Subo aquí estas listas de reproducción que he confeccionado por varios motivos.
Primero el gran álbum de Carole King (Music) remasterizado que no hallaba completo en Youtube. Después uno de los mejores discos de Jazz para mí que tampoco encontraba completo, Charles Mingus Trio (1957) con un Charlie Mingus insuperable, formidablemente acompañado por Hampton Hawes y Danny Richmond. Sigue el mejor conjunto de temas de Howlin Wolf, con el blues más auténtico y desgarrado. Y, por último, una selección de singles de los 60, que aún conservo y que escuchaba infinidad de veces.
lunes, 20 de junio de 2016
lunes, 13 de junio de 2016
Humanismo: libertad y autorrealización
Un humanista es alguien
que sitúa a la persona, su vida y sus valores en el centro de su visión del
mundo. El humanismo da gran importancia a la libertad, la razón y las
posibilidades y derechos del individuo; pero la razón es solo una de las
herramientas que empleamos para comprender el mundo. También hemos de usar
nuestra capacidad de cosechar experiencias. Razón y experiencia constituyen la
base de nuestro conocimiento.
El ser humano no puede, ni
basándose en la razón, ni en las experiencias, decir que existe un dios. Pero
tampoco se puede decir con seguridad absoluta que no exista ninguno. Un humanista suele por tanto definirse como agnóstico.
Los humanistas reconocen que las facultades
del ser humano son limitadas. Hay preguntas a las que no sabemos contestar. Hay
enigmas que no sabemos solucionar. Y sin embargo es humano formarse ideas sobre
lo desconocido. Lo que no debemos hacer es convertir esas ideas en principios
religiosos absolutos. En la práctica, los humanistas adoptan por tanto una
postura atea. Viven como si no existiera ningún dios. No aceptan ninguna
realidad sobrenatural, porque carecen de fundamento para creer en alguna;
existe una sola realidad que es relevante para la vida.
Como los humanistas no
cuentan con ningún destino o voluntad divina que dirija la vida de los hombres,
subrayan que el ser humano tiene que fiarse de sí mismo. El hombre es su propio
señor. La visión que tiene el humanismo de los seres humanos es positiva y
optimista. El ser humano tiene gran valor y muchas posibilidades, y es bueno
por naturaleza.
Los humanistas señalan a menudo al hombre
como un ser espiritual, con facultades y posibilidades que superan a las de
todos los demás seres, y también una libertad muy distinta. Posee la facultad
de crear algo mediante el trabajo y la actividad artística.
El ser humano constituye
también una parte de la naturaleza, y como tal está ligado a sus leyes. El alma
humana está totalmente relacionada con las funciones del cerebro. El humanismo
rechaza por ello que el hombre tenga un alma inmortal. El hombre no tiene
ninguna consciencia después de la muerte.
El ser humano es un ser único. Pero, aunque
somos distintos, todos los seres humanos somos igual de valiosos. La tolerancia
mutua ante las cualidades que distinguen a los unos de los otros es uno de sus
ideales principales.
También es muy importante
el que ningún ser humano sea usado como medio para algún otro fin, sea por
“necesidad histórica”, medios políticos superiores u otra cosa parecida. Una
persona a menudo puede encontrar sentido en lo de “sacrificarse” por una causa,
pero jamás debe ser convertido involuntariamente en víctima para los fines de
otros. Cualquier persona es un fin en sí misma, jamás ha de ser tratada como un
mero número en la masa.
El objetivo debe ser que todo el mundo pueda
realizarse personalmente y desarrollar sus aptitudes; la felicidad y la
autorrealización del individuo son por tanto de gran importancia.
Con su énfasis en la
singularidad de cada uno, los humanistas tienen una visión individualista del
ser humano. Pero éste no vive solo para sí y lo suyo. Los humanistas suelen
identificarse con la humanidad en general, y tienen una visión optimista de su
evolución.
Opinan que el ser humano
gracias a su razón conoce la diferencia entre el bien y el mal. No necesita
ningún mensaje o reglas impuestas desde fuera. Sobre una base puramente
racional sabe establecer ciertos valores y normas fundamentales.
El principio ético más importante de los
humanistas es la regla de oro que dice que debes hacer a los demás lo que
quieres que los demás te hagan a ti. Dicho “principio de reciprocidad” se puede
establecer sobre una base humana, como el respeto por la dignidad y la
inviolabilidad del ser humano. Los derechos humanos ocupan, por tanto, un lugar
principal. Como prójimo, estoy obligado a luchar por la libertad, la igualdad y
la justicia entre los hombres en el mundo entero.
Con su énfasis en la vida
en la tierra, en el aquí y ahora, los humanistas también luchan por un mayor
bienestar material. Ahora bien, este objetivo tiene que sopesarse
constantemente con los valores vitales y la calidad de vida en un sentido
amplio. El fin en sí no es un aumento ciego de la eficiencia, ni un materialismo
ávido de placeres. En este sentido, el humanismo se opone al materialismo y al
desarrollo tecnológico unidimensional, sea bajo el auspicio socialista o
capitalista.
Jostein Gaardner, Victor Hellern, Henry Notaker – El Libro de las Religiones
martes, 31 de mayo de 2016
La lucha entre la memoria y el olvido (Jaime Rodríguez Sacristán)
Los olvidos son esquivos y
misteriosos. Se ocultan detrás de los pensamientos, de los sentimientos y de
las palabras. Apenas sabemos cómo se van o cuándo han de volver. Los olvidos se
mueven en tierras de penumbra. Son recuerdos ocultos que de momento no están
presentes en nuestro mundo consciente.
Olvido no es desmemoria.
No es el almacén cerrado y pasivo de lo inservible, de lo que ya no tiene vida.
Al contrario, el olvido es algo vivo, que forma parte de nosotros porque está
presente en la batalla del hombre contra el tiempo. Está en la historia
personal y en la historia colectiva de los hombres y de los pueblos. Está en el
amor, en la soledad, en las relaciones del hombre con Dios y con lo
sobrenatural.
Algunos olvidos no
vuelven, no se hacen recuerdos, nunca salen de las sombras para recibir la luz
de nuestro tiempo consciente, de nuestro mundo actual. Algunos olvidos salen a
la luz de forma no deseada. Otros olvidos siguen caminos tortuosos para hacerse recuerdo. Y
hay olvidos que están a mitad de camino entre lo consciente y lo inconsciente,
que están ocultos detrás de algo; quieren salir a la superficie, están a la
espera de que alguien sepa levantar el velo de misterio que los envuelve y los
esconde.
