lunes, 25 de agosto de 2014

Educar es manipular; sí, pero con respeto y libertad (Carlos Díaz)



No hay neutralidad en la escuela, lo que hay es manipulación, que significa modelar, inflexionar, conformar, adecuar. ¿Quién, con un mínimo de honestidad, puede negar que él es manipulador de sus alumnos, y que por su parte él no ha sido manejado por los profesores que tuvo, ni está siendo manipulado por la sociedad en que habita?

No estaría de más desterrar de entrada el nombre de pedagogía, término que solo abarca a una esfera muy restringida de la educación. Se es ser humano desde que se nace hasta que se muere; por ello la educación es permanente. Hay que hablar de antropogogía, de educación de hombres, de seres humanos. Pero educar y ser educados permanentemente no es no más ni menos que renunciar a vivir o ser vividos con la guardia baja, animarse a estar siempre entre las cuerdas del cuadrilátero de la vida, entre el clamor de la masa enloquecida y el sordo silencio interior del gladiador.

No hay ni puede haber una escuela angélica o desinteresada, neutra o aséptica. Que toda docencia es de hecho militancia, toma de partido. Nuestra pedagogía no puede nunca entrar en vigor si quiere mantenerse vigorosa. Su voluntad es también noluntad, y su lema es: destruiré y luego edificaré. Si tuviésemos que dar una normativa al irresoluto necesitado de guías, sería ésta: nuestra pedagogía no coadunará institución con enseñanza. Será renuente a toda moda. Tendrá más de profética que de tecnocrática. Estará lejos del poder  y de la tranquilidad. Será imaginativa. Será una pedagogía de las profundidades: responderá al mar de fondo.




No podríamos por menos de reconocer, como mínimo, en la palabra “educación” tres sentidos: educir, inducir, conducir. Las tres coinciden en que educar es, de algún modo, manipular. No hay educación sin proceso de transmisión manipuladora de saberes y haceres; siempre en el seno de unas condiciones socio-históricas determinadas y siempre manipuladas. Eso ocurre porque el saber y el hacer han nacido en el entramado de una estructura de clases sociales, y se ha desarrollado en medio de una dialéctica histórica, es decir, que ha surgido de un clima de tensión poco propicio para la neutralidad epistemológica. Podemos hablar de una sobredeterminación de los saberes que, en el seno de la estructura en que se han desarrollado, han adoptado muy frecuentemente la forma de una ideología al servicio de una intención política muy determinada.

Nos guste o no, educar es manipular, transformar, adaptar. Y, por lo tanto, destruir. Destruir la ignorancia causada por el miedo, el inmovilismo causado por el poder, la pudibundez enraizada en la hipocresía. Tal persona “educada” es una persona domesticada, acomodada, asimilada, usada, abusada, sacrificada. La manipulación es inevitable, pero destapémosla. No más fariseísmos que pretendan encubrir una subterránea, artera e interesada manipulación al servicio de una clase, con aires hipócritas de neutralidad y asepsia. Para una pedagogía de la manipulación honrada y sin nada que ocultar, destruyamos el mito virginal de un saber aséptico e incontaminado. Educar es también saber callar. Es desviarse. Un aséptico distante siempre de lo que enseña, desvinculado de los contenidos que su cabeza alberga, es un espantapájaros.

En la educación actual se fomenta la esquizofrenia muy frecuentemente, al escindir y parcelar las materias, que deberían aprenderse coordinadamente. Lo único que evita la total esquizofrenia para la tecnocracia es la posesión del título, dotado de virtud unitiva y englobante de los saberes parcelados y disconexos.

Si el saber es “crisis”, es decir, crítica, muerte de lo decrépito y nacimiento de lo que nos hace más libres, entonces el tutor, el hombre de las seguridades, el contenedor, el asegurador, está de más. Su función es bloquear, calmar, neutralizar. El tutor es la “paz”, el bastión del apoliticismo y el pilar del orden docente establecido. Callar es otorgar. Quien calla otorga su consentimiento a la pedagogía interesada en la neutralidad aparente. En una pedagogía estática, el tutor sería el garante de las ideas transmitidas, que hay que defender, caiga quien caiga. Lo importante de este tipo de magisterio es lograr cabezas bien llenas, sin importar que las cabezas estén bien hechas: somos un objeto más que sujetos. Somos en la clase su propiedad privada, por eso nos “especializa”, nos reduce; de si tiene sentido o de cuál es el sentido de cuanto aprendemos, ¿para qué acordarse?



En el fondo de tanta tutoría lo que hay es una propensión a aceptar la disposición institucionalizadora de la enseñanza. La docencia aséptica se suele ejercer por vía de magistralidad: el magíster se limita a dar lecciones indiscutibles. Tiene tras de sí, si no la fuerza de su saber, sí al menos el saber de su fuerza. ¿Se entendería a un profesor que no aprobase ni suspendiese? ¿Sabemos lo que puede ser una educación dinámica, si nunca lo hemos comprobado?

Los sentimientos más contradictorios albergan al profesor honrado en su manipulación. Si no aprueba, perpetúa la situación. Si aprueba, perpetúa la injusticia. Es un dilema que se renueva en cada evaluación. Con ella, se desglosa de tal suerte la identidad de la materia explicada, que queda pulverizada en exámenes parciales que todo lo desconectan. El resultado es que el saber, que es auténtico placer de dioses, resulta para muchos alumnos un aborrecible objeto, del que se zafan cuando abandonan.



Solamente habrá posibilidad de diálogo y de una manipulación que respete a la persona en la medida en que renuncie a saberlo todo, a preverlo todo, a organizarlo todo. Sin la libertad, no es posible una pedagogía. Una libertad estructural, y por lo tanto no minoritaria, una libertad para toda la sociedad, que repercuta en toda la sociedad a todos los niveles. A eso no tendríamos inconveniente en llamarla pedagogía socialista. Pero no en un sentido dogmático de un Estado burocrático, sino en una pedagogía socialista donde la persona cuente como el motor y el plan primero que es el de la movilidad social, una pedagogía personalista y comunitaria desde los pies hasta la cabeza, es decir, en la plurifuncionalidad de todos los miembros que concurren integralmente para la marcha armónica del organismo.


Porque, en el fondo, lo único claro es que una pedagogía nueva tiene que ser una pedagogía enraizada en el pueblo en marcha, y no un elemento para garantizar la ominosa opresión perpetuada de una minoría.


Carlos Díaz – No hay escuela neutral

miércoles, 20 de agosto de 2014

El amor es una reacción emocional aprendida (Leo Buscaglia)


Casi todos nosotros continuamos comportándonos como si el amor no fuese algo que se aprende, sino que parece que esté dormido en cada ser humano y, sencillamente, espera surgir en pleno florecimiento en algún momento místico de clarividencia. De modo que cada persona vive el amor a su modo limitado, y no parece relacionar la soledad y la confusión resultantes con su falta de conocimientos sobre el amor. No se puede vivir aquello a lo que uno no se dedica. Para dedicarse al amor hay que estar siempre creciendo en amor.




