siendo única, valiosa, insustituible. En cualquier momento, puede surgir el milagro. Tal vez lo difícil sea comprender que el sentido de la vida no se aprende: cada uno tiene que descubrirlo. Haga un esfuerzo, apasionadamente.

    Siempre debemos aprestarnos a luchar por la vida, la nuestra y la de los demás, aunque a veces, en el fondo, creamos que todo es una gran mentira… El mundo de las hadas está, tal vez, a la vuelta de la esquina.


Ramón Bayés – Vivir. Guía para una jubilación activa

miércoles, 10 de febrero de 2016

El orden social es un derecho sagrado (Rousseau)



El hombre ha nacido libre, y en todas partes se halla prisionero. Creyéndose dueño de los demás, no deja de ser aún más esclavo que ellos. Mientras que un pueblo es obligado a obedecer y obedece, procede bien; mas inmediatamente que puede sacudir el yugo y lo sacude, procede bastante mejor, pues recobrando la libertad por él mismo derecho que le fue arrebatada, o tiene razón para recobrarla o se carece de ella para arrebatársela.

El orden social es un derecho sagrado que sirve de base a todos los demás. Sin embargo, este derecho no tiene su origen en la naturaleza; se funda sobre convenios. El más fuerte no lo es nunca lo suficiente para ser siempre el dueño si no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber. De ahí el derecho del más fuerte, derecho tomado irónicamente por una apariencia, pero establecido realmente en principio. ¿En qué sentido puede la fuerza ser un deber? ¿Qué es un derecho que perece cuando la fuerza cesa? Si hay que obedecer por fuerza no existe la necesidad de obedecer por deber.

Si ningún hombre tiene autoridad natural sobre sus semejantes, y si la fuerza no produce ningún derecho, quedan las convenciones como base de toda autoridad legítima entre los hombres. Renunciar a su libertad equivale a renunciar a su cualidad de hombre, a los derechos de la humanidad, incluso a sus deberes. Semejante renuncia es incompatible con la naturaleza del hombre, y arrebatar toda libertad a su libertad es privar a sus acciones de toda moralidad.



Es una convención vana y contradictoria estipular, de una parte, una autoridad absoluta, y de la otra, una obediencia sin límites. ¿No es evidente que no existe compromiso hacia aquel que tiene el derecho de exigirlo todo? Sea de hombre a hombre o entre hombre y pueblo, siempre será igualmente insensato el siguiente raciocinio: Hago contigo un convenio, todo él a costa tuya y a mi provecho exclusivo, y el cual yo cumpliré mientras me plazca y tú acatarás en tanto que yo quiera.

Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común a la persona y bienes de cada asociado, y por la que cada cual, uniéndose a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y permanezca tan libre como anteriormente. Tal es el problema fundamental al cual da solución el Contrato Social: la enajenación completa de cada asociado, con todos sus derechos, a la comunidad entera, ya que, dándose íntegramente cada uno, la condición es igual para todos y, siendo igual para todos, nadie tiene interés en hacerla onerosa a los otros. Cada uno de nosotros pone en común su persona y toda su potencia bajo la suprema dirección de la voluntad general, y recibimos a cada miembro como parte indivisible del todo. Inmediatamente, en lugar de la persona particular de cada contratante, este acto de asociación produce un cuerpo moral y colectivo.



Cada individuo puede, como hombre, tener una voluntad particular contraria o distinta a la voluntad general que tiene como ciudadano. Su interés particular puede hablarle de distinta manera que el interés común, su existencia absoluta y naturalmente independiente hacerle comprender lo que debe a la causa común como una contribución gratuita, cuya pérdida sería menos perjudicial a los demás que oneroso para él sería su pago y, examinando la persona moral que constituye el Estado, gozaría de los derechos de ciudadano sin querer cumplir los deberes de súbdito; injusticia cuyo progreso causaría la ruina del cuerpo político.

Para que el pacto social no sea, por tanto, una fórmula vana, contiene tácitamente este compromiso, único que puede dar fuerza a los demás: que quien se niegue a acatar la voluntad general será obligado por todo el cuerpo, lo cual no significa otra cosa sino que se le obligará a ser libre. Puesto que tal es la condición que dándose cada individuo a la patria le asegura de toda dependencia personal, condición que forma el artificio del funcionamiento de la máquina política y única que hace legítimos los compromisos civiles, los cuales, sin esto, serían absurdos, tiránicos y sujetos a los más enormes abusos.



Lo que el hombre pierde por el Contrato Social es la libertad natural y un derecho ilimitado a todo lo que le atrae y puede obtener; lo que gana es la libertad civil y la propiedad de todo lo que posee. Para no engañarse en estas compensaciones, conviene distinguir entre la libertad natural, cuyos únicos límites son las fuerzas del individuo, de la libertad civil, que se halla limitada por la libertad general y la posesión, que no es sino el producto de la fuerza en el derecho del primer ocupante, de la propiedad, que no puede ser fundada más que sobre un título positivo.

