martes, 31 de mayo de 2016

La lucha entre la memoria y el olvido (Jaime Rodríguez Sacristán)





Los olvidos son esquivos y misteriosos. Se ocultan detrás de los pensamientos, de los sentimientos y de las palabras. Apenas sabemos cómo se van o cuándo han de volver. Los olvidos se mueven en tierras de penumbra. Son recuerdos ocultos que de momento no están presentes en nuestro mundo consciente.

Olvido no es desmemoria. No es el almacén cerrado y pasivo de lo inservible, de lo que ya no tiene vida. Al contrario, el olvido es algo vivo, que forma parte de nosotros porque está presente en la batalla del hombre contra el tiempo. Está en la historia personal y en la historia colectiva de los hombres y de los pueblos. Está en el amor, en la soledad, en las relaciones del hombre con Dios y con lo sobrenatural.

Algunos olvidos no vuelven, no se hacen recuerdos, nunca salen de las sombras para recibir la luz de nuestro tiempo consciente, de nuestro mundo actual. Algunos olvidos salen a la luz de forma no deseada. Otros olvidos siguen caminos tortuosos para hacerse recuerdo. Y hay olvidos que están a mitad de camino entre lo consciente y lo inconsciente, que están ocultos detrás de algo; quieren salir a la superficie, están a la espera de que alguien sepa levantar el velo de misterio que los envuelve y los esconde.




La lucha entre la memoria y el olvido es como un fuego que se enciende y que ilumina al ser humano. La memoria tiene, como el fuego, un enorme potencial de fuerza, de energía interior que puede quemarnos. Los recuerdos no son solo pasado, matizan y condicionan el presente y preparan y determinan el futuro. Hay recuerdos que se repiten de manera martilleante. Los olvidos ocultos están ahí, vivos, para intervenir, para aflorar en nuestro mundo consciente. El olvido no es la ausencia, porque está lleno de vida.

El olvido se mueve entre lo irracional, lo imaginario y lo fantástico. Somos conscientes de sucesos que hemos olvidado, pero el material del que están hechos los olvidos posee el carácter de las fabulaciones huidizas y el añadido de un toque fantástico, inefable y misterioso. Todo olvido posee algo de perturbador que irrumpe en nuestra vida, un pasado que vuelve, a veces emocionalmente neutro y otras cargado de emoción disturbadora.

El olvido no tendría sentido si no se tratara de tiempos vividos, traídos a un tiempo presente y con repercusiones en un tiempo por llegar. Los olvidos tienen vocación de permanencia y oficio de desaparición y de huida. Todo empezó en un momento que fue presente, cuando se vivió lo que después será olvidado y recordado. En esos momentos se vive una experiencia que queda impresa en lugares de nuestro cuerpo. Y a partir de ahí todo es vivo, móvil, con un juego de tiempos, porque se trae el pasado al presente. Retener supone permanecer, mantener en el tiempo lo vivido para poderlo tener a nuestra disposición en un momento dado.



Después de “fijar los recuerdos” empieza la batalla memoria-olvido. Una guerra en que la sal, la salsa y los condimentos los ponen los sentimientos y las emociones. A partir de ese momento aumentan los enigmas, cuando los recuerdos huyen y no sabemos cómo. La búsqueda de los recuerdos que permanecen ocultos en nosotros sigue siendo un misterio. No estamos seguros de cuáles son los recuerdos que van a hacerse inolvidables y apenas sabemos por qué no hay manera de olvidar ciertas experiencias; por qué hay recuerdos que huyen y recuerdos encubridores, y el por qué del olvido de la ausencia y el olvido del olvido.

No todos los olvidos son tristes, pero la constelación de la tristeza siempre está cerca de los olvidos y de la pérdida de los recuerdos. El hombre actual es consciente de su finitud y del paso del tiempo y también sabe que al no estar será olvidado. Este hombre postmoderno vacío que se siente intrascendente reacciona con sentimientos, ideas y comportamientos de la constelación de la tristeza, tristeza que se convierte con facilidad en depresión. Muchos hombres sensibles actuales son conscientes de la cercanía entre el olvido y el tiempo, que están hechos de la misma materia, la misma que da cuerpo a los sueños. El olvido también porta el peligro del alejamiento, la ausencia y la pérdida de lo que somos, de lo que constituye el eje de nuestro ser en el mundo, de lo que sabemos de nosotros mismos.



Algunas experiencias que parecen no ser ni llamativas ni alarmantes poseen capacidad para generar imposibles olvidos. Son olvidos y recuerdos que vuelven a nosotros a medias, a través de simbolismos variados, en situaciones conflictivas, cuando hay lucha interior o angustia. Las experiencias semiolvidadas han sido vividas en un tiempo decisivo, emociones e ideas pugnando entre sí, que no son aceptables en nuestro mundo consciente. Ahí están, semiolvidadas, pero activas y con capacidad para asociarse y constituirse más adelante en olvidos imposibles.

Algunos recuerdos solo salen en los sueños. La voluntad no puede controlarlos. El deseo de olvidarlos no consigue su exclusión, la determinación de olvidar no es suficiente. Vuelven esos recuerdos a nuestro mundo consciente a través de los sueños y lo hacen acompañados de sentimientos contradictorios: una mezcla de rechazo, complacencia  e inquietud. Tienen mucho en común  los sueños y el olvido. Los dos son atractivos y misteriosos. Las imágenes que utilizan los sueños y el olvido son huidizas y parecen alucinatorias, son como imágenes desfiguradas que se desvanecen y cambian; también tienen en común la forma de utilizar el tiempo y el espacio, se presentan siguiendo unas reglas aparentemente caprichosas. También comportan una aparente ausencia de lógica, porque ambos poseen una lógica propia, una dinámica coherente en sí misma, por la que se rigen.




Saber olvidar es un arte, que no se aprende fácilmente. El arte del olvido es necesario para mantener el equilibrio inestable de la existencia humana. El arte de la memoria es útil y conveniente para vivir mejor. La batalla memoria-olvido y la guerra entre el recuerdo consciente y el inconsciente hacen que el saber sea limitado, débil y frágil. La duda está siempre presente. No sabemos cuánto sabemos ni lo que hemos olvidado. La duda, la inseguridad y el error son habituales en lo recordado. El olvido se queda con parte del contenido de los recuerdos y le añade, maliciosamente, imaginación. La fiabilidad de lo recordado es discutible, los falsos recuerdos aparecen con demasiada facilidad. La realidad vivida no es siempre la recordada y la deformación es habitual. La vulnerabilidad del recuerdo y la presencia misteriosa de los olvidos es debido a la propia esencia de los seres humanos.

Los olvidos son necesarios y van donde el corazón los lleva. Son la sal de la vida. Los recuerdos ocultos dan el toque de misterio y de milagro a nuestro vivir en el mundo, al querer retener en nuestro interior lo que hemos vivido y lo que hemos sentido. Tanto los olvidos como los recuerdos ocultos llevan siempre nuestro sello personal y diferenciativo, porque las formas de vivir y de elaborar los olvidos son tan diferentes como son las personas.