La forma en que cada uno aprenda lo que es amor está determinada, de alguna manera, por la cultura en la que se eduque. Pero la mayoría de nosotros nunca aprendemos a amar, aunque el potencial de amor ilimitado existe en cada persona, ansioso por ser reconocido, deseoso de ser desarrollado, anhelante de crecimiento. Nunca es demasiado tarde para aprender algo para lo cual se está capacitado potencialmente. Para aprender a amar hay que descubrir lo que es el amor, las cualidades que hacen a una persona amorosa y cómo se desarrollan. Toda persona tiene su potencial para el amor, pero aquél nunca se desarrolla sin esfuerzos. El amor, especialmente, se aprende mejor en la maravilla, en el gozo, la paz, en el vivir.

La persona amante se deshace de etiquetas. Las etiquetas son un fenómeno distanciador. No hay palabra suficientemente significativa para comenzar a describir ni al más simple de los hombres. Existen demasiadas cosas bellas en cada ser humano para que sea etiquetado con un apodo y arrinconado sin consideración.

La persona amorosa aborrece tanto el desaprovechamiento del tiempo como del potencial humano.
La persona amorosa es espontánea. Si siente algo, deja que la gente sepa que lo siente. Si tiene ganas de reír, ríe. No teme tocar, sentir o mostrar sus emociones. Lo más fácil es ser lo que posee, sentir lo que siente. Lo más difícil es ser lo que otros quieren que seamos.
La persona amorosa es también quien aprecia la maravilla y el gozo continuo de estar vivo. La única realidad es lo que hay aquí, lo que está sucediendo entre tú y yo en este momento. ¡Atrapa la belleza del momento!
La persona amorosa no tiene necesidad de ser perfecta, solamente humana.
La persona amorosa reconoce las necesidades. Necesita a la gente que se preocupa, necesita a alguien que se preocupe por lo menos de ella, que la vea y oiga de verdad. Necesita ser escuchada, ser reconocida por el hecho de hacer alguna cosa bien. Además, para aprender, cambiar y transformarse también necesita libertad, no deja que nadie le imponga su estilo.



El amor es una reacción emocional aprendida. Es una respuesta a un grupo aprendido de estímulos y conductas.  Como todo comportamiento aprendido, se efectúa por la interacción del que aprende con su entorno, la habilidad para aprender de la persona, y el tipo y la fortaleza de los refuerzos presentes; es decir, cómo y hasta qué punto se responde a ese amor expresado. El amor es una interacción dinámica, vivida durante cada segundo de nuestras vidas, está siempre en todas partes. El hombre crece constantemente en el amor, o muere en el amor. La persona aprenderá sobre el amor solamente cuando pueda interiorizarlo, poniendo en práctica con los actos cada fracción de conocimiento, que recibe también su reacción.

No es una mercancía que pueda traficarse, comprarse o venderse, ni puede obligarse a nadie a aceptarlo. Es algo que solo se da voluntariamente. El amor no puede ser apresado, se desliza por entre las cadenas. Si desea emprender otro curso, nada ni nadie podrá impedirlo. Amor significa brazos abiertos. Si cierras los brazos en el amor, te encontrarás finalmente solo con los brazos vacíos. El amor perfecto es, sin duda, una rareza; eso no significa que sea imposible, ni que no debamos esforzarnos por llegar a ese objetivo. El amor perfecto es aquel que lo da todo y no espera nada. Naturalmente, estaría dispuesto y encantado de aceptar lo que se le ofreciera; cuanto más, mejor; pero nunca pediría nada. Solamente cuando el amor exige es cuando produce dolor y aflicción.

El hombre ama porque lo desea, porque eso le proporciona gozo, porque sabe que el crecimiento y el descubrimiento de sí mismo dependen de ello. La aventura consiste en descubrir el amor en ti y en los otros, en contemplar cómo se revela en los otros.
El amor se ofrece como un ágape continuo que nos brinda su aliento. El amor enseña al hombre a demostrar lo que está sintiendo; nunca presupone que pueda ser distinguido o sentido sin expresión.
El amor tiene necesidad de ser expresado físicamente.
El amor tiene significado solamente mientras se vive en el ahora.



El amante ha de decirse a menudo: “Yo amo porque debo, porque quiero. Yo amo por mí mismo, no para los otros. Yo amor por el gozo que me produce –e incidentalmente, tan solo– por el gozo que proporciona a los demás. Si ellos me refuerzan, eso será bueno. Y si no lo hacen, será igualmente bueno, porque yo tengo voluntad de amar”.

Para amar a los demás has de amarte a ti mismo. No puedes dar lo que no has aprendido ni experimentado. De modo que al amarte a ti mismo descubres la auténtica maravilla de tu yo; no solamente tu yo presente, sino las muchas posibilidades de tu yo. Supone la continua realización de que tú eres único, distinto a cualquier otra persona del mundo, y que la vida es, o debería ser, el descubrimiento, el desarrollo y el compartir de esta unicidad. En la proporción en la que te conozcas, podrás conocer a los demás. Cuando consigas amarte serás capaz de amar a los demás en la misma profundidad.


Cuando el amor es verdaderamente responsable, se siente el deber de amar a todos los seres humanos. Ser responsable en amor es ayudar a los otros a amar. Ser ayudado hacia la realización del amor es ser amado por los otros. El amor auténtico siempre crea, nunca destruye. En esto radica la única promesa del hombre. Es él quien pone obstáculos al amor; éste nunca se detiene, fluye como el río; siempre es el mismo y, sin embargo, siempre cambiante, sin reconocer ningún obstáculo.


Leo Buscaglia – Amor

miércoles, 13 de agosto de 2014

¿Cómo vivir una vida completa, total? (Krishnamurti)


¿Qué va uno a hacer en un mundo que es en realidad espantoso, brutal; un mundo en que hay tal violencia, tal corrupción; en el que importa enormemente el dinero, dinero, dinero, y en que uno está dispuesto a sacrificar a otro al buscar poder, posición, prestigio, fama; donde cada hombre quiere o se esfuerza por afirmarse, por llenar un cometido, por ser alguien? ¿Qué va uno a hacer?



¿Qué voy a hacer, viviendo en este mundo, viendo todo esto ante mí: la desdicha, el enorme sufrimiento que el hombre causa al hombre, el hondo sufrimiento por el que uno pasa, la ansiedad, el miedo, el sentido de culpa, la esperanza y la desesperación? ¿Qué voy a hacer viviendo en un mundo así? ¿Cómo vivir una vida completa, total? ¿Hay una vida de acción que nunca sea fragmentaria, nunca exclusiva, nunca dividida? ¿Cómo vamos a descubrirla? ¿Cuál es la acción que no engendra conflicto, contradicciones?

El intelecto no puede contestar la pregunta que nos hemos formulado, ni puede hacerlo el pensamiento. El pensamiento nunca puede producir unidad de acción. Vivir de acuerdo con una fórmula, con una ideología, con una conclusión previsible, es vivir una vida de adaptación, de limitación, de conformidad y por lo tanto, una vida de oposiciones, de dualidad, de interminable conflicto y confusión.