Pudiera agregarse a lo que precede la adquisición del estado civil, la libertad moral única que hace al hombre verdaderamente dueño de sí mismo, pues el impulso exclusivo de su apetito es la esclavitud, y la obediencia a la ley prescrita es la libertad.
   Una observación que debe servir de base a todo el sistema social es que, en lugar de destruir la igualdad natural, el pacto fundamental sustituye, por el contrario, con una igualdad moral y legítima lo que la naturaleza pudiera haber puesto de desigualdad física entre los hombres, y que, pudiendo ser desiguales en fuerza o genio, devienen todos iguales por convención y de derecho.


J.J. Rousseau – El Contrato Social



jueves, 4 de febrero de 2016

Lo que tú piensas se manifiesta (Conny Méndez)



El ser humano es lanzado a la tarea de vivir, sin saber qué cosa siquiera es la vida, sin saber por qué algunas vidas transcurren en medio de la opulencia y las satisfacciones mientras otras lo hacen por la miseria y el sufrimiento. Unas se inician con todas las ventajas que pueda idear el afecto y, sin embargo, las persigue un atajo de calamidades, y el ser humano se debate en conjeturas, todas erradas, y llega el día de su muerte sin haber adivinado la verdad respecto a todo eso.

Aprende la gran verdad: lo que tú piensas se manifiesta. “Los pensamientos son cosas”. Es tu actitud la que determina todo lo que sucede. Tu propio concepto es lo que tú ves, no solamente en tu cuerpo y en tu carácter, sino en lo exterior, en tus condiciones de vida. Los pensamientos son cosas. Tu vida, lo que te ocurre, obedece a tus creencias y a lo que expresas en palabras. Es una ley, un principio: el principio del mentalismo.
   Si en tu mente está radicada la idea de que los accidentes nos acechan a cada paso; si crees que “los achaques de la vejez” son inevitables; si estás convencido de tu mala o buena suerte; lo que quiera que tú esperes normalmente, en bien o en mal. Ésa es la condición que verás manifestarte en tu vida y en todo lo que haces. Ése es el porqué de lo que te ocurre.



No se está jamás consciente de las ideas que llenan nuestra mente. Ellas se van formando de acuerdo con lo que nos enseñan, o lo que oímos decir. Como casi todo el mundo está ignorante de las leyes que gobiernan la vida, casi todos pasamos nuestra vida fabricándonos condiciones contrarias; viendo tornarse malo aquello que prometía ser tan bueno; tanteando, como dicen, a ciegas, sin brújula, timón, ni compás; achacándole nuestros males a la vida misma, y aprendiendo a fuerza de golpes y porrazos; o atribuyéndoselos a “la voluntad de Dios”.
   El ser humano no es lo que te han hecho creer: un corcho en medio de la tempestad, batido aquí y allá según las olas. !Nada de eso! Su vida, su mundo, sus circunstancias, todo lo que él es, todo lo que le ocurre son creaciones de él mismo y de nadie más. Él es el rey de su imperio y si su opinión es precisamente que él no es sino un corcho en medio de la tempestad, pues así será. Él lo ha creído y permitido. Nacer con libre albedrío significa haber sido creado con el derecho individual de escoger… ¿escoger qué? El pensar negativa o positivamente; pesimista u optimista.



La metafísica siempre ha enseñado que lo que pensamos a menudo pasa al subconsciente y se establece allí, actuando como reflejo. Cuando el ser humano se ve envuelto en los efectos de su ignorancia, o sea, que se ha producido él mismo una calamidad, se vuelve hacia Dios y le suplica que lo libre del sufrimiento. El hombre ve que Dios le atiende a veces, y que otras veces, inexplicablemente, no atiende. Sin que nos demos cuenta clara de ello, le estamos atribuyendo a Dios una naturaleza de magnate caprichoso, vengativo. Es natural pensar así cuando nacimos, vivimos ignorando las reglas y las leyes básicas de la vida. Ya dijimos la razón de nuestras calamidades: las producimos con el pensamiento. En este es que somos “imagen y semejanza” del creador, somos creadores, cada cual, de su propia manifestación.

La verdad es que la Creación funciona en todo y siempre con siete principios. No descansan un solo minuto, se encargan de mantener el orden y la armonía: Vida, Amor, Verdad, Inteligencia, Unidad, Espíritu y Principio. No se necesitan policías en el espíritu. Aquel que no marcha con la ley se castiga él mismo. Lo que piensas se manifiesta; de manera que aprende a pensar correctamente. No hagas lo que has hecho hasta ahora: aceptar todo lo que oyes y todo lo que ves sin darte la oportunidad de juzgar entre el bien y el mal.



El cuerpo material no tiene voluntad propia. No puede oponerse ni mandar. La vida está en el espíritu, en el alma, en el Yo Superior. Es una chispa de la Divinidad; es el agente, el representante plenipotenciario. Así eres tú, un microcosmos, un diminuto sistema solar repitiendo el mismo diseño universal. Ese arco iris completo es tu gloria, tu Verdad innata. Eso jamás lo perderás. Es “tuyo por derecho de conciencia. Por el hecho de poseer este cuerpo causal tienes el derecho de afirmar “Yo Soy Perfecto”. Cada vez que lo piensas y lo practicas se acercan más tus dos sistemas: tu Yo Superior y tu Yo Inferior. Son dos entidades vivientes, aunque separadas, pero que forman junto con la Conciencia terrena un solo ser.