Al asomarnos al interior del hombre, a los vacíos de la memoria y a los vacíos del espíritu, aprendemos que todos los hombres somos portadores de una memoria y de un olvido que son expresión de nuestra vulnerabilidad, de nuestros sufrimientos y de nuestras esperanzas.


Jaime Rodríguez Sacristán – El olvido y los recuerdos ocultos



lunes, 30 de mayo de 2016

Nuestra misión es ser felices (María A. Servián)



No importa cómo se llamen: pareja, amigo, amante, hermano, tío, prima, padres o sobrinos…, mientras no permitas que las personas de tu alrededor sean libres de pensar, sentir, decidir y actuar sin tu permiso, la relación antes o después… fracasará. No se trata de que tú le des permiso, ni que estés o no de acuerdo con lo que hacen. No es tu misión decidir esto.

Lo cierto es que todas y cada una de las personas que habitan este planeta son libres, completamente libres de hacer con sus vidas lo que crean y estimen más oportuno, sin que tú por eso tengas que sentirte ofendido o enfadado, y esto ocurre más de lo que nos gustaría.

El “permitir” desde nuestra parte que escojan su propio camino nos hace liberarnos de cosas tan amargas como: juzgar, criticar, sentirnos mal, enfadarnos… nadie es igual a nadie. Somos únicos e irrepetibles. En nuestra unidad con el Todo, cono nuestros deseos y propios aprendizajes.



Por lo que mientras más despejemos el camino de los demás dándoles la libertad de que aprendan lo que han venido a experimentar, mejor para ellos y para nosotros, ya que podemos avanzar libres de cargas que no nos corresponden en absoluto. No se trata de estar de acuerdo con sus actuaciones, sino de permitirles que tengan su propio concepto de ver y hacer las cosas.

Mientras más libertad des, con más autonomía amarás a las personas que tienes cerca; mientras más juzgues, critiques, limites…, más solo te sentirás, porque abandonarás la Unidad para convertirte en un ser insociable y retraído, tu corazón sufrirá y tu cuerpo físico también, y estamos en época de unión, de ser un Todo con todos.


Nuestra misión no es más ni menos que ser felices y, aunque parezca extraño, es posible…, aunque pienses que no es el momento adecuado.


María A. Servián – El Aprendizaje

jueves, 21 de abril de 2016

Religión para el siglo XXI: que el mundo viva en su unidad (Roger Garaudy)



La espiritualidad es el esfuerzo por hallar el sentido y la finalidad última a nuestras vidas. Esta espiritualidad se puede vivir en el marco de las sabidurías sin Dios. Desde el Tao en China hasta los Upanishads en India, todas son un llamamiento al dominio e incluso a la extinción del “yo pequeño individual” y de sus deseos parciales, lo que supone una toma de conciencia de que el centro más íntimo del yo es el centro de la vida total del universo, una llamada a ser uno con el Todo.




Todas las grandes mutaciones humanas comienzan en la mente y en el corazón de los hombres cuando éstos se preguntan sobre el sentido de su vida y de su historia común. Las religiones instituidas no responden hoy día a los problemas vitales de nuestro tiempo. Es el caso, por ejemplo, de las tres religiones reveladas, que se fueron degradando muy pronto hasta convertirse en teologías de dominación.
    La defensa de lo sagrado es asunto de todos: el Reino de Dios está dentro de nosotros y no fuera del mundo y de la historia; cada uno de nosotros es responsable de su advenimiento. No se trata ya de las religiones del porvenir ni del porvenir de las religiones, sino del porvenir de la vida, de la realización plena del hombre, de su fe en el porvenir de la vida.

Hay, pues, una necesidad de “reformular” en nuestras nuevas circunstancias históricas lo que podría ser un orden social para el siglo XXI, a partir de los principios esenciales de nuestra fe común. Semejante reformulación exige una relectura de textos sagrados, hecha a la luz de las exigencias de los pueblos y, en primer lugar, de los más desamparados de nuestra época.

Si un hombre o una mujer va a la sinagoga, a la iglesia o a la mezquita, lo importante es que su rezo sea el momento en que cada uno se concentre para tomar conciencia de su relación con Dios, o con el Todo, pues el centro más íntimo y más preciado de uno mismo es el centro de toda vida, y solo hay existencia por esta relación, no simplemente concebida, sino vivida, y vivida en el amor. Su religión o su sabiduría le hacen encontrar a Dios o al Uno en cada acto cotidiano, fuera de cualquier sectarismo religioso, de todo espíritu particularista de partido o de nación. Su única lealtad es en relación con el Todo y con la comunidad universal de los hombres.



La sabiduría consiste en reconocer que nuestros conocimientos siempre nos dejan a la orilla de un abismo, de un vacío poblado de una infinidad de posibles. Esta conciencia de los límites y de los postulados de nuestro conocimiento y esta apertura al infinito de los posibles, es la experiencia primera de la fe en lo que las religiones reveladas llaman Dios, y las sabidurías sin Dios la marcha hacia el Uno y el todo. La fe es una razón sin fronteras. Es el acceso a la realidad en su plenitud: ser para los demás es la única experiencia de la trascendencia. El amor es la salida de sí mismo, fundamental y primera: la unión del “yo” con un “tú” que le trae el mensaje. Un mensaje por el cual el hombre se vuelve humano y divino.

El reinado de Dios se hace presente ahí donde un hombre realiza esta total desposesión. Si no se hace “todavía” presente, es porque esta relación con el mundo no se ha realizado aún en todos. Esta tensión entre el “ya aquí” del despertar personal a la vida del Todo, y el “aún no” del despertar de todos a la vida del Todo es la tragedia optimista del despertar, pues cada uno de nosotros es responsable del despertar de todos.




La fe es el motor inagotable de la búsqueda que, sin ella, degeneraría en supersticiones sugeridas por formas infantiles de la ciencia. La fe es, antes que nada, fe en la razón, fe en el hombre al que insta a proseguir la búsqueda hasta sus límites extremos, hasta alcanzar el silencio de la sabiduría y de la ciencia, disponiéndose a acoger nuevas dimensiones de lo real. Esta sabiduría, como la ciencia, toma conciencia durante  la lucha de sus límites y postulados, de su apertura, sin excluir ninguna, a todas las experiencias, de lo radicalmente nuevo, apertura fundada sobre milenios de errores y de victorias, siempre posibles, de lo nuevo, de lo inesperado, de lo inédito.

El problema de la “defensa de lo sagrado” no es, pues, el de una rivalidad de las religiones ni el de una mezcla ecléctica de sus enseñanzas, sino la conciencia de lo que, en su búsqueda sobre el sentido de la vida, es no solo común a todos, sino también accesible, además, a un mundo irreligioso. Cuando un hombre que detesta el nombre (de Dios) y se cree ateo, empieza por dedicarse por entero al diálogo con el “tú” de su ser, como un “tú” que no puede estar limitado por otro, ya se está dirigiendo a Dios.