¿Puede uno romper con esta estructura: la tradición, cosa en que estamos presos, y descubrir ese estado de amor que no es nada de esto? ¿Es posible una vida en que el vivir mismo sea la belleza de la acción y del amor? Solo hay una acción que proviene del amor; no hay ninguna otra que no engendre contradicción o conflicto. ¿Es posible, pues, que nosotros, los seres humanos, lleguemos a envolvernos en esta belleza de la acción, que es amor?

Sería extraordinario que desde hoy mismo saliéramos efectivamente a una dimensión distinta y viviéramos una vida tan completa, total, tan sagrada. Tal es la vida religiosa, no hay otra vida, no hay otra religión. Una vida así resolverá todo problema, porque el amor es extraordinariamente inteligente y práctico, y posee la más elevada forma de sensibilidad. Además, en él hay humildad. Esto es lo único importante en la vida: o uno está empapado de amor o no lo está. Si todos pudiéramos llegar a esto de forma natural, fácil, sin ningún esfuerzo o conflicto, entonces tendríamos una vida distinta, de gran inteligencia y claridad. Es esta claridad la que constituye una luz para uno mismo; esta claridad resuelve todos los problemas.



Lo importante no es acumular palabras, razonamientos o explicaciones, sino más bien producir, en cada uno de nosotros, una honda revolución, una profunda mutación psicológica, para que haya una sociedad de tipo distinto, una relación totalmente diferente entre hombre y hombre, que no se base en la inmoralidad, como ahora. Una revolución así no se realiza mediante sistema alguno, ni por acción de la voluntad, ni por ninguna combinación del hábito y de la previsión.

El amor nunca puede ser una cosa del hábito. El placer puede convertirse en hábito, mas yo no veo cómo puede volverse hábito el amor. Y el cambio profundo y radical que estamos hablando ha de venir con esta cualidad del amor, una cualidad que nada tiene que ver con la emoción o el sentimentalismo; no tiene nada que ver con la tradición, con la cultura hondamente arraigada de sociedad alguna. Al darnos cuenta de cómo todo este proceso de vivir en el hábito produce insensibilidad, incapacitando la mente para comprender y para moverse con rapidez, empezamos a ver el temor como es realmente. Mirando el temor y dejándolo en libertad, termina el temor. El temor no es un problema insoluble. Cuando se comprende el temor, se comprenden también todos los problemas relacionados con ese temor.

Cuando no hay miedo hay libertad. Y cuando existe esta libertad interna, psicológica, total, y no hay dependencia alguna, entonces la mente no queda tocada por ningún hábito. El amor no es hábito, no puede cultivarse. Para dar con el amor tiene que haber libertad. Cuando la mente está en completa calma, dentro de su propia libertad, entonces surge lo “imposible, que es el amor. Éste es el único problema: cómo vivir una vida de bienaventuranza, de gran intensidad para que, conociendo la naturaleza misma y la estructura del propio ser –que está arraigado en el animal– uno lo trascienda.



Cuando no hay distorsión alguna, entonces hay orden, que en sí mismo lleva su propia disciplina, extraordinaria, sutil. Y lo único que puede uno hacer es dejar abierta esa puerta, venga o no por ella esa realidad. No puede uno invitarla. Y, si uno es muy afortunado, por alguna casualidad extraña, puede que venga y dé su bendición. Después de todo, así son la belleza y el amor. No podemos buscarlas; si las buscamos, llegan a ser simplemente la continuación del placer, que no es amor.

Hay una dicha que no es placer. Cuando la mente se halla en ese estado de meditación hay dicha inmensa. La meditación no es una desviación del curso de la vida o un entretenimiento; es parte de toda nuestra vida. Si no hay meditación, entonces no sabe uno cómo amar, no sabe lo que es la belleza. Y, haga uno lo que quiera nunca descubrirá nada, porque la “búsqueda” de la verdad implica que una mente puede hallarla y que tiene la capacidad de decir “esa es la verdad”. No hay sendero que conduzca a la Verdad. Procedamos, pues, a descubrir lo que es el amor. No “encontrarle”, sino hallarnos en ese estado de perfección, en esa condición de la mente que no está agobiada por los celos, la desdicha, el conflicto, la propia lástima. Solo entonces hay una posibilidad de vivir en una dimensión diferente, que es el amor.


Entonces el vivir diario, con sus contradicciones, brutalidades y violencias, no tiene aquí lugar. Pero tiene que trabajar uno de manera muy intensa todos los días, para echar los cimientos; eso es lo único que importa, ninguna otra cosa. De ese silencio, que es la naturaleza misma de una mente meditativa, puede venir el amor y la belleza. Y, cuando todo esto se ve con mucha claridad y uno vive de esa manera, entonces tal vez haya una vida sin principio ni fin, una vida eterna.


Krishnamurti – La libertad total: reto esencial del hombre

domingo, 10 de agosto de 2014

La amistad epicúrea para profanos (Maite Larrauri)



“De todos los bienes que la sabiduría procura para que la vida sea por completo feliz, el mejor con mucho es la adquisición de la amistad”
“No necesitamos tanto de la ayuda de nuestros semejantes cuanto de la confianza en esa ayuda”


Mejor que suspirar por lo que no tenemos, mejor que llevar una existencia poblada de sueños, miedos y fantasías, sería que aprendiéramos a gozar los bienes que poseemos, entre los cuales el máximo es la amistad.

Esa imposibilidad de retener los bienes, acompañada de una demanda insaciable y del miedo inconfesable a la muerte, establecen los principios sobre los que se asienta la infelicidad de los humanos: no saben vivir, y tampoco saben morir. Esta es la sentencia que tenemos que memorizar: cuando soy, la muerte no está, y cuando la muerte está, entonces ya no soy. La perspectiva de nuestra muerte nos hace temblar porque valoramos como escaso lo que hemos hecho o lo que las circunstancias nos han permitido vivir. La vida nos parece demasiado corta o demasiado injusta, y sufrimos por lo que supuestamente la muerte nos robaría. Es ese sufrimiento el que nos hace pobres y menesterosos.

Los amigos nos permiten gozar plenamente del presente. Cuando mi capacidad de sentir placer en un momento determinado se ve totalmente colmada, el goce que obtengo no admite nada más. Podría morir en el instante siguiente y no por ello tendría sentido decir que me perdería algo, a no ser que se entienda que me perdería la posibilidad de la repetición. Pero la repetición no añadirá nada, la perfección de la felicidad, ese instante de equilibrio y armonía, está toda ella allí, en ese día, en esas horas, siempre y cuando las viva con la confianza que la existencia de mis amigos me aporta.

Tanto la ausencia de dolor como la alegría son una expresión de equilibrio y armonía. ¿Por qué entonces existen los que quieren aumentar constantemente sus placeres hasta el punto de llevar una vida disoluta? No hay que limitar los placeres porque los placeres ya son en sí mismos un límite. En cambio, si hay que limitar los deseos. Es una enfermedad mental la de querer tener siempre más y más: la falta de moderación requiere una rectificación terapéutica que devuelva al individuo a los límites de la naturaleza. Esa rectificación es la negación de  la superioridad del alma sobre el cuerpo. De él nacen las sensaciones, y las sensaciones son verdaderas. Si rechazáramos las sensaciones perderíamos toda posibilidad de referencia para poder distinguir entre lo auténtico en las sensaciones y lo añadido por la imaginación.