Tú puedes y debes dirigirte a esas dos entidades, hablarlas, amarlas, invocar la protección divina en ellas, pues son perfectas, y juntas formas ese “YO” que tú nombras constantemente y de quien debes hablar en los más altos y bellos términos. Estás hablando la Verdad porque te estás refiriendo a Tu verdad, a tu Llama triple.


Conny Méndez – Metafísica 4 en 1

miércoles, 3 de febrero de 2016

La justicia de la impunidad (F. Nietzsche)




Cuando el poder de la comunidad aumenta, ésta deja de conceder tanta importancia a los transgresores del individuo, pues ya no puede considerar que son tan peligrosos y subversivos como antes para la supervivencia del conjunto. Ya no se expulsa al malhechor, ni se le “priva de paz”. La ira general no puede seguir descargándose en él con tanto furor como antes, sino que, más bien, se defiende y protege cuidadosamente al malhechor desde ahora contra dicha ira y, en particular, contra la de los individuos que han sido perjudicados de una manera directa.

Entre los rasgos que va perfilando el desarrollo del código penal cabe señalar el compromiso con los individuos encolerizados por haber resultado perjudicados con la mala acción: un esfuerzo por aislar el caso e impedir que se amplíe o incluso se generalice la participación y la inquietud; los intentos de hallar equivalentes, y de solucionar la cuestión en términos generales (el arreglo), y, sobre todo, la voluntad cada vez más decidida de pensar que todo delito se puede pagar de algún modo, esto es, la voluntad de separar, en cierto grado, al delincuente de su acción.



Si crecen el  poder y la autoconciencia de una comunidad, el derecho penal se suaviza también; pero cuando la comunidad se debilita o corre algún peligro un tanto grave, el derecho penal vuelve a revestir formas más duras. El “acreedor” se ha vuelto siempre más humano en la medida en que se ha ido enriqueciendo; hasta el punto de que cabe decir incluso que la medida de su riqueza viene determinada por la cantidad de daños que es capaz de soportar sin padecer por ello. Cabe la posibilidad de concebir una conciencia de poder tal por parte de la sociedad en la que ésta pueda permitirse el lujo más noble: el de dejar impunes a quienes le han perjudicado. “¿Qué me importan mis parásitos? -podría decir entonces-, que vivan y prosperen, ¡sigo siendo lo bastante fuerte para ello!...”
    La justicia, que empezó diciendo: “Todo se puede y se tiene que pagar”, acaba cerrando los ojos y dejando escapar al insolvente. Como todo lo bueno de la tierra, termina autodestruyéndose. Es sabido que esta autodestrucción de la justicia recibe el bello nombre de perdón, el cual sigue siendo, como se desprende, el privilegio del más poderoso, mejor aún, su superación de la justicia.



En todas partes donde se ha ejercido y mantenido la justicia, observamos que un poder más fuerte busca el medio de poner fin al loco furor del resentimiento, entre personas más débiles y situadas por debajo de él (ya sean grupos o individuos), bien sustrayendo de la venganza el objeto del resentimiento, bien situando en lugar de la venganza la lucha contra los enemigos de la paz y del orden, bien creando, proponiendo y a veces imponiendo acuerdos, o bien elevando a la categoría de norma cosas que equivalieran a los daños, para que, desde ese momento y para siempre, el resentimiento recurriese a ella.
   Ahora bien, lo decisivo, lo que hace e impone la potestad suprema, en cuanto tiene fuerza para ello, contra la supremacía de los sentimientos contrarios y reactivos, es establecer la ley y declarar imperativo todo lo que a sus ojos ha de aparecer como permitido y justo, y lo que ha de aparecer como prohibido e injusto. En la medida en que, una vez establecida la ley, esta potestad suprema considera toda transgresión y arbitrariedad de los individuos o de grupos enteros como delito contra la ley y rebelión contra la propia potestad suprema, aleja del sentir de sus súbditos el daño inmediato, provocado por esos delitos. De este modo, acaba logrando a la larga lo contrario de lo que pretende toda forma de venganza, que lo único que ve y que hace valer es el punto de vista del perjudicado. A partir de este momento, los ojos, incluso los del propio perjudicado, se ejercitan a acercarse a una apreciación del acto cada vez más impersonal. Según esto, lo “justo y lo injusto” solo aparecen cuando se ha establecido la ley.




Concebir un orden de derecho como algo soberano y general, no como un medio en la lucha de conjuntos de poder, sino como un medio contra toda lucha en general, según una regla que considera iguales a todas las voluntades, constituiría un principio enemigo de la vida, un orden destructor y disgregador del hombre, un atentado contra el futuro de éste, una muestra de cansancio, una sinuosa vía que llevaría a la nada.


Friedrich Nietzsche – Genealogía de la Moral

miércoles, 27 de enero de 2016

Verdaderamente, la extinción del deseo es el nirvana (Robert A. Mitchell)



Surjan o no los budas, sigue siendo un hecho la constitución fija y necesaria de la existencia condicionada, el que todo sus constituyentes son no permanentes, producen dolor y están desprovistos de realidad. Pero cuando surge un buda, éste describe, proclama y enseña este hecho. Ahora, quien conozca y entienda estas tres características de la existencia infinita –transitoriedad, sufrimiento e impersonalidad– se vuelve inmune al dolor. Éste es el camino de la pureza, y el hombre sabio y moral que conoce el significado de estas cosas rápidamente seguirá el camino que conduce a la bendición del nirvána. Pero tened en cuenta que los Budas solo enseñan el camino: vosotros mismos tenéis que hacer el esfuerzo. No cometer ofensas morales, hacer el bien y limpiar el propio corazón: ésa es la enseñanza de todos los Budas.