“Lo sagrado” no es sino la plenitud de lo real en todas sus dimensiones, es decir, más allá de los sentidos y de la razón, con su significado y su trascendencia. No se puede hallar a Dios si no es en todas partes. Esta es nuestra defensa de lo sagrado: descubrir en cada persona lo que le falta para ser más humana. La realidad central y el drama de nuestro tiempo es que estamos viviendo la más cruel de las guerras de religión. Se trata de la guerra declarada por una religión que no se atreve a proclamar abiertamente su nombre todavía, pero que, de hecho, rige hoy tanto las relaciones sociales como las internacionales: lo que llamo el “monoteísmo” del mercado, que abarca todas las idolatrías. En realidad, nuestra época no es atea, sino más bien politeísta, pues el monoteísmo del mercado engendra el culto de numerosos ídolos, como el dinero, el poder, los nacionalismos o los integrismos.


La tarea más urgente es congregar a todos aquellos para los que la vida tiene un sentido y que son conscientes de ser personalmente responsables de descubrirlo y ponerlo en práctica. Estamos viviendo un momento histórico de crisis, de cuestionamiento y de inevitable toma de decisiones. La condición primordial de cualquier solución a este problema único y vital es que el mundo viva en su unidad.


Roger Garaudy – El Diálogo entre Oriente y Occidente. La religión y la fe en el Siglo XXI

miércoles, 6 de abril de 2016

El Fundamentalismo religioso (Juan José Tamayo)




“Fundamentalismo” es una palabra erudita del ámbito del cristianismo, usada primero por los expertos para designar un fenómeno religioso muy concreto del protestantismo evangélico en Estados Unidos a principios del siglo XX. El término “fundamentalista” se aplica a personas creyentes de las distintas religiones, sobre todo a judíos ultra-ortodoxos, a musulmanes integristas y a cristianos tradicionalistas.

La característica que mejor define la actitud fundamentalista es su negativa a recurrir a la mediación hermenéutica en la lectura de los textos fundantes de las religiones. Se cree que éstos han sido revelados directamente –o mejor, dictados– por Dios, tienen un solo sentido, el literal, y una única interpretación, la que emana de su lectura directa. El fundamentalismo propende a aislar el texto de su contexto socio-histórico hasta convertirlo en objeto devocional, a quien se considera intocable y se rinde culto. Tal concepción conduce inevitablemente al dogmatismo en las creencias, al sobrenaturalismo en la comprensión de la realidad, a la uniformidad en el actuar y al providencialismo en torno al futuro. El lenguaje religioso se convierte en fórmula fija, inmutable, toma la forma de dogma y funge al interior de la comunidad creyente como ortodoxia. El pluralismo es visto, por ende, como una amenaza contra la unidad de la fe.

El fundamentalismo cristiano defiende el carácter infalibilista de las escrituras sagradas. Por eso, al referirse a éstas, lo hace afirmando: “dice la Biblia” y no “la Biblia significa”. La verdad de la Biblia se extiende a la doctrina y a la moral, a los aspectos históricos y a la práctica. Su autoridad es definitiva y completa en todos los campos. Parte de una posición dogmática que impone a la Biblia. De esta forma la secuestra y le impide el poder expresarse libremente, cuando si algo caracteriza a la palabra de Dios es no estar encadenada.



El fundamentalismo adopta una actitud de sospecha y desdén permanentes ante los que defendemos la necesidad de la mediación hermenéutica en la lectura de los textos sagrados, y nos pregunta entre la ingenuidad y la indignación: “¿Cómo puede usted leer el mismo texto que yo leo, y no llegar a la misma interpretación que yo le doy? Sin duda usted actúa de mala fe, que es lo que caracteriza a toda interpretación liberal y pone en entredicho, o incluso desvirtúa, la palabra de Dios”. Al reaccionar así, el fundamentalista se niega a aceptar que la interpretación admite múltiples opciones.

El lenguaje simbólico, metafórico, imaginativo es suplantado por el lenguaje realista. Solo les reconoce un solo sentido, lo que implica un empobrecimiento semántico del rico mundo simbólico. No hay ni puede haber lenguaje literal sobre Dios y lo divino; la afirmación del realismo bíblico es una consecuencia de la interpretación fundamentalista de la Biblia.

La tendencia fundamentalista se opone al ecumenismo y se muestra intolerante con otras concepciones y experiencias que no coinciden con la suya. No se encierra en una burbuja. Suele asociarse con otros fundamentalismos de carácter político, económico, cultural y social, con quien establece alianzas para defender con más eficacia el etnocentrismo cultural, una moral regresiva, la tendencia a las exclusiones por razones de etnia o raza y una concepción religiosa restauracionista. Utiliza la religión de manera instrumental para sus fines expansionistas y para sus intereses hegemónicos.



La actitud fundamentalista se caracteriza por imponer sus creencias, incluso por la fuerza, a toda la comunidad humana en la que está implantada la religión profesada, sin distinguir entre creyentes y no creyentes. De ahí la confusión de lo público y lo privado y la ausencia de distinción entre comunidad política y comunidad religiosa, entre ética pública y ética privada. El fundamentalismo religioso ha desembocado con frecuencia en choques, enfrentamientos y guerras de religiones. La historia universal es la mejor prueba de ello. Incluso hay quienes consideran que la violencia se encuentra en el principio de las religiones y que éstas son fuente de aquéllas. La violencia estaría ya presente en los mismos textos tenidos por revelados.

Y así es de hecho. No pocos textos fundantes del judaísmo, el cristianismo y el Islam presentan a un Dios violento y sanguinario, a quien se apela para vengarse de los enemigos, declararles la guerra y decretar castigos eternos contra ellos. Con estos ingredientes, se construye la trama perversa de la violencia y lo sagrado, que da lugar a la “sacralización de la violencia” o “violencia de lo sagrado”.

El Antiguo Testamento es uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial. Hasta mil son los textos que se refieren a la ira de Yahvé que se enciende, juzga como un fuego destructor, amenaza con la aniquilación y castiga con la muerte. El poder de Dios se hace realidad en la guerra, batallando del lado del “pueblo elegido”, y su gloria se manifiesta en la victoria sobre los enemigos. En el Nuevo Testamento aparece también el Dios sanguinario, al menos de manera indirecta, en la interpretación que algunos textos ofrecen de la muerte de Cristo como voluntad de Dios para expiar los pecados de la humanidad. Según esta teoría, Dios reclamaría el derramamiento de la sangre de su “Hijo” para aplacar su ira.