La lucha entre la memoria
y el olvido es como un fuego que se enciende y que ilumina al ser humano. La
memoria tiene, como el fuego, un enorme potencial de fuerza, de energía
interior que puede quemarnos. Los recuerdos no son solo pasado, matizan y
condicionan el presente y preparan y determinan el futuro. Hay recuerdos que se repiten de manera martilleante. Los olvidos ocultos
están ahí, vivos, para intervenir, para aflorar en nuestro mundo consciente. El
olvido no es la ausencia, porque está lleno de vida.
El olvido se mueve entre
lo irracional, lo imaginario y lo fantástico. Somos conscientes de sucesos que
hemos olvidado, pero el material del que están hechos los olvidos posee el
carácter de las fabulaciones huidizas y el añadido de un toque fantástico,
inefable y misterioso. Todo olvido posee algo de perturbador que irrumpe en
nuestra vida, un pasado que vuelve, a veces emocionalmente neutro y otras
cargado de emoción disturbadora.
El olvido no tendría
sentido si no se tratara de tiempos vividos, traídos a un tiempo presente y con
repercusiones en un tiempo por llegar. Los olvidos tienen vocación de
permanencia y oficio de desaparición y de huida. Todo empezó en un momento que
fue presente, cuando se vivió lo que después será olvidado y recordado. En esos
momentos se vive una experiencia que queda impresa en lugares de nuestro
cuerpo. Y a partir de ahí todo es vivo, móvil, con un juego de tiempos, porque
se trae el pasado al presente. Retener supone permanecer, mantener en el tiempo
lo vivido para poderlo tener a nuestra disposición en un momento dado.
Después de “fijar los
recuerdos” empieza la batalla memoria-olvido. Una guerra en que la sal, la
salsa y los condimentos los ponen los sentimientos y las emociones. A partir de
ese momento aumentan los enigmas, cuando los recuerdos huyen y no sabemos cómo.
La búsqueda de los recuerdos que permanecen ocultos en nosotros sigue siendo un
misterio. No estamos seguros de cuáles son los recuerdos que van a hacerse
inolvidables y apenas sabemos por qué no hay manera de olvidar ciertas
experiencias; por qué hay recuerdos que huyen y recuerdos encubridores, y el
por qué del olvido de la ausencia y el olvido del olvido.
No todos los olvidos son
tristes, pero la constelación de la tristeza siempre está cerca de los olvidos
y de la pérdida de los recuerdos. El hombre actual es consciente de su finitud
y del paso del tiempo y también sabe que al no estar será olvidado. Este hombre
postmoderno vacío que se siente intrascendente reacciona con sentimientos,
ideas y comportamientos de la constelación de la tristeza, tristeza que se
convierte con facilidad en depresión. Muchos hombres sensibles actuales son
conscientes de la cercanía entre el olvido y el tiempo, que están hechos de la
misma materia, la misma que da cuerpo a los sueños. El olvido también porta el
peligro del alejamiento, la ausencia y la pérdida de lo que somos, de lo que
constituye el eje de nuestro ser en el mundo, de lo que sabemos de nosotros
mismos.
Algunas experiencias que
parecen no ser ni llamativas ni alarmantes poseen capacidad para generar
imposibles olvidos. Son olvidos y recuerdos que vuelven a nosotros a medias, a
través de simbolismos variados, en situaciones conflictivas, cuando hay lucha
interior o angustia. Las experiencias semiolvidadas han sido vividas en un
tiempo decisivo, emociones e ideas pugnando entre sí, que no son aceptables en
nuestro mundo consciente. Ahí están, semiolvidadas, pero activas y con
capacidad para asociarse y constituirse más adelante en olvidos imposibles.
Algunos recuerdos solo
salen en los sueños. La voluntad no puede controlarlos. El deseo de olvidarlos
no consigue su exclusión, la determinación de olvidar no es suficiente. Vuelven
esos recuerdos a nuestro mundo consciente a través de los sueños y lo hacen
acompañados de sentimientos contradictorios: una mezcla de rechazo,
complacencia e inquietud. Tienen mucho
en común los sueños y el olvido. Los dos
son atractivos y misteriosos. Las imágenes que utilizan los sueños y el olvido
son huidizas y parecen alucinatorias, son como imágenes desfiguradas que se
desvanecen y cambian; también tienen en común la forma de utilizar el tiempo y
el espacio, se presentan siguiendo unas reglas aparentemente caprichosas.
También comportan una aparente ausencia de lógica, porque ambos poseen una
lógica propia, una dinámica coherente en sí misma, por la que se rigen.
Saber olvidar es un arte,
que no se aprende fácilmente. El arte del olvido es necesario para mantener el
equilibrio inestable de la existencia humana. El arte de la memoria es útil y
conveniente para vivir mejor. La batalla memoria-olvido y la guerra entre el
recuerdo consciente y el inconsciente hacen que el saber sea limitado, débil y
frágil. La duda está siempre presente. No sabemos cuánto sabemos ni lo que
hemos olvidado. La duda, la inseguridad y el error son habituales en lo
recordado. El olvido se queda con parte del contenido de los recuerdos y le
añade, maliciosamente, imaginación. La fiabilidad de lo recordado es
discutible, los falsos recuerdos aparecen con demasiada facilidad. La realidad
vivida no es siempre la recordada y la deformación es habitual. La
vulnerabilidad del recuerdo y la presencia misteriosa de los olvidos es debido
a la propia esencia de los seres humanos.
Los olvidos son necesarios
y van donde el corazón los lleva. Son la sal de la vida. Los recuerdos ocultos
dan el toque de misterio y de milagro a nuestro vivir en el mundo, al querer
retener en nuestro interior lo que hemos vivido y lo que hemos sentido. Tanto
los olvidos como los recuerdos ocultos llevan siempre nuestro sello personal y
diferenciativo, porque las formas de vivir y de elaborar los olvidos son tan
diferentes como son las personas.
Al asomarnos al interior del
hombre, a los vacíos de la memoria y a los vacíos del espíritu, aprendemos que
todos los hombres somos portadores de una memoria y de un olvido que son
expresión de nuestra vulnerabilidad, de nuestros sufrimientos y de nuestras
esperanzas.