He obtenido el Dharma que es profundo, difícil de percibir, trascendente, que está más allá de la esfera del intelecto, es sutil y comprensible solo para el sabio: pero este mundo de los hombres sigue con sus ataduras trabado y cegado. Por tanto será difícil para la humanidad entender el principio de la originación por medio de la causa. Será una tarea difícil que las gentes comunes comprendan el cese de todas las cosas compuestas, la renuncia de toda atadura al renacimiento, la extinción del ansia, la ausencia de pasión, la obtención de la vida eterna del nirvána.



¿Por qué deben sufrir tanto los seres? Por no entender ni captar las cuatro verdades santas, tenemos que deambular tanto tiempo en esta fatigosa ronda de reencarnaciones. ¿Y cuáles son estas cuatro verdades?: la Verdad sobre el sufrimiento, la verdad sobre las causas del sufrimiento, la Verdad sobre el cese del sufrimiento y la verdad sobre el camino que conduce al cese del sufrimiento.

Hay dos extremos que no deben ser seguidos por el que ansía la salvación. ¿Cuáles son éstos? Por una parte, la devoción a los placeres de los sentidos, una costumbre que es baja, nada santa, vulgar, degradante, ruinosa y sin beneficios. Por otra parte, están las penalidades y mortificaciones que uno se impone a sí mismo: el dolor y la tristeza sin beneficio.
   Evitando esos dos extremos, he descubierto ese camino medio que conduce a la perfección y la sabiduría, que conduce a la tranquilidad, la iluminación suprema, el nirvána. Ése es el Noble Sendero Óctuple: visión, pensamiento, lenguaje, acción, vida, esfuerzo, atención y concentración rectos.

¿Hasta qué punto puede alguien ser llamado un ser? Ese deseo, ese ansia, ese anhelo que se interesa por el sentimiento, o por la percepción, o por las formaciones mentales predispuestas, o por la conciencia discriminativa, atado por todo ello, bien atado por todo ello, se llama ser.

Eso que valiosamente se llama pensamiento, la mente y la consciencia, es lo mismo que la gente común e ignorante piensa “éste es mi ser”. Sería mejor que consideraran el cuerpo, más que la mente, como el ser. El cuerpo se ve como permanente durante muchos años, pero eso que variadamente se llama pensamiento, mente y consciencia, por la noche se disuelven como una cosa y por el día reaparecen como otra. ¿Es el cuerpo permanente o perecedero? Y lo que es perecedero, ¿causa dolor o felicidad permanente? ¿Y es correcto considerar lo que es perecedero y doloroso como “éste es mi ego, ésta es mi alma, éste es mi verdadero ser”? El cuerpo no es el ser, pues si lo fuera no estaría sometido a la enfermedad, y sería exactamente lo que deseáramos que fuera. Lo mismo sucede con los sentimientos, percepciones y formaciones mentales predispuestas, y con la consciencia. Si la consciencia fuera el ser no estaría sometida a la angustia y sería exactamente lo que deseáramos que fuera. ¿Sería correcto considerar cualquiera de esos elementos, perecederos y dolorosos como “éste es mi ego, ésta es mi alma, éste es mi verdadero ser”?



Pues bien, siendo así, el que sea capaz de ver todas las cosas como realmente son, considerará todos los cuerpos, sentimientos, percepciones, predisposiciones y consciencia, sean del pasado, presente o futuro, sean internas o externas, groseras o sutiles, lejanas o cercanas, como “nada de esto es mi ego, nada de esto es mi alma, nada de esto es mi auténtico ser”.

Considerando esto, el discípulo santo y sabio se aparta del cuerpo, los sentimientos, las percepciones, predisposiciones y consciencia. Y al apartarse, se libera del ansia, se emancipa, y en aquel que está emancipado surge el conocimiento: “soy libre, la reencarnación se ha agotado; ya he vivido la vida religiosa, no me queda nada más por hacer; no quedan más vidas bajo condiciones finitas”.
  

Esparce tu cuerpo, tu sentimiento, tu percepción, tus predisposiciones, tu conciencia discriminativa, rompe todo eso, derríbalo, deja de jugar con ello, aplícate a la destrucción del deseo de esas cosas. Verdaderamente, la extinción del deseo es el nirvána.


Robert Allen Mitchell – Buda: Su vida contada de nuevo

martes, 19 de enero de 2016

La Creación de la Humanidad


 (Esta narración resume y comenta los aspectos de la creación humana incluidos en “El Libro perdido de Enki”, de Zecharia Sitchin, y aparece sin autor expreso en la Biblioteca Pléyades. Después de leer todos los libros de este autor, me he permitido hacer algunos retoques y cortes, y añadir a su vez incisos personales)



Zecharia Sitchin fue uno de los pocos eruditos versados en lenguas antiguas, con conocimiento, hablado y escrito, del sumerio, lo que le permitió traducir el contenido de textos de 6000 años de antigüedad y llegar a la conclusión de que los pasajes conocidos del Génesis del Antiguo Testamento, como muchos otros momentos conocidos de la Biblia Hebrea, que han sido asimilados en nuestra cultura como mitos o parábolas, son en realidad pasajes recogidos de los textos sumerios, su fuente original.

