miércoles, 26 de noviembre de 2014

Paz del alma, una conciencia moral impuesta (F. Niezstche)




Solo se es fecundo al precio de ser rico en antítesis, solo se permanece joven a condición de que el alma no se relaje, no anhele la paz… Nada se nos ha vuelto más extraño que aquella aspiración de otro tiempo, la aspiración a la “paz del alma”, la aspiración cristiana. En muchos casos la “paz del alma” no es más que un malentendido, otra cosa, que únicamente no sabe darse un nombre más honorable.

“Paz del alma” puede ser, por ejemplo, la plácida irradiación de una animalidad rica en el terreno moral, o el comienzo de la fatiga, la primera sombra que arroja el atardecer, toda especie de atardecer. O el sosiego del convaleciente, para el que todo tiene un sabor nuevo y que está a la espera… o el estado que sigue a una intensa satisfacción de nuestra pasión dominante, el sentimiento de bienestar propio de una saciedad infrecuente. O la debilidad senil de nuestra voluntad, de nuestros apetitos, de nuestros vicios. O la pereza, persuadida por la vanidad a ataviarse con adornos morales, o la llegada de una certeza, incluso de una certeza terrible, tras una tensión y una tortura prolongadas, debidas a la incertidumbre. O la expresión de la madurez y la maestría en medio del hacer, crear, obrar, querer, la respiración tranquila, la alcanzada “libertad de la voluntad”… Crepúsculo de los ídolos, ¿quién sabe?, acaso también únicamente una especie de “paz del alma”…

Toda moral sana está regida por un instinto de la vida –un mandamiento cualquiera de la vida es cumplido con un cierto canon de “debes” y “no debes”, un obstáculo y una enemistad cualquiera en el camino de la vida quedan con ello eliminados–. La moral contranatural, es decir, casi toda moral hasta ahora enseñada, venerada y predicada, se dirige, por el contrario, precisamente contra los instintos de la vida –es una condena, a veces encubierta, a veces ruidosa e insolente, de esos instintos–. Al decir “Dios ve el corazón”, la moral dice no a los apetitos más bajos y más altos de la vida y considera a Dios enemigo de la vida… El santo en el que Dios tiene su complacencia es el castrado ideal… La vida acaba donde comienza el “reino de Dios”.



De ahí que también aquella contranaturaleza consistente en una moral que concibe a Dios como concepto antitético y como condena de la vida es tan solo un juicio de valor de la vida -¿de qué vida? ¿de qué especie de vida? –. De la vida decadente, debilitada, cansada, condenada. La moral, tal como ha sido entendida hasta ahora, es el instinto de decadencia misma, que hace de sí un imperativo; esa moral dice: “!perece!” –es el juicio de los condenados–.
    La moral, en la medida en que condena, en sí, es un error específico con el que no debe tenerse compasión alguna, ¡una idiosincrasia de degenerados que ha producido un daño indecible!... Nosotros, los inmoralistas, hemos abierto, por el contrario, nuestro corazón a toda especie de intelección, comprensión, intelección. No nos resulta fácil negar, buscamos nuestro honor en ser afirmadores.

¿Cuál puede ser nuestra única doctrina? Que al ser humano nadie le de sus propiedades, ni Dios, ni la sociedad, ni sus padres y antepasados, ni él mismo. Nadie es responsable de existir, de estar hecho de éste o aquel modo, de encontrarse en estas circunstancias, en este ambiente. La fatalidad de su ser no puede ser desligada de la fatalidad de todo lo que fue y será. Él no es la consecuencia de una intención propia, de una voluntad, de una finalidad, con él no se hace el ensayo de alcanzar un “ideal de hombre” o un “ideal de felicidad” o un “ideal de moralidad”, es absurdo echar a rodar su ser hacia una finalidad cualquiera.
    Nosotros hemos inventado el concepto “finalidad”: en la realidad falta la finalidad… Se es necesario, se es un fragmento de fatalidad, se forma parte del todo, se es en el todo –no hay nada que pueda juzgar, medir, comparar, condenar nuestro ser, pues esto significaría juzgar, medir, comparar, condenar el todo…–. ¡Pero no hay nada fuera del todo! Que no se haga ya responsable a nadie, que no sea lícito atribuir el modo de ser a una causa prima, que el mundo no sea una unidad ni como sensación ni como “espíritu”.

Solo esto es la gran liberación, solo con esto queda restablecida otra vez la inocencia del devenir… El concepto de Dios ha sido hasta ahora la gran objeción contra la existencia. Nosotros negamos a Dios, negamos la responsabilidad en Dios: solo así redimimos al mundo…



¿Cómo? ¿Es el hombre solo un desacierto de Dios? ¿O Dios solo un desacierto del hombre?

Ayúdate a ti mismo: entonces te ayudarán además todos. Principio del amor al prójimo.

¡No cometamos una cobardía con nuestras acciones!, ¡no las dejemos en la estacada después de hechas! El remordimiento de conciencia es indecoroso.