Jaime Rodríguez Sacristán – El olvido y los recuerdos ocultos
lunes, 30 de mayo de 2016
Nuestra misión es ser felices (María A. Servián)
No importa cómo se llamen: pareja, amigo, amante, hermano, tío, prima, padres o sobrinos…, mientras no permitas que las personas de tu alrededor sean libres de pensar, sentir, decidir y actuar sin tu permiso, la relación antes o después… fracasará. No se trata de que tú le des permiso, ni que estés o no de acuerdo con lo que hacen. No es tu misión decidir esto.
Lo cierto es que todas y cada una de las personas que habitan este planeta son libres, completamente libres de hacer con sus vidas lo que crean y estimen más oportuno, sin que tú por eso tengas que sentirte ofendido o enfadado, y esto ocurre más de lo que nos gustaría.
El “permitir” desde nuestra parte que escojan su propio camino nos hace liberarnos de cosas tan amargas como: juzgar, criticar, sentirnos mal, enfadarnos… nadie es igual a nadie. Somos únicos e irrepetibles. En nuestra unidad con el Todo, cono nuestros deseos y propios aprendizajes.
Por lo que mientras más despejemos el camino de los demás dándoles la libertad de que aprendan lo que han venido a experimentar, mejor para ellos y para nosotros, ya que podemos avanzar libres de cargas que no nos corresponden en absoluto. No se trata de estar de acuerdo con sus actuaciones, sino de permitirles que tengan su propio concepto de ver y hacer las cosas.
Mientras más libertad des, con más autonomía amarás a las personas que tienes cerca; mientras más juzgues, critiques, limites…, más solo te sentirás, porque abandonarás la Unidad para convertirte en un ser insociable y retraído, tu corazón sufrirá y tu cuerpo físico también, y estamos en época de unión, de ser un Todo con todos.
Nuestra misión no es más ni menos que ser felices y, aunque parezca extraño, es posible…, aunque pienses que no es el momento adecuado.
María A. Servián – El Aprendizaje
jueves, 21 de abril de 2016
Religión para el siglo XXI: que el mundo viva en su unidad (Roger Garaudy)
La espiritualidad es el
esfuerzo por hallar el sentido y la finalidad última a nuestras vidas. Esta
espiritualidad se puede vivir en el marco de las sabidurías sin Dios. Desde el
Tao en China hasta los Upanishads en India, todas son un llamamiento al dominio e incluso a la extinción del
“yo pequeño individual” y de sus deseos parciales, lo que supone una toma de
conciencia de que el centro más íntimo del yo es el centro de la vida total del
universo, una llamada a ser uno con el Todo.
Todas las grandes
mutaciones humanas comienzan en la mente y en el corazón de los hombres cuando
éstos se preguntan sobre el sentido de su vida y de su historia común. Las
religiones instituidas no responden hoy día a los problemas vitales de nuestro
tiempo. Es el caso, por ejemplo, de las tres religiones reveladas, que se
fueron degradando muy pronto hasta convertirse en teologías de dominación.
La defensa de lo sagrado
es asunto de todos: el Reino de Dios está dentro de nosotros y no fuera del
mundo y de la historia; cada uno de nosotros es responsable de su advenimiento.
No se trata ya de las religiones del porvenir ni del porvenir de las
religiones, sino del porvenir de la vida, de la realización plena del hombre,
de su fe en el porvenir de la vida.
Hay, pues, una necesidad
de “reformular” en nuestras nuevas circunstancias históricas lo que podría ser
un orden social para el siglo XXI, a partir de los principios esenciales de
nuestra fe común. Semejante reformulación exige una relectura de textos
sagrados, hecha a la luz de las exigencias de los pueblos y, en primer lugar,
de los más desamparados de nuestra época.
Si un hombre o una mujer
va a la sinagoga, a la iglesia o a la mezquita, lo importante es que su rezo
sea el momento en que cada uno se concentre para tomar conciencia de su
relación con Dios, o con el Todo, pues el centro más íntimo y más preciado de
uno mismo es el centro de toda vida, y solo hay existencia por esta relación,
no simplemente concebida, sino vivida, y vivida en el amor. Su religión o su
sabiduría le hacen encontrar a Dios o al Uno en cada acto cotidiano, fuera de
cualquier sectarismo religioso, de todo espíritu particularista de partido o de
nación. Su única lealtad es en relación con el Todo y con la comunidad
universal de los hombres.
La sabiduría consiste en
reconocer que nuestros conocimientos siempre nos dejan a la orilla de un
abismo, de un vacío poblado de una infinidad de posibles. Esta conciencia de
los límites y de los postulados de nuestro conocimiento y esta apertura al
infinito de los posibles, es la experiencia primera de la fe en lo que las
religiones reveladas llaman Dios, y las sabidurías sin Dios la marcha hacia el
Uno y el todo. La fe es una razón sin fronteras. Es el acceso a la realidad en
su plenitud: ser para los demás es la única experiencia de la trascendencia. El
amor es la salida de sí mismo, fundamental y primera: la unión del “yo” con un
“tú” que le trae el mensaje. Un mensaje por el cual el hombre se vuelve humano
y divino.
El reinado de Dios se hace
presente ahí donde un hombre realiza esta total desposesión. Si no se hace
“todavía” presente, es porque esta relación con el mundo no se ha realizado aún
en todos. Esta tensión entre el “ya aquí” del despertar personal a la vida del
Todo, y el “aún no” del despertar de todos a la vida del Todo es la tragedia
optimista del despertar, pues cada uno de nosotros es responsable del despertar
de todos.
La fe es el motor
inagotable de la búsqueda que, sin ella, degeneraría en supersticiones
sugeridas por formas infantiles de la ciencia. La fe es, antes que nada, fe en
la razón, fe en el hombre al que insta a proseguir la búsqueda hasta sus
límites extremos, hasta alcanzar el silencio de la sabiduría y de la ciencia,
disponiéndose a acoger nuevas dimensiones de lo real. Esta sabiduría, como la
ciencia, toma conciencia durante la
lucha de sus límites y postulados, de su apertura, sin excluir ninguna, a todas
las experiencias, de lo radicalmente nuevo, apertura fundada sobre milenios de
errores y de victorias, siempre posibles, de lo nuevo, de lo inesperado, de lo
inédito.
El problema de la “defensa
de lo sagrado” no es, pues, el de una rivalidad de las religiones ni el de una
mezcla ecléctica de sus enseñanzas, sino la conciencia de lo que, en su
búsqueda sobre el sentido de la vida, es no solo común a todos, sino también
accesible, además, a un mundo irreligioso. Cuando un hombre que detesta el
nombre (de Dios) y se cree ateo, empieza por dedicarse por entero al diálogo
con el “tú” de su ser, como un “tú” que no puede estar limitado por otro, ya se
está dirigiendo a Dios.