Algunas imágenes del Corán sobre Alá no son menos violentas que las de la Biblia judía y cristiana. El Alá de Mahoma, como el Yahvé de los profetas, se muestra implacable con los que no creen en Él. “!Que mueran los traficantes de mentiras!”, dice el libro sagrado del Islam. Dios puede hacer que los descreídos se los trague la tierra o caiga sobre ellos un pedazo de cielo; para ellos solo hay “el fuego del infierno”. El simple pensar mal de Alá comporta la maldición. En el Corán se hace referencia a la lucha “por la causa de Dios”, incluso hasta la muerte, contra quienes combaten a los seguidores de Alá.

Las tradiciones religiosas que incitan a la violencia o la justifican, y más si lo hacen en nombre de Dios, no pueden considerarse reveladas, ni ser tenidas por palabra de Dios, y menos aún imponerse como normativas a sus seguidores. En cuanto “textos de terror” deben ser excluidos  de las creencias y las prácticas religiosas, así como del imaginario colectivo de la humanidad.


El fundamentalismo, en fin, adopta una actitud hostil frente a los fenómenos socioculturales de la modernidad que, a su juicio, socavan los fundamentos del sistema de creencias: la secularización, la teoría evolucionista, el progresismo, el diálogo con la cultura moderna y posmoderna, las opciones políticas revolucionarias de las personas y los grupos creyentes, la emancipación de la mujer, la apertura a los descubrimientos científicos, los avances en la genética, los movimientos sociales, los métodos histórico-críticos, etc. Todos ellos son  considerados enemigos de la religión y en esa medida son combatidos frontalmente.


Juan José Tamayo – Fundamentalismo y Cristianismo

miércoles, 30 de marzo de 2016

Es preciso soñar la realidad de mañana (Juan Ramón Jiménez)


Hay alrededor de nosotros una vida espiritual, que acecha los menores instantes de esta pobre vida llena de obligaciones absurdas, para llenar el vacío –que es la plenitud, la única vida-, de imájenes que son la absoluta felicidad. ¿No será esto la promesa de una vida del porvenir, pura, clara, ideal, libre, de toda traba, y hacia la cual vamos caminando? 



Lo que podemos llamar nuestra vida es una cosa tan circunstancial, tan determinada, tan improbable, que solo es como un vestido que se pusiera el alma a cada instante.


Desgraciados para siempre nosotros los que hemos venido de la paz de la nada al torbellino del todo, los que así nos alejamos más cada vez de nuestro orijen y vamos de la primera a la segunda eternidad.


Mientras nos sintamos distantes de nosotros mismos, seremos peregrinos entusiastas de nuestro ser.

  
No es que no podamos abarcar con la imajinación lo infinitamente grande porque está fuera de nosotros. Lo infinitamente pequeño está dentro, y tampoco lo podemos contener.


En el amanecer de cada día no sale solo ese día, sino todo el futuro del mundo. Y no cae solo ese día en su anochecer, sino todo el pasado.


Vida y muerte son lo mismo. Vida no es más que muerte dominada, controlada.
La terrible verdad es que esiste y se sucede, pero que ni ella sabe lo que es, ni nosotros lo que es, ni encontrarla. Y habrá sido siempre íntima, contemporánea y vecina de nuestra vida. Y seguirá viva e inédita dentro de nosotros muertos.



Cuando el hombre se separa en dos, él y su conciencia, es que se encuentra con Dios, quizás con Dios en contra.


El mayor fracaso del hombre como conciencia, es no poder darle conciencia de Dios a su dios.


Dentro de nosotros, concientes de ello, se da una batalla constante de organismos inconcientes de nosotros y nosotros. Eso es nuestra vida. ¿Por qué no concebir el universo total como un ser conciente, Dios, dentro del cual nosotros guerreamos sin poder concebirlo a él?


Lo más grande del todo y de la nada no han necesitado de nombres más largos que ser, sol, fe, mar, luz, sí, hoy, Dios, Paz, Voz, sed, más.


Cuántas veces, por orgullo, por vanidad, no hacemos una confesión, y seguimos pasando en la vida por espíritus completamente diferentes del que somos.


Si queremos ser felices, no vayamos nunca detrás de lo que se va, quedémonos siempre con lo que se queda.


Es preciso soñar la realidad de mañana.




Procurad que delante de vuestros anhelos y de vuestras esperanzas se dilate siempre el infinito. No queráis nunca llegar a los límites, porque desde los límites solo se puede regresar.


En amor no vale, no es verdad el recuerdo.


La entrevisión de lo infinito es sin duda una anticipación de fondo de lo que el hombre ha de ser algún día.


¡Cómo se agarra el pasado a los pies del presente para no dejarlo ir sin él al futuro!


No adelantará el mundo porque se hagan las cosas a conciencia; es necesario ante todo tener conciencia de por qué se hacen.





El ejemplo ideal. Consideremos esto. El hombre, la sociedad humana nunca pueden llegar a un fin absoluto; siempre pueden ser más y deben serlo, ya que cada aumento lleva en sí nuevas perspectivas; y porque cada espejismo, por irreal que sea, es el espejo de una realidad; y porque el fin, en el sentido material, sería el término, y es claro que seguiremos siempre dando vueltas en nuestra órbita, mientras que una catástrofe cósmica de dentro o de fuera no acabe con nosotros o con lo nuestro. La sociedad y el hombre son solo y siempre sucesión, provisionalidad, devenir, presente, y ésta es la gran fuerza del hombre, ser siempre presente y saber que siempre puede serlo si llega a sentir esa fuerza y a sentirse en ella. Es como un viaje entusiasta a un lugar que nos espera con hermosura y destino. Vemos al final del horizonte una luz, un ambiente, como una esplosión, algo que nos subyuga, así como una verdad reciente. Y llegamos esperanzados y gozosos, casi sin darnos cuenta; no llegamos a ello, porque no sabemos si llegamos o no, tampoco; porque ese espejismo siempre lo teñimos nosotros mismos de color nuevo con nuestra demasía y tal vez nos sobrepasamos fantásticos, de él. Somos ya más que el lugar de ilusión al que llegamos…


Juan Ramón Jiménez – Aforismos (Río Arriba)

lunes, 7 de marzo de 2016

El imperio de la publicidad (J. Antonio Marina)




Ahora, el deseo está bien considerado, y hemos organizado una forma de vida montada sobre su excitación continuada y un hedonismo asumible. No vivimos en la orgía, sino en el catálogo publicitario de la orgía, es decir, en la apetencia programada. La publicidad ya no da a conocer los atractivos de un producto. Su función es producir sujetos deseantes.

Todos estamos, en mayor o menor medida, influidos por las modas, que ejercen una tiranía democrática, en el sentido de que somos las víctimas las que damos el poder al tirano. Por debajo de ellas, enlazando con nuestro sistema de expectativas y deseos –tal vez oculto para nosotros mismos, opera un sistema social invisible que, a su aire, conecta conceptos, emociones, valores, creencias, formando así una estructura que origina y da sentido a preferencias, sensibilidades, comportamientos que, en superficie, resultan inconexos. Nuestra aceptación social del deseo, su glorificación, el éxito que le engrandece es, a pesar de su superficial evidencia, el efecto consciente de una ideología desconocida.