¿Cómo?, ¿vosotros habéis elegido la verdad y el pecho alzado y a la vez miráis de reojo hacia las ventajas de los hombres sin escrúpulos?
Yo desconfío de todos los sistemáticos y me aparto de su camino. La voluntad de sistema es una falta de honestidad.

¿Vas corriendo delante? ¿Lo haces como pastor?, ¿o como excepción? Un tercer caso sería el que corre huyendo… Primer caso de conciencia.
¿Eres auténtico?, ¿o solo un comediante? ¿Un representante?, ¿o la cosa misma representada? En última instancia no eres más que un comediante simulado… Segundo caso de conciencia.
¿Eres tú uno que se queda mirando?, ¿o que echa una mano?, ¿o que aparta la vista, se margina?... Tercer caso de conciencia
¿Quieres ir junto a los demás?, ¿o precederlos?, ¿o caminar solo?... Hay que saber qué se quiere y que se quiere… Cuarto caso de conciencia.


Habla el desengañado: yo buscaba hombres grandes, nunca encontré más que monos de su ideal.


Friedrich Nietzsche – Crepúsculo de los dioses (o cómo se filosofa con el martillo)


lunes, 24 de noviembre de 2014

Cambios Planetarios (Josemaría Garzón)



Querida familia:

He recibido varias llamadas y correos donde amigos y amigas me expresan la inquietud por la que están pasando en estos momentos, incluso una persona muy querida me llegó a preguntar que había oído, otra vez, que venían los impopulares tres días de oscuridad.
Mi respuesta fue que NO, en absoluto puedo interpretar como literal esa cita. La realidad tiene que ver con nuestra conciencia y con lo que está pasando actualmente en el mundo y, sobre todo, en España (o Iberia). Lo que ocurre es que tenemos una dimensión colectiva de la que nunca se habla porque a menudo estamos enfocados en el trabajo individual-espiritual. Se nos olvidó que también formamos parte de un ser colectivo. Perdón, ¡somos seres colectivos!
Existe un Inconsciente Colectivo al que estamos conectados y que nos transmite toda su energía-emocional-miedo. Debemos ser conscientes de que los codazos energéticos que se están produciendo en el país nos afectan tanto que ni podemos imaginarlo. No hay más que mirar por la ventana de la televisión para comprender el enfado generalizado, la desilusión y la desorientación por la que atraviesa ese ser colectivo al que llamamos España, Cataluña, Portugal, Escocia, Inglaterra. Esto lo acusamos incluso por las noches, aunque no seamos conscientes de la verdadera causa.

Por otra parte, el nivel de altas energías de trasformación que se están activando tanto desde la Madre Tierra como las que llegan del Cosmos crea una mezcla realmente convulsa. ¿Cómo cristalizan estas fuerzas? Como siempre, a través de la percepción de que están portando mal con nosotros las personas cercanas, los familiares, amigos o amigas, en el trabajo o proyectando una sensación de injusticia social. Sí, he dicho percepción porque es una realidad que solo creamos nosotros.

Estamos pasando de un ser individual a un ser colectivo, algo que aún no podemos entender, pero llegará. Cientos de miles de personas a lo largo y ancho del planeta hemos pedido durante años Unidad, Armonía, ser ciudadanos de la Tierra. Entonces, ¿por qué ha de extrañarnos que las fronteras se tambaleen? Cualquier patriotismo o nacionalismo marca unos límites que bloquea nuestra expansión. Nos hemos identificado tanto con la idea de que somos algo cultural que nos cuesta la propia vida deshacernos de ello; esto representa un apego, una enorme traba para poder volar como seres holísticos y multidimensionales. Quizá los seres elevados que nos visitan rompieron esas barreras para proyectarse en el Universo y traernos su amor.
Aún tenemos más identificaciones culturales, una muy fuerte es la afinidad con ideologías que ya convivieron o que intentan resucitarse. Lo que ha de venir no se parece a nada existente, pero si te aferras a alguna creencia, política, hasta deportiva, por un equipo de fútbol... te será más difícil activar lo que ya tienes en tus espaldas, las hermosas alas de la conciencia universal.



¿Qué podemos hacer? Lo primero es no sentirnos culpables por no entender o por no afiliarnos a una tendencia. Trabaja la neutralidad -no la confundas con pasividad-. Es muy simple, cuando medites pide ayuda a tus guías para despejar las energías erráticas que llegan hasta tu corazón, de tal manera que no te afecten emocionalmente. De esta manera tampoco devolverás energías de enfado, rabia o miedo al ser colectivo del país al cual estamos ligados. Toma conciencia de que desde tu habitación eres una hermosa y potente fuente desde la cual puedes transmitir amor a ese ser colectivo que también está en su proceso de transformación, lo mismo que tu ser individual.