“Lo sagrado” no es sino la
plenitud de lo real en todas sus dimensiones, es decir, más allá de los
sentidos y de la razón, con su significado y su trascendencia. No se puede
hallar a Dios si no es en todas partes. Esta es nuestra defensa de lo sagrado: descubrir en cada persona lo que le falta
para ser más humana. La realidad central y el drama de nuestro tiempo es que
estamos viviendo la más cruel de las guerras de religión. Se trata de la guerra
declarada por una religión que no se atreve a proclamar abiertamente su nombre
todavía, pero que, de hecho, rige hoy tanto las relaciones sociales como las
internacionales: lo que llamo el “monoteísmo” del mercado, que abarca todas las
idolatrías. En realidad, nuestra época no es atea, sino más bien politeísta,
pues el monoteísmo del mercado engendra el culto de numerosos ídolos, como el
dinero, el poder, los nacionalismos o los integrismos.
La tarea más urgente es
congregar a todos aquellos para los que la vida tiene un sentido y que son
conscientes de ser personalmente responsables de descubrirlo y ponerlo en
práctica. Estamos viviendo un momento histórico de crisis, de cuestionamiento y
de inevitable toma de decisiones. La condición primordial de cualquier solución
a este problema único y vital es que el mundo viva en su unidad.
Roger Garaudy – El Diálogo entre Oriente y Occidente. La religión y la fe en el Siglo XXI
miércoles, 6 de abril de 2016
El Fundamentalismo religioso (Juan José Tamayo)
“Fundamentalismo” es una
palabra erudita del ámbito del cristianismo, usada primero por los expertos
para designar un fenómeno religioso muy concreto del protestantismo evangélico
en Estados Unidos a principios del siglo XX. El término “fundamentalista” se
aplica a personas creyentes de las distintas religiones, sobre todo a judíos
ultra-ortodoxos, a musulmanes integristas y a cristianos tradicionalistas.
La característica que
mejor define la actitud fundamentalista es su negativa a recurrir a la mediación hermenéutica en la lectura de
los textos fundantes de las religiones. Se cree que éstos han sido revelados
directamente –o mejor, dictados– por Dios, tienen un solo sentido, el literal,
y una única interpretación, la que emana de su lectura directa. El
fundamentalismo propende a aislar el texto de su contexto socio-histórico hasta
convertirlo en objeto devocional, a quien se considera intocable y se rinde
culto. Tal concepción conduce inevitablemente al dogmatismo en las creencias,
al sobrenaturalismo en la comprensión de la realidad, a la uniformidad en el
actuar y al providencialismo en torno al futuro. El lenguaje religioso se
convierte en fórmula fija, inmutable, toma la forma de dogma y funge al
interior de la comunidad creyente como ortodoxia. El pluralismo es visto, por
ende, como una amenaza contra la unidad de la fe.
El fundamentalismo cristiano defiende el carácter infalibilista de las escrituras sagradas. Por eso, al
referirse a éstas, lo hace afirmando: “dice la Biblia ” y no “la Biblia significa”. La
verdad de la Biblia
se extiende a la doctrina y a la moral, a los aspectos históricos y a la
práctica. Su autoridad es definitiva y completa en todos los campos. Parte de
una posición dogmática que impone a la Biblia.
De esta forma la secuestra y le impide el poder expresarse
libremente, cuando si algo caracteriza a la palabra de Dios es no estar
encadenada.
El fundamentalismo adopta
una actitud de sospecha y desdén permanentes ante los que defendemos la
necesidad de la mediación hermenéutica en la lectura de los textos sagrados, y
nos pregunta entre la ingenuidad y la indignación: “¿Cómo puede usted leer el
mismo texto que yo leo, y no llegar a la misma interpretación que yo le doy?
Sin duda usted actúa de mala fe, que
es lo que caracteriza a toda interpretación liberal y pone en entredicho, o
incluso desvirtúa, la palabra de Dios”. Al reaccionar así, el fundamentalista
se niega a aceptar que la interpretación admite múltiples opciones.
El lenguaje simbólico,
metafórico, imaginativo es suplantado por el lenguaje realista. Solo les reconoce
un solo sentido, lo que implica un empobrecimiento semántico del rico mundo
simbólico. No hay ni puede haber lenguaje literal sobre Dios y lo divino; la
afirmación del realismo bíblico es una consecuencia de la interpretación
fundamentalista de la Biblia.
La tendencia
fundamentalista se opone al ecumenismo y se muestra intolerante con otras
concepciones y experiencias que no coinciden con la suya. No se encierra en una
burbuja. Suele asociarse con otros fundamentalismos de carácter político,
económico, cultural y social, con quien establece alianzas para defender con
más eficacia el etnocentrismo cultural, una moral regresiva, la tendencia a las
exclusiones por razones de etnia o raza y una concepción religiosa
restauracionista. Utiliza la religión de manera instrumental para sus fines
expansionistas y para sus intereses hegemónicos.
La actitud fundamentalista
se caracteriza por imponer sus creencias, incluso por la fuerza, a toda la
comunidad humana en la que está implantada la religión profesada, sin distinguir
entre creyentes y no creyentes. De ahí la confusión de lo público y lo privado
y la ausencia de distinción entre comunidad política y comunidad religiosa,
entre ética pública y ética privada. El fundamentalismo religioso ha
desembocado con frecuencia en choques, enfrentamientos y guerras de religiones.
La historia universal es la mejor prueba de ello. Incluso hay quienes
consideran que la violencia se encuentra en el principio de las religiones y
que éstas son fuente de aquéllas. La violencia estaría ya presente en los
mismos textos tenidos por revelados.
Y así es de hecho. No
pocos textos fundantes del judaísmo, el cristianismo y el Islam presentan a un
Dios violento y sanguinario, a quien se apela para vengarse de los enemigos,
declararles la guerra y decretar castigos eternos contra ellos. Con estos
ingredientes, se construye la trama perversa de la violencia y lo sagrado, que
da lugar a la “sacralización de la violencia” o “violencia de lo sagrado”.