Tenemos que admitir un inconsciente personal y un inconsciente social ,muy hábiles en captar relaciones, parecidos, patrones, metáforas, en realizar extrapolaciones, transferir deseos, segregar expectativas y tramar sistemas en los que resultamos apresados sin saberlo y a los que, además, prestamos una inocente colaboración que los refuerzan.
   La publicidad deja de ser una ayuda para convertirse en un componente esencial de la nueva economía, que deja de ser economía de la demanda para convertirse en economía de la oferta. La función es producir sujetos deseantes o, lo que es igual, hacer a los individuos conscientes de sus carencias, obligarles a que se sientan frustrados, fomentar la envidia hacía el vecino, inducir una torpe emulación inacabable, para ofrecer después una salida fácil a su decepción: comprar. Así, la propaganda se convierte en diseminadora inevitable de ansias e insatisfacciones.

La hipertrofia del mercado provoca insatisfacción porque produce necesidades y apetencias que solo pueden ser efímeramente satisfechas. La industria de la publicidad debe allanar el camino que va desde la apetencia al acto, y tiene que afirmar que todo el mundo puede acceder al disfrute de ese objeto en el que se cifra efímeramente la dicha, más aún, que tiene derecho a tenerlo (“porque tú lo vales”, como proclaman los spots). Solo poniéndolo al alcance de la mano, se pasará de un mero deseo a la acción de comprar, que es lo importante. Todo eso produce una frustración inevitable y permanente, porque ni todas las cosas ofrecidas van a poder conseguirse, ni, en el caso de conseguirlas, van a producir la felicidad anunciada. Ahora bien, una decepción duradera tiene dos derivaciones emocionales: la depresión y la violencia.




Mercado, publicidad, ansiedad, depresión, violencia emergen ya como islas enlazadas por el sistema oculto. El mercado de la opulencia necesita una proliferación de deseos “urgentes, imperiosos y efímeros” para mantener su dinamismo. Esta es la definición precisa de “capricho”. El consumismo es el mundo social de las apetencias y el reino momentáneo de los caprichos. La apetencia es el grado cero del deseo. Ceder a ella no aporta más que un breve y limitado placer. La excitación aumenta hasta pasar por caja, y se desvanece tan rápido como había aparecido. La apetencia solo engendra frustración, porque siempre habrá alguien y algo que apetecer. Ése es precisamente el ardid del consumismo. Lo importante de la apetencia y el capricho es que se presentan como una urgencia que ha de ser resuelta inmediatamente, nos despeña por abismos superficiales, nos permite hacer submarinismo emocional en un charquito.

Estamos siendo víctimas de una superchería que nos esclaviza dulcemente, y contra la que apenas podemos rebelarnos, porque nos gusta. El sistema del deseo tiene un aire seductor y todos estamos dispuestos a caer bajo sus encantos.



La ideología del placer que nuestra sociedad ha aceptado, asumido y vitoreado, que fue punta de lanza del combate liberador, se ha convertido en colaboracionista y estupefaciente. Los excesos de la sociedad de mercado, la destrucción del medio ambiente, la fascinación por el poder puro y duro, las múltiples intoxicaciones del lujo, proceden del deseo imperante, y hace urgente responder a la pregunta: ¿se puede vivir solo guiándose por el placer? La respuesta es: se puede vivir, pero no se puede convivir. Si todo el mundo va a lo suyo, nadie va a ir por lo nuestro. La inteligencia social debe por ello prevalecer sobre la inteligencia individual, para salvaguardar nuestros derechos personales.


La sociedad del deseo no favorece un debate brioso y lúcido sobre nuestro futuro, porque, intoxicada de comodidades, nos aprisiona en el presente y nos hace crédulos, sumisos y desesperanzados. Nuestros deseos no son nuestros, sino producto de una manipulación astuta. Todos estamos siendo seducidos.


José Antonio Marina – Las arquitecturas del deseo

jueves, 3 de marzo de 2016

Políticos de opereta (Antonio Machado)


Se miente más que se engaña;
y se gasta más saliva
de la necesaria…

si nuestros políticos comprendieran bien la intención de esta sentencia, ahorrarían las dos terceras partes, por lo menos, de su llamada actividad política. 



Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara. No hay lío político que no sea un trueque, una confusión de máscaras, un mal ensayo de comedia, en que nadie sabe su papel.
   Procurad, sin embargo, los que vais para políticos, que vuestra máscara sea, en lo posible, obra vuestra; hacéosla vosotros mismos, para evitar que os la pongan –que os la impongan– vuestros enemigos o vuestros correligionarios; y no la hagáis tan rígida, tan imporosa e impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara.


La política, señores, es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala, que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancias y colocar parientes. Vosotros debéis hacer política; solo me atrevo a aconsejaros que lo hagáis a cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra cosa: por ejemplo de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca entendernos.
   Y a quien os eche en cara vuestros pocos años bien podéis responderle que la política no ha de ser, necesariamente, cosa de viejos. Hay movimientos políticos que tienen su punto de arranque en una justificada rebelión de menores contra la inepcia de los sedicentes padres de la patria. Esta política, vista desde el barullo juvenil, puede parecer demasiado revolucionaria, siendo, en el fondo, perfectamente conservadora.





Para los tiempos que vienen hay que estar seguros de algo. Porque han de ser tiempos de lucha, y habréis de tomar partido. ¡Ah! ¿Sabéis vosotros lo que esto significa? Por de pronto, renunciar a las razones que pudieran tener vuestros adversarios, lo que os obliga a estar doblemente seguros de las vuestras. Y eso es mucho más difícil de lo que parece. La razón humana no es hija, como algunos creen, de las disputas entre los hombres, sino del diálogo amoroso en que se busca la comunión por el intelecto en verdades, absolutas o relativas, pero que, en el peor caso, son independientes del humor individual. Tomar partido es no solo renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras; abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis despacio, comprenderéis el arduo problema de vuestro provenir: habéis de retroceder a la barbarie, cargados de razón.


Imaginad un mundo en el cual las piedras pudieran elegir su manera de caer y los hombres no pudieran enmendar, de ningún modo, su camino, obligados a circular sobre rieles. Políticamente, no habría problema. En ese mundo los hombres serían liberales; y las piedras… seguirían siendo conservadoras.


Nosotros queremos ser sofistas, en el mejor sentido de la palabra, o, digámoslo más modestamente, en uno de los buenos sentidos de la palabra: queremos ser librepensadores. Nosotros no hemos de pretender que se nos consienta decir todo lo malo que pensamos del monarca, de los gobiernos, de los obispos, del Parlamento, etc. La libre emisión del pensamiento es un problema importante, pero secundario, y supeditado al nuestro, que es el de la libertad del pensamiento mismo. Por de pronto, nosotros nos preguntamos si el pensamiento, nuestro pensamiento, el de cada uno de nosotros, puede producirse con entera libertad, independientemente de que, luego, se nos permita o no emitirlo. Digámoslo retóricamente: ¿De qué nos serviría la libre emisión de un pensamiento esclavo? Nosotros pretendemos fortalecer y agilitar nuestro pensar para aprender de él mismo cuáles son sus posibilidades, cuáles sus limitaciones; hasta qué punto se produce de un modo libre, original, con propia iniciativa, y hasta qué punto nos parece limitado por normas rígidas, por hábitos mentales inmodificables, por imposibilidades de pensar de otro modo.