Por otro lado, solicita con ternura -en meditación u oración- que se te asigne ayuda para modular la entrada de las potentes energías que durante este otoño están penetrando en el planeta. Noviembre va a ser especialmente intenso. En nuestro caso estamos recibiendo una frecuencia muy concreta de transmutación para la que aún no tenemos nombre.
Por lo demás, ánimo. Si habíamos pedido un cambio planetario, debemos tener presente que nosotros somos parte del proceso, debemos pasar por esta transformación recíproca entre ser humano y planeta. Decía San Juan de la Cruz (espero que la cita sea suya) que para ir a donde no sabes no puedes hacer un camino que ya sabes. O sea, que si te apetece repetir un camino, llegarás a un sitio ya conocido, algo que no te produjo la dicha y felicidad que mereces. Así que confía y acepta cómo el flujo de la vida te lleva al océano de tu felicidad, en este caso la felicidad de las colectividades, una expansión de la conciencia mayor que la individual.

Desde hace años nos llegan... y nos llegarán oleadas de energía. Aprenderemos a convivir con ellas, mientras poco a poco todo nuestro entorno se va desmoronando, mientras poco a poco una nueva civilización renace de sus propias cenizas, con la forma de la convivencia, la aceptación, la armonía, el respeto, la igualdad y el Amor, paisajes de ese cielo que añoramos sin saber por qué, es curioso que se añore algo que no recordamos, pero ahí está la fuerza centrípeta que nos impele a buscarlo.
¿Tres días de oscuridad? No, no lo creo. ¿Tres períodos de confusión? Es posible. Aunque, ¿te has parado a pensar que cuando por la noche apagas la luz para dormirte permaneces unos instantes contigo mismo, en tu interior? Quizá la oscuridad sea un mensaje, un regalo para que ahondes más en tu interior y descubras lo maravillosamente grandes que somos.



Con amor,
Josemaría Garzón

jueves, 20 de noviembre de 2014

La elaboración de un duelo es aprender a soltar lo anterior (Jorge Bucay)




Perder es dejar algo “que era” para entrar en otro lugar donde hay otra cosa “que es”. Y este cambio conlleva una adaptación a lo nuevo. Este proceso se conoce como de “elaboración del duelo". Cuando creemos y confiamos en que se puede seguir adelante, nuestras posibilidades de avanzar se multiplican.

Perdemos no solo a través de la muerte sino también cambiando, siguiendo adelante. Nuestras pérdidas incluyen también las renuncias conscientes e inconscientes de nuestros sueños románticos, la cancelación de nuestras esperanzas irrealizables, nuestras ilusiones de libertad, de poder y de seguridad, así como la pérdida de nuestra juventud, aquella irreverente individualidad que se creía para siempre ajena a las arrugas, invulnerable e inmortal.

Estas pérdidas forman parte de nuestra vida, son constantes universales e insoslayables. Y son pérdidas necesarias porque crecemos a través de ellas. De hecho, somos quienes somos gracias a todo lo perdido y a cómo nos hemos conducido frente a esas pérdidas. Este camino, el de las lágrimas, señala que debemos renunciar a lo que ya no está, y que eso es madurar… solo a través de las pérdidas nos convertimos en seres humanos plenamente desarrollados. La elaboración del duelo es un trabajo. El trabajo de aceptar la nueva realidad. La elaboración de un duelo es aprender a soltar lo anterior. Si me quedo centrado en las cosas que tengo porque no me animo a vivir lo que sigue, si voy a aferrarme a todo lo anterior, entonces no podré conocer, ni disfrutar, ni vivir lo que sigue.



¿Hace falta sufrir para poder crecer? La herramienta para no sufrir no debería ser el no compromiso, sino el desapego. Cuanto mayor sea el apego que siento a lo que estoy dejando atrás mayor será el daño que se produzca a la hora de la separación, a la hora de la pérdida. Cuanto más amo más tiendo a apegarme. Si uno no ama no sufre, porque el que ama se arriesga a sufrir. Pero este compromiso es la única manera de vivir plenamente.

En la medida en que yo aprenda a soltar, más fácil va a ser que el crecimiento se produzca; cuanto más haya crecido menor será el desgarro ante lo perdido; cuanto menos me desgarre por aquello que se fue, mejor voy a poder recorrer el camino que sigue. Madurando seguramente descubra que por propia decisión dejo algo dolorosamente para dar lugar a lo nuevo que deseo. Hay que vaciarse para poder llenarse.

Vivir vale la pena. Esta pena es la que de alguna manera abre la puerta de una nueva dimensión, es el dolor inevitable para conseguir una sola cosa imprescindible: mi propio crecimiento. Nadie crece desde otro lugar que no sea haber pasado por un dolor asociado a una frustración, a una pérdida. Nadie crece sin tener conciencia de algo que ya no es.

Madurar siempre implica dejar atrás algo perdido, aunque sea un espacio imaginario, y elaborar un duelo es abandonar uno de esos espacios anteriores que siempre nos suena más seguro, más protegido, más previsible. Dejarlo para ir a lo diferente. Pasar de lo conocido a lo desconocido. Esto irremediablemente nos obliga a crecer. Que yo sepa que pueda soportar los duelos, y sepa que puedo salirme si lo decido, me permite quedarme haciendo lo que hago, si esa es mi decisión. La vivencia normal de una pérdida tiene que ver justamente con animarse a vivir los duelos, con permitirse padecer el dolor como parte del camino. El dolor y no el sufrimiento, porque sufrir es más bien resignarse a quedarse amorosamente apegado a la pena.