El Antiguo Testamento es
uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial. Hasta mil son
los textos que se refieren a la ira de Yahvé que se enciende, juzga como un
fuego destructor, amenaza con la aniquilación y castiga con la muerte. El poder
de Dios se hace realidad en la guerra, batallando del lado del “pueblo
elegido”, y su gloria se manifiesta en la victoria sobre los enemigos. En el
Nuevo Testamento aparece también el Dios sanguinario, al menos de manera
indirecta, en la interpretación que algunos textos ofrecen de la muerte de Cristo
como voluntad de Dios para expiar los pecados de la humanidad. Según esta
teoría, Dios reclamaría el derramamiento de la sangre de su “Hijo” para aplacar
su ira.
Algunas imágenes del Corán
sobre Alá no son menos violentas que las de la Biblia judía y cristiana.
El Alá de Mahoma, como el Yahvé de los profetas, se muestra implacable con los
que no creen en Él. “!Que mueran los traficantes de mentiras!”, dice el libro
sagrado del Islam. Dios puede hacer que los descreídos se los trague la tierra
o caiga sobre ellos un pedazo de cielo; para ellos solo hay “el fuego del
infierno”. El simple pensar mal de Alá comporta la maldición. En el Corán se
hace referencia a la lucha “por la causa de Dios”, incluso hasta la muerte,
contra quienes combaten a los seguidores de Alá.
Las tradiciones religiosas
que incitan a la violencia o la justifican, y más si lo hacen en nombre de
Dios, no pueden considerarse reveladas, ni ser tenidas por palabra de Dios, y
menos aún imponerse como normativas a sus seguidores. En cuanto “textos de
terror” deben ser excluidos de las
creencias y las prácticas religiosas, así como del imaginario colectivo de la
humanidad.
El fundamentalismo, en
fin, adopta una actitud hostil frente a los fenómenos socioculturales de la
modernidad que, a su juicio, socavan los fundamentos del sistema de creencias:
la secularización, la teoría evolucionista, el progresismo, el diálogo con la
cultura moderna y posmoderna, las opciones políticas revolucionarias de las
personas y los grupos creyentes, la emancipación de la mujer, la apertura a los
descubrimientos científicos, los avances en la genética, los movimientos
sociales, los métodos histórico-críticos, etc. Todos ellos son considerados enemigos de la religión y en esa
medida son combatidos frontalmente.
Juan José Tamayo – Fundamentalismo y Cristianismo
miércoles, 30 de marzo de 2016
Es preciso soñar la realidad de mañana (Juan Ramón Jiménez)
Hay alrededor de nosotros una vida espiritual, que acecha los menores instantes de esta pobre vida llena de obligaciones absurdas, para llenar el vacío –que es la plenitud, la única vida-, de imájenes que son la absoluta felicidad. ¿No será esto la promesa de una vida del porvenir, pura, clara, ideal, libre, de toda traba, y hacia la cual vamos caminando?
Lo que podemos llamar nuestra vida es una cosa tan circunstancial, tan determinada, tan improbable, que solo es como un vestido que se pusiera el alma a cada instante.
Desgraciados para siempre nosotros los que hemos venido de la paz de la nada al torbellino del todo, los que así nos alejamos más cada vez de nuestro orijen y vamos de la primera a la segunda eternidad.
Mientras nos sintamos
distantes de nosotros mismos, seremos peregrinos entusiastas de nuestro ser.
No es que no podamos
abarcar con la imajinación lo infinitamente grande porque está fuera de nosotros.
Lo infinitamente pequeño está dentro, y tampoco lo podemos contener.
En el amanecer de cada día
no sale solo ese día, sino todo el futuro del mundo. Y no cae solo ese día en
su anochecer, sino todo el pasado.
Vida y muerte son lo
mismo. Vida no es más que muerte dominada, controlada.
La terrible verdad es que
esiste y se sucede, pero que ni ella sabe lo que es, ni nosotros lo que es, ni
encontrarla. Y habrá sido siempre íntima, contemporánea y vecina de nuestra
vida. Y seguirá viva e inédita dentro de nosotros muertos.
Cuando el hombre se separa
en dos, él y su conciencia, es que se encuentra con Dios, quizás con Dios en
contra.
El mayor fracaso del
hombre como conciencia, es no poder darle conciencia de Dios a su dios.
Dentro de nosotros,
concientes de ello, se da una batalla constante de organismos inconcientes de
nosotros y nosotros. Eso es nuestra vida. ¿Por qué no concebir el universo
total como un ser conciente, Dios, dentro del cual nosotros guerreamos sin
poder concebirlo a él?
Lo más grande del todo y
de la nada no han necesitado de nombres más largos que ser, sol, fe, mar, luz,
sí, hoy, Dios, Paz, Voz, sed, más.
Cuántas veces, por
orgullo, por vanidad, no hacemos una confesión, y seguimos pasando en la vida
por espíritus completamente diferentes del que somos.
Si queremos ser felices,
no vayamos nunca detrás de lo que se va, quedémonos siempre con lo que se
queda.
Es preciso soñar la
realidad de mañana.
Procurad que delante de
vuestros anhelos y de vuestras esperanzas se dilate siempre el infinito. No
queráis nunca llegar a los límites, porque desde los límites solo se puede
regresar.
En amor no vale, no es
verdad el recuerdo.
La entrevisión de lo
infinito es sin duda una anticipación de fondo de lo que el hombre ha de ser
algún día.
¡Cómo se agarra el pasado
a los pies del presente para no dejarlo ir sin él al futuro!
No adelantará el mundo
porque se hagan las cosas a conciencia; es necesario ante todo tener conciencia
de por qué se hacen.
El ejemplo ideal.
Consideremos esto. El hombre, la sociedad humana nunca pueden llegar a un fin
absoluto; siempre pueden ser más y deben serlo, ya que cada aumento lleva en sí
nuevas perspectivas; y porque cada espejismo, por irreal que sea, es el espejo
de una realidad; y porque el fin, en el sentido material, sería el término, y
es claro que seguiremos siempre dando vueltas en nuestra órbita, mientras que
una catástrofe cósmica de dentro o de fuera no acabe con nosotros o con lo
nuestro. La sociedad y el hombre son solo y siempre sucesión, provisionalidad,
devenir, presente, y ésta es la gran fuerza del hombre, ser siempre presente y
saber que siempre puede serlo si llega a sentir esa fuerza y a sentirse en
ella. Es como un viaje entusiasta a un lugar que nos espera con hermosura y
destino. Vemos al final del horizonte una luz, un ambiente, como una esplosión,
algo que nos subyuga, así como una verdad reciente. Y llegamos esperanzados y
gozosos, casi sin darnos cuenta; no llegamos a ello, porque no sabemos si
llegamos o no, tampoco; porque ese espejismo siempre lo teñimos nosotros mismos
de color nuevo con nuestra demasía y tal vez nos sobrepasamos fantásticos, de
él. Somos ya más que el lugar de ilusión al que llegamos…
Juan Ramón Jiménez – Aforismos (Río Arriba)
lunes, 7 de marzo de 2016
El imperio de la publicidad (J. Antonio Marina)
Ahora, el deseo está bien
considerado, y hemos organizado una forma de vida montada sobre su excitación
continuada y un hedonismo asumible. No vivimos en la orgía, sino en el catálogo
publicitario de la orgía, es decir, en la apetencia programada. La publicidad
ya no da a conocer los atractivos de un producto. Su función es producir
sujetos deseantes.