Uno de los medios más eficaces para que las cosas no cambien nunca por dentro es renovarlas –o removerlas– constantemente por fuera. Por eso los originales ahorcarían si pudieran a los novedosos, y los novedosos apedrean cuando pueden sañudamente a los originales.


Por debajo de lo que se piensa está lo que se cree, como si dijéramos en una capa más honda de nuestro espíritu. Hay hombres tan profundamente divididos consigo mismos, que creen lo contrario de lo que piensan. Y casi –me atreveré a decir– es ello lo más frecuente. Esto deberían tener en cuenta los políticos. Porque lo que ellos llaman opinión es algo mucho más complejo y más incierto de lo que parece. En los momentos de los grandes choques que conmueven fuertemente la conciencia de los pueblos se producen fenómenos extraños de difícil y equívoca interpretación: súbitas conversiones, que se atribuyen al interés personal, cambios inopinados de pareceres, que se reputan insinceros, posiciones inexplicables, etc. y es que la opinión muestra en su superficie muchas prendas que estaban en el fondo del baúl de las conciencias.
   La frivolidad política se caracteriza por la absoluta ignorancia de estos fenómenos. Pero los grandes morrones de la historia no tienen mayor utilidad que la de hacernos ver esos fenómenos más claramente y de mayor bulto que los que vemos cuando es solo la superficie la que parece agitarse.


 Es el político, señores, el hombre capaz de resbalar más veces en la misma baldosa, el hombre que no escarmienta nunca en cabeza propia.


¿Conservadores? Muy bien. Siempre que no lo entendamos a la manera de aquel sarnoso que se emperraba en conservar, no la salud, sino la sarna.
   Porque éste es el problema del conservadurismo –¿qué es lo que conviene conservar? –, que solo se plantean los más inteligentes. ¡Esos buenos conservadores a quienes siempre lapidan sus correligionarios, y sin los cuales todas las revoluciones pasarían sin dejar rastro!




Yo siempre os aconsejaré que procuréis ser mejores de lo que sois; de ningún modo que dejéis de ser españoles. Porque nadie más amante que yo ni más convencido de las virtudes de nuestra raza. Entre ellas debemos contar la de ser muy severos para juzgarnos a nosotros mismos, y bastante indulgentes para juzgar a nuestros vecinos. Hay que ser español, en efecto, para decir las cosas que se dicen contra España. Porque nadie sabe de vicios que no tiene, ni de dolores que no le aquejan.
   Los que hablan de España como de una razón social que es preciso a toda costa acreditar y defender en el mercado mundial, esos para quienes el reclamo, el jaleo y la ocultación de vicios son deberes patrióticos, podrán parecer, yo lo concedo, el título de buenos patriotas; de ningún modo el de buenos españoles.
   Digo que podrán ser hasta buenos patriotas, porque ellos piensan que España es, como casi todas las naciones de Europa, una entidad esencialmente batallona, destinada a jugárselo todo en una gran contienda, y que conviene no enseñar el flaco y reforzar los resortes polémicos, sin olvidar el orgullo nacional, creado más o menos artificialmente. Pero pensar así es profundamente antiespañol. España no ha peleado nunca por orgullo nacional, ni por orgullo de raza, sino por orgullo humano o por amor de Dios, que viene a ser lo mismo.



En una sociedad organizada sobre el trabajo humano y atenta a la cualidad de éste, ¿qué haremos de ese hombre cuya especialidad consiste en tener más importancia que la mayoría de sus prójimos? ¿Qué hacer de ese hombre que vemos al frente de casi todas las agrupaciones humanas (presidente, director, empresario, gerente, socio de honor), en quien se reconoce, sin que sepamos bien por qué, una cierta idoneidad para el lucro usuario, la exhibición decorativa, la preeminencia y el anfitrionismo? Cuando el señor importante pierda su importancia, una gran orfandad, una como tristeza de domingo hospiciano, afligirá nuestros corazones.


Antonio Machado – Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936)

lunes, 22 de febrero de 2016

Asertividad, para una sociedad igualitaria (M. Lluïsa Fabra)




Asertividad es la capacidad e autoafirmarse, de expresar lo que sentimos y pensamos aunque las circunstancias no sean muy favorables, de no enmudecer por miedo a no gustar, de decir SÍ y de decir NO de acuerdo con nuestras convicciones y deseos. Es una conducta activa, directa y clara, tan respetuosa con las demás personas como con nosotros mismos. Las personas asertivas, cuando discuten, se orientan hacia soluciones que suponen la satisfacción de todas las personas implicadas en un problema, hacia un resultado, sin perdedores ni ganadores. Tiene una dimensión social que ni la autoestima ni la seguridad tienen, porque no se trata solo de autopercepción sino de conducta, de lo que decimos o hacemos en público.

El problema de la falta de asertividad se refiere a una gran cantidad de personan, mujeres en gran parte, pero también a algunos hombres, a aquellos que han sido educados para obedecer, para aceptar como buenas las ideas y valores que les han transmitido los padres, la escuela y los medios de comunicación, es decir, a aquellos que dan por hecho que no es necesario que se calienten la cabeza pensando porque ya hay quien piensa por ellos, o a aquellos que con facilidad adoptan posiciones conformistas.


Si lo analizamos bien, los hombres son tan poco asertivos como las mujeres, pero a diferencia de la mayoría de las mujeres, que no los son por falta de asertividad, ellos no lo son porque tienden a la agresividad. Ahora bien, como en muchos casos estas conductas les han servido para alcanzar algunos éxitos, no se reconocen como agresivos y tienden a creerse asertivos. Tanto las personas agresivas como las que no son suficientemente asertivas sufren falta de libertad: no son libres de expresarse como querrían. Por eso, llevadas por una corriente que no pueden controlar, repiten indefinidamente conductas que, en el fondo, saben que les convendría modificar.

Las personas, si queremos serlo plenamente, debemos tener la suficiente libertad como para decidir qué queremos ser, o mejor dicho, qué clase de personas queremos ser, pero la sociedad nos conduce y nos modula de tal manera que buena parte de nosotros adopta una actitud poco crítica y, a menudo, no muy responsable, y eso es así tanto para las personas que se comportan sumisamente como para las que van por el mundo pasando por encima de quienes se les pongan por delante.
   Si aceptamos la idea de que cambiando nosotros, cambiamos nuestras conductas, colaboraremos a generar cambios sociales de más alcance, veremos que tenemos, individual y colectivamente, más peso y más poder del que podríamos soñar y que, en definitiva, si nos esforzamos, nuestro paso por el mundo puede no ser del todo irrelevante.