Quiero poder abrir la mano y soltar lo que hoy ya no está, lo que hoy ya no sirve, lo que hoy no es para mí, lo que hoy no me pertenece. Cada día que empieza es en realidad la historia de la pérdida de mi día anterior, porque no soy el que era ayer. Haber dejado de ser aquel que era es causa y efecto de ser este que soy. Y este que soy es aquel más éste, hay una ganancia en el camino.

Todos los que atraviesan un cambio importante están obligados, a pesar de sus turbulentas emociones, a adaptarse en varios niveles, reorganizando los sistemas de comunicación con el mundo, ajustando las reglas al funcionamiento del sistema y redistribuyendo los roles que antes estaban asignados de una manera ahora impracticable, como condición para entrar en algún momento a la nueva realidad.

El único camino para terminar con las lágrimas es a través de ellas.
Nadie puede recorrer el camino por uno mismo.
Es la idea de que el dolor de la pérdida es insoportable, lo que hace pesado el recorrido.
Los duelos efectivos difícilmente se recorren en soledad.

El paso por el camino nos dejará más resueltos, maduros y crecidos, más allá de lo difícil que nos haya resultado el recorrido. La manifestación de la elaboración es la resignificación de lo perdido o la transformación del dolor en fecundidad.

El final del camino de las lágrimas es éste:

Miramos hacia atrás y nos damos cuenta de las dificultades soportadas hasta aquí.


Miramos hacia delante y sabemos que estamos en mejores condiciones de enfrentarnos con el más importante de los caminos, el que conduce a la felicidad, el camino del propósito.


Jorge Bucay – El Camino de las Lágrimas

miércoles, 29 de octubre de 2014

Mensajes en los campos de cereales



Permanece en el misterio el sentido de las figuras geométricas aparecidas en los últimos decenios sobre campos de cereales en cualquier parte del mundo, especialmente en Inglaterra. Algunas emulaciones realizadas con técnicas sencillas, intentando desacreditar el profundo mensaje de estas figuras, no consiguieron más que un burdo y tosco resultado, muy alejadas de la perfección mostrada por la gran mayoría. ¿Son mensajes encriptados de civilizaciones extraterrestres o un juego sutil de expertos en esoterismo geométrico? Las imágenes parecen estar diseñadas para ser vistas desde arriba y muestran una intensa sensación de volumen. ¿Existe alguna tecnología humana capaz de realizarlas en unas pocas horas de la noche? ¿Quién las ha diseñado? En muchos casos vemos representaciones del sistema solar, de constelaciones, estructuras moleculares, códigos binarios, animales simbólicos, entramados geométricos complejos… Tanto fuera su origen terrestre o no es difícil intuir a quién van dirigidas, ya que la mayoría de la población no las entiende. Si corresponden a un grupo selecto de científicos, ingenieros, políticos, geómetras… ¿Quién los financia? ¿Es un mero pasatiempo de un ricachón aburrido? Hasta ahora no se ha identificado su autor, permanece en el anonimato como los grandes arquitectos y escultores de las catedrales góticas, donde lo que importaba era el símbolo puro en clave de iniciación, rescatado de la antigua tradición hermética. La diferencia principal es su enorme transitoriedad, no han sido elaborados para permanecer en el tiempo; el punto de encuentro es su sentido oculto, su belleza inexplicable que trasciende al método y al origen.


Sin más, nos topamos con el mayor enigma de nuestra época…





martes, 21 de octubre de 2014

El Aprendiz de Sabio (Bernabé Tierno)



Para convertirse en un aventajado aprendiz de sabio el primer objetivo es averiguar cuales son los vacíos, las necesidades ocultas, que ponen al descubierto defectos, actitudes y creencias que debemos cambiar por otras cualidades más saludables, centradas y equilibradoras.

Necesidad de buscar ansiosamente…

Ser importante a cualquier precio
Tener siempre razón a toda costa
Amar y ser amado de forma captativa e insaciable
Expulsar, descargar y proyectar la rabia y la ira
Preocuparse por todo, de ver por todas partes dificultades y problemas
Culpar a los demás, buscar un chivo expiatorio
Sentirse superior a los otros, orgullo y arrogancia
Buscar compasión, ir de mártir por la vida
Que otros se responsabilicen, decidan y tomen el mando
Criticarlo todo y a todos, encontrar defectos
Atesorar riquezas y propiedades y que los demás se enteren
Que todo esté y sea perfecto, ordenado y maravilloso. Tener éxito en cuanto se proponga.


El segundo objetivo es pasar a la acción y cambiar lo que deba cambiarse. ¿Dónde encontrar el verdadero sentido, las columnas sólidas en las que apoyarse?: en los principios o leyes universales que deben sustentar una vida llena de sabiduría…

-Principio de la unidad y potencialidad pura, que se cumple si se dan las circunstancias de paz, quietud, silencio interior y renuncia a la crítica. El Aprendiz de Sabio es consciente de que en la medida en que sintonice su mente con la mente infinita, sin límites y todopoderosa de la naturaleza, mayores serán sus posibilidades de creatividad, eficacia y de plenitud.