Estos textos recogían sucesos y crónicas de eventos muy anteriores protagonizados por seres inteligentes, considerados por los sumerios como superiores o dioses, llegados de otro planeta. También es sabido que fueron los sumerios los primeros en plasmar por escrito los anales y relatos de dioses y hombres, de los cuales todos los demás pueblos, incluidos los hebreos, obtuvieron los relatos de la Creación, Adán y Eva, Caín y Abel, el Diluvio Universal, la Torre de Babel, etc.

Estos seres tuvieron una influencia directa en los acontecimientos ocurridos en la Tierra a partir de su misma llegada, y su propio planeta, Nibiru, antes incluso de ser habitado, ya había tenido un destino crítico en la formación del planeta Tierra.

Algunas tablillas describen la creación de la Tierra actual a partir de un planeta primitivo, llamado por los habitantes de Nibiru “Tiamat” (“dadora de vida”), que se partió en dos a raíz del choque cataclísmico con Nibiru y sus satélites; un planeta llegado de muy lejos, que por alguna razón desconocida, se vio atraído por la fuerza gravitatoria del Sol. Uno de los satélites de Tiamat, Kingu, dio origen a la Luna y la otra parte del planeta se extendió en lo que hoy se conoce como el cinturón de asteroides, y los sumerios llamaban “el brazalete repujado”.




Uno de esos libros (denominado por Zitchin “El Libro perdido de Enki”), inscrito en catorce tablillas, afirman que un testigo presencial de todos los acontecimientos, y quien dictó a un escriba los más importantes de entre ellos, fue Ea (en sumerio, “Aquel cuyo hogar es agua”), posteriormente llamado,Enki. Explican la llegada a la Tierra de seres procedentes de Nibiru, los Anunnaki (literalmente “los que del cielo a la Tierra llegaron”) con el objeto de buscar el oro necesario para el restablecimiento de su atmósfera dañada, planeta que completa un Shar (una vuelta a nuestro Sol) cada 3600 años y  se acerca, en ocasiones de forma peligrosa, a las inmediaciones de Marte para completar cada órbita, provocando eventos geológicos y climáticos, tanto en la Tierra como en Nibiru.

Por supuesto, los llegados pertenecen a la casa real de Nibiru, son nobles, cuyas normas de sucesión y herencia, y las disputas por el mandato y el lugar en la jerarquía, ocasionan a lo largo de los cientos de miles de años conflictos enconados y violentos donde hay asesinatos, destierros, castigos, diferencias de opinión y algunos conflictos bélicos en la Tierra con armas nucleares incluidas.

Estos seres privilegiados, que tuvieron la ocasión de conquistar un planeta aparentemente no habitado hasta entonces por vida inteligente, pero al mismo tiempo víctimas de un exilio forzoso motivado por el hecho de seguir proveyendo del oro necesario para la supervivencia de la atmósfera de su planeta, no son representados como “malos” ni “buenos”. Son capaces de una entrega extraordinaria, de hazañas increíbles, la culminación de las cuales es la creación de seres inteligentes, concebidos como “ayudantes” en la dura tarea de extraer el tan ansiado oro, a riesgo de saltarse algunas normas y leyes existentes en el Universo y convirtiéndose de esa forma en “creadores”, pero también conocedores de la envidia, la codicia, la ambición, la insatisfacción, la venganza, el odio y otros sentimientos considerados por nosotros como “humanos” y los cuales provocan divisiones entre dos clanes durante cientos de miles de años, el encabezado por Enki y el liderado por Enlil, su hermanastro.




Tres hermanos, Ea (luego llamado Enki), Enlil (señor del Mandato, a quien se asigna la Misión de la Tierra) y Ninmah (luego llamada Ninhursag), son los protagonistas principales de esta historia, los tres hijos de Anu, soberano de Nibiru, de entre un total de 600 que fueron estableciéndose en la Tierra, mas alrededor de otros 300, denominados Igigi (“los que observan y ven desde arriba”), que orbitaban en naves sirviendo de enlace para el transporte del oro.

El relato sencillamente narrado resume la historia de cientos de miles de años (aproximadamente 450.000 a.C.) desde su llegada hasta la entronización de Marduk (alrededor de mediados del tercer milenio a.C. y coincidiendo con la Era de Aries). Su misión y la de sus descendientes en la Tierra comenzó a complicarse seriamente cuando decidieron crear al “Trabajador Primitivo”, no sin antes sortear muchos obstáculos éticos, políticos y técnicos.

Lo importante sobre el origen de la humanidad es que es un hecho absolutamente único. Aparentemente, a juzgar por la crónica de Enki, nunca se había oído hablar del hecho de crear un ser de la nada ya que “todos los seres descienden de una simiente evolucionada a lo largo de eones”. Pero la necesidad de forjar un trabajador primitivo motivó que se diera vía libre a una idea de Enki basada en poner la señal de los Anunnaki a una simiente ya existente en la Tierra: homínidos que caminaban erectos sobre dos piernas hace 300.000 años, y que vivían entre los animales de las estepas.




