lunes, 31 de agosto de 2015

Tecnología, droga del siglo (Aldous Huxley)



Parece muy improbable que la humanidad en libertad pueda alguna vez dispensarse de los Paraísos Artificiales. La mayoría de los hombres y mujeres llevan vidas tan penosas en el peor de los casos y tan monótonas, pobres y limitadas en el mejor, que el afán de escapar, el ansia de trascender de sí mismo aunque solo sea por breves momentos es y ha sido siempre uno de los principales apetitos del alma.
    El arte y la religión, los  carnavales y los saturnales, el baile…, son cosas que han servido de Puertas en el Muro. Y para el uso privado y cotidiano, siempre ha habido los tóxicos químicos. Los sedantes y narcóticos vegetales, los eufóricos que crecen en los árboles y los alucinógenos que maduran en las bayas o pueden ser exprimidos de las raíces, han sido conocidos y utilizados sistemáticamente desde tiempo inmemorial. Y a estos modificadores naturales de conciencia, la ciencia ha añadido su cuota de sintéticos.

El afán universal y permanente de autotrascendencia no puede ser abolido cerrando de golpe las más populares Puertas del Muro. La única acción razonable es abrir puertas mejores, con la esperanza de que hombres y mujeres cambien sus viejas y malas costumbres por hábitos nuevos y menos dañinos.



Algunas de estas puertas podrán ser de naturaleza social y tecnológica, otras religiosas o psicológicas, y otras más dietéticas, educativas o atléticas. Pero subsistirá indudablemente la necesidad de tomarse frecuentes vacaciones químicas del intolerable sí mismo y del repulsivo ambiente. Lo que hace falta es una nueva droga, que alivie y consuele a nuestra doliente especie sin hacer a la larga más daño del bien que hace a la corta. Debe producir cambios en la conciencia que sean más interesantes e intrínsecamente valiosos que el mero alivio o la mera ensoñación, que ilusiones de omnipotencia o escapes a la inhibición.

El razonamiento sistemático es algo de lo que tal vez no podamos prescindir ni como especie ni como individuos. Pero tampoco podemos prescindir, si hemos de permanecer sanos, de la percepción directa de los mundos interior y exterior en lo que hemos nacido. Esta realidad es un infinito que está más allá de toda comprensión y, sin embargo, puede ser percibida directamente de modo total.
   Es una trascendencia que pertenece a un orden distinto al humano y que, sin embargo, puede estar presente en nosotros como una inmanencia sentida, como una participación experimentada. Saber es darse cuenta, siempre, de la realidad total en su diferenciación inmanente; darse cuenta de ello y, aún así, permanecer en condiciones de sobrevivir como animal, de pensar y sentir como ser humano. Nuestra finalidad es descubrir que siempre hemos estado donde deberíamos estar.




El hombre que regresa por la Puerta en el Muro ya no será nunca el mismo que salió por ella. Será más instruido y menos engreído, estará más contento y menos satisfecho de sí mismo, y reconocerá su ignorancia más humildemente pero, al mismo tiempo, equipado para comprender la relación de las palabras con las cosas, del razonamiento sistemático con el insondable Misterio que trata, por siempre jamás, vanamente, de comprender.


Aldous Huxley – Las puertas de la percepción

domingo, 23 de agosto de 2015

Salvación mediante mutación provocada (Paul Misraki)


La ley natural, instaurada sobre la Tierra con la aparición del hombre, es una ley dura. Toda evolución se halla ligada a ella por una lucha sin contemplaciones. Toda vida se alimenta a expensas de otras vidas. El más fuerte o el más hábil, devora al más débil, o el menos astuto. El equilibrio de la economía terrestre encuentra unas bases paradójicas en la fertilidad de la podredumbre.
   Y no obstante, incluso comprobando a nuestro alrededor un orden semejante de cosas, jamás hemos llegado a resignarnos a ello. La idea de que la Tierra no es sino un gigantesco matadero choca frecuentemente con nuestra sensibilidad y preferimos no pensar en ello. Por lo demás, la crueldad de la vida nos deja con frecuencia amargados y rencorosos. Los males que nos asaltan no son considerados por nosotros como una servidumbre fatal, sino como una injusticia.




El animal acepta su suerte y perpetúa de generación en generación los mismos gestos, leyes inherentes a unas condiciones ontológicas, obedecidas sin vanas tentativas de huir de ellas. El hombre, en esto, es del todo diferente. Prisionero de un sistema que juzga inaceptable, pone todos sus recursos en movimiento para desprenderse de él. De este modo, todo gesto que tienda a modificar, dominar, vencer esta Naturaleza tiránica contra la cual nos hallamos en abierta rebeldía, constituye una actividad específica del hombre. El hombre es, ante todo, un rebelde.
   ¿Por qué? Sin duda porque, efectivamente, no nos hallamos en nuestro lugar y porque, en lo más hondo de nuestra alma, lo sabemos. Somos, según la expresión bíblica, unos “extranjeros”, unos “viajeros sobre la Tierra”. Tal vez deberíamos, como afirman las tradiciones, inaugurar sobre nuestro planeta un nuevo orden de cosas. No aptos para el sufrimiento, teníamos el encargo de cultivar nuestro jardín, es decir, administrar nuestro dominio siguiendo nuestras preferencias y nuestros gustos.

Camino de convertirnos en unos soberanos, hemos dejado escapar aquella primacía, después del mal uso que nuestros antepasados hicieron de su libre albedrío –tal vez también bajo la influencia de quienes tenían interés en despojarnos de nuestros privilegios, con el fin de eliminar una eventual competencia-. La famosa “revuelta de los ángeles”, de la que nuestros padres decían que abarcó a los cielos, tenía al hombre como objetivo, pues una parte de los extraterrestres se rebelaron ante la perspectiva de llegar un día a tener que hincarse de rodillas ante la descendencia de Adán.
    Caída, la humanidad se encontró sometida a las leyes de la antigua naturaleza, aquellas que reinaban en nuestro globo antes de la era del hombre. Nuestra raza quedó sujeta a la misma, a la enfermedad, a la muerte… ¿Venganza? ¿Castigo? En absoluto; sino simple consecuencia, ineludible, de un remozamiento del reino animal.