Todos estamos, en mayor o
menor medida, influidos por las modas, que ejercen una tiranía democrática, en
el sentido de que somos las víctimas las que damos el poder al tirano. Por
debajo de ellas, enlazando con nuestro sistema de expectativas y deseos –tal
vez oculto para nosotros mismos–, opera un sistema social invisible que, a su
aire, conecta conceptos, emociones, valores, creencias, formando así una
estructura que origina y da sentido a preferencias, sensibilidades,
comportamientos que, en superficie, resultan inconexos. Nuestra aceptación
social del deseo, su glorificación, el éxito que le engrandece es, a pesar de
su superficial evidencia, el efecto consciente de una ideología desconocida.
Tenemos que admitir un
inconsciente personal y un inconsciente social ,muy hábiles en captar
relaciones, parecidos, patrones, metáforas, en realizar extrapolaciones,
transferir deseos, segregar expectativas y tramar sistemas en los que
resultamos apresados sin saberlo y a los que, además, prestamos una inocente
colaboración que los refuerzan.
La publicidad deja de ser una ayuda para
convertirse en un componente esencial de la nueva economía, que deja de ser
economía de la demanda para convertirse en economía de la oferta. La función es
producir sujetos deseantes o, lo que es igual, hacer a los individuos
conscientes de sus carencias, obligarles a que se sientan frustrados, fomentar
la envidia hacía el vecino, inducir una torpe emulación inacabable, para ofrecer
después una salida fácil a su decepción: comprar. Así, la propaganda se
convierte en diseminadora inevitable de ansias e insatisfacciones.
La hipertrofia del mercado
provoca insatisfacción porque produce necesidades y apetencias que solo pueden
ser efímeramente satisfechas. La industria de la publicidad debe allanar el
camino que va desde la apetencia al acto, y tiene que afirmar que todo el mundo
puede acceder al disfrute de ese objeto en el que se cifra efímeramente la
dicha, más aún, que tiene derecho a tenerlo (“porque tú lo vales”, como
proclaman los spots). Solo poniéndolo al alcance de la mano, se pasará de un
mero deseo a la acción de comprar, que es lo importante. Todo eso produce una
frustración inevitable y permanente, porque ni todas las cosas ofrecidas van a
poder conseguirse, ni, en el caso de conseguirlas, van a producir la felicidad
anunciada. Ahora bien, una decepción duradera tiene dos derivaciones
emocionales: la depresión y la violencia.
Mercado, publicidad,
ansiedad, depresión, violencia emergen ya como islas enlazadas por el sistema
oculto. El mercado de la opulencia necesita una proliferación de deseos
“urgentes, imperiosos y efímeros” para mantener su dinamismo. Esta es la
definición precisa de “capricho”. El
consumismo es el mundo social de las apetencias y el reino momentáneo de los
caprichos. La apetencia es el grado cero del deseo. Ceder a ella no aporta
más que un breve y limitado placer. La excitación aumenta hasta pasar por caja,
y se desvanece tan rápido como había aparecido. La apetencia solo engendra
frustración, porque siempre habrá alguien y algo que apetecer. Ése es
precisamente el ardid del consumismo. Lo importante de la apetencia y el
capricho es que se presentan como una urgencia que ha de ser resuelta
inmediatamente, nos despeña por abismos superficiales, nos permite hacer
submarinismo emocional en un charquito.
Estamos siendo víctimas de
una superchería que nos esclaviza dulcemente, y contra la que apenas podemos
rebelarnos, porque nos gusta. El sistema del deseo tiene un aire seductor y
todos estamos dispuestos a caer bajo sus encantos.
La ideología del placer
que nuestra sociedad ha aceptado, asumido y vitoreado, que fue punta de lanza
del combate liberador, se ha convertido en colaboracionista y estupefaciente.
Los excesos de la sociedad de mercado, la destrucción del medio ambiente, la
fascinación por el poder puro y duro, las múltiples intoxicaciones del lujo,
proceden del deseo imperante, y hace urgente responder a la pregunta: ¿se puede
vivir solo guiándose por el placer? La respuesta es: se puede vivir, pero no se
puede convivir. Si todo el mundo va a lo suyo, nadie va a ir por lo nuestro. La
inteligencia social debe por ello prevalecer sobre la inteligencia individual,
para salvaguardar nuestros derechos personales.
La sociedad del deseo no
favorece un debate brioso y lúcido sobre nuestro futuro, porque, intoxicada de
comodidades, nos aprisiona en el presente y nos hace crédulos, sumisos y
desesperanzados. Nuestros deseos no son nuestros, sino producto de una manipulación
astuta. Todos estamos siendo seducidos.
José Antonio Marina – Las arquitecturas del deseo
jueves, 3 de marzo de 2016
Políticos de opereta (Antonio Machado)
Se miente más que se engaña;
y se gasta más saliva
de la necesaria…
si nuestros políticos comprendieran bien la intención de esta sentencia, ahorrarían las dos terceras partes, por lo menos, de su llamada actividad política.
Al hombre público, muy
especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas,
todas las cuales se resumen en una: fidelidad
a la propia máscara. No hay lío político que no sea un trueque, una
confusión de máscaras, un mal ensayo de comedia, en que nadie sabe su papel.
Procurad, sin embargo, los que vais para
políticos, que vuestra máscara sea, en lo posible, obra vuestra; hacéosla vosotros
mismos, para evitar que os la pongan –que os la impongan– vuestros enemigos o
vuestros correligionarios; y no la hagáis tan rígida, tan imporosa e
impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara.
La política, señores, es
una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino,
en último término, el desdeño de la política mala, que hacen trepadores y
cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancias y colocar parientes.