-Principio de la interacción dinámica del universo. Ley del dar y del recibir. El Aprendiz de Sabio nunca olvida que es él el primer responsable y causante de su felicidad o su desgracia, por eso no deja de generar acciones nobles y saludables, que producen un gran bien en sus semejantes y se convierten en un bien mayor para sí mismo.

-Principio de la causalidad: toda acción engendra una fuerza de energía que vuelve a nosotros. El Aprendiz de Sabio siempre elabora sus respuestas y opta por las soluciones pertinentes desde la calma y el sosiego interior y exterior. Hace caso a la corazonada inteligente que le habla desde la coherencia y la plenitud del espíritu.

-Principio de la armonía y del equilibrio, del mínimo esfuerzo, de lo natural. Conviértete en mero espectador, disfruta de la aceptación de la realidad, vívela sin lucha, sin queja, y deja que todo suceda con la serenidad y el equilibrio silencioso de que nos da ejemplo la naturaleza. Saborea cada instante, siéntete vivamente en paz, plenitud y armonía físicas y psíquica.

-Principio de la atención-intención consciente. La maravilla de las maravillas es que el sistema nervioso humano no solo es capaz de ser consciente de la información y de la energía de su propio campo cuántico, sino que también puede modificar de manera consciente el contenido informativo y energético que da origen a nuestro cuerpo, ampliando nuestro mundo y haciendo que se modifiquen cosa en él.

-Principio de la no-dependencia, del desapego, de la sabiduría de la incertidumbre. Sin la inseguridad permanente que debemos saber disfrutar seríamos víctimas de nuestro pasado. La sabiduría de lo desconocido nos rescata de la tristeza, del adocenamiento, de la involución y de la desesperanza, pues se convierte en abanico de infinitas posibilidades.

-Principio del propósito de la vida, del “porqué” y “para qué” de la existencia. Todo tiene su porqué y para qué en la vida. Nada es al azar. Cada ser, cada persona es singular, pieza única, ser irrepetible con un proyecto, con un propósito existencial, que debe llevar a cabo en beneficio de los demás y para hacer posible el bien, el orden y la armonía universal.




El tercer objetivo es saber llevar a la vida de cada día esa sabiduría esencial, desgranada en formas concretas de pensar, sentir y obrar, incorporándolas a la personalidad hasta que se conviertan en actitudes, en hábitos…

.Hacerse bien y no daño a sí mismo, e impedir que otros nos hagan daño. Hacer el mayor bien posible a los demás.
.Hacer siempre aquello que teme, tomar sus propias decisiones. Perdonarse y tratarse con ternura, activar todas sus potencialidades.
.No perder nunca el sentido del humor, reírse don frecuencia de sí mismo. Vencer el miedo al qué dirán.
.Cuidar, cultivar y potenciar su mente, la parcela del espíritu, los buenos y nobles sentimientos.
.Responsabilizarse de sus pensamientos, sentimientos y acciones. Saber decir: ¡No! Sin sentirse culpable.
.Tender puentes y establecer lazos, cultivar y potenciar la parcela social y de relaciones familiares.
.Planificar el futuro, pero sin permitir que la inquietud o el estrés anticipatorio nos afecten. Correr riesgos razonables siempre que sea necesario.
.Valorar y disfrutar las cosas más cotidianas, normales y sencillas que le depara el día a día, porque ésas son, en verdad, las grandes y maravillosas cosas de este mundo.
.Pensar y meditar cada día con plena convicción, que la manera más segura y cierta de vivir para sí mismo y ser feliz, no es otra que vivir para los demás y dejar tras de sí una estela de acciones nobles y generosas, contribuyendo a que este mundo sea un poco mejor, más humano y acogedor.
.Convertir el respeto, la empatía, la comprensión, el perdón, el buen entendimiento y la alegría de vivir en sus mejores aliados para una convivencia madura y pacífica con sus seres queridos y con los demás.
.Llegar a entender que la felicidad y la desdicha, la suerte y la desgracia, la riqueza y la miseria, están latentes en el espíritu, en la mente de cada individuo. Pero cada cual tiene en sus manos la posibilidad de despertar, activar y potenciar unas u otras. El Aprendiz de Sabio tiene muy claro que él y solamente él es el dueño de su propio destino.




En definitiva, todas las actitudes y ocupaciones enumeradas, el Aprendiz de Sabio consigue sintetizarlas en algo tan simple y a la vez tan complicado como vivir plenamente la propia vida y dejar que cada cual viva la suya. ¡Nada más y nada menos!


Bernabé Tierno – Aprendiz de sabio

miércoles, 15 de octubre de 2014

¿Su licencia de enseñar, señor maestro? (Edmond Gilliard)



Si la escuela fuera verdaderamente el lugar de donde surge el hombre, no habría más insurrecciones tumultuosamente populares. El “insurgido” por naturaleza sería el iniciador del orden. Solo son buenos profesores aquellos en los que subsiste la revuelta del alumno. Se trata de adivinar el ardor en la recalcitrancia. En la indocilidad se encuentra el fermento de toda disciplina viva. El maestro que recurre al reglamento para hacer respetar el orden, reconoce su incapacidad para hacerse respetar por sí mismo. No está íntegramente consagrado a su tarea. No se atreve a jugarse el pellejo.