Desde entonces, todo sucede como si las fuerzas “luciferianas” poseyeran el completo dominio de nuestro globo, en el que se aplican a perpetuar el reino de la antigua “naturaleza”. ¿No ha sido llamado Lucifer el príncipe del mundo? Si es el príncipe, es decir, el jefe nombrado, si es él –y no como pensamos frecuentemente el “buen” Dios- quien impone sus órdenes sobre este desgraciado planeta, nada de sorprendente tiene que nuestra suerte nos reserve tantas penas al tiempo que algunas “alegrías” acordes con la “naturaleza”. Satán está aquí, en su casa.
    Por el contrario, las potencias a quienes hemos dado en llamar “yávicas” (únicamente por razones de comodidad –entendidas en este caso como benéficas-) están en lucha abierta contra esa forma de naturaleza; parecen, en todo caso, animadas a la preocupación de sustraer a la humanidad a dicha “naturaleza”. Pero es preciso decir que la Tierra no es su dominio; su acción se ejerce desde el exterior, a la manera de comandos, en operaciones discontinuas, limitadas, como si nuestra esfera constituyera para ellos un territorio enemigo, y celosamente defendido, pues la Tierra sigue bajo un régimen de “ocupación”.

Limitadas… ¿pero también por la obligación de no minar la libertad del hombre, puesto que sería una raza “salvada” si esa salvación le era impuesta, únicamente, desde fuera? Libertado a pesar suyo, ¿estaría el hombre verdaderamente “salvado”? de donde la obligación de contar con una resistencia organizada por los propios hombres o, mejor aún, por aquellos de entre los que no aceptan la “naturaleza” tal como es.




Se correrá el peligro de pasar por alto muchos descubrimientos si no se tiene bien presente el hecho de que nuestro mundo recibe sus leyes de un príncipe que no es Dios, sino uno de sus adversarios –mientras que el ejército de los emisarios yávicos intenta “ayudarnos”, forzando para ello un orden establecido.
   Pero se sabe que una de las astucias más perniciosas del diablo consiste en hacernos olvidar incluso su existencia, olvido que alcanza incluso a los espíritus más sinceramente piadosos, y las confusiones que resultan son inimaginables. La táctica del clan “yavista”, que busca nuestra liberación, es notable por su longanimidad, pues la operación salvación” comienza alrededor del 1950 a.C.


La apuesta es la siguiente: desposeer a los luciferianos de su dominio sobre “este mundo”, librar al hombre de las leyes naturales por medio de una mutación provocada.


Paul Misraki – Los Extraterrestres  (Título original: Des signes dans le ciel. Les extraterrestres, 1968)

lunes, 17 de agosto de 2015

Estar atentos a la Sincronicidad (James Redfield)



Nuestro desafío personal consiste en superar el condicionamiento cultural que nos lleva a reducir la vida a lo ordinario, al lugar común y a lo carente de misterio. La mayoría de nosotros hemos aprendido a ir por la vida solo con nuestro ego y pensar que debemos tener un control total sobre nuestra vida. Creamos listas mentales inflexibles de proyectos que pensamos llevar a cabo y perseguimos esos fines con una especie de visión de túnel. Sin embargo, el misterio sigue estando, bailando en las orillas de nuestra vida, dándonos visiones fugaces de posibilidades. Debemos tomar la decisión de desacelerarnos y modificar nuestro punto de atención, y empezar a actuar de acuerdo con las oportunidades que se presentan en nuestro camino.

Es casi imposible que, al mirar hacia atrás no veamos un esquema de sincronicidad en los hechos misteriosos que pasaron para hacernos llegar a lo que ahora tenemos. Mucho más difícil es la percepción de esos hechos tan importantes en la vida del presente, cuando ocurren. Las coincidencias pueden ser impactantes, pero también muy sutiles y fugaces y por lo tanto fácilmente pasadas por alto, como si fueran obra del azar o simple casualidad.




Cómo llega la información es siempre un misterio, pero siempre es la perspectiva, la investigación o la idea de un ser humano sobre el mundo que nos llega justo en el momento indicado para ampliar nuestra conciencia. Nuestra sensación de que la información nos está llegando quizá derive de que estamos integrando todos los pasos de crecimiento necesarios para establecer nuestra aptitud al siguiente capítulo en la historia de nuestra vida. La sincronicidad, al igual que la nueva conciencia espiritual que estamos construyendo, es apenas la concientización de la forma en que lo divino obra en nuestras vidas, la percepción o la experiencia de nuestra conexión con esta fuerza divina.

Tal vez el mayor desafío para los que empezamos a vivir la nueva conciencia espiritual sea relacionarnos con los escépticos. Debemos recordar que un grado de escepticismo es, de hecho, importante. No hay que tomar una idea de moda al pie de la letra, y todos debemos contemplar con ojo crítico cualquier afirmación sobre la naturaleza de la realidad, sin olvidar mantener la mente lo bastante abierta.

Hemos llegado por fin a un punto en que la idea de una experiencia personal trascendente forma parte de nuestra nueva conciencia espiritual. Lo importante es la percepción mística aumentada que expande nuestra conciencia y nos baña en una sensación de seguridad, bienestar  y claridad nunca antes soñada. Cuando la sincronicidad nos lleva a dar el siguiente paso a la experiencia mística directa, todos superamos la tentación de simplemente intelectualizar este pasaje. Todos debemos encontrar esa experiencia espiritual que expande nuestro sentido del yo desde el interior, que transforma nuestra comprensión respecto de quiénes somos y nos abre a la inteligencia que hay detrás del universo.