 
La verdadera democracia va unida a la libertad y, por lo tanto, a la asertividad. La mejor manera de proteger los propios derechos es ejercitarlos. Tener confianza en nuestro juicio e intentar influir en la sociedad para conseguir que las cosas vayan en la dirección que creemos que deben ir. La democracia requiere participación en los distintos ámbitos de la vida social. A veces dudamos de nuestras capacidades y es normal, pero tengamos claro que nuestra sociedad es también responsabilidad nuestra y que, cuando callamos, “otorgamos”, cada uno tiene que proceder según sus capacidades y habilidades, pero nadie puede quedarse al margen, porque los regímenes democráticos implican participación activa en el desarrollo humano.

La asertividad es una decisión personal, y esta decisión nadie puede decir que sea fácil, ni que no comporte ningún riesgo, porque implica responsabilizarse de uno mismo y, por tanto, renunciar a buscar excusas en los otros o en las circunstancias, para justificar comportamientos nuestros de los que no podemos sentirnos satisfechos. Los comportamientos asertivos pueden ser objeto de aprendizaje y, si tenemos clara la teoría y practicamos mucho, llegaremos a conseguir que las conductas asertivas surjan sin esfuerzo.



Lo más importante es tomar la decisión de que de ahora en adelante haremos un esfuerzo para conseguir ser asertivos. La asertividad proporciona muchas satisfacciones e incrementa nuestra autoestima, nos ayuda a establecer límites, evitar malentendidos y fomentar las relaciones igualitarias.
   La sociedad actual ya no valora solo las formas ni considera que la hipocresía sea una cualidad; por eso, también puede acabar con la situaciones de subordinación de las mujeres y fomentar una modificación real de las relaciones entre hombres y mujeres, lo cual, además, puede promover un cambio cultural. Esta nueva cultura comportará una revolución de los valores dominantes, y una forma de hacer distinta, menos burocrática y más cercana a las personas.
   En esta nueva cultura, nos constituiremos en el elemento generador de nuevos vínculos interpersonales y de resolución de los problemas sociales que, hoy por hoy, nuestra sociedad es incapaz de resolver.


Dado que se trata de nuestro futuro, del futuro de nuestros hijos e hijas y de la preservación de la belleza que aún habita en nuestro mundo, debemos trabajar codo con codo mujeres y hombres, pero en un futuro muy cercano será decisiva la participación de las mujeres, demasiado tiempo ausentes de lo público, y que pueden aportar una forma de hacer más suave, más conciliadora, más atenta, más inclusiva. Las mujeres ya no pueden seguir más tiempo actuando de espectadoras: deben trabajar conjuntamente con los hombres e incluso imponerse, si hace falta, porque la humanidad y la naturaleza las necesitan y porque una realidad diferente aún es posible.


Maria Lluïsa Fabra y Sales – Asertividad

jueves, 18 de febrero de 2016

Derribar los ídolos (F. Nietzsche)





La palabra “ideales” no significa para mí otra cosa que derribar ídolos. En esto consiste mi misión, en preparar a la humanidad un instante de autoconocimiento supremo, un gran mediodía en el que mire hacia atrás y hacia delante, en el que se libere del dominio del azar y de los sacerdotes, y se plantee por primera vez, en conjunto, la cuestión del porqué y del para qué. Esta misión es una consecuencia necesaria de quien está convencido de que la humanidad no va por el camino recto, que no está gobernada en modo alguno por Dios, sino, más bien, por el instinto de la negación, de la corrupción y de la decadencia, que ha imperado mediante su seducción, escondiéndose precisamente bajo la capa de los conceptos valorativos más sagrados de la humanidad.

El problema del origen de los valores morales es, para mí, una cuestión de primer orden en la medida en que determina el futuro de la humanidad. La obligación de creer que, en último término, todo está en las mejores manos, que un libro, la Biblia, nos asesora proporcionándonos una paz definitiva, sobre el gobierno y la sabiduría de Dios respecto al destino de la humanidad, equivale, traduciendo nuevamente las cosas a un plano real, a la voluntad de no dejar que se manifieste la verdad en relación con el lamentable polo opuesto de lo anterior: que la humanidad ha estado hasta ahora en las peores manos, que ha estado gobernada por los fracasados, por los vengativos más astutos, los que se llaman “santos”, y calumnian el mundo y denigran al hombre. El signo definitivo de que el sacerdote (incluyendo esos sacerdotes encubiertos que son los filósofos) lo ha dominado todo, y no solo a una determinada comunidad religiosa, el signo de que la moral de la decadencia, la voluntad de muerte, es considerada como la moral en sí, viene determinado por el hecho de que en todas partes se le atribuye un valor absoluto a lo no egoísta y se combate lo egoísta.



Pues bien, nadie coincide en esta apreciación. Para un fisiólogo esta antítesis no deja lugar a dudas. Cuando el órgano más pequeño de un organismo deja de contribuir, aunque sea en muy pequeña medida, a su autoconservación, a la recuperación de sus fuerzas, a su “egoísmo”, todo el conjunto degenera. El fisiólogo exige que se extirpe la parte degenerada, aísla del resto lo degenerado y no siente ni la más mínima compasión por ello. El sacerdote, por el contrario, desea que el todo, la humanidad, degenere, y por eso mantiene lo degenerado; a este precio domina a la humanidad.

¿Qué sentido tienen esos conceptos falaces, esos conceptos auxiliares de la moral como “alma”, “espíritu”, “voluntad libre”, “dios”, de no ser el de arruinar fisiológicamente a la humanidad? ¿Qué otra cosa es sino una receta para llevarnos a la decadencia el no conceder importancia a la autoconservación, el aumento de la fuerza corporal, es decir, a la vida, cuando se hace un ideal de la anemia y se interpreta el desprecio del cuerpo en términos de “salud del alma”? hasta hoy se ha venido dando el nombre de moral a la pérdida del centro de gravedad, a la resistencia contra los instintos naturales, en una palabra, al desinterés… He sido el primero en emprender una lucha contra la moral que predica la renuncia a nosotros mismos.