“La amistad baila alrededor de la tierra habitada y, como un heraldo, nos anuncia a todos nosotros que despertemos para la felicidad”

Instálate en el presente, no lo dejes escapar. La amistad posibilita gozar del placer más puro, la instantaneidad del placer, en la medida en que extiende esa instantaneidad a la totalidad de la vida. A la perfección del momento, la amistad añade la extensión del momento. No es el cuerpo la fuente de nuestras miserias, sino el impulso incontrolable de la mente. El descontrol mental produce deseos ilimitados que nos hacen infelices. Y ahí es donde debe intervenir la filosofía.

No se trata de establecer un discurso moral que actúe como una policía de las costumbres, frenando los apetitos supuestamente inmoderados del cuerpo, sino que la filosofía tiene que parecerse más a una higiene, a una terapia mental. La filosofía tiene que ser un remedio, un fármaco. Necesitamos la filosofía porque todos tenemos vanas opiniones que nos invaden la mente y nos alejan de la felicidad. Se trata de restablecer el orden de la naturaleza, el del cuerpo, devolver la salud a la mente para que el cuerpo con su sabiduría nos indique el camino de la buena vida. Ningún placer es un mal, pero ciertos placeres, aquellos que nacen de querer realizar deseos innecesarios, generan más perturbaciones que satisfacciones.

La farmacia de Epicuro contiene la máxima de “al Dios no hay que temer”; por eso, la curación del mal de la religión es desarrollar las explicaciones racionales, el conocimiento científico para ahuyentar el miedo. Nos propone otro modo de concebir que los humanos puedan estar “religados”: no obedeciendo a una iglesia, sino sintiéndose unidos a la humanidad en su conjunto, en lo que la humanidad tiene de superior sobre el resto de los seres vivos.

Cada vez que alguien se piensa a sí mismo como sujeto de transformación y se junta con algunos de sus semejantes para perseguir conjuntamente otro tipo de vida, una vida placentera basada en principios humanistas y materialistas, renueva el jardín, contribuye a la eternidad de la amistad entre los humanos.


“El hombre bien nacido se dedica principalmente a la sabiduría y a la amistad. De éstas, una es un bien mortal; la otra, inmortal”

La amistad es un deseo natural porque expresa la aspiración humana de crear una relación por medio de la cual se puede alcanzar la felicidad. Este deseo está inscrito en la naturaleza de los humanos, es su parte divina e inmortal. Su conquista, su realización es lo único que permite decir que la vida vale la pena ser vivida. No son los lazos de sangre, familiares o nacionales, ni las coincidencias ideológicas con lo que se construye el jardín, esa comunidad superior en la que la felicidad florece.


La amistad es una finalidad en sí misma y una relación libre, “una comunidad de almas en el placer”. La construcción de esa comunidad se realiza a partir del contacto. El amigo puede practicar un tipo de sinceridad que nos aproxime al conocimiento de nuestros errores y nos sitúe en una posición moderada en cuanto al amor a nosotros mismos. Su imparcialidad nos puede salvar de la pasión narcisista. Si aceptamos la verdad sobre nosotros cuando la oímos en boca de un amigo, entonces podemos juntos salvarnos de la ignorancia y de la infelicidad.


Maite Larrauri – La amistad según Epicuro (Filosofía para profanos)


miércoles, 30 de julio de 2014

Del Jesús histórico al Cristo de la fe: un entramado teológico (Gonzalo Puente)

 


El Evangelio del autor de Marcos es un género literario de carácter histórico-teológico que pretende relatar como auténticos los hechos y las doctrinas de un personaje que se postula como histórico e históricamente cognoscible, Jesús de Nazaret. No se propone simplemente dar a conocer, sino solo dar a conocer ciertas cosas de cierta manera, administrando para este fin un acervo testimonial en estado todavía fluido formativo, pero que ya se altera deliberadamente en virtud de un trabajo de selección, adición, interpolación y redacción orientado en función de una interpretación teológica del ministerio y del magisterio del protagonista principal de esa historia.

Es lo que se denomina un escrito de tesis, en el que la preocupación básica del redactor consiste en servir del modo más eficaz al modelo histórico-teológico que su fe y la de su iglesia le imponen. Se trata de enseñar o inculcar una tesis teológica que se profesa como verdad revelada y nos ofrece, inconscientemente y a la vez, un doble y contrapuesto kerygma (anuncio, proclamación): la proclamación mesiánico-escatológica (fin de los tiempos) del propio Jesús en cuanto heraldo de la inminencia del Reino de Dios, y la proclamación por la ekklesia del Cristo celeste según la interpretación soteriológica (de salvación) del mesías como mediador humillado y expiatorio.

El arduo y al mismo tiempo ingenuo juego de los dos discursos kerigmáticos del autor de Marcos, evidencia el salto teológico del relato, desde el Jesús de la historia al Cristo de la fe. El deseo de apuntalar históricamente el nuevo mensaje soteriológico obliga a Marcos a usar masivamente –aunque lo haga de modo fragmentario, intermitente y frecuentemente elusivo– la tradición oral más antigua, aún subsistente, sobre las palabras, las actitudes y los actos del mismo Nazareno. De este material, se infiere que Jesús fue un mesianista que asumió rasgos esenciales de la tradición popular davídica, de la escatología profética y de la propaganda apocalíptica, fundiéndolos en un mensaje mesiánico que anuncia la inminencia del juicio y la instauración del Reino de Dios sobre una tierra transformada por una especie de palingenesia. Una predicación en la cual lo religioso y lo político se presentan como indisociables, y que pone todo el énfasis en un arrepentimiento inaplazable, en una íntima reconversión espiritual como requisito para acceder al reino mesiánico, que vendría con la intervención sobrenatural de Dios.



¿Profeta, intermediario, Mesías? El concepto de mesianidad que probablemente gravitaba en la conciencia del Nazareno, correspondía al tradicional de su pueblo, pese al deliberado propósito de los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) de evitar declaraciones explícitas identificándose con el Mesías de carácter davídico. Aunque el martirio inesperado de Jesús, que concluye en su crucifixión, debería haber descalificado su probable pretensión de mesianidad, emergió pronto la creencia en su resurrección, que requirió un lento proceso de elaboración dogmática insólita, dirigida a legitimar el fracaso mesiánico y transformarlo en insospechado cumplimiento del plan providencial de Yahvé en su fidelidad a las promesas de hegemonía y liberación de su pueblo fiel.

Este verdadero esfuerzo exegético (interpretativo) solo fue viable mediante una fe ciega, mediante una interpretación tipológica y alegórica exuberante y reiterativa. El primer acto del drama mesiánico se había realizado ya conforme a las escrituras. Su consumación final tendría lugar en la inminente parusía (segunda venida) de Cristo en poder y gloria. En el relato de Marcos, los restos de la tradición oral están dramáticamente mediatizados y ahormados por su intención dogmática. Cabe hablar de una hazaña redaccional de Marcos, pese a sus torpezas, a sus inconsecuencias, a su candidez inadvertida. Marcos no habla de la proclama de Jesús, sino de la proclama de la Iglesia respecto de Jesús; es decir, no reconstruye el ministerio y el magisterio del Nazareno en su verdadera naturaleza histórica, sino en el contexto de un modelo teológico preconcebido y diferente, elaborado a partir de la fe pospascual de la Iglesia.