Al alcanzar lo trascendente nos sentimos más vigorosos, como si un canal de energía espiritual hubiera empezado a inflarnos desde adentro; experimentamos una sensación de unidad con todas las cosas. Al mirar nuestro medio mientras estamos en este nivel de conciencia, todo lo que percibimos nos parece parte de nosotros mismos, sentir que todo lo que nos rodea es parte de nuestro yo cósmico más amplio que ahora está viendo a través de nuestros ojos.

Al abrirnos a la energía interior divina, tenemos la certeza de que la vida es eterna y espiritual, formamos parte de l gran orden del universo. No solo somos eternos sino que estamos protegidos, incluidos, colaboramos incluso en el gran pan que es la vida en la Tierra. Y, si estamos atentos al sentido de bienestar y seguridad que penetra en nosotros, podemos ver que nos sentimos a salvo, porque estamos llenos de una fuerte emoción que impulsa todas las otras emociones: estamos imbuidos de un gran sentido de amor, que existe sin un punto de atención pensado y en una constante penetrante que mantiene a todas las demás emociones en su contexto. La constancia del amor evita que las emociones negativas invadan nuestra mente, quedan dentro de un contexto razonable en el cual podemos sentirlas y dejarlas ir, concentrándonos en el amor penetrante que energiza nuestro ser.


Podemos descubrir quiénes somos en realidad, y cuando la sincronicidad continúe y la inspiración aumente, nuestros cuerpos alcanzarán niveles de energía cada vez más altos hasta convertirnos en seres espirituales de luz.


James Redfield – La Nueva Visión Espiritual

jueves, 6 de agosto de 2015

En España, todos los gobiernos han ido a destruir…




Lo más grave que ha ocurrido en España es que después de muchos años en los que tuvimos un progreso social lento pero continuo hayan aumentado las diferencias sociales. Estas cosas, aparte de ser terriblemente injustas, son muy peligrosas, porque es muy difícil mantener el sistema democrático saludable y funcionando con niveles de desigualdad tan graves como los que se están imponiendo.

Parece que el único camino que había era ese: el camino de la rebaja de impuestos a los más ricos, el de debilitar la situación de los trabajadores… Parecía que no había otra alternativa, que el mundo tenía que ser así. Igual que cuando se hace la globalización de una manera que siempre perjudica a los más débiles y siempre beneficia a los más poderosos. Generalmente los que mandan quieren convencernos de que las cosas son como son porque es la única manera que tiene de ser, porque es lo natural. Pero eso no es lo natural, eso es algo que se ha hecho para beneficio de algunos.

Una cosa que me ha llamado la atención durante estos años es que la izquierda estaba dejando de poner el acento en los problemas de clase y se estaba concentrando caso exclusivamente en los problemas de identidad colectiva. Es decir, en vez de hablar de ricos y pobres, la izquierda hablaba de grupos nacionales, de la identidad colectiva de los catalanes, de las mujeres, de los gays… Y una cosa son los derechos civiles y otra cosa es dividir a la gente en este tipo de identidades. Y esto ha ocurrido mientras se ampliaban cada vez más las diferencias sociales, las diferencias entre los que tienen y los que no tienen. La izquierda, que es la que se supone que tenía que ocuparse de esas cosas, estaba distraída con otras, se ha quedado en muchos casos muy perdida, sin estrategia, sin saber qué era lo que tenía que defender.



Mientras tanto se estaban acentuando más las diferencias sociales, con gran alegría de los que estaban beneficiándose. Hace 15 años, la diferencia de la media de los mejor pagados y la media de los trabajadores normales era de 1 a 30. Ahora es de 1 a 400 y, claro, ¿cómo mantienes un sistema democrático o un estado del bienestar con esas diferencias sociales, cuando además los que más tienen se las arreglan para no pagar impuestos, cuando los que pagan los impuestos son la clase media y la clase trabajadora? ¿Cómo mantienes así el estado del bienestar? El mundo está hecho para el beneficio del que más tiene de una manera cada vez más escandalosa y grosera. Ya que, por una parte, están los ejecutivos que ganan más que nunca y, por debajo, cada vez más becarios y gente que está siendo superexplotada. Ese progreso de la desigualdad, de la injusticia y de la falta de salidas es una de las cosas más graves que ha pasado.

En una democracia, lo normal sería que una persona cualquiera pudiera tener la posibilidad de estar un tiempo ejerciendo un cargo y luego retirarse a su profesión. La profesionalización de la política es uno de los grandes males del sistema español. Igual que la politización de ciertas profesiones públicas. El hecho de que tantos cargos que tendrían que ser exclusivamente técnicos sean políticos. Eso es una sociedad cautiva de la política.



Estos gobiernos brutales de los últimos años se han dedicado sobre todo a hacer todo el daño que han podido; creo que con una perspectiva ideológica, que es pensar que todo lo que tiene que ver con la cultura o la educación es cosa de izquierdistas y hay que dañarlo. Todos los gobiernos han ido a destruir: el Gobierno del PSOE por falta de coraje y por demagogia; y el Gobierno del PP por pura brutalidad. Lo que se ha hecho con el cine o con el teatro es una cosa destructiva, cuando la cultura en un país como el nuestro es un eje fundamental de la prosperidad, porque la cultura crea muchos puestos de trabajo. La industria de la cultura ha sido abandonada a conciencia para destruirla.

En España hay mucho odio al conocimiento. La derecha española es brutal y ha sido siempre enemiga del saber, siempre, entre otras cosas porque ha sido esclava de la Iglesia Católica, y la Iglesia Católica ha sido el peor enemigo que ha tenido la educación y el conocimiento en nuestro país.




Antonio Muñoz Molina (Extracto de entrevista para 20 Minutos)


jueves, 30 de julio de 2015

Si el universo no es consciente de tu existencia, ¡tranquilo! (Anthony de Mello)



La realidad existente no puede realmente ser rechazada ni aceptada.
Huir de ella es como tratar de huir de tus propios pies.
Aceptarla es como tratar de besar tus propios labios.
Todo lo que hay que hacer es mirar, comprender y estar en paz.