Enki convenció a su hermano Enlil de llevar a cabo semejante idea con un argumento importante: no se trataba de crear esclavos, ya que la esclavitud había sido abolida en su propio planeta miles de años atrás, sino de crear “un ayudante” (¡Creemos un Lulu, un Trabajador Primitivo, para que se ocupe del trabajo más duro,
que ese ser cargue sobre su espalda el duro trabajo de los Anunnaki!
). No se trataba de crear un ser de la nada, algo en manos únicamente del “Creador de Todo”, sino de favorecer la evolución poniendo la marca de los Anunnaki en seres homínidos propios de la Tierra. La idea de Enki no era crear una nueva criatura, sino “hacer más a su imagen y semejanza a una ya existente”.

No fue una decisión fácil. Se preguntaron si era Hado o Destino llevar a cabo tal plan y si el Dios Creador de Todo daría el visto bueno a dicho plan para salvar de la destrucción a Nibiru o no. Pero al final se pusieron manos a la obra y de esta forma Enki, Ninmah y Ningishzidda, el hijo de Enki, comenzaron el proyecto. Se trataba de mezclar una hebra de la esencia del ser ya existente en la Tierra con otra hebra de ADN del Anunnaki.

Los relatos hablan claramente de un proceso de manipulación genética en el que se planeó el primer bebé probeta de la historia, empleando un óvulo de una madre homínida y fertilizándolo con material genético propio (medido en proporciones exactas con objeto de conferirle la imagen, pero no todas las capacidades ni ciclo vital).

Tal y como se narra en el Libro Perdido de Enki, colocaron un óvulo de la hembra bípeda en un recipiente de arcilla (de la Tierra, después de varias pruebas fallidas empleando material de cristal) y se mezcló con “objetos diminutos”, con fórmulas que contenían la simiente Anunnaki (en una clara referencia al ADN) y posteriormente, una vez fecundado el óvulo de la hembra bípeda, lo colocaron en una matriz Anunnaki, concretamente en la matriz de Ninmah, tras lo cual hubo concepción y ésta dio a luz un varón sano, sin pelo en el cuerpo, con los sentidos perfectos y capacidad para hablar, al que llamaron “Adamu” (el Adán del Antiguo Testamento).

Posteriormente Ninmah se reunió con siete sanadoras Anunnaki de la ciudad y les pidió que aceptaran la tarea de ser “matrices” para otros óvulos fecundados de la misma forma. Pero esta vez, colocaron óvulos de hembras bípedas y los fecundaron con la esencia (material genético) de Adamu, pronunciando una frase de encantamiento, enlazando de esa forma la esencia del Cielo y de la Tierra por parentesco sanguíneo. Insertaron los óvulos en sus matrices y las Anunnaki dieron a luz a siete trabajadores primitivos más.

Viendo que la tarea de crear un ejército de esta manera era demasiado ardua, decidieron crear a la contraparte femenina, a la que llamarían “Tiamat” (con el mismo nombre de la Tierra primitiva antes del cataclismo) y esta vez cambiaron las esencias Anunnaki para ajustarlas a este fin de creación de una fémina (esta vez en la matriz de Ninki, la esposa de Enki). De esta forma, crearon más hembras posteriormente para que éstas se reprodujeran de forma natural con los varones ya creados; sin embargo observaron que no había procreación entre hombres y mujeres primitivos. Ninguna de ellas tenía descendencia; volvieron a repasar las “esencias” Anunnaki empleadas (las hebras y componentes genéticos empleados para el proceso) y vieron que las esencias estaban dispuestas como 22 ramas en un Árbol de la Vida, pero no incluían la capacidad de procrear (¡el par de cromosomas X e Y nº 23!).

Se puede inferir, que se estaba produciendo un rechazo que impedía la procreación. Sin embargo, la presión por crear a “trabajadores primitivos” para extraer el oro de África era cada vez mayor.




¿Qué harían en este momento después de tanto trabajo empleado y de que Enlil aprobara a regañadientes la operación?.

Ningishzidda, el hijo de Enki, experto en estos temas, tenía la solución; tal y como se describe en “El Libro Perdido de Enki” durmió a Enki, Ninmah, Adamu y Tiamat y extrajo de la costilla de Enki (¿o quizá de la médula ósea?) y Ninmah su esencia vital; en la costilla de Adamu insertó la de Enki y en la de Tiamat la de Ninmah, añadiendo al Árbol de la Vida dos ramas más con fuerzas procreadoras. Sin duda, todo ello tiene relación con el relato de la costilla de Adán y Eva conocido por el Génesis y que muchos entendíamos como “mito” o “leyenda”.

Parece estar describiendo algún tipo de implante que permitió que ese rechazo inmunitario que impidió la original descendencia fuera superado por medio de la inserción de material genético de dos seres productivos a dos seres sin capacidad de procreación.