En esta proclamación gravitan dos factores de orden teológico: el manifiesto propósito de probar que Jesús previó y anunció a sus discípulos su martirio como función expiatoria, constituyendo este rasgo de originalidad de su insólita conciencia mesiánica, y el deliberado deseo de sobrenaturalizar la personalidad del Nazareno iniciando, aún tímidamente, el proceso de su paulatina deificación posterior. Esta resolución de carácter dogmático es la matriz de las contradicciones e incongruencias de los evangelios sinópticos. Cada uno diseña su propio camino para consolidar este modelo apologético (defensor de la fe), espigando en las tradiciones orales, enmendándolas, amplificándolas o recortándolas, según las necesidades de sus parámetros teológicos.

El Evangelio de Marcos no solo no se trata de un relato autobiográfico, pero ni siquiera de una narración de la historia de un personaje. Todo se construye kerigmáticamente desde la fe en la Resurrección. Es decir, ni siquiera a partir de un hecho relevante, sino desde la fe en un supuesto hecho en rigor inverificable aún dentro de la tradición tal como llegó a nosotros. La clave de los dogmas cristianos consiste en afirmar algo y, a la vez, su contrario. Esta ambigüedad los ha dotado de una capacidad incomparable para adaptarse a todas las coyunturas históricas y explotarlas en beneficio de su dominación en toda la medida de lo posible. Todo el lenguaje en parábolas corresponde al abstruso misterio de una mesianidad expiatoria y frustrada en apariencia. Con todas las probables vacilaciones de un drama psicológico íntimo, el Nazareno se movió en torno a las representaciones mentales de un Mesías religioso-político tradicional.



La cosmovisión de Marcos está indudablemente influida por la tradición profética y apocalíptica, pero en particular por la angeología y demonología del judaísmo tardío, con sus corrientes orientalizantes y el sincretismo helenístico. En el relato, Jesús se pasa la vida profetizando. Cuando acierta, siempre lo hace ex–eventu (pasión muerte, exaltación). Cuando no sucede así, sus declaraciones resultan abiertamente fallidas (juicio final, instauración inminente del Reino, aplastamiento de los enemigos de Dios). Estas tajantes promesas se mantienen aún en Mateo y Lucas, cuando su incumplimiento era patente por razones cronológicas. ¡Lo que significa la inercia de la fe heredada!

Aunque los sinópticos se propusieron reducir las relaciones de Jesús con el Bautista al episodio del bautismo, la historia debió ser otra. (Si al principio) no se registra sino confluencia y coincidencia en la actividad heráldica de ambos, y hay probablemente solapamiento y mezcla entre algunos de sus seguidores, (posteriormente) ponen en relación el inicio del ministerio del Nazareno con la prisión de Juan. Pese a que el contenido del mensaje de Jesús repetía el kerigma del Bautista, surge un momento en el que ambos se separan. El hecho de que éste último haya continuado su prédica, y generando un movimiento mesiánico que le sobrevivió, prueba que hubo un abierto rechazo de la medianidad de Jesús y la de su Iglesia. Por ello, debemos admitir el hecho de que la tradición cristiana fue la primera que transformó a Juan, el profeta del juez que viene para juzgar al mundo, en el testigo de Jesús como Mesías. Alquimia teológica.

(...una vez ejecutado Juan y refiriéndose a Jesús) Se dice en Mc 6, 14: “Ése es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por esto obra en él el poder de hacer milagros”. (Flavio Josefo en sus Antigüedades Judías observa que) “El Bautista, excitaba a los judíos a practicar la virtud, a ser justos unos con otros, y a ser piadosos con Dios; los invitaba a unirse en el Bautismo y suscitaba la congregación de los gentiles, que se exaltaban mucho al oírle hablar”. El Bautista difundía más que unas reglas de conducta moral: postulaba un movimiento de signo mesiánico que apuntaba a la instauración de un Reino de Dios que impondría la justicia en el sentido de la tradición profética, es decir, la liberación de los oprimidos (características todas ellas y otras que no se citan con las que revistieron posteriormente a Jesús).




La explicación dogmática de un Jesús que decide de antemano morir en cumplimiento de las Escrituras para expiar mediante su sangre derramada los pecados de la humanidad, y redimirla, es una construcción incoherente e inverosímil. En este itinerario, la nueva religión pasó desde la idea de un hombre mortal, que se creyó Mesías, a la de un ser divino que fue enviado como Mesías en forma humana para rescatar a la humanidad de una culpa hereditaria por la “ofensa” hecha a Dios por la primera pareja en el paraíso.


Gonzalo Puente Ojea – El Evangelio de Marcos. Forma y Función. El verdadero mensaje de Jesús



sábado, 19 de julio de 2014

Los efectos funestos del "Espíritu de Partido" (Madame de Staël)






De todas las pasiones, la más homogénea en sus efectos es el espíritu de partido. Nos domina con tiranía, acallando todas las autoridades del espíritu, de la razón y del sentimiento. Quienes están dominados por esta pasión son inexorables hasta en la elección de sus instrumentos: no osan alterarlos, ni siquiera para alcanzar con mayor seguridad sus propósitos. Sus jefes, sin embargo, son más hábiles, porque son menos entusiastas. Mas los discípulos asumen como artículos de fe tanto el camino como la meta que les marcan, pues ésta, que representa para ellos la verdad misma, solo puede triunfar por la evidencia y la fuerza. Y es que la intensidad del dogma importa más que el éxito de la causa. Cuanto más buena fe tiene el espíritu de partido menos conciliaciones y tratados admite: en un partido resultan sospechosos quienes razonan, quienes reconocen la fuerza del enemigo, quienes están dispuestos al menor sacrificio para asegurar la victoria.

Para el espíritu de partido, un triunfo conseguido con condescendencia es una derrota. El espíritu de partido prefiere caer arrastrando consigo al enemigo antes que triunfar con él. El orgullo, la emulación, la venganza, el temor se colocan en ocasiones la máscara del espíritu de partido, mas esta pasión se basta a sí misma para superar a las demás en ardor: es fanatismo y fe. ¿Existe algo en el mundo más violento y ciego que estos dos sentimientos?



El espíritu de partido es como esas fuerzas ciegas de la naturaleza que avanzan siempre en la misma dirección: una vez que el pensamiento ha tomado impulso, se vuelve rígido y pierde sus atributos intelectuales. Creemos haber chocado con algo físico cuando hablamos con hombres que se encasillan en ideas fijas: no oyen, ni ven, ni comprenden. Les basta con dos o tres razonamientos para hacer frente a cualquier objeción, y cuando constatan que las flechas lanzadas no han logrado convencer, entonces solo les resta la persecución.