¡Escucha! Oye el canto del pájaro,
el viento entre los árboles,
el estruendo del océano…;
mira un árbol, una hoja que cae o una flor,
como si fuera la primera vez.

Puede que, de pronto,
entres en contacto con la Realidad,
con ese Paraíso del que
nos ha arrojado nuestro saber
por haber caído desde la infancia.


 ¿Qué es lo que te hace reaccionar:
la Realidad o lo que tú supones de ella?


Primero sacamos nuestras conclusiones…
y luego hallamos la forma de llegar a ellas.


Casi nunca vemos la realidad. Lo que vemos es un reflejo de la misma en forma de palabras y conceptos que en seguida confundimos con la realidad.
El mundo en el que vivimos es, en su mayor parte, una construcción mental.


No trates de animar a las personas con doctrinas; devuélvelos a la realidad. Porque el secreto de la vida hay que encontrarlo en la vida misma, no en las doctrinas sobre ella.


La gente no desea la verdad.
Desea promesas tranquilizadoras. 




Las cuatro fases de la oración:
Yo hablo, tú escuchas.
Tú hablas, yo escucho.
Nadie habla. Los dos escuchamos.
Nadie habla y nadie escucha. Silencio.


No es como si la vida estuviera llena de milagros; es más que eso: la vida es milagrosa. Y quien deje de darlo por supuesto no tardará en comprobarlo.


No todos los que tienen los ojos cerrados están dormidos.
Ni todos los que tienen los ojos abiertos pueden ver.

¿De qué sirve tener ojos
si el corazón está ciego?





Solo la reconciliación salvará al mundo, no la justicia,
que puede ser una forma de venganza.

  
Propiamente, para ser malo, no necesitas quebrantar la ley.
Basta con que la observes a la letra.


Cuando las personas están alegres,
siempre son buenas;
Mientras que, cuando son buenas,
rara vez están alegres.


Lo malo de los ideales es que, si vives con arreglo a todos ellos,
resulta imposible vivir contigo.




Cuando el zapato encaja, te olvidas del pie;
cuando el cinturón no aprieta, te olvidas de la cintura; 
cuando todo armoniza, te olvidas del “ego”.
Entonces, ¿de qué te sirven tus austeridades?


Hay personas a las que el ver practicada su religión las inquieta tanto como el enterarse de que alguien la pone en duda.


Tanto aquello de lo que huyes como aquello por lo que suspiras está dentro de ti.


Si el universo no es consciente de tu existencia, ¡tranquilo!


La música necesita la oquedad de la flauta;
las cartas, la blancura del papel;
la luz, el hueco de la ventana;
la santidad, la ausencia del “yo”.


Hay un solo motivo de todos los males de la tierra:

“!Esto me pertenece!”



Anthony de Mello – La oración de la rana

Restaurar el Estado Primordial (René Guenon)





Quien se apegue al razonamiento y no lo supere en el momento requerido permanece prisionero de la forma, que es la limitación mediante la que se define el estado individual; no sobrepasará jamás a ésta, y nunca irá más lejos de lo exterior, es decir, permanecerá unido al ciclo indefinido de la manifestación. El paso de lo “exterior” a lo “interior” es también el paso de la “multiplicidad” a la unidad, de la circunferencia al centro, al punto único desde donde le es posible al ser humano, restaurado en las prerrogativas del “estado primordial” elevarse a los estados superiores y, mediante la realización total de su verdadera esencia, ser en fin efectiva y actualmente lo que es desde toda eternidad potencialmente.

Quien se conoce a sí mismo en la “verdad” de la “Esencia” eterna e infinita conoce y posee todas las cosas en sí mismo, pues ha alcanzado el estado incondicionado que no deja fuera de sí ninguna posibilidad, y este estado, con respecto al cual todos los demás, por elevados que sean, no son realmente sino estados preliminares sin ninguna medida común con él; este estado, que es el fin último de toda iniciación, es propiamente lo que debe entenderse por la “Identidad Suprema”.

Por consiguiente, todo ser tiende, conscientemente o no, a realizar en él mismo, por los medios apropiados a su naturaleza particular, el plan del Gran Arquitecto del Universo, lo cual no es en suma sino la universalización de su propia realización personal. Es en el punto preciso de su desarrollo en el cual un ser toma realmente conciencia de esta finalidad, cuando comienza para él la iniciación efectiva, que debe conducirle por grados, y según su vía personal, a esa realización integral que se cumple en el desarrollo completo, armónico y jerárquico de todas las posibilidades implicadas en la esencia de ese ser.



Aquellos que han pasado más allá de la forma están, por ello mismo, liberados de las limitaciones inherentes a la condición individual de la humanidad ordinaria; aquellos que no han llegado más que al centro del estado humano, sin todavía haber realizado efectivamente los estados superiores, están al menos libres de las limitaciones por las cuales el hombre caído de este “estado primordial” en el cual están reintegrados, está unido a una individualidad particular así como a una forma determinada.

Lo que está en la base misma de toda enseñanza verdaderamente iniciática, es que toda realización digna de este nombre es de orden esencialmente interior, incluso aunque sea susceptible de tener repercusiones de cualquier género en el exterior. El hombre no puede encontrar los principios sino en sí mismo; y puede porque lleva en él la correspondencia de todo lo que existe, pues “el hombre es el símbolo de la existencia universal”; y, si alcanza a penetrar hasta el centro de su propio ser, alcanzará con ello el conocimiento total, con todo lo que por añadidura implica: “aquel que conoce a su Sí conoce a su Señor”, y conoce entonces todas las cosas en la suprema unidad del Principio, en el cual está contenida “eminentemente” toda realidad.