Por el momento, la escuela, imperturbable, continúa sus disertaciones sobre momias. Su propia satisfacción la hace totalmente indiferente a la naturaleza del objeto que sirve de pretexto para su charlatanería. La escuela es, por excelencia, un taller de esterilización. Se le dan niños normales, y ella se esfuerza por convertirlos en hombres retrasados. Con el niño no hay que aplicar fórmulas preestablecidas; hay que inventarlo todo. El niño es el que “ve las cosas por primera vez”. El niño deber ser mantenido en estado de admiración; debe permanecer constantemente asombrado. Debe vivir en el mundo de la revelación, estar continuamente en estado de alerta, expuesto siempre a la “sorpresa de ser”.

La escuela le cierra la boca al que valientemente dijera las cosas; hace abrir la boca al que babea las lecciones. Indignada, cierra la boca que bosteza; engrasa, encantada, la boca que grazna. Es escandaloso decir: “Me aburro”. Lo que el niño sí sabe es que se aburre. Esa es su ciencia al respecto. Desgraciadamente, se produce el aburrimiento desde que ya no hay amor. El verdadero amor crea la irresistible evidencia del placer. El amor deja de ser legítimo en cuanto se hace aburrido.



El aburrimiento es más perjudicial, más inmoral que cualquier otra cosa. Arruina cualquier educación debilitando la naturaleza al mismo tiempo, enerva toda disciplina, empobrece toda doctrina, le quita todo sabor a la conciencia, diluye el alma. Los aburridos son inmutablemente parecidos a sí mismos, incurablemente inoperantes, irremediablemente “desocupados”. Así es como la escuela, mediante el fastidio, intenta suprimir todos los asombros de la vida, todas las sorpresas del entendimiento; así es como intenta matar todos los gérmenes de la fermentación que contienen los jugos del lenguaje, enseña a hablar para no decir nada.

En la amabilidad es donde se reconoce al maestro “obligado”, al maestro creador. Los niños no se equivocan en esto. Sienten inmediatamente a los que hay que amar, a los que hay que amar por ley natural: los verdaderos productos del placer vital, los iluminadores de la razón de vivir. Los intérpretes del amor. Existe amor a partir del momento en que “agrada”, y no existe pena, ni sufrimiento que no pueda convertirse en placer de amor. No se hace nada útil sino por placer. Nada leal, nada abnegado, nada desinteresado, nada noble sino por placer. Nunca se aceptaría ni se “cumpliría” verdaderamente un deber si no se encontrara en él una materia de amor, una sustancia de placer.

Porque la escuela no le proporciona placer es por lo que el alumno se escapa en la distracción. Pero no, la lección nunca se encadena con la distracción, y se penaliza a los distraídos. No existen niños naturalmente perezosos. Solo hay niños a los que la “inautenticidad” ha hecho perezosos. Se podrá obtener la obediencia por la fuerza, pero no se habrá vencido a la pereza, solo se habrá impuesto la esclavitud. Únicamente el placer puede vencer radicalmente a la pereza. Los dóciles no son sino perezosos “mecanizados”.



La enseñanza es obra masculina; la educación, obra femenina. El que enseña, anuncia, expone los signos y los propone (o impone). El –la- que educa, se remite al hombre, remueve en lo más profundo de él y, desde lo más profundo de él, por una atracción exultante, seduce, promueve la manifestación de los potenciales e individuales facultades del Espíritu-Alma, según las capacidades y las expresivas aptitudes del cuerpo. La instrucción es la edificación del yo por desarrollo de la iniciativa, de la “voluntad de sí”; es el establecimiento de un orden íntimo por justa autoridad de la “propiedad de sí”. Nunca he aceptado tener discípulos. Mi fe no puede engendrar sino hijos que sabrán prescindir de mí.

Es demasiado fácil callar a un niño.
Es demasiado fácil disponer, en contra del niño, de argumentos de fuerza, del puño de los reglamentos y de la maza de los preceptos.
Es demasiado fácil deshacer con trucos de régimen policíaco las inocentes empresas de su “indisciplina”.
Es, en verdad, demasiado fácil, cometer abusos de poder contra el niño, arrastrarlo al terreno de lo arbitrario en nombre del orden y de los artificios en nombre de la virtud.
Es demasiado fácil imponerle respetos imbéciles.
Es demasiado fácil tenderle todas las trampas de la impostura y la hipocresía social.
Es demasiado fácil el que, so pretexto de autoridad escolar, unos hombres débiles puedan jugar al déspota, el que hombres sin juicio puedan juzgar las razones, el que unos marrulleros falseen valores, el que unos ineptos contraríen las aptitudes, el que unos decepcionados se venguen, que unos maníacos se regodeen.