El concepto de “Dios” ha sido inventado como una idea antitética de la vida; él es el compendio, en terrible unidad, de todo lo nocivo, envenenador, calumniador, de toda guerra a muerte contra la vida. El concepto de “más allá”, de “mundo verdadero” ha sido inventado para desprestigiar el único mundo que existe; para arrebatarle a nuestra realidad terrenal toda meta, toda razón de ser, toda misión. El concepto de “alma”, de “espíritu”, y, en último término, también el de “alma inmortal” han sido inventados para despreciar el cuerpo, para hacer que enferme, para hacerlo “santo”, para contraponer una horrible frivolidad a todo lo que merece ser tomado en serio en la vida: lo relativo a la alimentación, la vivienda, la dieta espiritual, el tratamiento de los enfermos, la limpieza, el clima…

En lugar de predicar la salud, se ha predicado la “salvación del alma”, es decir, una locura circular que se manifiesta en las convulsiones de la penitencia y en las histerias de la redención. El concepto de “pecado” ha sido inventado, junto con ese correspondiente instrumento de tortura que es el concepto de “voluntad libre”, para hacer que los instintos se extravíen y para conseguir que la desconfianza con respecto a ellos se convierta en una segunda naturaleza. El concepto de “desinteresado”, de “negador de sí mismo”, constituye la auténtica señal de decadencia. La seducción por lo nocivo, la incapacidad de saber ya qué es lo que nos conviene, la destrucción de uno mismo han sido convertidos en el signo del valor en cuanto tal, en el “deber”, en la “santidad”, en lo que hay de “divino” en el hombre.




Por último, y esto es lo más horrible, en el concepto de hombre bueno se ha incluido la defensa de todo lo débil, enfermo, mal constituido, de todo lo que sufre a causa de sí mismo, de todo lo que debe perecer. Se ha invertido la ley de la selección, convirtiendo en ideal lo que va en contra del hombre orgulloso y bien constituido, del que afirma la vida, del que está seguro del futuro y lo garantiza; y a ese hombre se le ha considerado malo por definición. Pues bien, a todo eso se le ha prestado fe, interpretándolo como la moral. “!Aplastad a la infame!”.


Friedrich Nietzsche – Ecce Homo

lunes, 15 de febrero de 2016

Los ancianos tienen derecho a participar en la sociedad (Ramón Bayés)



La visión que tiene nuestra sociedad de los jubilados los reduce a personas que se encuentran al margen de los intereses dominantes, a individuos poco competentes que han entrado ya en una vía muerta esperando, fatigados e incluso exhaustos, el previsible final de la película y que, en todo caso, no participan en la sociedad como sujetos activos sino pasivos, susceptibles tan solo de recibir las atenciones y buena voluntad de familiares, médicos, enfermeros, psicólogos, filósofos o sacerdotes, o de constituirse en un auténtico filón de oro para la industria farmacéutica.

Un gran número de personas llega a la edad de jubilación en unas condiciones de salud excelentes, y este fenómeno se va a acentuar en los próximos años, cuando comience a llegar a esta edad una generación numerosa nacida entre finales de la década de los cuarenta y principios de los setenta, con pautas de salud mucho mejores de las que pudieron disfrutar sus padres y abuelos. ¿Qué va a hacer la sociedad con esta multitud de jubilados que ya no responden ni al estereotipo del viejecito adormilado en un sillón orejero ante el televisor ni al de aquel que, en temporada baja, dedica su tiempo a trasladarse de un lugar a otro de España en las excursiones del Inserso? ¿Qué van a hacer estas personas con su tiempo? Se trata de personas muchas de las cuales desean permanecer activas –aunque, en gran parte, no sepan cómo, con un acervo de conocimientos, habilidades y experiencia, que no debería menospreciarse y que han llegado a la jubilación sin manual de instrucciones para su uso.



Muchas personas mayores, después de la jubilación, queremos seguir viviendo. Y vivir significa hacer, vivir significa actuar. Existen, ciertamente, jóvenes con alma de viejo que tienen miedo a la vida por lo que supone de cambio e inseguridad; existen también viejos que, cada año con menor éxito, se empeñan en engañarse a sí mismos e intentar vivir como jóvenes tratando de disfrazar su cuerpo, en el salón de belleza, en el gimnasio, la farmacia o el quirófano. Pero cada vez somos más los que, sin maquillar las cicatrices de la edad, creemos que existe un futuro no solo después de los sesenta y cinco años, sino también después de los ochenta. Queremos participar en la sociedad; como seres humanos conscientes y con experiencia, los ancianos tenemos derecho a participar.

Las cosas están cambiando, ciertamente, pero no con la suficiente rapidez. Los que envejecen no son los cuerpos, son las personas. Y muchas de ellas están acercándose a la muerte en el seno de una sociedad llena de prejuicios que las condena prematuramente a una pasividad repetitiva sin posibilidad de cambio, a formar un todo permanente con la mesa camilla, a una especie de electroencefalograma plano.
    En lugar de limitarnos a aceptar pasivamente los achaques y deterioros de la vejez, o de sufrir en silencio como tantas personas mayores, ¿por qué no tratamos de abordarla como una especie de problema que es preciso resolver, incrementando así las probabilidades de explorar, descubrir, seleccionar, aceptar y aprovechar lo que nos ofrece?



Es importante que las instituciones faciliten y no dificulten en todos los ciudadanos que se encuentran motivados y capacitados para ello, una jubilación activa que, por una parte, ayude a preservar su salud y, por otra, les permita continuar enriqueciendo a la sociedad con la experiencia y conocimientos adquiridos a lo largo de toda una única e insustituible vida.

Algunos consejos prácticos para alcanzar el bienestar y, tal vez, algo parecido a la felicidad en las últimas etapas de la vida, son:

-         Simplifique su entorno.
-         Explore, busque, insista, encuentre y practique una actividad que consiga absorberle completamente y en la que la vivencia del tiempo que transcurre desaparezca.
-         Enriquezca su vida a través de contactos con colegas, amigos, jóvenes, niños, viajes, lecturas, nuevos aprendizajes, cambios, etc., que le hagan sentirse vivo e incrementar el número y calidad de sus interacciones y de sus recuerdos.
-         Introduzca en su vida momentos de lentitud e intente saborear el ahora.
-         Regálese momentos de distanciamiento en los que vea transcurrir su vida, sin sentirse implicado en ella, como si fuera la de otra persona.
-         Tenga siempre proyectos o sueños realistas pendientes. Salidas con amigos, vacaciones, escribir, aprender idiomas, etc.
-         Permitir, si le gustan, momentos de distracción superficial, pero sepa que el tiempo consumido de esta forma se convertirá, una vez terminado, en un tiempo vacío, sin nada tangible que recordar.
-         Haga ejercicio regularmente, aunque sea solo andar. Excepto en ocasiones especiales, como frugalmente.
-         Sea generoso y trate de amar a sus semejantes. Comparta, regale su tiempo, regale su vida, sea compasivo, trate de hacer felices a los demás. El que se enriquecerá es usted.

Y, sobre todo, intente encontrarle un sentido. Aunque sea viejo, aunque se sienta débil, su vida sigue siendo única, valiosa, insustituible. En cualquier momento, puede surgir el milagro. Tal vez lo difícil sea comprender que el sentido de la vida no se aprende: cada uno tiene que descubrirlo. Haga un esfuerzo, apasionadamente.

    Siempre debemos aprestarnos a luchar por la vida, la nuestra y la de los demás, aunque a veces, en el fondo, creamos que todo es una gran mentira… El mundo de las hadas está, tal vez, a la vuelta de la esquina.


Ramón Bayés – Vivir. Guía para una jubilación activa