Los elementos que constituyen el cuerpo pueden ser “transmutados” y “sutilizados”, de modo que puedan transferirse a una modalidad extracorporal, donde el ser podrá desde entonces existir en condiciones menos estrechamente limitadas en relación con las del dominio corporal, especialmente bajo el aspecto de la duración. En tal caso, el ser desaparecerá en un determinado momento sin dejar tras él ninguna huella de su cuerpo; podrá, por otra parte, en circunstancias particulares, reaparecer temporalmente en el mundo corporal. No es necesario por otra parte ver en ello nada “trascendente” en el verdadero sentido de la palabra, puesto que no se trata todavía sino de posibilidades humanas, cuya realización, además, no puede tener interés más que para un ser al que ésta torna capaz de desempeñar alguna “misión” especial; aparte de este caso, ello no sería en suma sino una simple “digresión” en el curso del proceso iniciático, y una demora más o menos prolongada sobre la vía que debe normalmente conducir a la restauración del “estado primordial”.




El ser establecido en este punto ocupa una posición realmente “central” con respecto a todas las condiciones del estado humano, de manera que, sin haber pasado más allá, las domina no obstante en cierta manera, en lugar de estar por el contrario dominado por ellas, como es el caso del hombre ordinario; y esto es cierto especialmente en lo que concierne a la condición temporal como a la espacial. De ahí que él podrá entonces, si quiere (por alguna razón profunda) transportarse a un momento cualquiera del tiempo, así como a un lugar cualquiera del espacio. Esta posibilidad puede, por lo demás, en el curso ordinario de las cosas, no manifestarse al exterior en modo alguno; pero el ser que la adquiera la posee desde entonces de una manera permanente e inmutable, y nada podrá hacérsela perder, le basta con retirarse del mundo exterior y entrar en sí mismo, todas las veces que le convenga hacerlo, para encontrar siempre en el centro de su propio ser, la verdadera “fuente de la inmortalidad”.


René Guenon -  Apreciaciones sobre la Iniciación. 
                            Hermetismo

lunes, 27 de julio de 2015

Creer en la inmortalidad, bálsamo de la religión (Malinowsky)




De todas las fuentes de la religión, la suprema y final crisis de la vida, esto es, la muerte, es la que reviste importancia mayor. La muerte es la puerta de entrada al otro mundo en un sentido que no solo es el literal. El hombre ha de entregar su vida en la sombra de la muerte, y el que se agarra a la vida y goza de su plenitud tiene que temer la amenaza de su final. Y el que se enfrenta con la muerte se vuelve a la promesa de la vida.

La muerte y su negación –“la inmortalidad”- han formado siempre el más acerbo tema de los presentimientos del hombre. La extrema complejidad de las reacciones emotivas hacia la vida encuentra por necesidad su paralelo a la actitud que el hombre muestra para con la muerte. Sin embargo, lo que durante toda la vida se habrá prolongado por un largo espacio de tiempo y manifestado en una sucesión de experiencias y sucesos, aquí da en su fin,  y se condensa en una sola crisis que produce una violenta explosión de manifestaciones religiosas.



El hombre teme a la muerte de manera intensa, lo que probablemente sea el resultado de ciertos instintos que, profundamente asentados, son comunes a los animales y al hombre. No quiere darse cuenta de que la muerte es un fin, ni puede enfrentarse con la idea de la completa cesación, de la aniquilación. Atendiendo a la idea de un espíritu y de una existencia espiritual, el hombre consigue la confortadora creencia en la continuidad espiritual y en la vida tras la muerte. Sin embargo, tal creencia no permanece incólume en el complejo y doble juego de esperanza y temor que acaece siempre cuando la muerte tiene lugar. A la confortadora voz de la esperanza, al intenso deseo de inmortalidad, a la dificultad o a la imposibilidad de hacer frente a la aniquilación, se oponen poderosos y terribles presentimientos. El testimonio de los sentidos, la horrorosa descomposición del cadáver, la visible desaparición de la personalidad, y parece ser que ciertas sugerencias instintivas de miedo y horror, parecen amenazar al hombre, en todos los estadios de la cultura, con una idea de aniquilación y con presagios y terrores escondidos.

Y aquí, en este juego de fuerzas emotivas, en este supremo dilema del vivir y de la muerte final, la religión entra en escena, seleccionando el credo positivo, la idea confortadora, la creencia culturalmente válida de la inmortalidad del espíritu independiente del cuerpo. De esta manera, la creencia en la inmortalidad es el resultado de una revelación emotiva profunda, establecida por la religión, y no se trata de una doctrina filosófica primitiva. La convicción del hombre de continuar su vida es un de los dones supremos de la religión, que juzga y selecciona la mejor de las alternativas, la esperanza de vida continuada y el temor ante la aniquilación. La religión salva al hombre de rendirse ante la muerte y la destrucción.



Así, los ritos del luto, la conducta ritual inmediata a la muerte, pueden ser tomados como modelos del acto religioso, mientras que la creencia en la continuidad de la vida en el más allá puede considerarse como prototipo de lo que es un acto de fe. Aunque en los actos de duelo, en la desesperación del llanto, en el trato del cadáver y en su funeral no se consiga ningún efecto ulterior, tales actos cumplen una función importante y poseen un considerable valor: ponen al hombre en comunión con la providencia, con las fuerzas benéficas de la abundancia.


Ante la muerte, la religión concede al hombre, sacrificando y regularizando así otra clase de impulsos, el don de la integridad mental, neutraliza las fuerzas centrífugas del miedo, del desaliento y de la desesperación, y proporciona los más poderosos medios de reintegración en la solidaridad del grupo y el restablecimiento de su presencia de ánimo. En resumen, la religión asegura la victoria de la tradición y de la cultura frente a la respuesta puramente negativa de los instintos frustrados.


Bronislaw Malinowsky – Magia, Ciencia y Religión

miércoles, 24 de junio de 2015

El Maestro dice... (Ramiro Calle)






Caminar hacia la verdad es más difícil que hacerlo por el filo de la navaja, por eso solo algunos se comprometen con la búsqueda.

Más allá de la mente y el pensamiento está el Ser. Y en el Ser todos los seres.
No es a través del intelecto como se alcanza el Ser; el pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito no tiene nada que ver con la sabiduría.

El ego abre el camino hacia la muerte, pues hace vivir de espaldas a la realidad del Ser. Sin ego, eres el que jamás has dejado de ser.