No se derribará la escuela si no se derriba y se le da la vuelta al mundo. Únicamente una sacudida universal arrancaría sus manos grasientas de la piel de los niños; únicamente el desencadenamiento del huracán cósmico de las resurrecciones podrá luchar contra el viento del estupor que, desde hace siglos, mantienen tantas alas de vampiros sobre la frente de alumnos comatosos.


Lo que quiero no es una reforma. Es una revuelta lo que quiero. No se trata de discutir en los despachos; es en las escuelas donde hay que hacer estallar el tumulto de la naturaleza viva; hay que hacer surgir, desde el abismo de la infancia submarina, en el estanque de las lecciones, una ola de fondo que eche a pique la mugrienta flotilla de barcos de papel. Hay que entregar de nuevo al maestro al peligro real de la tempestad de los orígenes. Es preciso restaurar el juego franco de las fuerzas libres entre el maestro y el alumno; es preciso restablecer la “pureza” del riesgo, la única que puede garantizar la honestidad de los compromisos. Se debería de dejar libre a la clase para “ejecutar” al maestro incapaz o indigno. Reclamo el derecho de la clase al follón. ¿Su licencia de enseñar, señor maestro? Pero, ¿y la verdadera libertad de enseñar? Solo están realmente autorizados para concedérsela los alumnos.


Edmond Gilliard – La Escuela contra la Vida

jueves, 18 de septiembre de 2014

Solo la compasión conduce a la felicidad (Dalai Lama)



Estamos hechos para buscar la felicidad. Todos posemos la base para ser felices, para acceder a los estados cálidos y compasivos de la mente que aportan felicidad. Aunque nuestra naturaleza es fundamentalmente apacible y comprensiva, no es suficiente, tenemos que desarrollar una aguda conciencia de esa condición, cambiar la forma de percibirnos.
   Todos buscamos algo mejor en la vida; así pues, el movimiento primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la felicidad. Ésta se puede alcanzar mediante el entrenamiento de nuestra mente, que incluye intelecto y sentimiento, corazón y cerebro. Al imponer una cierta disciplina interna podemos experimentar una transformación de nuestra actitud, perspectiva y enfoque de la vida.

Hablar de esta disciplina interna supone identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los que conducen al sufrimiento. La clave se encuentra en el estado de ánimo. Si utilizamos de forma positiva nuestras circunstancias favorables, éstas pueden transformarse en estados que contribuyen a alcanzar una vida más feliz. Cuanto mayor sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para disfrutar de una vida feliz.
   Cuando se carece de disciplina interna que produce la serenidad mental no importan las posesiones o condiciones externas, ya que éstas nunca proporcionarán a la persona la sensación de alegría y felicidad que busca. Pero si se posee esta cualidad interna es posible tener una vida gozosa, aunque falten las posesiones materiales que uno consideraría normalmente necesarias para alcanzar la felicidad.

Primero tenemos que aprender cómo las emociones y comportamientos negativos son nocivos y cómo son útiles las emociones positivas. Si se desea buscar la felicidad, se deberían buscar las causas que en otras ocasiones la han producido, y si no se desea el sufrimiento, debería procurarse que no vuelvan a presentarse las causas y condiciones que dieron lugar al mismo. Saberlo fortalece nuestra determinación de afrontarlas y superarlas, así como ser conscientes de los efectos beneficiosos de las emociones y comportamientos positivos.



Nuestra siguiente tarea consiste en identificar los estados mentales que experimentamos, identificarlos con claridad en función de que nos conduzcan o no a la felicidad. Por ejemplo, el odio, los celos, la cólera, son nocivos, los consideramos estados negativos de la mente porque destruyen nuestro bienestar mental. Cuando los experimentamos, todo nos parece hostil, hay más temor, una mayor inhibición e indecisión: una sensación de inseguridad.
   Por otro lado, los estados mentales como la afabilidad y la compasión son definitivamente muy positivos, muy útiles. Si tienes sentimientos de compasión y deseas ser amable, hay algo que abre automáticamente tu puerta interior, ese sentimiento de cordialidad  ayuda a abrirse a los demás.

Se descubre entonces que todos los seres humanos son como uno mismo, que podemos relacionarnos más fácilmente con ellos. Eso genera un espíritu de amistad, hay menos necesidad de ocultar las cosas y, como resultado, desaparecen los sentimientos de temor, las dudas sobre uno mismo y la inseguridad.

Alcanzar la verdadera felicidad exige producir una transformación en las perspectivas, en la forma de pensar, y eso no es tan sencillo, no podrá conseguirse rápidamente. El cambio requiere tiempo: se trata de un proceso de aprendizaje. Cada día, al levantarse, se puede desarrollar una sincera motivación positiva al pensar: “Utilizaré este día de una forma más positiva. No lo desperdiciaré”. Luego, por la noche, antes de acostarse, analizar lo que se ha hecho y preguntarse: “¿Utilicé este día como lo tenía previsto?”. Si todo se desarrolló tal como se había deseado, deberíamos alegrarnos por ello. Si alguna cosa salió mal, lamentar lo que se hizo y examinarlo críticamente.