El espíritu de partido es una suerte de frenesí del alma que consiste en no pensar más que en una idea, vincularlo todo a ella y ver únicamente lo que guarda relación con esta obsesión. Resulta fatigoso comparar, contrarrestar, modificar, admitir salvedades, y de todo esto nos salva el espíritu de partido. El espíritu de partido une a los hombres en un odio común, no en la estima o en el afecto del corazón. Destruye las afecciones del alma para reemplazarlas por vínculos basados tan solo en opiniones compartidas. Las mejores cualidades de quienes no profesan la misma religión política no son valoradas por sus adversarios y, al contrario, los errores, incluso los crímenes de nuestros correligionarios nunca son suficientes para que los rechacemos.



El espíritu de partido no tiene remordimientos. Su primera característica es considerar su objetivo tan por encima de todo lo demás, que no puede arrepentirse de ningún sacrificio cuando se trata de alcanzar esta meta. En suma, de todas las pasiones, el espíritu de partido es, sin duda, la que más se opone al desarrollo del pensamiento, pues es un fanatismo que ni siquiera permite elegir los medios para asegurar la victoria. Alcanza con frecuencia sus objetivos por constancia e intrepidez, pero nunca por su raciocinio: el espíritu de partido que razona deja de serlo, pues pasa a ser una opinión, un plan, un interés. Ya no es esa locura, esa ceguera que se concentra obstinadamente en un punto sin dejar entrever el resto.

El espíritu de partido anula el valor de la concordia, para reemplazarla por vínculos de opinión, y presenta el sufrimiento presente como el medio, como la garantía de un futuro inmortal, de una felicidad política por encima de todos los sacrificios que se requieran para obtenerla. Hace perfectamente las veces de los licores fuertes, y si bien es cierto que existe un pequeño número de hombres capaces de evadirse de la vida con la elevación del pensamiento, la muchedumbre, sin embargo, recurre a todas las formas de embriaguez para conseguirlo. Mas cuando cesa la evasión, al despertar del espíritu de partido, se es el más desdichado de los seres.

Solo hay guerra en el espíritu de partido, pues todos esos principios concebidos para el ataque, todas esas leyes pensadas como armas ofensivas caducan con la paz. Ese instinto explica el horror de los combatientes hacia los partidarios de las opiniones moderadas. En efecto, en cuanto éstos comienzan a lograr algunos éxitos, las dos facciones opuestas los ven como sus mayores enemigos, como los que recogerán los beneficios de la lucha sin haber participado en el combate. No existe ningún partido, en suma, que al destruir a sus enemigos, pueda satisfacer a sus entusiastas. Cuando termina la lucha, el odio que los oponentes sentían hacia una causa se convierte en desprecio hacia los criminales que la defendieron. Quienes antaño les aplaudieron -cuando se sentían por ellos protegidos del peligro- ahora quieren para sí el honor de juzgarlos, cuando el peligro ya ha pasado.



¡Cuántos ejemplos de este espíritu inflexible no nos habrá dado el partido popular (en alusión a los jacobinos), tanto los detalles como el conjunto de sus actos! La desgracia que causa sería aún soportable si emanara únicamente de la pérdida de una gran esperanza, mas ¿cómo redimir los sacrificios cometidos en su nombre, en qué se convierte el hombre honesto cuando se sabe culpable de acciones que él mismo condena al recuperar la razón?

Por eso, de la pesadilla del fanatismo solo despertarán algún día los hombres sinceros, los únicos que merecerán compasión: necesitarán de nuestra estima, mas se verán sumidos en el desprecio; serán capaces de sentir piedad, mas serán acusados por la sangre y las lágrimas que han hecho derramar; anhelarán unirse a la raza humana, mas quedarán aislados de todo sentimiento. Y mientras ellos padecen este dolor, los motivos que los trastornaron ya habrán perdido aquella funesta identidad, que les recordará continuamente su vida pasada, solo conservarán remordimientos. Los remordimientos, el único vínculo entre esos dos seres tan contrarios: el que fueron bajo el yugo del espíritu de partido y el que habrían podido llegar a ser por los dones de la naturaleza.



Madame de Staël (Germaine Necker) – De la influencia de las pasiones en la felicidad de los individuos y de las naciones


sábado, 12 de julio de 2014

La Maestría Zen (Eugen Herrigel)

El Zen no quiere ser especulación sino vivencia directa de aquello que, en primer lugar, como causa sin causa de lo existente, no puede concebirlo el intelecto ni, aun después de las experiencias más inequívocas e irresistibles, puede ser aprehendido e interpretado: uno lo conoce sin conocerlo. Sigue caminos que, a través de un recogimiento practicado metódicamente, han de conducir al hombre a percibir en lo más profundo de su alma lo inefable que carece de causa y modos, y lo que es más, a unirse con ello.



Como si se opusiera a toda penetración, nuestras tentativas de explorarlo mediante la intuición y la empatía, a los pocos pasos encuentran obstáculos insalvables. Ningún hombre razonable exigirá que el zenista trate ni siquiera de bosquejar las experiencias que lo han liberado y transmutado, la impensable e inexpresable “Verdad” que, en adelante, alimenta su vida. En este sentido, el Zen está emparentado con el puro misticismo contemplativo. Quien no haya tenido experiencias místicas queda excluido, haga lo que hiciere. De ahí que será comprendido únicamente por un místico, que no sucumbirá a la tentación de obtener en forma subrepticia lo que la experiencia mística le niega.

Ningún místico, ni en consecuencia ningún zenista es, después de dar el primer paso, quien será cuando haya consumado su autoperfección. ¡Cuántas cosas tiene que vencer y dejar atrás hasta que, por fin, tropiece con la verdad! ¡Cuántas veces le atormenta en el camino la desconsoladora sensación de aspirar a lo imposible! Y, no obstante, llegará el día en que lo imposible se habrá hecho posible; más aún, natural. No menos decisivo es que sus vivencias, victorias y transmutaciones han de ser vencidas y transmutadas una y otra vez, hasta tanto todo lo suyo esté aniquilado. Solo así se establece la base para las experiencias que, como “Verdad universal” lo despiertan a una vida que ya no es su vida cotidiana y personal. Vive sin que siga siendo él quien vive.



Ese estado en el que nada definido se piensa, proyecta, aspira, desea ni espera, que no apunta en ninguna dirección determinada y en el que, no obstante, desde la plenitud de su energía, uno se sabe capaz de lo posible y de lo imposible; ese estado, fundamentalmente libre de intención y del yo, es el que el maestro llama propiamente “espiritual”. En efecto, está cargado de vigilia espiritual, por lo cual se lo llama también “genuina presencia del espíritu”. Esto significa que el espíritu se halla presente por doquier, porque no está prendido en ningún lugar.

Por eso, aquel que se ha liberado de todas las ligaduras, tiene que ejercer cualquier arte que sea a partir de esa plenipotencia de su presencia de espíritu no perturbada por ninguna intención, por oculta que fuese. El desprendimiento y la liberación necesarios, la internalización y condensación de la vida hasta la plena presencia del espíritu, no se dejan abandonados a una favorable predisposición ni al azar, ni tampoco confiadamente al proceso creador. Al contrario, antes de todo hacer y realizar, antes de todo entregarse y asimilarse, se provoca esa presencia del espíritu y se la asegura por medio del ejercicio.