El ser humano común está tan identificado con la burda máscara de su personalidad y su ego que desconoce su genuina y real naturaleza.

“Tú” y “Yo” se funden en la unidad del Ser como se funde la escarcha con los primeros rayos del sol al despuntar el día.

Busca dentro de ti mismo. “Desafía” a Dios y róbale la suprema felicidad.





La luz es consciencia y sabiduría, en tanto que la oscuridad es ofuscación y estrechez de miras. Si te estableces en la sabiduría, ¿hay lugar para la ofuscación?

Por ignorancia y ausencia de entendimiento correcto, el ser humano se pierde en las apariencias y no percibe lo Real.

La mente siempre tiene problemas. Cuando no tiene problemas reales, fabrica problemas imaginarios y ficticios, teniendo incluso que buscar soluciones imaginarias y ficticias.

El apego, ¿te deja ver?, ¿te deja oír?, ¿te deja comprender? El apego te aferra a lo irreal e ilusorio y cierra tus oídos a lo Real y Trascendente.

Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.

El aferramiento a los puntos de vista es una traba mental y un fuerte obstáculo en el viaje interior.





La verdad no es una abstracción ni un concepto. Cuando la actitud es la correcta, la verdad se cultiva aquí y ahora, de instante en instante.

Debido a diferentes enfoques de la realidad aparente, ideologías y ficticias divisiones, surgen las disputas y las guerras, el malestar y el dolor.

Al herir, te hieres. A quienquiera que dañes, te dañas a ti mismo.

Cerrad los oídos a la opinión ajena. Que aquello que los demás censuran te sea indiferente. Escucha únicamente la voz de tu corazón y no te pierdas en opiniones ajenas.

La mente es amiga y enemiga; es una mala dueña, pero una buena aliada. Por eso es necesario aprender a contener el pensamiento y poner la mente bajo el yugo de la voluntad.

No apuntes a las apariencias, sino a la Realidad. No te extravíes en la diversidad, sino que debes establecerte en la Unidad.

Vigila la actitud. Aprende a comprender y a tolerar. Discierne más allá de las apariencias.



  

No hay mayor logro que la pureza de corazón. ¿Qué no puede obtenerse con un corazón limpio?

Así como piensas, así eres. Conquista el pensamiento, y te habrás conquistado a ti mismo.

Aunque hay muchas vías, en última instancia sigue tu propia senda interior.

Cuando estás espiritualmente preparado, hasta contemplar una hoja que se desprende del árbol puede abrirte a la verdad.

Muchos sacerdotes solo son profesionales de la religión, sin corazón puro no conducta impecable.

Hay un área de ignorancia en la mente humana que la inclina a lo irrelevante y trivial, obnubilando la consciencia de lo real.

No tienes nada que perder que no sea tu ignorancia y la máscara de tu personalidad.





El secreto está en no ser poseído por lo que se posee.

A lo que tienes que renunciar es al sentido de posesividad y a la ignorancia.

La persona atrapada en la cárcel de su ego, proyecta sobre los otros sus propios autoengaños.

No es a través de la palabra ni la polémica como un ser humano asciende a la cima de la consciencia, sino a través de una motivación firme y una práctica inquebrantable.

Los que no permanecen atentos es como si ya estuvieran muertos.

El futuro es un espejismo. Éste es tu momento, tu instante. En lugar de fantasear con la mente, pon las condiciones para que la semilla pueda germinar.

Solo existe la seguridad del aquí-ahora. Aplícate al instante, haz lo mejor que puedas en el instante y no divagues.


Toda forma humana es preciosa, porque a través de ella podemos alcanzar la realización definitiva. Habiendo podido tomar tantas formas, es una gran fortuna haber tomado la humana.



Ramiro Calle – 101 Cuentos clásicos de la India

jueves, 11 de junio de 2015

El Estado es un mal históricamente necesario (Bakunin)





La historia de las religiones, la del nacimiento, de la grandeza y de la decadencia de los dioses que se sucedieron en la creencia humana, no es nada más que el desenvolvimiento de la inteligencia y de la conciencia colectiva de los hombres. Una vez instalada la divinidad, fue proclamada naturalmente la causa, la razón, el árbitro y el dispensador absoluto de todas las cosas: el mundo no fue ya nada, la divinidad lo fue todo; y el hombre, su verdadero creador, después de haberla sacado de la nada sin darse cuenta, se arrodilló ante ella, la adoró y se proclamó su criatura y su esclavo.

Siendo Dios todo, el mundo real y el hombre no son nada. Siendo Dios la verdad, la justicia, el bien, lo bello, la potencia y la vida, el hombre es la mentira, la iniquidad, el mal, la fealdad, la impotencia y la muerte. Siendo Dios el amo, el hombre es el esclavo. Incapaz de hallar por sí mismo la justicia, la verdad y la vida eterna, no puede llegar a ellas más que mediante una revelación divina. Pero quien dice revelación, dice reveladores, Mesías, profetas, sacerdotes y legisladores inspirados por Dios mismo; y una vez reconocidos aquellos como representantes de la divinidad en la Tierra, todos los hombres le deben una obediencia ilimitada y pasiva, porque contra la razón divina no hay razón humana, y contra la justicia de Dios no hay justicia terrestre que se mantengan. Esclavos de Dios, los hombres deben serlo también de la iglesia y el Estado, en tanto que este último es consagrado por la iglesia.

La idea de Dios implica la abdicación de la razón y de la justicia humanas, es la negación más decisiva de la libertad y lleva necesariamente a la esclavitud de los hombres, tanto en la teoría como en la práctica. Si Dios existe, el hombre es esclavo; ahora bien, el hombre puede y debe ser libre; por consiguiente, Dios no existe.

Todas las religiones son crueles, todas están fundadas en la sangre, porque todas reposan principalmente sobre la idea del sacrificio, es decir, sobre la inmolación perpetua de la humanidad a la insaciable venganza de la divinidad. En ese sangriento misterio, el hombre es siempre la víctima, y el sacerdote, hombre también, pero hombre privilegiado por la gracia, es el divino verdugo.