No obstante, pueden surgir ciertos sentimientos, como cólera o apego debido a la costumbre o a muchas vidas anteriores. Al principio, la utilización de las prácticas positivas es muy débil, porque las influencias negativas siguen siendo muy poderosas. Finalmente, a medida que se intensifican las prácticas positivas, disminuyen los comportamientos negativos. Así que, en realidad, es una batalla constante dentro de nosotros.
   La práctica repetida nos permite llegar a un punto en el que los efectos negativos de una perturbación no pasan más allá del nivel superficial de nuestra mente, como las olas que agitan la superficie del océano, pero que no tienen gran efecto en las profundidades. Eso es lo que se logra mediante la práctica gradual.

Aunque puede haber agresividad, no proviene del sustrato humano fundamental, sino que es más bien el resultado del intelecto, de la inteligencia desequilibrada, del mal uso de ella, o de nuestra imaginación. En cierto modo brota cuando nos sentimos frustrados en nuestros esfuerzos por lograr amor y afecto.
  Así que, por mucha violencia que exista y a pesar de las penalidades por las que tengamos que pasar, la solución definitiva de nuestros conflictos consiste en volver a nuestra naturaleza humana básica, que es bondadosa y compasiva.

La compasión es una actitud mental basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento. No obedece tanto a que tal o cual persona me sea querida como al reconocimiento de que todos los seres humanos desean, como yo, ser felices y superar el sufrimiento.

   Sobre la base del reconocimiento de esta igualdad, se desarrolla un sentido de afinidad, al margen de considerarlo amigo o enemigo. Tal compasión se basa en los derechos fundamentales del otro y no en nuestra proyección mental. De ese modo se genera amor y compasión, la verdadera compasión, que conduce a la felicidad.


Dalai Lama – El Arte de la Felicidad

lunes, 8 de septiembre de 2014

El maestro: director de orquesta de la educación (Fernando Pastor)




Los educadores tienen su más grave dificultad en el sistema de enseñanza cuando éste no contempla y no defiende que la base de toda ella es la vocación pedagógica del maestro. Solo con maestros felices en su labor pueden surgir las nuevas generaciones con una formación técnica conveniente, acompañada por la formación ética y moral imprescindible, impartida por maestros que han enseñado en un clima de relación y comunicación con el alumno, al que han trasladado, además de conocimientos, el humanismo que, por venir de quien tiene vocación de enseñar, ya tiene garantía de generosidad y altruismo.

Los planes de enseñanza, piedras angulares en el basamento de la sociedad, son redactados por los gobernantes desde criterios enormemente politizados, y tienen la posibilidad de educar mentes y ahormar voluntades de futuros seguidores y votantes desde sus primeros años. Los maestros y profesores serán sus instrumentos, sujetos a la disciplina administrativa. Y es aquí donde  los educadores tienen su verdadera misión, su gran reto y su grave responsabilidad. Deberán enseñar por vocación y por profesión lo que convierta a sus alumnos en hombres de provecho para sí y para la sociedad, conscientes de que encontrarán su mayor felicidad en lo que no se mide con la eficiencia, la técnica, la productividad, el enriquecimiento y el brillo social, sino en sus conocimientos y en su sensibilidad para apreciar y disfrutar del arte y la belleza, de la generosidad y la bondad.




La mejor asignatura que el educador debe enseñar es la de desear aprender. Ha de estimular esa natural curiosidad del ser humano, haciéndole saber que este hambre intelectual es una fuente inmensa de satisfacción, de felicidad, que ayuda a serenar el espíritu, al tiempo que lo excita ante la nueva aventura que cada interrogante le plantea. Las respuestas las encontrará casi siempre en los libros, pero también preguntando, observando, comprobando y analizando. Todo ello más emocionante que vivir pasivamente, cumpliendo normas sin preguntar el porqué, viendo sin mirar y oyendo sin escuchar.

Si al estudiante se le hace comprender que en su cabeza tiene el juguete más apasionante, increíblemente superior a esos juegos electrónicos en los que pierde su tiempo, se le habrá enseñado la lección básica. A partir de ese momento no necesitará estímulos; los programas de estudio serán para él curiosidades a satisfacer no solo aprendiéndolos, sino comprendiéndolos.



Los pueblos admiran y miman a sus deportistas, a sus artistas, a sus científicos, pero prestan escasa atención a sus educadores. Para vergüenza nacional, nuestro país ha acuñado una triste frase, “pasa más hambre que un maestro de escuela”, que resume la consideración de que en España  tenemos por los que deben enseñar a nuestros hijos escaso aprecio y pobre sueldo. Así nos va.

Cada ministro de Educación procura entrar en la gris historia de la enseñanza española dejando un plan con su apellido. Tenemos infinidad de planes, arrinconados por fracasados, conservadores, renovadores, utópicos y disparatados, pero nada preocupados por fortalecer, potenciar, dignificar y ennoblecer la figura fundamental en toda esa gran orquesta de la educación, el que produce la música de la enseñanza: el maestro.


Este es uno de los más importantes objetivos a conseguir en este país.


Fernando Pastor Álvarez – Reflexiones de un hombre corriente