Al igual que en el Antiguo Testamento, el texto sumerio recoge la idea de que a partir de ese momento, en que Adamu y Tiamat se “encontraron” y tomaron conciencia de su desnudez y de su feminidad y virilidad, algo cambió por completo. Todo ello horrorizó a Enlil que creyó que se les había dado a esos seres creados las últimas porciones de la “esencia vital” Anunnaki y que quizás se les había conferido incluso sus ciclos vitales (de miles de años de vida) y la capacidad de autocuración y auto-regeneración.

Fue entonces cuando el hermano de Enki, Enlil, inseguro con el proyecto humano desde el principio, decretó que Adamu y Tiamat se marcharan del Edin, donde hasta entonces estaban alejados del duro trabajo, pues el objetivo original era que permanecieran como “moldes” perfectos de la creación humana, sólo dedicados a la procreación. Enlil ordenó que fueran exiliados allí donde se les necesitaba, al Abzu (África Sudoriental) dedicados de pleno al trabajo de extraer el oro, como todos los demás humanos creados.

De esta forma fueron expulsados del Edin. Las alusiones a una “serpiente” maligna hacen una clara referencia al símbolo con que se representaba el propio Enki, conocedor de los secretos de la manipulación genética y director de todo este proyecto de la creación del Trabajador Primitivo.



Y de esta forma la humanidad comenzó a proliferar. Pero después de decenas de miles de años, Enki observó que los seres creados estaban degenerando hacia sus antepasados salvajes. En ese momento, Enki encuentra en el Edin dos hembras de gran atractivo y ambas procrean de él dando a luz a Adapa (Adán) y Titi (Eva). Adapa, sumamente inteligente, se convierte en el primer hombre civilizado. Adapa y su hermanastra Titi a su vez se emparejan dando a luz a Kain y Abael (en clara referencia a Caín y Abel).

En el Antiguo Testamento podemos encontrar multitud de casos en los que el varón tiene por esposa a su hermanastra. Esto está íntimamente relacionado con la Ley de herencia de los Anunnaki, que convierte en herederos legítimos a los hijos de la hermanastra, antes que al primogénito, si éste ha sido concebido por una mujer de otra clase social. Esta ley Anunnaki marcó el destino de toda la Misión de la Tierra multitud de veces. Enki tuvo otro hijo más con otra terrestre, al que llaman Ziusudra (Noé).

Antes del gran Diluvio que se produciría, tal y como describe una de las tablillas, por la cercanía de Nibiru y las inestabilidades creadas en la atmósfera de la Tierra (el brusco derretimiento de los hielos del Polo Sur), Enlil decreta el final de la Misión en la Tierra y se niega a salvar a la humanidad; nunca había visto con buenos ojos el proyecto de creación humana y aprovecha el momento para obligar a todos por juramento a que ningún humano sea salvado de la catástrofe.

Sin embargo, Enki, su hermano y creador intelectual del “trabajador primitivo” tiene una visión o sueño que le dice que debe salvar a Ziusudra, su hijo, dándole entonces instrucciones claras sobre cómo construir una barcaza cerrada y sellada con pez, donde se colocan algunos pequeños animales (las esencias de otros mamíferos y plantas ya habían sido extraídas y conservadas por Enki para evitar el fin de la vida de la Tierra y poder reconstruir la vida tras el Diluvio).



De esta forma, Ziusudra, así como algunos descendientes de Kain en otra parte del mundo, ya que habían sido desterrados del Edin tras el asesinato de Abael a manos de su hermano, se salvan del Diluvio.

Un ejemplo de mala interpretación que ha dado origen a muchos problemas es que la Biblia Hebrea recoge la palabra “Elohim” o “Dioses” (es una palabra plural) indistintamente para los actos y decisiones de los principales Anunnaki, fusión que modifica completamente el sentido original.

¿Quiere todo esto decir que Dios o Creador de Todo no existe?.

En absoluto, quiere decir lo que quiere decir, que nosotros no somos fruto de la evolución homínida, sino de una inteligencia superior, superior a la nuestra, no a la de Dios Creador del Universo. Eso lo tenían claro, y así lo reflejan las propias tablillas, hasta los propios protagonistas de esta historia, los Anunnaki, que en muchas ocasiones se plantean si sus acciones serán del agrado del “Dios Creador de Todo”.

Si tenemos en cuenta que pocos sobrevivieron al Diluvio Universal y que sólo Ziusudra y su prole (Noé, hijo de Enki con una terrestre que a su vez se había creado de Anunnaki y bípeda homínida) entre muy pocos y contados pudo hacerlo, nos viene a decir, que el Padre Genético de toda la Humanidad es Enki, un ser Anunnaki de una inteligencia y capacidades extraordinarias, y que nuestro componente de “mamífero bípedo” es menor desde el punto de vista de la composición genética. La mitad de nuestra genética, a tenor de todo esto, es cien por cien Anunnaki y la otra mitad es Anunnaki en un porcentaje superior al cincuenta por ciento.

Sin embargo, es cierto que no somos ni el pálido reflejo de lo que fueron los primeros humanos creados que, si bien no habían heredado la longevidad Anunnaki, vivían, como bien
atestigua el Antiguo Testamento cientos de años, y que en cada generación el número de años hasta llegar a nuestros días fue disminuyendo.