Porque si Dios existe es necesariamente el amo eterno, supremo, absoluto, y si amo existe el hombre es esclavo; pero si es esclavo, no hay para él ni justicia ni igualdad ni fraternidad ni prosperidad posibles. Por consiguiente, si Dios existiese, no habría para él más que un solo medio de servir a la libertad humana: dejar de existir. Si Dios existiese realmente, habría que hacerlo desaparecer.




En general, no pedimos nada mejor que ver a los hombres dotados de un gran saber, de una gran experiencia, de un gran espíritu y de un gran corazón sobre todo, ejercer sobre nosotros una influencia natural y legítima, libremente aceptada y nunca impuesta en nombre de alguna autoridad oficial cualquiera que sea, terrestre o celeste. Aceptamos todas las autoridades naturales y todas las influencias de hecho, ninguna de derecho; porque toda autoridad o toda influencia de derecho, y como tal oficialmente impuesta, al convertirse pronto en una opresión y en una mentira, nos impondría infaliblemente la esclavitud. En una palabra, rechazamos toda legislación, toda autoridad y toda influencia privilegiadas, patentadas, oficiales y legales, aunque salgan del sufragio universal, convencidos de que no podrán actuar sino en provecho de una minoría dominadora y explotadora, contra los intereses de la inmensa mayoría sometida. He aquí en qué sentido somos realmente anarquistas.

Esa servilidad, esa rutina, fuentes inagotables de la trivialidad, esa ausencia de rebelión en la voluntad de iniciativa, en el pensamiento de los individuos son las causas principales de la lentitud desoladora del desenvolvimiento histórico de la humanidad, se puede decir que la emancipación real y concreta de cada individuo es el verdadero, el gran objeto, el fin supremo de la historia.

Se ve que la libertad es una cosa muy positiva, compleja y sobre todo eminentemente social, porque no puede ser realizada más que por la sociedad y solo en la más estrecha igualdad y solidaridad de cada uno con todos. Se pueden distinguir en ella dos momentos de desenvolvimiento; el primero de ellos es el pleno goce de todas las facultades y potencias humanas para cada uno por la educación, por la instrucción científica y por la prosperidad material, cosas todas que no pueden ser dadas a cada uno más que por trabajo colectivo, material e intelectual, muscular y nervioso de la sociedad entera.

El segundo elemento es la rebelión del individuo contra toda autoridad divina y humana, colectiva e individual. Primeramente es la rebelión contra la tiranía del fantasma supremo de la teología, contra dios. Es evidente que en tanto tengamos un amo en el cielo, seremos esclavos en la tierra. En tanto que creamos deberle una obediencia absoluta, deberemos por necesidad someternos pasivamente y sin la menor crítica a la santa autoridad de sus intermediarios y de sus elegidos para la dirección de los hombres: de la iglesia y del estado. Pero la autoridad es la negación de la libertad. Dios, o más bien, la ficción de dios es, pues, la consagración y la causa intelectual y moral de toda esclavitud sobre la tierra, y la libertad de los hombres no será completa más que cuando hayan aniquilado completamente la ficción nefasta de un amo celeste.

Es en consecuencia la rebelión de cada uno contra la tiranía de los hombres, contra la autoridad, tanto individual como social representada y legalizada por el estado. Pero la rebelión del individuo contra la sociedad es una cosa más difícil que su rebelión contra el Estado. Una revuelta radical contra la sociedad sería, pues, tan imposible para el hombre como una revuelta contra la naturaleza, se colocaría fuera de todas las condiciones de una real existencia, se lanzaría en la nada, en el vacío absoluto, en la abstracción muerta, en dios.




No sucede lo mismo con el estado, y no vacilo en decir que el Estado es el mal, pero un mal históricamente necesario, tan necesario en el pasado como lo sería tarde o temprano su extinción completa, tan necesario como lo han sido la bestialidad primitiva y las divagaciones teológicas de los hombres. El Estado no es la sociedad, no es más que una de sus formas históricas, tan brutal como abstracta. Ha nacido históricamente en todos los países del matrimonio de la violencia, de la rapiña, del saqueo; en una palabra, de la guerra y de la conquista con los dioses creados sucesivamente por la fantasía teológica de las naciones. Ha sido desde su origen, y permanece siendo todavía en el presente, la sanción divina de la fuerza brutal y de la iniquidad triunfante.

La rebelión es mucho más fácil contra el Estado, porque hay en la naturaleza misma del Estado algo que provoca la rebelión. El Estado es la autoridad, la fuerza, la ostentación y la infatuación de la fuerza. No se insinúa, no procura convertir; y siempre que interviene  lo hace de mala gana porque su naturaleza no es persuadir, sino imponer, obligar. Aun cuando manda el bien, lo daña y lo deteriora; porque el bien desde el momento en que es ordenado, desde el punto de vista del respeto humano y de la libertad, se convierte en mal. La libertad, la moralidad y la dignidad del hombre consisten precisamente en esto: que hacen el bien, no porque le es ordenado, sino porque lo conciben, lo quieren y lo aman.




Explotación y gobierno son los dos términos inseparables de todo lo que se llama política. Desde el principio de la historia han formado propiamente la vida real de los Estados: teocráticos, monárquicos, aristocráticos y hasta democráticos. Desde que la burguesía inauguró el Estado moderno, esa alianza fatal iglesia y Estado se ha convertido en una verdad revelada e indiscutible. La explotación es el cuerpo visible, y el gobierno es el alma del régimen burgués.


Esta doctrina culmina en el gobierno explotador de un pequeño número de dichosos o de elegidos, en la esclavitud explotada del gran número y, para todos, en la negación de toda moralidad y de toda libertad.