La obra interior consiste en que él, como hombre que es, como yo que se siente ser y como quien se reencuentra una y otra vez, se convierta en la materia prima de una plasmación y formación que desembocan en la maestría. En ella se encuentran el artista y el hombre, en el sentido más amplio de la palabra, en algo superior. Porque la maestría es válida como forma de vida, por el hecho de vivir arraigada en la verdad sin límites y de ser, con su apoyo, el arte del origen. El maestro ya no busca, encuentra. Como artista es un hombre sacerdotal, como hombre un artista en cuyo corazón –en todo su hacer y no hacer, crear y callar, ser y no ser- penetra la mirada del Buda. El hombre, el artista, la obra, todo es uno. El arte de la obra interior, que él no puede hacer, sino únicamente ser, surge de profundidades que la luz del día no conoce.



Todo maestro de un arte determinado por el Zen es como un relámpago generado por la nube de la verdad omnímoda. Ella está presente en la libre movilidad de su espíritu, y en el “Se” la encuentra como en su propia esencia, original e innombrable. Con esa esencia se enfrenta una y otra vez como con la suprema posibilidad de su propio ser; y la Verdad adopta para él mil formas y aspectos. Pero a pesar de haberse sometido paciente y humildemente a una inaudita disciplina, no ha alcanzado el nivel donde estuviese tan rigurosamente compenetrado e inspirado con el Zen como para que en cualquier expresión de su vida se sienta sostenida por él, de manera que su existencia conozca únicamente horas felices. La suprema libertad aún no se le ha convertido en necesidad absoluta.

Si se siente irresistiblemente impulsado hacia esta meta, tiene que encarnarse una vez más por el sendero del arte sin artificio. Tiene que dar el salto hacia el origen, para que viva desde la Verdad como quien se ha identificado íntegramente con ella. Tiene que volver a ser alumno, novicio; tiene que vencer el último y más escarpado tramo del Camino, pasando a través de nuestras transmutaciones. Si sale airoso de esta aventura, entonces su destino se consumará en el enfrentamiento con la Verdad no refractada, la Verdad que está por encima de todas las verdades, el amorfo origen de todos los orígenes: la Nada que lo es todo, la Nada que lo devorará y de la cual volverá a nacer.




Eugen Herrigel – Zen en el arte del tiro con arco


lunes, 7 de julio de 2014

Tranquilidad significa armonía en no-pensamiento (Budismo Zen)


“Con seguridad no hay otra cosa que el propósito único del momento presente. Toda la vida de un hombre es una sucesión de momento tras momento. Si uno comprende completamente el momento presente, no habrá nada más que hacer, y no quedará nada por perseguir”.  
Yamamoto Tsunetomo




“Si sigues al mundo de hoy, le darás la espalda al Camino; si no le das la espalda al Camino, no sigas al mundo de hoy”. 

“Para hacer un espantapájaros, uno prepara una figura humana y le pone un arco y flechas en las manos. Aunque esta figura no tiene mente en absoluto, si los pájaros y las bestias le ven se asustan y huyen. En tanto que cumple su función, no ha sido creado en vano. Éste es un ejemplo de la gente que ha alcanzado las profundidades de cualquier Camino. Mientras que las manos, pies y cuerpo pueden moverse, la mente no se detiene en ningún lugar en absoluto, y uno no sabe dónde está. Al estar en un estado de No-Pensamiento-No-Mente, uno ha llegado al nivel del espantapájaros”. 
Takuan



“Pensar: no voy a pensar. Esto, también, es algo en los pensamientos de uno. Simplemente no pienses en absoluto acerca de no pensar”. 
Poema Anónimo



“Si nada dentro de ti permanece rígido, las cosas externas se revelarán por sí mismas. Al moverte sé como el agua, estando quieto sé como un espejo, responde como un eco”. 

“Las cosas se ponen a sí mismas en contra del Camino, el Camino no va en contra de las cosas. El hombre que tiene éxito en ponerse de acuerdo con el Camino, no utiliza ni ojos ni oídos, ni esfuerzo ni mente. Si al intentar ponerte de acuerdo con el Camino, lo buscas por medio de la vista y del oído, del cuerpo y del conocimiento, no lo lograrás”. 
Del Libro de Liezi





“Tranquilidad significa armonía en no-pensamiento”. 
Yu Shih-Nan



“Una y otra vez, es necesario que te recluyas en las montañas profundas y valles escondidos para restaurar tu vínculo con la fuente de la vida. Inhala y déjate elevar hasta los confines del universo; exhala y trae al cosmos de vuelta adentro. Luego, respira toda la fecundidad y vibración de la tierra con el tuyo, trayéndote así el aliento de vida mismo”. 
Morishei Veshiba



“Todos los seres por naturaleza son Buda, como el hielo por naturaleza es agua, aparte del agua, no hay hielo; aparte de los seres, no hay Buda. ¡Qué triste es que la gente ignore lo cercano y busque la verdad lejos, como alguien en medio del agua gritando de sed, como el hijo de una familia rica vagando entre los pobres!”. 
Hakuin Zenji




“Alguien que no tiene una obsesión es noble. Cuando buscas algo fuera de ti mismo, todo tu hacer ya está errado. Solo tratas de buscar el estado de Buda, pero estado de Buda es solo un nombre, una expresión. ¿Conoces al que está haciendo esta búsqueda?”
Lin-Chi




“Nos volvemos sabios haciendo preguntas, y aún si éstas no son respondidas nos volvemos sabios, porque una pregunta bien hecha lleva su respuesta en la espalda, así como el caracol lleva su caparazón”.  

“El aire entra y sale como alguien que pasa por una puerta vaivén. Si piensas “Yo respiro”, el “Yo” está de más. No hay “tú” como para decir “yo”. Lo que llamamos “yo” es solo una puerta vaivén que se mueve cuando inhalamos y cuando exhalamos. Solo se mueve, eso es todo. Cuando tu mente está suficientemente pura y calma como para seguir este movimiento, no hay nada, no hay “yo”, no hay mundo, no hay mente, no hay cuerpo; solo una puerta vaivén”. 
Shunryu Suzuki Roshi


miércoles, 25 de junio de 2014

La verdadera educación debe ser alcanzar la autorrealización, la comprensión de los valores espirituales del alma (Swami Prabhupada)


 “Para el alma jamás existe el nacimiento ni la muerte. Ella no llega a ser, no ha llegado a ser y no llegará a ser. El alma es innaciente, eterna, permanente y primordial. No se la mata cuando se mata al cuerpo”. (Bhagavad-Gita)




¿No es eso un hecho? Si uno entiende claramente que no nace ni muere, que es eterno, ¿no se volverá feliz?