Vosotros debéis hacer política; solo me atrevo a aconsejaros que lo hagáis a
cara descubierta; en el peor caso con máscara política, sin disfraz de otra
cosa: por ejemplo de literatura, de filosofía, de religión. Porque de otro modo
contribuiréis a degradar actividades tan excelentes, por lo menos, como la
política, y a enturbiar la política de tal suerte que ya no podamos nunca
entendernos.
Y a quien os eche en cara vuestros pocos
años bien podéis responderle que la política no ha de ser, necesariamente, cosa
de viejos. Hay movimientos políticos que tienen su punto de arranque en una
justificada rebelión de menores contra la inepcia de los sedicentes padres de
la patria. Esta política, vista desde el barullo juvenil, puede parecer
demasiado revolucionaria, siendo, en el fondo, perfectamente conservadora.
Para los tiempos que
vienen hay que estar seguros de algo. Porque han de ser tiempos de lucha, y
habréis de tomar partido. ¡Ah! ¿Sabéis vosotros lo que esto significa? Por de
pronto, renunciar a las razones que pudieran tener vuestros adversarios, lo que
os obliga a estar doblemente seguros de las vuestras. Y eso es mucho más
difícil de lo que parece. La razón humana no es hija, como algunos creen, de
las disputas entre los hombres, sino del diálogo amoroso en que se busca la
comunión por el intelecto en verdades, absolutas o relativas, pero que, en el
peor caso, son independientes del humor individual. Tomar partido es no solo
renunciar a las razones de vuestros adversarios, sino también a las vuestras;
abolir el diálogo, renunciar, en suma, a la razón humana. Si lo miráis
despacio, comprenderéis el arduo problema de vuestro provenir: habéis de retroceder
a la barbarie, cargados de razón.
Imaginad un mundo en el
cual las piedras pudieran elegir su manera de caer y los hombres no pudieran
enmendar, de ningún modo, su camino, obligados a circular sobre rieles.
Políticamente, no habría problema. En ese mundo los hombres serían liberales; y
las piedras… seguirían siendo conservadoras.
Nosotros queremos ser
sofistas, en el mejor sentido de la palabra, o, digámoslo más modestamente, en
uno de los buenos sentidos de la palabra: queremos ser librepensadores.
Nosotros no hemos de pretender que se nos consienta decir todo lo malo que
pensamos del monarca, de los gobiernos, de los obispos, del Parlamento, etc. La
libre emisión del pensamiento es un problema importante, pero secundario, y
supeditado al nuestro, que es el de la libertad del pensamiento mismo. Por de
pronto, nosotros nos preguntamos si el pensamiento, nuestro pensamiento, el de
cada uno de nosotros, puede producirse con entera libertad, independientemente
de que, luego, se nos permita o no emitirlo. Digámoslo retóricamente: ¿De qué
nos serviría la libre emisión de un pensamiento esclavo? Nosotros pretendemos
fortalecer y agilitar nuestro pensar para aprender de él mismo cuáles son sus
posibilidades, cuáles sus limitaciones; hasta qué punto se produce de un modo
libre, original, con propia iniciativa, y hasta qué punto nos parece limitado
por normas rígidas, por hábitos mentales inmodificables, por imposibilidades de pensar de otro modo.
Uno de los medios más
eficaces para que las cosas no cambien nunca por dentro es renovarlas –o
removerlas– constantemente por fuera. Por eso los originales ahorcarían si
pudieran a los novedosos, y los novedosos apedrean cuando pueden sañudamente a
los originales.
Por debajo de lo que se
piensa está lo que se cree, como si dijéramos en una capa más honda de nuestro
espíritu. Hay hombres tan profundamente divididos consigo mismos, que creen lo
contrario de lo que piensan. Y casi –me atreveré a decir– es ello lo más
frecuente. Esto deberían tener en cuenta los políticos. Porque lo que ellos
llaman opinión es algo mucho más complejo y más incierto de lo que parece. En
los momentos de los grandes choques que conmueven fuertemente la conciencia de
los pueblos se producen fenómenos extraños de difícil y equívoca interpretación:
súbitas conversiones, que se atribuyen al interés personal, cambios inopinados
de pareceres, que se reputan insinceros, posiciones inexplicables, etc. y es
que la opinión muestra en su superficie muchas prendas que estaban en el fondo
del baúl de las conciencias.
La frivolidad política se caracteriza por la
absoluta ignorancia de estos fenómenos. Pero los grandes morrones de la
historia no tienen mayor utilidad que la de hacernos ver esos fenómenos más
claramente y de mayor bulto que los que vemos cuando es solo la superficie la
que parece agitarse.
Es el político, señores, el hombre capaz de resbalar más veces en la misma baldosa, el hombre que no escarmienta nunca en cabeza propia.
¿Conservadores? Muy bien.
Siempre que no lo entendamos a la manera de aquel sarnoso que se emperraba en
conservar, no la salud, sino la sarna.
Porque éste es el problema del
conservadurismo –¿qué es lo que conviene conservar? –, que solo se plantean los
más inteligentes. ¡Esos buenos
conservadores a quienes siempre lapidan sus correligionarios, y sin los cuales
todas las revoluciones pasarían sin dejar rastro!
Yo siempre os aconsejaré
que procuréis ser mejores de lo que sois; de ningún modo que dejéis de ser
españoles. Porque nadie más amante que yo ni más convencido de las virtudes de
nuestra raza. Entre ellas debemos contar la de ser muy severos para juzgarnos a
nosotros mismos, y bastante indulgentes para juzgar a nuestros vecinos. Hay que
ser español, en efecto, para decir las cosas que se dicen contra España. Porque
nadie sabe de vicios que no tiene, ni de dolores que no le aquejan.
Los que hablan de España como de una razón
social que es preciso a toda costa acreditar y defender en el mercado mundial,
esos para quienes el reclamo, el jaleo y la ocultación de vicios son deberes
patrióticos, podrán parecer, yo lo concedo, el título de buenos patriotas; de
ningún modo el de buenos españoles.
Digo que podrán ser hasta buenos patriotas,
porque ellos piensan que España es, como casi todas las naciones de Europa, una
entidad esencialmente batallona, destinada a jugárselo todo en una gran
contienda, y que conviene no enseñar el flaco y reforzar los resortes
polémicos, sin olvidar el orgullo nacional, creado más o menos artificialmente.