El Libro Perdido de Enki termina en sus últimas páginas con esta crónica:
“Babili, donde Marduk declaró la supremacía, se libró del “Viento Maligno”. Todas las tierras al sur de Babili fueron devoradas por el Viento Maligno; también alcanzó al corazón de la segunda región. Enki le hizo considerar a Enlil el libramiento de Babili como un augurio divino”.
Babili es por supuesto Babilonia, y la tablilla marca el final de la crónica que comienza con la era de la supremacía de Marduk, que no era el heredero designado inicialmente para la Tierra en Babilonia y en la Tierra, sino Ninurta, hijo de Enlil, pero que el destino (¿Hado o Destino?, se preguntaban los propios protagonistas) quiso que fuera finalmente el Heredero de la Misión.

El Viento Maligno es la traducción sumeria de las también llamadas “armas del terror” que fueron empleadas hace miles de años, como resultado de las disputas entre dos bandos y las múltiples ambiciones de unos y otros; armas nucleares, ni más, ni menos.

Muy probablemente la esposa de Lot no fue convertida en sal por el castigo de “Dios” al desobedecer su orden, sino que fue convertida en polvo como consecuencia de una explosión nuclear (la palabra que se traduce habitualmente por sal tiene el sentido de columna de vapor. El Libro de Enki refleja que más bien los “dioses” se lamentaron amargamente de la suerte que habían corrido las ciudades de la Tierra civilizada por las deflagraciones nucleares que nunca tuvieron que haber ocurrido.

De hecho, no fueron resultado de una decisión consciente o meditada, sino que se produjo un error de cálculo con unas armas que nunca debieron haberse encontrado en la Tierra y que estaban aquí como consecuencia del mismo origen de la Misión en la Tierra.  
Durante cientos de miles de años estuvieron escondidas para que no fueran usadas, y como puede imaginarse, quien lo hizo finalmente no era plenamente consciente de los efectos que aquello iba a acarrear.



Si la datación y el origen sumerio de las tablillas es incontestable; si ninguna autoridad científica, versada en idiomas de la antigüedad ha contradicho jamás una coma de las traducciones de Sitchin; si jamás se ha negado el origen milenario de las tablillas sumerias, que hoy están expuestas en algunos prestigiosos museos del mundo; dado que multitud de hechos que narran las tablillas han sido posteriormente verificados y encontrados correctos por nuestros conocimientos científicos… ¿Acaso no estamos obligados a considerar esta visión sobre nuestro origen y el pasado de la Tierra?

La dificultad para asumirlo en su totalidad ciertamente es inmensa, en particular el hecho de que podríamos ser producto de la manipulación genética por parte de seres más inteligentes, y diseñados “a imagen y semejanza” de seres superiores en inteligencia, desarrollo tecnológico y civilización y con conocimiento profundo de la genética y la naturaleza.

¿Resulta todo esto más difícil de asumir que el hecho de que somos producto de una evolución de seres homínidos con los que aun compartimos espacio en la Tierra?

Pero estamos en el momento exacto en que merece la pena que consideremos todo esto para nuestro bien ya que el conocimiento ha sido desvelado y está a nuestro alcance. No podemos seguir ignorándolo. Incluso si asumimos todo esto, parece que tampoco esta verdad refleja Toda la Verdad, sino que estos hechos históricos se enmarcan en otra Verdad de una dimensión aun superior.

Como dice B. Marciniak en “Mensajeros del Alba”:
“Los planificadores originales de la Tierra pertenecían a la Familia de la Luz (que es información) y decidieron que la Tierra fuese una biblioteca cósmica. Civilizaciones nacieron en la Tierra hace 500.000 años y yacen bajos los hielos de la Antártica.

Ciertos dioses creadores (en clara referencia a los Anunnaki) llegaron para apoderarse de esta biblioteca viviente hace 300.000 años, hubo lucha y ganaron.

Estos nuevos dueños no querían que la especie humana tuviera acceso a la información. La humanidad es un experimento.

Fue diseñada como casi todo lo que existe en la Creación. El Creador hizo brotar de sí energías, a quienes dotó de los mismos dones que poseía. Estas energías, que llamaremos ‘dioses’, empezaron a probar sus dones.

Estos nuevos dueños eran conocedores de la ingeniería genética, y sabían que la conciencia existe en todas las cosas, así que ajustaron las energías electromagnéticas de la conciencia para que vibrara a cierta frecuencia. Los nuevos dueños se nutrían del temor y del caos.

Reestructuraron el ADN para que el hombre funcionara dentro de una escala limitada; el ser humano original tenía doce filamentos, contribución de doce civilizaciones; estos nuevos dueños lo redujeron a dos.

Se rodeó al planeta de un cerco desde el cual se controlaba la frecuencia de los humanos para ser modificados. Este cerco impedía que la Luz llegara como antes.

Y cuando lograban pasar la barrera no había respuesta en la Tierra, pues los humanos estaban desconectados. La mayor tiranía en una sociedad no es el control por la ley marcial, sino la manipulación psicológica de la conciencia, de manera que los que viven dentro de esa realidad ni se dan cuenta que están prisioneros.

Ni saben que existe otra cosa fuera de ellos.


Ustedes han estado controlados como ovejas en el redil por quienes se sienten vuestros dueños, desde el gobierno y el establecimiento de los que están en el espacio.”