Mijail Bakunin – Dios y el Estado


miércoles, 20 de mayo de 2015

Descifrar lo inconsciente, reto de la humanidad (Carl G. Jung)


  
Al crecer el conocimiento científico, nuestro mundo se ha ido deshumanizando. El hombre se siente aislado en el cosmos, porque ya no se siente inmerso en la naturaleza y ha perdido su emotiva “identidad inconsciente” con los fenómenos naturales. Éstos han ido perdiendo paulatinamente sus repercusiones simbólicas. Esa enorme pérdida se compensa con los símbolos de nuestros sueños; nos traen nuestra naturaleza originaria: sus instintos y pensamientos peculiares.
    Sin embargo, por desgracia, expresan sus contenidos en el lenguaje de la naturaleza, que nos es extraño e incomprensible. De hecho, el hombre moderno es una mezcla curiosa de características adquiridas a lo largo de las edades de su desarrollo mental. Este ser mixto es el hombre y sus símbolos. El escepticismo y la convicción científica existen en él codo a codo con anticuados prejuicios, añejos modos de pensar y de sentir, falsas interpretaciones obstinadas e ignorancia ciega. Al hombre le gusta creer que es dueño de su alma. Pero como es incapaz de dominar sus humores y emociones, o de darse cuenta de la miríada de formas ocultas con que los factores inconscientes se insinúan en sus disposiciones y decisiones, en realidad no es su dueño. Estos factores inconscientes deben su existencia a la autonomía de los arquetipos.

Puesto que hay mucha gente que se empeña en considerar los arquetipos como si fueran parte de un sistema mecánico que se puede aprender de memoria, es esencial insistir en que no son meros nombres ni aún conceptos filosóficos. Son trozos de la vida misma, imágenes que están íntegramente unidas al individuo vivo por el puente de sus emociones. Por eso resulta imposible dar una interpretación universal de ningún arquetipo. Hay que aplicarlo en la forma que indica el conjunto vida-situación del individuo determinado a quien se refiere. Los arquetipos toman forma solo cuando intentamos descubrir por qué y de qué modo tienen significado para un individuo vivo.

Se puede percibir la energía específica de los arquetipos cuando experimentamos la peculiar fascinación que los acompaña; parecen tener un hechizo especial. Tal cualidad peculiar es también característica de los complejos personales. Pero mientras éstos jamás producen más que una inclinación personal, los arquetipos crean mitos, religiones y filosofías que influyen y caracterizan a naciones enteras y a épocas de la historia.



El mito heroico universal, por ejemplo, siempre se refiere a un hombre poderoso o dios-hombre que vence al mal, encarnado en dragones, serpientes, monstruos, demonios y demás, y que liberan a su pueblo de la destrucción y la muerte. La narración o repetición ritual de textos sagrados y ceremonias, y la adoración a tal personaje con danzas, música, himnos, oraciones y sacrificios, sobrecoge a los asistentes con numínicas emociones y exalta al individuo hacia una identificación con el héroe.
    Si intentamos ver la situación con los ojos del creyente, quizá podemos comprender cómo el hombre corriente puede liberarse de su incapacidad y desgracia personales y dotarse (al menos temporalmente) con una cualidad casi sobrehumana. Con mucha frecuencia, tal convicción le sostendrá por largo tiempo e imprimirá cierto estilo a su vida. Incluso puede establecer la tónica de toda una sociedad.

A pesar de nuestro orgulloso dominio de la naturaleza, aún somos sus víctimas, pues ni siquiera hemos aprendido a dominar nuestra propia naturaleza. Lenta y, al parecer, inevitablemente, estamos rondando el desastre. Ya no hay dioses a los que podemos invocar para que nos ayuden. Las grandes religiones mundiales sufren de anemia progresiva, porque los númenes benéficos han huido de los bosques, ríos y montañas, y de los animales; y los hombres-dioses desaparecieron sumergiéndose en el inconsciente. Nuestra vida actual está dominada por la diosa Razón, que es nuestra mayor y más trágica ilusión. Con ayuda de la razón, así nos lo creemos, hemos “conquistado la naturaleza”.

Pero eso es pura propaganda, porque la llamada conquista de la naturaleza nos abruma con el hecho natural de la superpoblación y añade a nuestras aflicciones la incapacidad psicológica para tomar las medidas políticas pertinentes. Sigue siendo muy natural para los hombres disputar y pelear por la superioridad de unos sobre otros. ¿A qué decir, entonces, hemos “conquistado la naturaleza”?



Sería conveniente que cada uno de nosotros se preguntara si, por casualidad, sabe su inconsciente algo que nos sirva de ayuda. La verdad es que la mente consciente parece incapaz de hacer algo al respecto. Hoy día, el hombre se da penosa cuenta del hecho de que ni sus grandes religiones ni sus diversas filosofías parecen proporcionarle esas ideas poderosas y vivificadoras que le darían la seguridad que necesita ante la actual situación del mundo.

Sea lo que fuere el inconsciente, es un fenómeno natural que produce símbolos que tienen significado, pero nadie que no haya hecho un estudio serio de los símbolos naturales puede considerarse juez competente en la materia. Pero la depreciación general del alma humana es tan enorme que ni las grandes religiones, ni las filosofías, ni el racionalismo científico han estado dispuestas a examinarlos dos veces.


Los sueños proporcionan la más interesante información para quienes se toman la molestia de comprender sus símbolos, pero la parte de la mente, de verdadera complejidad y desconocida, en la que se producen los símbolos, está aún virtualmente inexplorada. Parece casi increíble que, aun recibiendo señales de ella todas las noches, resulte tan tedioso de descifrar esos mensajes para la mayoría. El mayor instrumento del hombre, su psique, es escasamente atendido y, con frecuencia, se recela de él y se le desprecia. Contiene todos los aspectos de la naturaleza humana: luminosos y oscuros, bellos y feos, buenos y malos, profundos y necios. El estudio acerca del simbolismo individual, y también del colectivo, aún no se domina, pero parece indicar una respuesta a muchas preguntas incontestadas de la humanidad de hoy día.


Carl G. Jung – El hombre y sus símbolos