Pero pensar así es profundamente antiespañol. España no ha peleado nunca por
orgullo nacional, ni por orgullo de raza, sino por orgullo humano o por amor de
Dios, que viene a ser lo mismo.
En una sociedad organizada
sobre el trabajo humano y atenta a la cualidad de éste, ¿qué haremos de ese
hombre cuya especialidad consiste en tener más importancia que la mayoría de
sus prójimos? ¿Qué hacer de ese hombre que vemos al frente de casi todas las
agrupaciones humanas (presidente, director, empresario, gerente, socio de
honor), en quien se reconoce, sin que sepamos bien por qué, una cierta
idoneidad para el lucro usuario, la exhibición decorativa, la preeminencia y el
anfitrionismo? Cuando el señor importante pierda su importancia, una gran
orfandad, una como tristeza de domingo hospiciano, afligirá nuestros corazones.
Antonio Machado – Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936)
lunes, 22 de febrero de 2016
Asertividad, para una sociedad igualitaria (M. Lluïsa Fabra)
Asertividad es la
capacidad e autoafirmarse, de expresar lo que sentimos y pensamos aunque las
circunstancias no sean muy favorables, de no enmudecer por miedo a no gustar,
de decir SÍ y de decir NO de acuerdo con nuestras convicciones y deseos. Es una
conducta activa, directa y clara, tan respetuosa con las demás personas como
con nosotros mismos. Las personas asertivas, cuando discuten, se orientan hacia
soluciones que suponen la satisfacción de todas las personas implicadas en un
problema, hacia un resultado, sin perdedores ni ganadores. Tiene una dimensión
social que ni la autoestima ni la seguridad tienen, porque no se trata solo de
autopercepción sino de conducta, de lo que decimos o hacemos en público.
El problema de la falta de
asertividad se refiere a una gran cantidad de personan, mujeres en gran parte,
pero también a algunos hombres, a aquellos que han sido educados para obedecer,
para aceptar como buenas las ideas y valores que les han transmitido los
padres, la escuela y los medios de comunicación, es decir, a aquellos que dan
por hecho que no es necesario que se calienten la cabeza pensando porque ya hay
quien piensa por ellos, o a aquellos que con facilidad adoptan posiciones
conformistas.
Si lo analizamos bien, los
hombres son tan poco asertivos como las mujeres, pero a diferencia de la
mayoría de las mujeres, que no los son por falta de asertividad, ellos no lo
son porque tienden a la agresividad. Ahora bien, como en muchos casos estas conductas
les han servido para alcanzar algunos éxitos, no se reconocen como agresivos y
tienden a creerse asertivos. Tanto las personas agresivas como las que no son
suficientemente asertivas sufren falta de libertad: no son libres de expresarse
como querrían. Por eso, llevadas por una corriente que no pueden controlar,
repiten indefinidamente conductas que, en el fondo, saben que les convendría
modificar.
Las personas, si queremos
serlo plenamente, debemos tener la suficiente libertad como para decidir qué queremos ser, o mejor dicho, qué clase de personas queremos ser, pero
la sociedad nos conduce y nos modula de tal manera que buena parte de nosotros
adopta una actitud poco crítica y, a menudo, no muy responsable, y eso es así
tanto para las personas que se comportan sumisamente como para las que van por
el mundo pasando por encima de quienes se les pongan por delante.
Si aceptamos la idea de que cambiando
nosotros, cambiamos nuestras conductas, colaboraremos a generar cambios
sociales de más alcance, veremos que tenemos, individual y colectivamente, más
peso y más poder del que podríamos soñar y que, en definitiva, si nos
esforzamos, nuestro paso por el mundo puede no ser del todo irrelevante.
La verdadera democracia va
unida a la libertad y, por lo tanto, a la asertividad. La mejor manera de
proteger los propios derechos es ejercitarlos. Tener confianza en nuestro
juicio e intentar influir en la sociedad para conseguir que las cosas vayan en
la dirección que creemos que deben ir. La democracia requiere participación en
los distintos ámbitos de la vida social. A veces dudamos de nuestras
capacidades y es normal, pero tengamos claro que nuestra sociedad es también responsabilidad nuestra y que, cuando
callamos, “otorgamos”, cada uno tiene que proceder según sus capacidades y
habilidades, pero nadie puede quedarse al margen, porque los regímenes
democráticos implican participación activa en el desarrollo humano.
La asertividad es una
decisión personal, y esta decisión nadie puede decir que sea fácil, ni que no
comporte ningún riesgo, porque implica responsabilizarse de uno mismo y, por
tanto, renunciar a buscar excusas en los otros o en las circunstancias, para justificar comportamientos nuestros de los que
no podemos sentirnos satisfechos. Los comportamientos asertivos pueden ser
objeto de aprendizaje y, si tenemos clara la teoría y practicamos mucho,
llegaremos a conseguir que las conductas asertivas surjan sin esfuerzo.
Lo más importante es tomar
la decisión de que de ahora en adelante haremos un esfuerzo para conseguir ser
asertivos. La asertividad proporciona muchas satisfacciones e incrementa
nuestra autoestima, nos ayuda a establecer límites, evitar malentendidos y
fomentar las relaciones igualitarias.
La sociedad actual ya no valora solo las formas
ni considera que la hipocresía sea una cualidad; por eso, también puede acabar
con la situaciones de subordinación de las mujeres y fomentar una modificación
real de las relaciones entre hombres y mujeres, lo cual, además, puede promover
un cambio cultural. Esta nueva cultura comportará una revolución de los valores
dominantes, y una forma de hacer distinta, menos burocrática y más cercana a
las personas.
En esta nueva cultura, nos constituiremos en
el elemento generador de nuevos vínculos interpersonales y de resolución de los
problemas sociales que, hoy por hoy, nuestra sociedad es incapaz de resolver.
Dado que se trata de
nuestro futuro, del futuro de nuestros hijos e hijas y de la preservación de la
belleza que aún habita en nuestro mundo, debemos trabajar codo con codo mujeres
y hombres, pero en un futuro muy cercano será decisiva la participación de las
mujeres, demasiado tiempo ausentes de lo público, y que pueden aportar una
forma de hacer más suave, más conciliadora, más atenta, más inclusiva. Las
mujeres ya no pueden seguir más tiempo actuando de espectadoras: deben trabajar
conjuntamente con los hombres e incluso imponerse, si hace falta, porque la
humanidad y la naturaleza las necesitan y porque una realidad diferente aún es
posible.
Maria Lluïsa Fabra y Sales – Asertividad
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