Debido a que ignoramos que existe una disposición completa en la naturaleza, hecha para nuestro mantenimiento, nos esforzamos por utilizar los recursos de la naturaleza a fin de crear una supuesta vida completa basada en el goce de los sentidos. La vida engañosa basada en el goce de los sentidos es una ilusión, porque la unidad viviente no puede disfrutar de la vida de los sentidos si no está acoplada a la totalidad. Todo servicio que se haga en este mundo, ya sea social, político, comunal, etc., seguirá siendo incompleto mientras no se acople con la totalidad. Cuando todas las cosas se acoplan con la totalidad, las partes integradas unidas también se vuelven completas en sí mismas.

Nadie quiere morir, sino vivir lo más que pueda. Esta tendencia no solo es visible a nivel individual, sino también a nivel colectivo en la comunidad, la sociedad y la nación. El ser viviente es eterno por naturaleza, pero como es esclavo de la existencia material, tiene que mudar de cuerpos una y otra vez. Este proceso ocurre debido a la esclavitud de las acciones; si la entidad viviente no actúa de acuerdo con sus deberes prescritos transgrede la ley de la naturaleza, atándose más y más al ciclo de nacimiento y muerte.



Los seres humanos inteligentes siempre deben recordar que esta forma corporal específica se obtiene después de una evolución de muchos millones de años y una larga transmigración. Este mundo material es a veces comparado con un océano, y este cuerpo humano con una sólida nave concebida especialmente para cruzarlo. Las Escrituras védicas son comparadas con unos barqueros expertos, y las facilidades del cuerpo humano con las brisas favorables que ayudan a que la nave haga fácilmente su recorrido hasta el destino deseado. Si, a pesar de todas estas facilidades, una persona no utiliza completamente su vida para alcanzar la autorrealización, debe ser considerado un asesino del alma. El Sri Isopanisad advierte claramente que el destino del asesino del alma es entrar en la región más oscura de la ignorancia para sufrir ahí eternamente. Si somos indiferentes para alcanzar la autorrealización, las leyes de la naturaleza nos forzarán a trabajar arduamente, aunque no queramos. Alguien que ni siquiera hace el intento sino que desea estar cubierto por la ilusión, y que es excesivamente materialista y está apegado al disfrute material, debe entrar en las regiones más oscuras del infierno.

La posición de las entidades espirituales es gozar. La naturaleza y constitución de todo ser viviente es la de disfrutar eternamente. Los seres vivientes que están encerrados en el tabernáculo material constantemente buscan disfrutar, pero lo están haciendo en la plataforma equivocada. Aparte de este mundo material existe la plataforma espiritual, donde no existen vestigios de las cualidades materiales y no hay conflicto sobre el objeto del goce. El Señor Supremo es el verdadero centro del goce en la plataforma de los intereses espirituales, y tan pronto como uno comprende esta forma perfecta de unidad, ya no hay posibilidad de ilusión o de lamentación alguna.



La civilización moderna ha progresado considerablemente en el campo de la educación de las masas, pero el resultado es que la gente es más infeliz que nunca debido a que se hace hincapié en el progreso material, excluyendo así el aspecto espiritual que es la parte más importante de la vida. En tanto el hombre olvide más la realidad sobre la vida, más se encontrará en la oscuridad. En vista de esto, es más peligrosa una civilización atea encaminada hacia el supuesto progreso de la educación, que una civilización en que las masas sean menos avanzadas espiritualmente. La civilización moderna es un remiendo de actividades hechas para ocultar los perpetuos sufrimientos causados por la existencia material. Semejantes actividades tienen como meta la satisfacción de los sentidos, pero por encima de los sentidos está la mente, y por encima de la mente está la inteligencia, y por encima de la inteligencia se encuentra el alma. Así que la verdadera educación debe ser alcanzar la autorrealización, la comprensión de los valores espirituales del alma.

El cuerpo y la mente materiales son una mala ganga para la entidad viviente espiritual. La entidad viviente tiene verdaderas actividades en el mundo espiritual viviente, pero este mundo material es muerte. Mientras las chispas espirituales vivientes manipulan las masas muertas de materia, el mundo muerto parece ser un mundo viviente. En realidad, son las almas vivientes, las partes integrales del Ser Supremo, quienes mueven el mundo. Los sufrimientos de este mundo sirven para recordarnos indirectamente sobre nuestra incompatibilidad con la materia muerta. Las entidades vivientes inteligentes generalmente toman en cuenta estos recordatorios y se dedican a cultivar el conocimiento trascendental. La vida humana es la mejor oportunidad para cultivar el conocimiento espiritual, y el ser humano que no aprovecha esta oportunidad es el más bajo de los seres.

El sendero del progreso del conocimiento material para lograr la satisfacción de los sentidos, es el sendero de nacimiento y muerte repetidos. Teniendo una existencia espiritual, la entidad viviente no tiene ni nacimiento ni muerte. El nacimiento y la muerte le corresponden al cuerpo, que es la cubierta externa del alma espiritual. Se hace la comparación de que la muerte es como quitarse unas vestimentas externas, y el nacimiento es como ponérselas. A los seres humanos necios que están demasiado absortos en cultivar la nesciencia, no les preocupa este cruel proceso. Estando enamorados de la belleza de la energía ilusoria, sufren repetidamente el cruel proceso del nacimiento y la muerte, y no aprenden ninguna de las lecciones que les dan las leyes de la naturaleza.



Es esencial que el ser humano cultive el conocimiento trascendental. El hombre debe llevar una vida sana y tener una mente juiciosa con el único propósito de comprender el verdadero conocimiento, el cual es la meta de la vida humana. El sendero para salvarse de las garras materiales depende completamente de los principios del conocimiento y del desapego. ¿Qué recordará en el momento de la muerte cuando el cuerpo se halle trastornado? Uno puede utilizar los resultados de esa práctica en el momento de la muerte.

La forma de vida humana está hecha para darse cuenta de que “Yo no pertenezco a este mundo material. Soy alma espiritual y soy eterno, pero de una forma u otra he caído en esta vida condicionada de nacimiento, vejez, enfermedades y muerte”. Esta forma de vida humana tiene por objeto encontrarle una solución a esos cuatro sufrimientos materiales. Ése es el objetivo de la vida humana.


Swami Prabhupada – Secretos de otros tiempos (El Sri Isopanisad)

martes, 17 de junio de 2014

Euskaldun y Saharaui: Fatimetu (Gurutze Irizar)

Gurutze Irizar: "El Saharaui tiene clarísimo que nunca va a doblar la rodilla ante Marruecos"

Conoció a los saharauis cuando aún vivía el dictador español. Y con ellos fue al desierto a defender la patria invadida en 1975. Vivió los horrores de la guerra y del éxodo en la más absoluta nada. Como enfermera, ayudó a que continuara la vida de un pueblo abandonado a su suerte en los arenales. Y ese pueblo la adoptó y le regaló su aprecio y un nuevo nombre: Fatimetu. 

Aprendió su lengua y vivió catorce años en los campamentos como una refugiada más. De su matrimonio con un militante saharaui tuvo dos bellos hijos que saben escuchar los silencios del desierto y hablar las palabras dulces del euskara. 

Es Gurutze y es Fatimetu, generosa, euskaldun y saharaui. Por ello cree que se puede hacer más.

Esperamos que te sea interesante.




publico.es